LAS ELECCIONES Y EL CIERRE DE UNA CRISIS: BALANCE, ETAPA Y TAREAS POLÍTICAS

 

Las elecciones del 27 de abril, y la posterior asunción de Kirchner como presidente cierran la crisis política iniciada con la caída de De la Rúa. Si bien ya la elección de Duhalde por la Asamblea Legislativa había permitido a la clase dominante dar una primera respuesta política a la situación creada en las jornadas del 19 y 20 de diciembre, es la presente  legitimación democrático burguesa del poder presidencial la que termina de cerrar la crisis. La no realización del ballotage no altera en lo fundamental esta afirmación. Una nueva crisis política debería ser abierta por nuevos eventos verdaderamente disruptivos, cuestión que ahora ha desaparecido del horizonte más o menos previsible de mediano plazo. Se impone por lo tanto realizar un balance de lo sucedido desde el estallido de la crisis hasta este cierre, para precisar en qué relación de fuerzas han quedado las clases sociales, qué efectos tenido este proceso en la conciencia política de las grandes masas trabajadoras y cuáles son las conclusiones tácticas que se sacan de esto.

En lo que sigue presentamos entonces, en primer lugar, un breve análisis de los resultados electorales. En segundo lugar, ponemos este balance en relación con las consignas y expectativas que se habían generado a partir de los cacerolazos y manifestaciones de diciembre de 2001, y el proceso que ha desembocado en el actual desenlace. En tercer término exploramos las continuidades y rupturas en la política económica que han ocurrido desde la caída de De la Rúa; en particular discutimos hasta qué punto es cierta la tesis -sostenida por muchos analistas políticos- que dice que con la asunción de Duhalde se ha producido un cambio de raíz con respecto al "modelo" neoliberal-menemista, cambio que se consolidaría y profundizaría con el triunfo de Kirchner sobre Menem. En este punto analizamos también las primeras medidas politicas del nuevo gobierno. Por último, discutimos cuestiones de orientación política que se desprenden del análisis.   

 

I Balance de las elecciones

a) el análisis de las cifras

 

Los resultados de las elecciones del 27 de abril pasado tienen una importancia difícil de disimular. Después de la gran crisis de 2001, después del "argentinazo que acabó con De la Rúa y abrió un proceso revolucionario en Argentina" -según el sentido común de la mayoría de la izquierda de este país- se daba la gran oportunidad para constatar, de manera tangible y directa, los esperados "avances en la conciencia de las masas trabajadoras y populares", y el tantas veces proclamado, y siempre frustrado, "giro a la izquierda de las masas peronistas".

Pues bien, los hechos -los "duros hechos"- demuestran que nada de esto ha sucedido. Esta es una cuestión muy importante, que debe ser destacada frente a la tendencia de muchos analistas a dar una vuelta de hoja al análisis de las elecciones a los pocos días de ocurridas. Las elecciones legitiman poder político y evidencian las fuerzas relativas de grandes corrientes ideológicas, que de una manera u otra hacen sentir su peso y tiñen con su color todos los aspectos de la vida política y social. Tenemos entonces que enfatizar algunas cuestiones que se desprenden de los números electorales, para mirar la situación de frente y dejar de lado consuelos que, tan falsos como artificiales, sólo llevan a confusión o, peor aún, al apoyo oportunista al nuevo gobierno. 

Entrando entonces de lleno en el análisis, la primera cuestión a resaltar es que el grado de participación en las elecciones fue absolutamente "normal" (en relación a anteriores elecciones presidenciales): cercano al 80% del padrón. En 1983 y 1989 la participación fue un poco mayor del 85%; en 1995 del 82%; en 1999 fue del 78,7%. Además, también el voto en blanco o anulado estuvo dentro de los stándards "normales". El voto en blanco fue el 0,89% y el nulo el 1,62%. Entre ambos representan el 2,51% del padrón. En 1983 el voto en blanco fue el 2,13%; en 1989 1,3%; en 1995 3,59%; en 1999 3,66%. Esta es una primera constatación importante  porque líderes de movimientos piqueteros, el PCR y CCC, Luis Zamora, MAS, PTS y otros grupos pequeños habían pronosticado que el proceso revolucionario se manifestaría en un gran "voto bronca". Es claro que este escenario no se ha dado.

En segundo término, los partidos de la burguesía -considerados en un sentido amplio, esto es, incluyendo al Partido Socialista y variantes marginales como el MID o la Democracia Cristiana- recogieron nada menos que el 96% de los votos. Dentro de esto, algo más del 24% votó por Menem (casi 4,7 millones de personas), el candidato que mejor encarnaba la vuelta a los noventa, que prometía sacar el ejército a la calle para acabar con el "desorden" y acabar con los cortes de calle de los piqueteros. Amplios sectores de los pobres e indigentes (esto es, en muchos barrios donde supuestamente el movimiento piquetero es fuerte) fueron captados por la idea de que "con Menem por lo menos comíamos". Además Menem recibió el voto de algunos sectores de la clase media que quieren "orden", que se vieron favorecidos en la época de la Convertibilidad, e incluso de la burguesía media alta y alta (entre otros elementos, digamos que era el candidato preferido de la Bolsa, junto a López Murphy).

En tercer lugar, un 22% votó por Kirchner, el candidato que encarna la continuidad de la política económica del gobierno de Duhalde, el gobierno que mejor ha cumplido con las recetas del FMI. No es casual que Lavagna haya tenido un rol estelar en las elecciones. Es significativo que el voto a Kirchner haya sido mayoritario en el segundo cordón del Gran Buenos Aires, el lugar de mayor concentración obrera del país. Además, arrastró a una porción del voto progresista, que se asustó ante la posibilidad de que el ballotage se dirimiera entre Menem y López Murphy. Esto constituye en sí mismo un índice del éxito de la burguesía en haber canalizado el voto hacia sus variantes. Después de todo muchos progresistas terminaron felicitándose por haberle "cerrado el paso" a Menem y López Murphy; consideran un triunfo haber allanado el camino para que continúe una política que ha terminado recibiendo elogios del FMI. En este punto nuestro balance discrepa por el vértice con el de aquellos que sostienen que el voto a Kirchner fue un voto por la ruptura, por el cambio. Es que Kirchner puso en primera fila de su campaña electoral al ministro de Economía de Duhalde, Lavagna, y al ministro de Turismo, precisamente para subrayar su voluntad de continuar con lo fundamental de las políticas implementadas desde enero de 2002. Por supuesto, dentro de esta continuidad seguramente habrá matices y variaciones, pero esto no autoriza a sostener que el voto a Kirchner fue "un voto por el cambio". Nos interesa destacar esta cuestión porque en el movimiento sindical han circulado balances del tipo del que estamos criticando -ejemplos, De Gennaro y Lozano de CTA- que desorientan [1].

En cuarto lugar, el voto a López Murphy, que fue del 16,34% también es significativo porque está marcando un importante crecimiento de la derecha "ortodoxa"; incluso a pesar de que un sector importante de este voto de la derecha fue a Menem. Recordemos que en Argentina la derecha ortodoxa rondó históricamente el 10% de los votos. López Murphy logró penetrar en el Gran Buenos Aires; por ejemplo, sacó el 10,6% en Matanza, el 8,8% en Florencio Varela, el 15% en Avellaneda y el 17% en San Fernando. Y ganó en Capital Federal. Subrayemos que su programa consistía en despedir masivamente estatales, avanzar en la privatización de la universidad y profundizar la flexibilización laboral. Si bien muchos sectores no eran del todo conscientes de qué estaban votando -lo vieron como un político "limpio", que venía a barrer "lo podrido"- hay que reconocer que esta visión también es indicativa de un grado de conciencia.

Las variantes "progresista honesta" - Carrió- y "nacionalista popular" -Saá- terminaron por "cerrar" las posibilidades de fuga hacia corrientes más revolucionarias. Carrió encarnó el programa de sectores que pueden haber protagonizado los cacerolazos, que reclaman honestidad y culpan de todos los males a los banqueros y a las mafias corruptas. Sus marcos son los de un capitalismo "honesto y prolijo", algo que Carrió se encargó de subrayar una y otra vez, no sólo de palabra sino con hechos: tomó toda la distancia posible de Zamora, cerró una alianza con una fracción de la derecha -que también está cercana a López Murphy- y se desprendió, con formas no extentas del más crudo autoritarismo, de los sectores más críticos y de izquierda de su propio movimiento. 

Rodríguez Saá, por su parte, intentó capitalizar el voto histórico del peronismo más nacionalista. Por este lado le "robó" banderas a la izquierda, que desde hace décadas intenta competir con el peronismo en este terreno. El relativamente bajo caudal de votos de Rodríguez Saá es indicativo de que de todas maneras el viejo electorado "nacional y popular" está en franco descenso. Cuestión que conecta con los cambios ocurridos a partir de la apertura económica y la globalización, y la crisis de los años setenta y ochenta. En definitiva, el voto "nacional" ha sido no sólo minoritario, sino también capitalizado por una variante de derecha, en la que destacan personajes nefastos para el movimiento obrero y popular como Rico, Pose, para no hablar del mismísimo Rodríguez Saá. Es interesante recordar también que en esta estación "nacional y popular" de derechas terminaron los "revolucionarios" Moyano, Palacios y Priumato, a quienes algunos consideraron, allá por el 2000 o 2001, eventuales líderes de un partido de los trabajadores "independiente de la burguesía".  

En relación a la izquierda, IU logró el 1,7% de los votos, 337.285 votos. Los militantes de IU sostienen que lo suyo fue todo un éxito, porque duplicaron los votos de 1999, cuando lograron 151.276 votos, el 0,8%. Sin embargo éstas parecen ser explicaciones de ocasión, ya que los votos de IU están dentro de los porcentajes tradicionales que ha venido recogiendo. Por ejemplo, en 1989 la fórmula de IU conformada por Vicente y Zamora logró 409.000 votos, el 2,45%; después bajó, ahora subió algo, pero nada indica que haya habido un cambio cualitativo con respecto a la situación de los noventa. Señalemos además que IU dijo que su objetivo era llegar al millón de votos. Algo similar se puede decir de Partido Obrero, que sacó apenas el 0,7%, 143.013 votos; su máximo histórico fue de 314.000 votos en 1995 -1,8% del padrón. Ni siquiera en los distritos donde IU y PO tienen trabajo político, o donde debería de notarse la influencia de los movimientos piqueteros que dirigen, se ha evidenciado diferencia cualitativa alguna. Por ejemplo, en Capital Federal hay diputados de IU y PO, sus candidatos son conocidos, y reside una buena parte del tradicional votante de la izquierda (intelectualidad de izquierda, ex militancia del PC o del peronismo de izquierda). Pues bien, en este distrito IU logró sólo el 2,89% de los votos y PO el 0,76. Si tomamos algunos barrios más "plebeyos", el resultado no es mucho mejor. Ejemplos: en Villa Lugano IU logró 3,04% y PO 0,86%. En Balvanera Sud IU 3,17%, y PO 1,02. En el Gran Buenos Aires, la situación no es mucho mejor. Veamos, en porcentajes, votaciones en algunos distritos:

 

 

Avellaneda

Matanza

Fcio Varela

San Fernando

Izquierda Unida

3,26

2,88

2,20

2,48

Partido Obrero

0,93

0,92

1,2

0,85

 

Nada indica un cambio cualitativo, un giro de las masas a la izquierda.

La primera conclusión entonces es que se ha fortalecido políticamente la salida burguesa de la crisis que ha encarnado el gobierno de Duhalde. Aquí no hubo siquiera un voto ilusionado. Quien votó a Menem conocía perfectamente qué fueron los noventa. Quien votó a Kirchner sabía que encarnaba la continuidad de Duhalde; quien lo hizo por López Murphy podía recordar, aunque sea vagamente, que había sido el ministro defenestrado por la reacción popular a su plan de ajuste. Mientras la izquierda de conjunto alcanzó apenas un 3% de los votos, las variantes que más abierta y claramente encarnaban lo esencial de las políticas neoliberales aplicadas a lo largo de los noventa, Menem y López Murphy, sumaron el 40%. Con el voto a Kirchner tenemos que el 62% de los votantes apoyaron a variantes que tenían la más plena anuencia del FMI; el delegado de este último, Anhu Singh, declaró poco antes de las elecciones que se había reunido con los tres principales candidatos, y que no había visto grandes diferencias entre ellos ni problemas serios en sus propuestas de gobierno.

 

b) Algunas consideraciones sobre ideologías y resultados electorales

 

Los militantes de izquierda tradicionalmente culpan por lo sucedido en las elecciones al dominio ideológico de la burguesía -el aparato de Estado, la escuela, los medios de comunicación, el clientelismo político, etc. 

En un plano general hay que contestar a esto que efectivamente, y como ya lo habían dicho Marx y Engels, la ideología predominante en la sociedad es la ideología de la clase dominante. En la medida en que la clase trabajadora no logre generar una alternativa propia, acaudillando además una alianza revolucionaria con las amplias capas empobrecidas, la ideología dominante seguirá siendo la ideología de los propietarios del capital. Sin embargo esta verdad "universal" hay que particularizarla, ya que cada situación política es concreta y se singulariza en estados de conciencia que admiten numerosas variantes. Esto es, a pesar del dominio de la burguesía es posible -y necesario para cambiar la etapa política- acumular fuerzas, desarrollar focos de resistencia y conquistar posiciones ideológicas a partir de las cuales se pueda avanzar. Es claro que, si bien las fuerzas transformadoras en sentido profundo de la conciencia serán desatadas y desarrolladas por el propio movimiento revolucionario -y no por las elecciones-, esto sucederá sólo en la medida en que previamente se haya forjado una amplia vanguardia con conciencia y programa, que tenga claridad de hacia dónde ir, y que haya forjado vínculos sólidos con los estratos más profundos de las masas. Por eso los procesos revolucionarios son siempre precedidos de fases de acumulación cuantitativa de fuerzas; fases durante las cuales sectores más o menos amplios de las masas explotadas y oprimidas empiezan a ver a la izquierda revolucionaria como una salida posible a sus males. Esa vanguardia, por otra parte, no surge de un día para el otro, sino que por el contrario exige un proceso de acumulación, de avance en la experiencia, ayudada por la crítica, la propaganda y el debate. Era en este sentido que Engels decía que las elecciones debían servir a los socialistas para hacer un "recuento de fuerzas", ver de qué se dispone, comprender hasta qué punto la propaganda ha calado en sectores del movimiento obrero o no. Y con todas las "distorsiones" y mediaciones que queramos introducir, hay que admitir que el "recuento de fuerzas" que nos dejó el reciente proceso electoral argentino no da lugar para balances exitistas. 

La necesidad de hacer un  análisis descarnado se agudiza además a la luz de las caracterizaciones y pronósticos que muchos hicieron a partir de diciembre de 2001. Por entonces se decía que "el pueblo ha recuperado su poder", "que ha construido un poder paralelo autónomo", "que ahora es capaz de controlar a los gobernantes e imponerles su voluntad". Otros, más exaltados, diagnosticaron que "las masas han abierto un curso histórico nuevo que signará la próxima etapa", e incluso que se había abierto una "situación revolucionaria o pre-revolucionaria". Existía una especie de mínimo común denominador: la movilización y los cacerolazos, aunados a la experiencia que desprendía de la crisis, empujarían a conclusiones cada vez más hacia la izquierda. La consigna "que se vayan todos" imprimiría una dinámica de radicalización creciente -¿cómo podría ser asimilada por el régimen semejante demanda?- que se reflejaría en grados cada vez más altos de "auto-organización" y programas antiimperialistas.      

En polémica con estas ideas sostuvimos entonces que la lucha en sí misma no generaba conciencia; que la caída de gobiernos burgueses y su reemplazo por otros gobiernos igualmente burgueses permitiría una recomposición de la dominación sobre las masas; y que la consigna "que se vayan todos" conducía a un callejón sin salida, ya que ponía el acento en el cambio de personas -no de las relaciones sociales- y podía ser capitalizada por la burguesía. Por supuesto, las asambleas, el estado deliberativo y las movilizaciones generaban posibilidades para la intervención crítica de los socialistas y avanzar en la organización. El que la crisis golpeara a millones de seres humanos, y la quiebra de ilusiones y esperanzas, generaba un campo propicio para la propaganda, para explicitar a nivel masivo una alternativa a lo existente. Pero el proceso no resultaría espontáneamente en un giro a la izquierda de las masas trabajadoras; la mera influencia de lo objetivo -crisis más movilizaciones- no generaría conciencia socialista. Este análisis fue rechazado, incluso padeció de la acusación de constituir "una perspectiva escéptica" del proceso.

Pues bien, los resultados electorales constituyen una prueba de hasta qué punto han sido desmentidos los diagnósticos y pronósticos que criticamos. Si hacemos hincapié en este asunto no es por afán de "revancha", sino para superar errores espontaneístas. Analicemos, por ejemplo, qué sucedió con la consigna "que se vayan todos". Es evidente que fue absorbida, o neutralizada, por las fuerzas de la burguesía, tanto del centro como de la izquierda: todo aquel que quisiera votar por un cambio del personal dirigente a nivel del Estado tenía a su disposición a Carrió, o López Murphy, que se presentaban como el cambio; y hasta Kirchner fue "colocado" en sociedad como un personaje nuevo, que encarnaba la renovación de los políticos reclamada por los cacerolazos (y para millones de personas, hasta poco antes de las elecciones el actual presidente era un ilustre desconocido).

Algo similar podemos decir de la experiencia de la crisis. La gente que perdió parte de sus ahorros en los bancos no sacó como conclusión que hay que acabar con el sistema capitalista, sino que se necesita un sistema honesto, sin banqueros y políticos corruptos. Artaza corporizó esta idea a la perfección. Por otro lado los trabajadores que temían perder sus empleos no sacaron la conclusión que era necesario avanzar en la estatización de los medios de producción bajo control obrero, sino que era mejor votar por algo de lo conocido, en la esperanza de que las cosas se rectifiquen un poco. Así, millones de seres humanos pueden tener poca o ninguna fe en lo que viene, y sin embargo seguir soportando políticas económicas como las que instrumentó Duhalde, sencillamente porque no ven  salida, porque temen caer en un infierno todavía peor, o por una combinación de estas cosas. De la misma manera millones de desocupados votaron por los aparatos políticos que de alguna manera les garantizan unas migajas de planes sociales, sin considerar siquiera las consignas que les acercaban los movimientos dirigidos por la izquierda. 

El resultado de las elecciones también demuestra que en sí misma una campaña electoral no genera conciencia. Esto lo decimos en referencia a la consigna que también levantaron muchos -Zamora el más notorio- de convocar a una Asamblea Constituyente. Se argumentaba que una Asamblea Constituyente podía reordenar y cambiar el país en un sentido progresista, pero ¿por qué las fuerzas políticas que resultaran de una elección en febrero o marzo de 2002 serían muy diferentes a lo que demostraron las elecciones de 2003? ¿Por qué una campaña electoral iba a permitir a la izquierda entonces convertirse en una variante de masas y tomar la supremacía en una eventual AC? [2] .  

Estos análisis y conclusiones son eludidos sin embargo de diversas maneras. Para algunos (el caso de PO), las elecciones son un simple paréntesis -inexplicado porque no encaja con lo que se venía diciendo- en la marcha hacia una gigantesca crisis revolucionaria. El análisis político se disuelve así en un pronóstico enfebrecido que remite la constatación empírica de los análisis y caracterizaciones realizadas a un futuro indeterminado.

Otros -caso dirección de CTA- eludieron las conclusiones que se desprendían de los resultados electorales diciendo que "por lo menos" Menem había sido derrotado y se había evitado un ballotage Menem versus López Murphy. "Como siempre se puede estar peor, no estamos tan mal" parecen decir. Así también se pasaba por alto la política económica del último año y medio en materia de condiciones de vida y trabajo para las más amplias masas; se borraba de un plumazo la participación que tanto Kirchner como Duhalde habían tenido en las políticas de los noventa [3]; y se continuaba con la mistificación de asignar la culpa de los problemas a personas -Menem y su entorno tenebroso- y no a las relaciones sociales. En definitiva, con la tesis de "apoyar al mal menor", se avalan de hecho políticas que prolongan la ofensiva del capital y del Estado sobre el trabajo. Estos argumentos, que se fueron consolidando desde el momento en que se conocieron los resultados de las elecciones del 27 de abril, prepararon además el giro de estos sectores hacia un apoyo abierto y explícito al nuevo gobierno. Sin embargo, antes del análisis de estas primeras semanas del gobierno de Kirchner es necesario ubicarnos en la perspectiva de lo sucedido desde el 20 de diciembre de 2001. 

 

II. Dinámica del movimiento de masas en la perspectiva del 20 de diciembre

 

Una de las cuestiones que más diferenció nuestro análisis de los análisis realizados por la mayoría de los analistas políticos sobre los acontecimientos del 20 de diciembre de 2001 fue nuestro énfasis en señalar que la clase obrera había estado ausente del proceso, tanto desde el punto de vista físico como político, y que éste sería un factor determinante para las posibilidades de la burguesía de recomponer los mecanismos de dominación.

La clase obrera, como señalamos en su momento, en ningún momento atisbó siquiera a intervenir en la crisis con un programa independiente de las alternativas burguesas. Los dirigentes sindicales que más se habían distinguido por su combatividad contra el gobierno de la Alianza apoyaron en parte a Rodríguez Saá, o pasaron a tener un rol contemplativo y  justificativo del gobierno de Duhalde, sin recibir cuestionamientos serios por parte de sus bases. Nos referimos, por supuesto, a las direcciones de MTA y CTA (e incluso CCC dio un apoyo más o menos explícito a Rodríguez Saá). La situación en la CGT fue igual o peor. Hasta donde conocemos, no hay un solo gremio importante en el que se haya desplazado, o siquiera amenazado la posición de las direcciones, a pesar de que éstas tuvieron una actitud pasiva y permisiva ante la política del gobierno de Duhalde.

Ante la ausencia de intervención de la clase obrera, el análisis de la dinámica del movimiento de masas se debe concentrar en los dos focos que se destacaron en este período, las Asambleas barriales, en los primeros meses de 2002 y el movimiento piquetero desde la segunda mitad del año.

Con respecto a las Asambleas -el producto más genuino del 20 de diciembre en lo que atañe al movimiento de masas- la ausencia de la clase obrera fue clara. Las Asambleas agruparon activistas políticos o sindicales, junto a vecinos indignados por la corrupción, entre los cuales indudablemente había asalariados, pero nunca alcanzaron al movimiento obrero como tal. Si bien en Capital llegaron a movilizar a un importante número de personas -unas 15.000 y un pico de 3.500 en las reuniones de Parque Centenario en enero y febrero de 2002- y se constituyeron en un ámbito de debate y movilizaciones, no lograron atraer a la clase obrera. En las barriadas más pobres las Asambleas -así como los cacerolazos- fueron fenómenos casi inexistentes.

En el plano político la consigna aglutinante fue "que se vayan todos" que, como vimos, no generaba una salida superadora. Cuando se quería avanzar más allá de esa consigna, comenzaban las discrepancias. A partir de esto también se dieron diferencias entre los participantes en cuanto a la perspectiva y naturaleza de las Asambleas. Algunos se inclinaban por transformarlas en organismos reivindicativos -especie de sociedades de fomento. Otros apuntaron a convertirlas en instrumentos para un programa de regeneración moral de la política, aunque sin ideas claras de cómo implementarlo. A esta situación se sumó el rol de algunos partidos de izquierda que, si bien minoritarios a nivel de la sociedad, al volcar su militancia en las Asambleas hicieron sentir su voz con mucha fuerza. Convencidos de que estaban en presencia de una situación revolucionaria, PO, MST y otros querían convertir a "esos embriones de soviets en soviets nacionales y masivos" y en aras de este objetivo "bajaron" programas completos "máximos" (estatización con control obrero, nacionalización de la banca, ruptura con los organismos internacionales, gobierno de las Asambleas y los piqueteros, etc.), junto a planes de lucha interminables -movilizaciones a toda hora, todos los días, por infinidad de problemas- que sólo podían cumplir militantes a tiempo completo. Estos discursos no fueron compartidos por la mayoría de los participantes en las Asambleas. De a poco se fue dando una escición: mientras en Parque Centenario se votaban actividades y programas cada vez más "revolucionarios", las Asambleas barriales se fueron quedando sin gente o dejaron de enviar sus representantes a Parque Centenario para concentrarse en sus barrios. Las peleas entre partidos por hegemonizar el acto del 1° de mayo desmoralizaron también a muchos y aceleraron el desgranamiento. A resultas de estos factores las reuniones de Parque Centenario se vaciaron y muchas Asambleas dejaron de reunirse; las que sobrevivieron se concentraron en reivindicaciones mínimas y continuaron generando espacios de discusión, reuniendo a pequeñas vanguardias para activar sobre sus barrios. Con todo lo progresiva que pudiera ser esta actividad, no alcanzaba para torcer el rumbo que tomaba la situación política.

A todo esto la "vida continuaba" y la combinación de inflación y desocupación lograba que la precarización laboral, la baja de salarios y la flexibilización sobre el conjunto de la clase obrera se impusieran de manera completa, sin que el movimiento obrero y los oprimidos de conjunto presentaran casi resistencia. En algunos sectores claves, como docentes de la provincia de Buenos Aires, el Estado pudo avanzar también sobre conquistas históricas, en el marco de un retroceso importante de las luchas. Por otra parte, a partir de mayo  comenzaba lentamente la reactivación económica, basada en la sustitución de importaciones y el repunte de algunas exportaciones, y en el rebote de actividades ligadas al mercado interno, que habían caído en picada a partir del "corralito". Paralelamente la profunda depresión económica y la caída de los salarios impedían que el tipo de cambio se disparara por encima de los 4 pesos y se desembocara en una hiperinflación. Esto permitió frenar de a poco la hemorragia de depósitos, y con ello comenzar a restaurar el sistema financiero.

Esto sucedía mientras la consigna "Que se vayan todos" iba perdiendo fuerza, por un lado, y por otra parte intentaba ser capitalizada por diversos sectores, incluida de la derecha. Así paulatinamente el gobierno de Duhalde comenzaba a aparecer, ante los ojos de buena parte de la población, como un "mal menor" frente al abismo al que se había llegado. Esto explica que el ministro de Economía, Lavagna, comenzara a gozar también de un relativo consenso en muchos sectores. Las soluciones radicalizadas, como ruptura con el FMI, no pagar la deuda y reestatizar las empresas con control obrero, no habían sido tomadas por la población trabajadora. La dirección sindical mantuvo una pasividad a toda prueba mientras los salarios en términos reales caían en picada, profundizando el descenso que habían sufrido durante toda la etapa final de la Convertibilidad. Es así que ya hacia octubre o noviembre de 2002 la política de promover el segundo "argentinazo", las consignas de "Abajo Duhalde" y "Que se vayan todos" o "Que asuma un gobierno de los piqueteros y las Asambleas", caían en el aislamiento. El movimiento de los ahorristas había sido capitalizado por la derecha -Artaza- y además se reducía en la medida en que la crisis financiera se iba superando. Las masas que habían participado en los cacerolazos hacía rato que habían vuelto a sus rutinas, y empezaban a pensar en la salida política electoral. La extensión de los planes sociales había llevado un alivio -por más precario y relativo que fuera, no dejaba de ser un alivio- a amplios sectores sumidos en la desesperación, a la vez que proporcionaba al gobierno y a los aparatos políticos burgueses una herramienta de control e influencia política (que tristemente también fue aprovechada por partidos de izquierda). El último intento de revivir las manifestaciones y el clima de los cacerolazos, realizado por AyL, Ari y CTA, terminó en el fracaso. A partir de entonces lo único que quedaba por ver era cómo se resolvía la crisis del peronismo, y cuáles serían los alineamientos políticos concretos que capitalizarían esta situación.

Es en este marco que el movimiento piquetero pasó a ser prácticamente el único movimiento social que siguió apareciendo con fuerza en los medios, con sus permanentes cortes de rutas y puentes, y manifestaciones. En este sentido el movimiento piquetero abrió espacios de movilización y generó la posibilidad de avance político de una vanguardia. Incluso la lucha por Puente Pueyrredón y el asesinato de los compañeros a manos de la represión planteó una crisis que aceleró el llamado a elecciones. Sin embargo, el movimiento piquetero no pudo liderar una respuesta revolucionaria de la clase trabajadora, como lo imaginaban algunos de sus dirigentes. En primer lugar porque por su misma naturaleza tiene como eje el reclamo de subsidios para paliar el hambre; de ahí a un programa global hay un paso muy grande. Además, y teniendo en cuenta la experiencia de las Asambleas, ya debiera ser claro que una cosa es que se vote algún programa revolucionario a nivel de la dirigencia, y otra muy distinta es que ese programa se haga carne en las bases. Para la mayoría de los que participan en los movimientos piqueteros la reivindicación central es conseguir más y mejores planes sociales; sólo una minoría se incorporó activamente a un trabajo orgánico de vanguardia, asumiendo discusiones y alternativas globales.   

Lo que decimos tiene que ver además con cómo se está construyendo desde las organizaciones políticas y sindicales de la izquierda, o progresistas, que participan en el movimiento piquetero. Aquí hay una cuestión que alguna vez hay que mirar de frente y poner a debate: se trata de que muchos grupos utilizan los planes sociales como una forma de presión a fin de engrosar sus filas. Ya son varios casos -que conocemos de manera directa- de desocupados a los cuales se les pone como condición para recibir un plan social el concurrir a los actos del partido que está manejando ese sector del movimiento de desocupados. Así se ha desembocado en un "clientelismo político de la izquierda", una cuestión gravísima por lo que significa en términos de educación política, y por las consecuencias desmoralizadoras que tiene sobre el movimiento y la militancia. Lo grave de esto es que, como tantos están implicados en el asunto, nadie se atreve a decir en voz alta realmente lo que está pasando. Esto explica también que en tantos barrios donde supuestamente el movimiento piquetero tenía "influencia de masas", esas "masas" hayan votado por los candidatos de la burguesía. Una vez más, el trabajo paciente sobre la conciencia política no puede ser reemplazado por atajos, y menos por atajos vinculados orgánicamente a las subvenciones del Estado burgués. Se debe luchar por las subvenciones, por supuesto, pero esta pelea reivindicativa jamás puede ser entendida como una forma de hacerse de palancas de presión objetiva sobre los desocupados, pensando que desde allí se puede "bajar la línea política".

Finalmente merece una consideración los movimientos de empresas recuperadas. En su mayoría se trata de formas cooperativas, que surgen desde los trabajadores a partir de empresas que fueron a la quiebra; en muchos casos tienen el apoyo de gobiernos municipales o provinciales, y hasta cierto punto están institucionalizadas. En este sentido constituyen una respuesta apta para conservar puestos de trabajo en medio de la debacle que genera la depresión económica. Pero de ninguna manera estaban en condiciones de transformarse en la vanguardia y dirección del movimiento obrero de conjunto, y muchos menos de implantar, de manera permanente y progresiva, un programa de estatizaciones y control obrero, en medio de la situación reaccionaria general. Pretenderlo es llevar a los trabajadores a luchas con callejones sin salida.   

Sintetizando, los análisis ponen de relieve la ausencia de una alternativa de masas de la clase obrera ante la crisis política burguesa y la ofensiva del capital. No es de extrañar entonces que las contradicciones interburguesas -fuertes a nivel de los conflictos en el PJ y la UCR, o entre las fracciones del capital que se disputaban quién pagaba los costos de la crisis- pudieran ser procesadas en un clima de relativa tranquilidad en lo que respecta a la lucha de clases. La ideología prevaleciente siguió siendo también la ideología de la clase dominante. La crisis del peronismo no parió ningún giro a la izquierda, sino dispersó votos entre variantes burguesas; algo similar puede decirse de la crisis del radicalismo. Existía en vísperas de las elecciones un descrédito masivo en las representaciones políticas y apatía, pero también había una falta clamorosa de alternativas válidas a los ojos de las población. Para millones de seres humanos el insuperable horizonte de sus vidas sigue siendo las relaciones de propiedad existentes. Dentro de ese horizonte sufren o soportan a los políticos, dirigentes e instituciones, tal vez albergan tenues esperanzas en algún recambio -esperanzas que al poco tiempo desaparecen- y tratan de sobrevivir como pueden en el abismo de la miseria y la degradación. Es esta situación la que permite que se sigan generando los recambios "en las alturas"; como también es la base objetiva sobre la que debería apoyarse la crítica revolucionaria para comenzar a penetrar en la conciencia de millones.    

 

III La política del nuevo gobierno

a)      La vuelta del Estado

 

El discurso de Kirchner el día de su asunción, reivindicando el rol del Estado en la economía y prometiendo una posición firme frente a los grupos económicos ha suscitado apoyo y esperanzas en amplios sectores del progresismo e incluso de la izquierda. Algunos llegaron a comparar la asunción de Kirchner con la de Cámpora en 1973. El apoyo -de hecho y explícito- de Fidel Castro y Chávez al nuevo gobierno alimentan estas especulaciones. "Estamos en presencia de un gobierno que se levanta frente a los poderes internacionales, que se plantea con firmeza ante la globalización", son algunas de las frases que se escuchan. Los partidarios del peronismo de izquierda de los setenta están exultantes. El gobierno de Kirchner vendría a continuar y profundizar el cambio de modelo que se habría operado a partir de la caída de De la Rúa: vuelta del rol del Estado a la economía, y ruptura de la Convertibilidad.

Analicemos el primer aspecto de la cuestión, el retorno del Estado; la cuestión del significado de la ruptura de la Convertibilidad lo veremos luego, brevemente [4].

Lo primero que hay que decir es que efectivamente se ha producido en los últimos tiempos un cambio en el plano del discurso y también en la instrumentación de las políticas económicas, con respecto al Estado, teniendo en cuenta lo que predominó durante buena parte de los ochenta y los noventa. Pero este cambio tenemos que ponerlo en una perspectiva correcta, esto es, ubicarlo en el marco de los cambios que se han venido produciendo a nivel internacional. Para esto necesitamos repasar algunas evoluciones claves de las últimas dos décadas.

Recordemos que a fines de los setenta y comienzos de los ochenta se produce el giro hacia las políticas neoliberales -ascenso del monetarismo, exaltación del mercado como asignador de recursos, ataque a las políticas keynesianas redistributivas y a los derechos sindicales-, giro que estuvo simbolizado por el ascenso del reagismo y el tatcherismo. Si bien la política del gobierno de Reagan no dejó nunca de tener un fuerte componente keynesiano en lo que respecta al gasto -presupuestos militares altísimos en los ochenta y déficit fiscal creciente- lo importante para nuestro análisis es que el giro neoliberal se hizo sentir con fuerza en las políticas impuestas en América Latina a partir de la crisis de la deuda de 1982. Por todos lados se predicó que el Estado debía retirarse completamente de la economía, que las leyes de la oferta y la demanda eran las únicas que podían dar las señales "correctas" para una buena asignación de recursos, y que los países debían abrir sus economías a la competencia y a la entrada de los capitales, desmantelando los "intereses de las corporaciones y de las burocracias" (o sea, acabando en lo esencial con la fuerza de los sindicatos). Los informes y recomendaciones del FMI, del Banco Mundial, de los economistas neoliberales, apuntaron en esta dirección.

Esta ofensiva fue hasta cierto punto extrema, y permitió que la agenda de las privatizaciones, de apertura de las economías, ataque a los sindicatos, bajas salariales, precarización del trabajo, fuera cumpliéndose en todos los países, aunque con distintos ritmos. En Argentina la ofensiva sobre el trabajo, que había iniciado la dictadura militar, continuó en la presidencia de Alfonsín; los salarios descendieron fuertemente entre 1983 y 1989 vía inflación, y hacia el final de su presidencia se intentaron privatizaciones. Se profundizó bajo el gobierno de Menem con las privatizaciones, la flexibilización laboral, el financiamiento del déficit mediante deuda y la apertura de la economía. Y continuó con la Alianza, con la ley de flexibilización laboral, la reducción de salarios en términos nominales y creciente precarización del trabajo de los estatales.

Sin embargo, ya a comienzos de los noventa, y a nivel mundial, se comenzaron a oir voces que pedían algún lugar para la intervención del Estado en la economía. Esta presión se reflejó, por ejemplo, en el Banco Mundial; así, en su informe de 1993 sobre el desarrollo asiático el BM admite que la intervención del Estado es conveniente siempre que se haga en un sentido "amigable para los mercados". Esto es, el Estado debe intervenir para balancear y poner frenos, pero respetando "la disciplina de los mercados internacionales y nacionales". En una palabra, el rol del Estado sería permitir que el sector privado lidere la actividad económica de la mejor manera. Ya no se trata de que el juego de la oferta y la demanda decidan todo, ahora se admite una dosis de "sintonía fina" intervencionista del Estado, pero, insistimos en esto, para que el mercado funcione más adecuadamente.

Este giro se expresó también en el ascenso, en el plano del pensamiento económico, de los neokeynesianos de derecha -Krugman, Dornbusch- como los referentes de la formación académica en la mayoría de las universidades de economía del mundo. Estos teóricos admiten que los mercados no ajustan completamente, que los precios no son totalmente flexibles, que las expectativas de los "agentes económicos" no son "todo lo racionales" que la teoría ortodoxa presupone. Por eso preparan el terreno teórico para un cierto pragmatismo intervencionista, aunque habiendo incorporado lo esencial de las teorías monetaristas reaccionarias de los setenta y ochenta.

Este giro teórico tiene su correlato entonces en el plano político práctico. ¿Significa esto, sin embargo, una vuelta al keynesianismo distributivo, a las políticas de planificación económica estatal burguesa, a las empresas de servicios públicos sustraídas a la disciplina del mercado, a políticas sistemáticas de redistribución del ingreso vía gasto fiscal?

No, en absoluto. De lo que se trata es de adecuar y moderar dentro del avance realizado. Para desarrollar esta explicación nos parece muy atinada la comparación que han hecho algunos autores con lo sucedido en la Revolución francesa con el jacobinismo y los termidorianos. Entre 1789 y 1794 los jacobinos con su extremismo desbrozaron el camino. Luego la Convención termidoriana y la reacción contra el movimiento popular no volvieron atrás la revolución burguesa, sino la asentaron, afirmando sus logros aunque cedieran y volvieran atrás en ciertos aspectos. La restauración monárquica no representó una vuelta al antiguo Régimen, sino la consolidación de la nueva sociedad burguesa.

Si bien en la reacción neoliberal el cambio es de menor magnitud, la comparación es viable. Así, se puede decir que los "extremos" del planteo neoliberal de los ochenta -que en Argentina seguíamos escuchando en los noventa- abrieron el camino para avanzar hasta puntos que nunca la burguesía había soñado en los años previos. A partir de estos avances, se da entonces la consolidación de las políticas neoliberales. Y la consolidación consiste precisamente en tener espacio para "admitir" ahora matices, ciertas intervenciones del Estado, algunos sesgos redistributivos cuando las tensiones sociales amenazan desbordar y explotar. No se desanda todo el camino, porque lo esencial conquistado se mantiene; la flexibilización laboral o las aperturas comerciales llegaron para quedarse. Ya no se vuelve al viejo poder sindical que se incorporaba orgánicamente al Estado; tampoco hay un regreso a las antiguas tarifas aduaneras. Pero sí se admiten "concesiones". Las privatizaciones no se discuten, las empresas no se reestatizan; se discuten loc-s contratos, o en todo caso, si el Estado vuelve a hacerse cargo de una empresa, la política de la misma estará sujeta a los dictados del mercado. En una palabra, ahora predominan los "termidorianos de la reacción neoliberal", que podemos simbolizar en los neokeynesianos, en los Dornbusch o Krugman.

Esta flexibilización de la ortodoxia jacobina tiene dos ventajas. La primera es que permite, y legitima desde el punto de vista teórico, un mayor campo de maniobra para las políticas económicas decididas desde los ministerios de Economía o los Bancos Centrales. Por ejemplo, hoy la "corriente principal" del pensamiento económico ya no defiende a rajatabla la idea de que el Banco Central deba tener como único objetivo defender el valor de la moneda, así "se caiga el mundo abajo" (no es casual que en julio de 1993 Alan Greenspan anunciara que la FED ya no se concentraría en objetivos monetarios), sino también el nivel de empleo o el crecimiento económico -junto a la estabilidad de precios o del tipo de cambio. Tampoco se afirma ya que ante un "desequilibrio" de precios y salarios el único camino para el "ajuste" sea la deflación; el propio FMI admite ahora que una pequeña dosis de inflación es conveniente para regular la economía (y bajar salarios). Pero de aquí nadie debe deducir que se pregone una vuelta a la financiación inflacionaria de los déficits estatales. Por eso hablamos de un reacomodamiento en el interior del campo político y teórico de la ortodoxia. Incluso el llamado "consenso de Washington" fue readecuado para dar cuenta de estas nuevas realidades y posturas. También la política de moda de los últimos tiempos de inflation targeting (intento de controlar la inflación), que están aplicando varios países de desarrollo medio o alto, y que se intentaría aplicar en un futuro cercano en Argentina, es expresiva del cambio. Hoy se admite que hay que ser "pragmático", que es necesaria una mezcla de políticas aplicadas a veces a las tasas de interés, otras a los mercados cambiarios, o la base monetaria, con el fin de llegar a un objetivo de inflación -y de crecimiento. Todo esto no debilita lo esencial de las políticas económicas -que apuntan al fortalecimiento del poder del capital sobre la clase trabajadora-pero introducen mediaciones que no hay que descuidar cuando se analizan las políticas económicas y sociales. 

Pero en segundo término, esta readecuación tiene como resultado tender un puente para que buena parte del progresismo, e incluso la izquierda, se pase "a la otra vereda". Con el argumento que la política económica ha cambiado, y que los neoliberales están en retroceso, muchos progresistas encuentran una oportunidad de oro para incorporarse a la administración de los Estados y gobiernos. El discurso sobre el aumento del rol del Estado en la economía pasa hoy por progresista y permite tomar una prudente distancia con respecto a las políticas extremas del neoliberalismo de los ochenta, al tiempo que se aplican programas favorables a los intereses del capital. Esta política se puede combinar con un mayor énfasis en los derechos de minorías oprimidas, y con cambios más o menos importantes en las políticas de derechos humanos.

De esta manera se da la paradoja de que coaliciones y partidos que acceden al gobierno con un discurso en principio de izquierda y se reclaman enemigos del neoliberalismo, terminen aplicando la agenda de la derecha. Un caso paradigmático es el gobierno de Lula, que ha merecido el apoyo de partidos de la derecha (herederos de la dictadura militar) y elogios en casi todo el mundo "bien pensante" (López Murphy y la administración de Bush, incluidos). A la vez sigue concitando el apoyo y entusiasmo de sectores de la izquierda y de las masas, esperanzadas en que al fin y al cabo realice las reformas sociales prometidas.

El gobierno de Kirchner responde bastante bien a este tipo de situaciones, aunque con notables diferencias con respecto al gobierno de Lula. En el caso argentino ni siquiera hubo un voto mayoritaro favorable a la izquierda, sino un consenso de mantener el curso establecido por el gobierno de Duhalde en política económica (y no olvidemos el 40 % que votó por Menem o López Murphy). De todas maneras, el discurso de asunción de Kirchner reivindicando una mayor intervención del Estado y al capital nacional, le abrió una carta de crédito en muchos sectores. A esto se suman el desplazamiento de la cúpula militar -muy cuestionada por los organismos de derechos humanos por su vinculación con crímenes cometidos bajo la dictadura y por su relación con planes del Departamento de Estado referidos a la intervención militar en la represión interna-; el ataque a la parte más menemista de la Corte; el nombramiento de alguien como Eduardo Duhalde al frente de la Secretaría de Derechos Humanos; el recibimiento a líderes piqueteros, a Madres de Plaza de Mayo, a la dirección de CTA; las garantías que se prometen a las minorías; el ataque a la estructura del PAMI. Debe sumarse también el apoyo político que han brindado al nuevo gobierno Chávez, Fidel Castro y el gobierno de Chile. Todos estos son hechos que generan expectativas favorable en el progresismo, que en prinipio se habían inclinado por Kirchner sólo para impedir el posible acceso al gobierno de Menem.

En síntesis, se da entonces la paradoja que un gobierno que tiene el visto bueno de Washington y del FMI, que es el continuador claro del gobierno que ha logrado imponer uno de los ajustes más duros en materias de salarios y flexibilización laboral que se tenga memoria, reciba al mismo tiempo la venia del progresismo y de una parte de la izquierda. Muchos -el PC, por ejemplo- incluso no ven ninguna contradicción entre haber sostenido durante la campaña electoral que Kirchner y Menem "son lo mismo", y aplaudir a rabiar a Fidel y Chávez, que no se cansan de explicar que el acceso de Kirchner al poder representa un giro fundamental y altamente progresivo con respecto al menemismo. Todos tienen "sus" argumentos válidos: el progresismo reivindica el mayor rol del Estado, y pone esperanzas en que existan mayores garantías democráticas (aunque el gobierno ha amenazado a los piqueteros con mano dura si no se avienen a determinadas exigencias). La alta burguesía está confiada en que el paulatino reencauzamiento de la economía dará tiempo y espacio para una renegociación de las cuestiones pendientes -tarifas, contratos, sistema financiero- y el avance de las políticas favorables al gran capital. Las clases medias están esperanzadas con la recuperación económica y una paulativna elevación de sus ingresos. En este marco, un cierto discurso más pro estatista, o que hable del "capital nacional", no asusta. La prueba es que la Bolsa de Valores y la cotización del dólar no se alteraron en estos primeros días de gobierno.      

 

b) Continúa el ajuste post-Convertibilidad

 

Algunos sostienen que el verdadero cambio de modelo se produjo a partir de la ruptura de la Convertibilidad. Señalemos que, siendo consecuentes con esta tesis, habría que decir que el "modelo" rigió sólo 11 años. Sin embargo todos los críticos "del modelo neoliberal" coinciden en señalar que éste comenzó a instalarse a partir de la dictadura militar de 1976 -y nosotros diríamos aún antes, con el Rodrigazo- con lo cual están reconociendo que "el modelo" es mucho más que el régimen de Convertibilidad.

De todas maneras, sí es cierto que la Convertibilidad implicó un corsé sobre la economía que obligaba a realizar los ajustes de precios y salarios vía deflación. Esto fue lo que intentó la burguesía a partir de 1998, para salir de la crisis. El tipo de cambio fijo y la sobrevaloración del dólar con respecto al euro que se produjo entre fines de los noventa y los inicios del nuevo siglo, más la caída de algunos exportables como petróleo y granos, habían generado problemas de competitividad graves para industrias exportadoras, o  productoras hacia el mercado interno que no podían resistir la ofensiva de las importaciones.

Sin embargo, todo ajuste de tipo deflacionario es proclive a generar enormes tensiones sociales y siempre corre el riesgo de desbarrancarse en una espiral contractiva deflacionaria, cuyo piso puede estar muy hondo (Keynes estudió este tipo de dinámicas en la Teoría General, capítulo 19). Es cierto que en algún momento la economía "toca fondo", y a partir de ese punto -con salarios derrumbados y muchos capitales quebrados- puede darse una recuperación de la inversión y la producción; pero entre tanto la depresión puede ahondarse a niveles inimaginables, agravando además el peso de las deudas y amenazando con el crack generalizado.

Algo de esto fue lo que sucedió con el intento de ajuste deflacionario de 2001, que terminó llevando al estallido de la Convertibilidad. A partir de entonces el tipo de cambio, y la inflación consiguiemte, permitió realizar una baja de salarios y precios en términos del dólar, estableciendo nuevos parámetros de competitividad internacional que beneficiaron algunas actividades exportadoras y de sustitución de importaciones. Desde este punto de vista la ruptura de la Convertibilidad ha implicado un cambio importante de precios relativos y rentabilidad según los sectores, y por lo tanto planteó nuevas tensiones y demandas de las diferentes fracciones del capital. Pero con todo lo importante que ha sido este giro, no implicó un "cambio de modelo" como se lo ha descrito, en relación a las líneas de acumulación que  se han venido desplegando desde mediados de los setenta; a lo largo de estas últimas casi tres décadas también se alternaron períodos de tipo de cambio alto con tipos de cambio bajo. Por lo demás, las grandes líneas estratégicas de política económica que se aplicaron a partir de los noventa no apuntan a modificación alguna. Triunfara Menem o Kirchner, las privatizaciones, la apertura de la economía, la flexibilización laboral, la presión para la "racionalización" del gasto estatal, continuarían. Incluso la agenda de medidas económicas inmediatas a discutir tiene un sendero más bien estrecho, porque está condicionada por las presiones del FMI, de los acreedores internacionales y el conjunto del capital más concentrado. Como señalaba hace poco un analista de una consultora internacional, la lucha entre "modelos" se daba más a nivel de los discursos electorales que de la realidad. Pueden existir, y existen en la realidad, diferencias en matices y ritmos, o en la magnitud de concesiones que se le dan a uno u otro sector que son importantes, pero no alterarán la orientación global. Por ejemplo, tanto Lavagna como el candidato a ministro de Economía de Menem, Melconian, coincidían en que hay que subir las tarifas de los servicios públicos. Claro que posiblemente haya discrepancias en los ritmos y los montos, o en el tono y firmeza con que se encaren algunas renegociaciones de contratos. Los directivos de las empresas privatizadas de servicios públicos pensaban que con Menem en la presidencia la negociación sería más accesible a sus deseos; pero nadie por ahora se está rasgando las vestiduras. De la misma manera se comenzará a discutir la deuda externa, los nuevos cronogramas de pagos a los organismos financieros internacionales; nunca debe olvidarse que detrás de su "dureza" con el FMI Lavagna puede jactarse de haber sido el ministro que mejor cumplió con todos los compromisos asumidos. De hecho el ministerio de Economía está pidiendo que se dé autorización a los aumentos de tarifas; tiene listo el proyecto de compensación a los bancos por la pesificación asimétrica (el monto rondaría los 10.000 millones de pesos); también está avanzado un proyecto de reforma al sistema financiero, que empezaría por dar inmunidad al directorio del Banco Central para encarar futuras reestructuraciones. Además el nuevo gobierno encararía de manera rápida la discusión sobre coparticipación, que está exigiendo el FMI, y está en estudio un proyecto de reestructuración global del sistema previsional, en grave estado grave a partir del ahondamiento de la crisis. En un plano más general, y como señalaba recientemente Lucas Llach en La Nación [5], a pesar de la declarada "heterodoxia" del nuevo gobierno -que tanto alaban sus partidarios y critican sus opositores "por derecha"-, por primera vez en muchas décadas se están cumpliendo todos los requisitos reclamados por la ortodoxia neoliberal más estricta: en primer lugar, la apertura económica no se ha revertido, sino que por el contrario la devaluación ha permitido continuar avanzando en los procesos de integración regional y multilateral. En segundo término, el rol del Estado en la economía ha bajado, tal5hhhh cohmo lo prescriben las recetas neoliberales; medido en términos del pbi el gasto pasó del 23% en 2001 al 14,5% del pbi en la actualidad. En tercer lugar, y a diferencia de lo que sucedió en la década del noventa, cuando el déficit público promedió el 1,5% del pbi, el gobierno aspira a un superávit primario de por lo menos 2,5%, inédito en la historia argentina. En cuarto lugar, se está cumpliendo el objetivo de inflación baja, sin controles de precios ni anclaje del tipo de cambio.Y por último, los salarios se mantienen lo suficientemente bajos de manera que no amenazan desde ningún punto de vista las ganancias empresarias. 

En este sentido también merece una breve consideración el empuje que el gobierno está dando al Mercosur. Lejos de ser una vuelta a la sustitución de importaciones y a un centraje nacional de las economías del Cono Sur, la integración con Brasil busca fortalecer la posición de estos países en la negociación frente al ALCA y la integración en la globalización. Por otra parte el fortalecimiento del Mercosur apuntala objetivamente las políticas favorables al capital que se están llevando simultáneamente en Brasil y Argentina.

 

 

En síntesis, por ningún lado se advierte un giro hacia un régimen distributivo profundo, keynesiano de izquierda o cosa parecida, a pesar de las promesas de Kirchner de ponerse firme "frente a los reclamos de las corporaciones".

  

c) Fortalecimiento del gobierno y reactivación económica

 

Una tesis que ha estado también muy extendida sostenía que un gobierno que consiguió apenas el 22% de los votos debería ser débil por naturaleza, y que por lo tanto la crisis política no podría cerrar. Buena parte de las esperanzas en una rápida vuelta a una situación de crisis estilo diciembre de 2001 se basan en esta creencia.

La experiencia de estas primeras semanas de gobierno de Kirchner deberían inducir a revisar seriamente la anterior tesis. Varios factores concurrentes están llevando al fortalecimiento del gobierno. Por una parte, la reactivación económica, a la que nos referiremos luego, permite un cierto optimismo. Por otro lado, se ha ido generando un clima de aprobación masivo al gobierno; los medios se ocupan de destacar el carácter dinámico de Kirchner, su poder de decisión, su sensibilidad ante los problemas, y un largo etcétera de "méritos". El apoyo del progresismo y de la izquierda tiene mucha importancia, porque se trata de sectores tradicionalmente críticos; aunque no vote a la izquierda, mucha gente da importancia a estos respaldos porque piensa "hasta De Gennaro o Bonafini, que son partidarios del pueblo, reconocen que este gobierno tiene muchas cosas positivas". Que Hebe Bonafini haya concurrido a una entrevista con el presidente y que lo único que haya encontrado para criticar fuera la designación de Béliz en Justicia, es altamente ilustrativo. Esto para no hablar del apoyo exultante de De Gennaro y Maffei, o el giro de Moyano hacia el apoyo al gobierno. El descabezamiento de la cúpula militar, los cambios en la conducción de la policía, el reinicio de las clases en Entre Ríos, los cambios en el Pami y la ofensiva contra la Corte Suprema son todos motivos para el aplauso entusiasta de estos sectores. Paralelamente, y en tanto la dirección de los gremios estatales aplaude, en muchos sectores del Estado se llevan adelante "ajustes" -jubilación de personal, no renovación de contratos, despidos encubiertos- que implican más precarización y ataque a los trabajadores; la Universidad de Buenos Aires, o reparticiones como Vialidad Nacional, son ejemplos.

Por otra parte, y como ya adelantamos, el gobierno toma oxígeno de la situación económica, que ha venido mejorando ya desde el año pasado. Durante el primer trimestre del año la economía creció un 5,2% con respecto a igual período del 2002. Desde el pico económico del segundo trimestre de 1998 hasta el primero del 2002 el pbi bajó un 20%, aproximadamente, de manera que se habrían recuperado unos 5 puntos. Esto indica que existe todavía un amplio margen potencial para continuar con el crecimiento -capacidad ociosa, mano de obra barata y desocupada. Algunos rubros están recuperando de manera bastante fuerte, entre ellos la  construcción, que ha crecido en el primer trimestre un 40%. Otros datos reveladores son la recuperación del transporte ferroviario y automotor, y el crecimiento de la producción de electricidad (un 6% interanual). El excedente en la balanza comercial y el freno de la inflación le ha permitido al gobierno además controlar el dólar; el sistema financiero se ha ido recuperando (aunque todavía los bancos no pueden cerrar los balances porque no está decidido cómo se va a resolver la cuestión de la devolución de los redescuentos), y las tasas experimentaron una tendencia hacia la baja, lenta pero sostenida en el tiempo. Al momento de escribir este artículo las tasas están a su nivel más bajo, en términos reales, desde el estallido de la Convertibilidad; la sangría del sistema financiero claramente se ha frenado, la recaudación fiscal continúa su mejora y analistas están detectando inversiones en algunos sectores. En el sector externo continúa el superávit comercial, y se ha comenzado a notar un considerable repunte de las importaciones. En este rubro las importaciones de bienes intermedios crecieron un 79% (en abril, comparado con abril de 2002); entre ellos, productos químicos para el agro, mineral de hierro, algodón. Es indicativo de sectores que están creciendo fuerte como agro, acero y textil. Las importaciones de bienes de equipo crecieron, pero en mucha menor medida (son un 16% del total, cuando normalmente eran el 40% en los noventa) lo que está demostrando que la inversión sigue baja, aunque con algunos signos de mejoría. En el agro se anuncia una cosecha record de granos -72 millones de toneladas, contra 69,6 del ciclo anterior, que a su vez también había sido record.  

Está claro, y nunca se insistirá lo suficiente en ello, que todos estos datos deben ponerse contra el telón de fondo de un derrumbe de la economía como pocas veces se ha visto.  Además, industrias importantes como automotriz aún no pueden recuperarse, dada la falta de crédito; la exportación no crece en volúmen, en gran medida por la misma razón; y el consumo se mantiene a niveles deprimidos. Sin embargo, y teniendo en cuenta estas mediaciones, después de una catástrofe como la que sufrió la economía argentina en el 2002, una mejora, por pequeña que sea, tiene el efecto que tiene una bocanada de oxígeno para alguien que se está ahogando. Todo esto genera condiciones para el fortalecimiento del nuevo gobierno y le da espacio para intentar avanzar en las reformas que la burguesía está exigiendo. Entre ellas, aumentar el superávit fiscal primario. Debe tenerse en cuenta que en los próximos meses y años Argentina girará miles de millones de dólares a los acreedores de la deuda externa -sean cuales sean los resultados de las negociaciones y las quitas que se acuerden- lo que demandará nuevos y brutales sacrificios fiscales y "ajustarse el cinturón" todavía más a la población trabajadora.

Por otra parte, los mayores recursos fiscales permiten iniciar algunos planes de obras públicas (aunque por ahora son más promesas que realidades). Si bien la obra pública en sí misma no puede ser el motor de un crecimiento sostenido -para esto hace falta que se recupere la inversión privada- podría coadyudar siempre se que sigan registrando los índices favorables. 

Existe además otro elemento que debe ser sumado al análisis, y que muchas veces se descuida, y es el que atañe a lo que llamaríamos construcción de poder desde el poder. Con esta expresión queremos poner de relieve la importancia que tiene la utilización de los resortes del poder -y en un régimen presidencialista como el argentino el Poder Ejecutivo es el principal poder- para potenciar el fortalecimiento del gobierno que deviene del consenso popular al que hicimos referencia. Es una cuestión que Kirchner parece tener bastante clara -y que no tenía en absoluto clara un Chacho Alvarez, por ejemplo, que pensaba que el poder es una cuestión de discursos- y que ha puesto en práctica desde el comienzo. El ataque a los focos posibles de resistencia en las esferas del Estado -cúpula militar, Corte Suprema, Pami, para nombrar sólo los más emblemáticos- no sólo le permiten ampliar una base de apoyo, sino reforzar efectivamente el poder propio. A esto se suma el vuelco del aparato del Estado a respaldar a los candidatos en las próximas elecciones -al momento de escribir este artículo se acaban de dar las elecciones de Córdoba- tejiendo de esta manera una red de apoyos institucionales que de conjunto refuerzan el poder político. En esta enumeración de construcción de poder, debemos sumar además el hecho que la bancada peronista en el Parlamento se haya terminado alineando detrás de Kirchner, con muy pocas pérdidas -apenas unos cuatro o cinco menemistas se negaron a reunificarse. Esto corre paralelo al alineamiento que se está dando por parte de los gobernadores.

Es importante señalar que los mercados han reaccionado a esto de manera positiva. Un gobierno fortalecido, con poder de decisión, es imprescindible para afrontar las tensiones que vendrán en un futuro más o menos cercano. 

De lo dicho hasta aquí no debería deducirse que todos los problemas están solucionados; siguen existiendo muchos frentes de tensiones y contradicciones, que por ahora no puede decirse cómo van a evolucionar en concreto. Sin embargo, lo que queremos enfatizar es que visto el panorama desde la perspectiva de la crisis abierta el 19 y 20 de diciembre, la tendencia es hacia una estabilización del curso político burgués, fuertemente escorado, por otra parte, hacia la derecha en su curso profundo. En este respecto existe un peso social objetivo, marcado incluso por la composición del voto que analizamos antes. A esto se suma que se ha visto confirmado el fuerte control de aparatos políticos en varios feudos -Rodríguez Saa en San Luis, Romero en Salta, Kirchner en Santa Cruz, pero también los punteros e intendentes peronistas en el Gran Buenos Aires- y podemos entrever -según las encuestas- la posibilidad de que en varias elecciones de los próximos meses en Capital, provincia de Buenos Aires y otros distritos importantes triunfen variantes de la derecha. El caso de Kirchner dando un apoyo al gobernador de Formosa -un caso característico de caciquismo reaccionario- es ilustrativo de las variantes que podemos ver repetirse en los próximos meses: un discurso y acciones que complacen al progresismo, pero al mismo tiempo el mantenimiento de estructuras fuertemente reaccionarias y la continuidad del ajuste sobre la clase trabajadora.

Todo apunta entonces a que en los próximos meses la lucha de clases se dé a través de peleas "de retaguardia", defensivas, en el marco de un gobierno que se ha fortalecido. O en todo caso serán luchas intentando recuperar en parte el salario perdido, en la medida en que continúe la recuperación económica y bajen, aunque sea mínimamente, los niveles de desocupación [6]. El conflicto del personal no docente de las escuelas de Buenos Aires, por aumentos salariales, es importante en este respecto.

 Por el lado del gobierno, seguramente se combinará la continuación de los planes sociales y alguna negociación de conflictos -como sucede hoy con Lapa- con la represión salvaje y puntual a los que "saquen los pies del plato", o sea, a las vanguardias más combativas. Este es el escenario más probable en el cual deberá desarrollarse la orientación política de la izquierda. 

 

IV Una orientación táctica de resistencia y lucha ideológica

 

La actual situación está caracterizada entonces por el profundo retroceso en todos los planos de la clase trabajadora -sufre la ofensiva del capital sin poder articular respuesta- y la desorientación y marginación de las fuerzas de la izquierda. En muchos sectores hay una mezcla de bronca y escepticismo. Las capas medias a su vez se han vuelto a sumergir en la apatía. El movimiento estudiantil "no da señales de vida"; incluso en un lugar tan radicalizado como la Facultad de Ciencias Sociales de Buenos Aires, la votación al Centro de Estudiantes fue ganada por una corriente burguesa, vinculada al ARI. En amplios sectores de los barrios marginados y empobrecidos asistimos a fenómenos casi de descomposición social profunda -droga, delincuencia, alcohol. En estas condiciones el trabajo que deberíamos plantearnos los socialistas pasa por dos planos fundamentales, a nuestro entender.

En primer lugar, sobre la base caracterizar que se cierra la crisis burguesa y se registran síntomas de recuperación económica, es importante plantearse una estrategia de frente único amplio, en defensa de las reivindicaciones elementales. Por frente único entendemos una táctica que privilegie la unidad en la acción siempre que permita dar pasos concretos en defensa del movimiento, de las libertades democráticas, de salarios o derechos laborales vitales.

En segundo término debemos trabajar a fondo en el plano de la lucha ideológica y política. Si bien la crisis no dio como resultado una salida socialista, muchos vieron conmovidas sus creencias en las bondades del sistema; la desconfianza en las instituciones, en los políticos, en los discursos oficiales, ofrece un punto de apoyo para avanzar nuestras explicaciones, nuestra visión de conjunto y la alternativa. Con esos compañeros que se ilusionaron con que todo cambiaría con la caída de De la Rúa, hay que discutir pacientemente; explicar que si la burguesía pudo poner la política, a pesar de que había sido el pueblo el que había puesto los muertos en la calle, esto se debió a la falta de conciencia y organización, y que tenemos que empezar por hacer un balance sereno de lo que sucedió. Hay que educar en la desconfianza al Estado, a sus instituciones, intentando sacar conclusiones de fondo, de manera que se vean las raíces sociales, de clase, de los males que se padecen. En este punto se suma además la necesidad de educar en la desconfianza y en la crítica al gobierno, mostrando su orientaciones esenciales de clase; recordemos que las "cartas de apoyo" que le brindaron de hecho Fidel Castro, Chavez, De Gennaro, tienen incidencia -en diversos grados y amplitudes- en la conciencia de los trabajadores y el pueblo. Encontrar argumentos para defender una postura crítica con respecto al gobierno en los organismos de masas es hoy una tarea primordial. En muchos lados los activistas de izquierda se encuentran con muchas dificultades a la hora de marcar una distancia crítica frente al gobierno, dadas las expectativas de amplios sectores del movimiento de masas. 

 En una palabra, en una etapa como ésta lo central es la propaganda, la lucha ideológica; y en lo posible, avanzar en la organización de los que comprenden, para que a su vez ellos también se sumen a la tarea de esclarecer, de ayudar a sacar conclusiones a otros. La etapa no se va a cambiar gritando consignas incendiarias, ni lanzándose a acciones vanguardistas o ejemplaristas. Por el contrario, tenemos que acompañar los procesos sociales, objetivos, aunque sean a niveles moleculares, sin ultimatismos, sin imponer consignas de lucha ni organización. Simplemente participando, y explicando las causas de por qué suceden la desocupación, el hambre, la explotación; desnudando el carácter de clase del gobierno, de los burócratas sindicales. Alentando y participando en las luchas de resistencia, que pueden reanimarse si continúa la recuperación económica. Esta es la tarea que tenemos por delante.  

 

 

 



[1] En este respecto nadie puede negarle consecuencia en los errores a los dirigentes de CTA. También inmediatamente después de la elección presidencial de 1999 dijeron que el voto por la Alianza era un voto por el cambio, cuando De la Rúa había insistido durante la campaña electoral que no modificaría los pilares esenciales de la política de los noventa (Convertibilidad, apertura de la economía, privatizaciones). 

[2] Dejemos de lado el tema que aun en el caso que triunfara la izquierda en una Asamblea Constituyente, estaría por verse hasta qué punto podría modificar la sociedad sin cambiar el carácter de clase del Estado.

[3] Recordemos que, por ejemplo, Kirchner fue un fervoroso partidario de la privatización de YPF. Desde Santa Cruz no dejó de presionar a los representantes de su provincia en las Cámaras para que aprobaran la privatización. 

[4] Hemos tratado esta cuestión con extensión en nuestro análisis de la caída de De la Rúa, y la crítica a la caracterización del progresismo del "cambio de modelo".

[5] Lucas Llach, "Por primera vez se cumplen todos los requisitos de la ortodoxia" La Nación 22/06/03.

[6] Algunos sectores de la izquierda piensan que "cuanto peor, mejor". O sea, cuanto más crisis exista, más posibilidades de ruptura de la gente con el capitalismo y de avance en un sentido socialista de la conciencia. La dinámica de la crisis y lo que ha sucedido a nivel de la conciencia debería convencerlos de que esto no es así. Por el contrario, una depresión económica sin alternativa a la izquierda genera fenómenos de descomposición social profundos. A su vez, una recuperación económica, y una baja de los niveles de desocupación, aunque sea de algunos puntos, puede jugar en un sentido beneficioso, tanto para la perspectiva de las luchas elementales como para la organización de la clase trabajadora.