LIGA COMUNISTA (ARGENTINA)

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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Julio de 2005
 
Notas sobre política universitaria

 

El objetivo de estas notas es intentar abrir un debate sobre las características sociales y políticas que tiene la universidad y la militancia en este ámbito

La necesidad de este debate reside, entre otras cosas, en superar algunas concepciones (demasiado apegados a la letra de Marx) que conciben a la universidad como un ámbito de exclusivo dominio de la burguesía, y de preparación de sus cuadros o profesionales. Hoy vemos que la universidad contiene a una buena parte de la juventud que proviene de la pequeña burguesía empobrecida (en vías de proletarización) y de la clase obrera. Es cierto que hace 40 o 50 años a la universidad concurrían mayoritariamente los hijos de la burguesía y de la clase media acomodada; que tenían como destino convertirse en cuadros de la clase dirigente o, por lo menos, en prósperos profesionales. En aquellos años los grupos marxistas que trabajaban en las universidades lo hacían con vistas a captar a los jóvenes que “pasaban de las filas de la burguesía a las del proletariado” (según una fórmula común en aquella época). Esto es, buscaban capitalizar la radicalización política de muchos jóvenes, sensibilizados por la existencia de dictaduras o el ascenso de luchas obreras. La universidad era así una fuente de aprovisionamiento de militancia para las organizaciones.[1] Sin embargo, en las últimas décadas se ha producido un cambio importante en la composición social del estudiante universitario. Las razones pueden ser varias: presión de la pequeña burguesía y capas de asalariados que veían en la universidad una de las pocas vías de ascenso social para sus hijos[2]; las luchas estudiantiles por democratizar a la universidad; y hasta un interés de fracciones de la clase dominante en que la universidad ampliara la preparación de la futura mano de obra.

Sea por una combinación de éstas u otras razones, lo cierto es que la universidad se ha masificado. En Argentina hoy hay aproximadamente un millón de jóvenes[3] en las universidades. Esto nos lleva a afirmar que la universidad ya no es sólo una caja de resonancia de debates, en la que pueden radicalizarse jóvenes, sino también una institución que reúne a una parte de la juventud cuya perspectiva de vida está muy lejos de ser la de cuadro de la burguesía o profesional independiente acomodado. Empezamos entonces por el tema básico, la naturaleza social del estudiantado universitario.

 

La caracterización social del estudiantado

 

En este tema hay dos posiciones polares. Por un lado, la marxista tradicional, que sostiene que el estudiantado universitario es burgués, o pequeño burgués en camino a enriquecerse con una profesión liberal; según este enfoque, como sector no tendría contradicciones esenciales con la sociedad burguesa, sino su interés objetivo estaría en preservarla. En este caso la lucha por las reivindicaciones estudiantiles sería una pelea por facilitar la integración en la burguesía, o en sus capas de profesionales acomodados. Por otra parte encontramos la posición opuesta, que sostiene que los estudiantes, como tales, forman parte de la clase trabajadora. Desde esta perspectiva cualquier reivindicación estudiantil es una reivindicación “obrera” e incluso los reclamos democráticos apuntarían contra el sistema. Nuestra postura toma distancia de ambos enfoques.

En primer lugar, y como ya adelantamos en la introducción, la enseñanza universitaria se ha masificado al punto que hoy cientos de miles de diplomados no tienen posibilidad alguna de formar parte de la burguesía, ni de ser profesionales independientes. Su destino es ser asalariados más o menos calificados, cuando no desempleados, por lo menos en el rubro para el que se han preparado. Sin embargo, de aquí no puede concluirse que el estudiantado como tal es parte de la clase obrera, o que como grupo social tiene contradicciones objetivas con el sistema capitalista.

Es claro, en primer lugar, que los estudiantes universitarios no están direc­tamente involu­crados en las relaciones de producción. No forman parte, en cuanto tales, de la clase obrera. Se preparan para ocupar en el futuro una posición en la economía y por eso su caracterización social debe tener en cuenta esta dinámica. En este respecto, y siguiendo una idea de Daniel Bertaux[4], consideramos fundamental tomar en cuenta la posición del estu­diante con relación a su futuro, como parte de una trayec­toria de clase. Explicado con un ejemplo, la actitud y la posición del estu­diante que se prepara para ser administra­dor de empresas es distinta de la de aquél cuyo futuro más probable sea ser un intelectual semi-proleta­riza­do (un docente de escuela secundaria, un médico asalariado de una empresa de la medicina). Esta determinación según la trayectoria de clase debe comple­mentarse, sin embargo, con otras tales como el origen social o la situa­ción actual (si trabaja o no). Estos factores reactúan sobre las pers­pecti­vas del estudian­te, sobre su trayec­to­ria de clase. Así un joven de familia burguesa puede asegu­rarse una inserción laboral muy distinta a la de uno proveniente de los secto­res medios o bajos; un joven de pocos recursos y relaciones, que va a una universidad masificada y de bajo nivel, posiblemente termine como asalariado medianamente calificado de una empresa, aunque se haya recibido en administración de empresas.

Todos estos determinantes tienen entonces influen­cia sobre la visión ideológica y la definición de los intereses de clase de los estudiantes. De conjunto podemos caracterizar al estudiantado como un grupo social particular, atravesado por diferentes posturas de clase, que van desde aquella determinada por el origen burgués, y la perspectiva de insertarse en la alta burguesía, hasta la determinada por la trayectoria del asalariado calificado, explotado por el capital; pasando por todas las variantes de la pequeña burguesía. Sin embargo la masificación explica que una inmensa mayoría de los estudiantes se ubiquen en una trayectoria de clase que apunta a la clase obrera, o a sectores semi-proletarizados. Hoy la universidad produce cantidades de profesionales que tienen muy pocas posibilidades de repetir las trayectorias del clásico hijo del inmigrante que todavía hace algunas décadas llegaba a doctor o abogado. Esta situación le ha proporcionado a la burguesía una abundante mano de obra calificada. Lo que hace hoy un ingeniero muchas veces lo hacía antes un egresado de escuelas técnicas; lo que hace un contador, lo hacía un perito mercantil[5]. En tanto, la burguesía prepara a sus cuadros en las universidades privadas de elite (Cema, San Andrés, etc.) o en cursos de post-grado y masters, muchas veces en el exterior.

De esta manera también se prolongó la preparación, junto a la caída del nivel de la enseñanza en cada instancia. Como lo han evidenciado evaluaciones oficiales, quienes egresan hoy de la primaria tienen menos conocimientos que los chicos y chicas que hace algunas décadas atrás salían de la primaria. Pero también son más los que ingresan al secundario, del que saldrán con menos conocimientos que los que tenían quienes salían antes del secundario. De manera que los egresados de los secundarios muchas veces hacen trabajos que antes hacían los egresados del primario; y la misma correspondencia se encuentra entre egresados de la universidad de hoy y egresados de las secundarias de antes. A su vez, quienes no han terminado siquiera la primaria tienen, en su inmensa mayoría, como destino la marginación completa, por lo menos a partir de la edad en que ya no pueden cumplir labores pesadas.[6] De esta manera se genera una sobreoferta permanente de mano de obra calificada, que ejerce una presión sobre los salarios.

Esta es una situación que de alguna manera beneficia al capital, pero le impone enormes costos. De ahí la reivindicación de hacer más “eficiente” la educación, de reducir la proporción egresados y gente que ingresa, de títulos intermedios o reducir la duración de los cursos de grado, derivando la formación de los cuadros calificados a los postgrados.

Este panorama cambia la perspectiva de una buena parte del estudiantado; mientras que antes los estudiantes tenían como meta convertirse en prósperos profesionales, hoy una buena parte del estudiantado es consciente (o por lo menos lo intuye) de que sus posibilidades laborales estarán muy limitadas. Muchos ya están trabajando como asalariados y estudian con el propósito de, a lo sumo, conseguir una remuneración algo más elevada de la que reciben hoy. Cuando egresen de la facultad realizarán tareas que no tienen que ver con su preparación; o en el mejor de los casos harán tareas que requie­ren menos capacita­ción que la implicada en su título. Además perderán buena parte de su califica­ción, por falta de actualiza­ción o sencillamente por realizar tareas repetidas y parciales. Utilizando las categorías de Marx, podemos decir que sus trabajos cada vez más serán parte del “gasto de energía en general”.

Un sector, por supuesto, accederá a puestos de profesionales independientes, u ocuparán una posición de agentes de la dominación capitalista, como cuadros medios de empresas o del aparato estatal. Es lo que algunos han llamado la “moderna clase media”. No sólo cumplirán funciones técnicas, sino también de concepción (parcial) y de correas de transmisión del dominio del capital. Estos recibirán ingre­sos en parte provenien­tes de la plusvalía (es decir, ingresos por encima del valor de su fuerza de trabajo califica­da) y en parte como retri­bu­ción a su función productiva. La ambición de insertarse en esta franja social es parte integrante de la ideología y las motiva­ciones políti­cas de miles de estudiantes. La existencia de esta franja desmiente, por otra parte, la tesis de que el sector "orgá­ni­camente no socia­lista" del estu­dianta­do estaría compuesto sólo por una delgadísi­ma capa de hijos de la alta burguesía. Recordemos que en los años setenta esta idea llevó a los teóri­cos del capitalismo monopolis­ta de Estado (por ejem­plo, del PC francés) a sostener una nueva forma de frente popular de colabo­ración de clases, planteando la alianza entre los obreros y las "nuevas capas medias", que incluían a los mandos medios del capital y personal superior del Estado. Pero estos sectores nunca adherirán en forma masiva -y es posible que ni siquiera en cantidad impor­tante- a la causa de la revolución socialista, por lo menos hasta que ésta no triunfe.

Del análisis se desprende entonces que la posición de buena parte de los estu­diantes se define según coyunturas políticas, económi­cas y sociales. Por supuesto, algunos definen desde el inicio una trayec­toria claramen­te burguesa; pero una inmensa mayoría tendrá una posición oscilante. Y muchos ya adquie­ren concien­cia de que los caminos están bloquea­dos, o por lo menos de que las perspec­tivas son res­tringi­das y su futuro será precario.

 

La lucha por la enseñanza “universal” y su contexto

 

En vista de lo anterior, nosotros como marxistas definimos nuestra actividad en la universidad ubicándonos en la perspectiva de los sectores más plebeyos, cuyas trayectorias de clase se inscriben en las de la clase obrera o en la de los sectores en vías de proletarización. Todo lo que contribuya a la preparación de esta fuerza de trabajo –incluida, como veremos luego, una perspectiva crítica- es punto del programa de reivindicaciones inmediatas. Entre ellas, la exigencia de becas (por ejemplo para apuntes, viáticos, etc.), de horarios apropiados para los que trabajan, de apoyo al estudio y demandas similares que deberán precisarse según las especificidades de cada lugar. Ahora bien, debemos combinar estas reivindicaciones que apuntan a la incorporación de estudiantes a la universidad con la consideración de otras dos cuestiones.

La primera se refiere a que se debe evitar la agitación fácil –de la que a veces hacen uso algunos grupos populistas y de izquierda- de pedir una baja del nivel académico, con el argumento de “luchar contra la educación elitista”. Los marxistas no podemos sumarnos al pedido de que se baje el nivel educativo, sino que se den las facilidades para que todos puedan acceder a la mejor preparación. Para explicarlo con un ejemplo, si los estudiantes que vienen del colegio secundario no saben lo que fue la Revolución Francesa, la reivindicación no puede ser “que entren todos”, para transformar a las facultades el secundario que no se hizo. Esto llevará a la descalificación y desarticulación creciente de la universidad; cada vez más se convertiría en un “secundario avanzado”, para preparar mano de obra cada vez más descalificada, en tanto la burguesía formará a sus cuadros en las universidades de elite. La crítica debe dirigirse por lo tanto al conjunto del sistema educativo; y el movimiento estudiantil universitario articular sus reivindicaciones con los estudiantes secundarios, los docentes y el resto de la población.

La segunda cuestión atañe a la perspectiva última de la lucha por abrir las puertas de la universidad a más jóvenes. En este terreno debemos tener en cuenta, en primer lugar que,  la universidad jamás será, en esta sociedad de clases, una universidad “de los trabajadores”. Hay límites sociales infranqueables en este sentido, determinados, en última instancia, por la propiedad privada del capital. Pero además es necesario entender que la reivindicación de masificar la enseñanza universitaria se enfrenta a una contradicción de largo plazo, a saber: en tanto cada vez egresen más licenciados, aumentará la oferta de mano de obra calificada y por lo tanto la competencia para acceder a un número limitado de puestos de trabajo. Esto no sólo intensificará la presión por realizar postgrados sino también presionará sobre las capas más descalificadas de la clase obrera. Y, necesariamente, enormes sectores de egresados realizarán tareas de menor calificación de la que poseen, perderán la calificación adquirida o serán desocupados. Cuanto mayor éxito se tenga en la lucha por abrir la universidad a más jóvenes, mayor serán estas tendencias.

Con esto no queremos decir que no se deba luchar por abrir la universidad; ya hemos definido que defendemos todo lo que ayude a mejorar la preparación intelectual y laboral de los jóvenes trabajadores, o de los hijos de los trabajadores. Pero tenemos que ser conscientes –y hacerlo consciente- de que esta lucha plantea problemas que deben llevar al cuestionamiento de la sociedad en la que se inscribe la educación. En otros términos, tenemos que mostrar que la lucha por abrir la universidad no permite, a la mayoría de los jóvenes, superar su condición de asalariados, actuales o futuros. Aun en el hipotético caso de que todos los jóvenes accedieran a un título universitario, existiría entonces una clase obrera titulada universitariamente, que seguiría tan explotada como ahora; y la burguesía prepararía a sus cuadros en otro lado. Esta contradicción de fondo entre calificación e inserción sólo se podrá empezar a remediar en una sociedad que acabe con la explotación y avance hacia la superación de la división entre el trabajo intelectual y el manual; que ha sido característica de toda sociedad de clases.

 

La lucha ideológica y democrática

 

Lo anterior deberá combinarse con el cuestionamiento ideológico. La universidad es, por definición, un ámbito en el que se producen y reproducen las ideas de la clase dominante pero que a su vez abre espacios para introducir el pensamiento crítico, el cuestionamiento, incluso da pie para la existencia de cátedras con visiones alternativas a las “oficiales”. En las ciencias sociales esta cuestión no necesita mayores explicaciones. Pero también en carreras que aparecen como “neutras” es posible introducir cuestionamientos. Por ejemplo en medicina (plantear la salud como fenómeno social); en ingeniería (“naturalmente” al estudiante de ingeniería industrial se le enseña a razonar desde el punto de vista de la empresa); en arquitectura (el cuestionamiento de lo urbano como espacio de valorización). Muchos jóvenes buscan respuestas a la crisis que se vive y las ideologías dominantes son sometidas espontáneamente a examen y esto tal vez explica por qué en los últimos años surgieron muchos grupos de estudio y discusión que son independientes y críticos; en la UBA y la UNLP es un fenómeno bastante extendido.

Pero además existe otra instancia del cuestionamiento ideológico que apunta a la misma estructura de la enseñanza, y que podemos resumir diciendo que estamos “contra la dictadura de las cátedras”. Esto porque queremos despertar el espíritu crítico y el cuestionamiento en jóvenes cuya trayectoria es insertarse en la clase trabajadora. Tengamos en cuenta que el sistema desalienta una formación de este tipo. Se trata hasta cierto punto de una contradicción, porque la burguesía necesita gente con capacidad de razonar y decidir, pero no quiere gente que razone críticamente con respecto al sistema social; y menos que decida emprender algo contra el mismo. De ahí que siempre se hable de despertar el espíritu crítico y la iniciativa de los jóvenes, y de su participación, pero en la práctica se haga todo con cuentagotas y de forma sumamente restringida. El sistema quiere una participación rigurosamente vigilada, controlada y castrada de sus aspectos críticos de fondo.

La estructura de las cátedras es funcional a esto. Empezando porque existe por lo general una única cátedra por materia, con un jefe que impone sus criterios y pensamientos al resto de los docentes que le están subordinados. Así no hay posibilidad de que los estudiantes elijan entre distintos enfoques; no pueden elegir cátedras con visiones alternativas y dentro de la cátedra se oye la misma voz monocorde. Por otra parte, muchas veces los docentes despliegan arbitrariedad y represión ideológica. Hoy no son raros los casos en que se califica a los alumnos porque tienen opiniones ideológicamente opuestas a la imperante en la cátedra; o los casos en que prácticamente se prohíbe a los alumnos que recurran a bibliografía alternativa y crítica de la que ha decidido la cátedra. Cuando alguien cuestiona se lo descalifica brutalmente y se lo marca de manera que se hace muy difícil aprobar la materia. Con todo esto como marco, se incita luego a los estudiantes a “participar y discutir”.

De esta manera se ha ido creando una masa estudiantil acrítica, que repite mecánicamente lo que se le enseña para pasar cursos y llegar al título sin haberse preguntado apenas por lo que se le ha enseñado. El retroceso político general de las ideas de izquierda en la sociedad constituye el marco de este proceso. Frente a esto, algunos grupos de izquierda adoptan una actitud pasiva; critican, si hay muchos aplazados, a las cátedras por “elitistas” o “limitacionistas”. Sin negar que esto en muchos casos efectivamente es real (hay cátedras “filtro”, dedicadas a desmoralizar y expulsar alumnos de las facultades), es insuficiente porque deja de lado el aspecto más general de la enseñanza. Algunos grupos con inclinaciones anarquistas o autonomistas, ya han encarado este aspecto de la cuestión y han logrado despertar alguna conciencia al respecto.

Por otra parte hay que profundizar en el cuestionamiento de los contenidos, muchas veces sencillamente apologéticos de la sociedad de explotación. Por ejemplo, cartas como la de los estudiantes de Economía de Cambridge en la que piden que se enseñen todas las visiones, y no sólo la neoclásica, deberían ser difundidas por los marxistas para abrir el debate. Asimismo editar boletines con denuncias de las arbitrariedades de las cátedras (y de los negocios que hacen algunos jefes de cátedras son sus libros y los apuntes), así como la promoción de talleres y encuentros para la reflexión, crítica y enfoques alternativos. Hay que exigir también la provisión de medios (bibliotecas, infraestructura) que posibiliten el desarrollo de la enseñanza.

Es desde esta perspectiva, por otra parte, que debería encararse la cuestión de la participación democrática de los estudiantes en la dirección de las facultades. Contra el argumento de la derecha, acerca de que los estudiantes no tienen capacidad para decidir sobre los asuntos académicos, hay que responder que son precisamente los estudiantes quienes la mayoría de las veces tienen las evaluaciones más certeras y ajustadas sobre las cátedras, su contenido y nivel académico. Y son los estudiantes quienes exigen que se los prepare mejor, porque son conscientes de lo caro que pagarán una baja formación a la hora de buscar trabajo. En esta perspectiva, las reivindicaciones de mayor presupuesto para aumentar salarios a los docentes, acabar con los ad honorem, promover las dedicaciones exclusivas, y similares, son fundamentales. En síntesis, la demanda de la incorporación de los estudiantes al manejo de los asuntos universitarios debe hacerse desde la perspectiva de promover una participación crítica. No basta –ni es lo fundamental- pedir el voto de la comunidad estudiantil a la hora de elegir las autoridades de las carreras o facultades. Si el estudiantado permanece marginado, si desde las estructuras académicas se sigue promoviendo el verticalismo, la arbitrariedad, la aceptación pasiva de programas y contenidos, el voto –aun en el caso que sea universal- poco arregla. A lo sumo legitima lo existente y la perpetuación de las camarillas académicas.

 

Sobre pasantías

 

Otro de los problemas que enfrentamos es qué actitud deberíamos tomar ante las pasantías, y los acuerdos de las universidades con empresas privadas. A veces las agrupaciones de izquierda rechazan de plano las pasantías con el argumento de que son negociados y que las empresas disponen así de mano de obra barata.

Lo primero que habría que señalar al respecto es que de hecho la empresa capitalista está “metida” en la universidad, porque es el sustento de la relación capitalista, y ésta es el elemento fundamental que media todas las instancias sociales. En otras palabras, es imposible que la relación capitalista no esté presente en las universidades. Pero además las empresas están presentes a través de la presión de los estudiantes que demandan que se los prepare para insertarse en el futuro en el mercado laboral. Son los estudiantes los que aspiran a tener una pasantía; después de todo, una estudiante de periodismo prefiere estar haciendo una experiencia en un diario, que trabajando de camarera en un bar. Además los marxistas reivindicamos la combinación del estudio y del trabajo. Pero por otra parte las pasantías son utilizadas por las empresas para disponer de mano de obra barata y precarizar el trabajo de los que ya están empleados, y por las universidades para recaudar dinero (se quedan con parte de la plusvalía extraída a de los estudiantes). Por lo tanto en esta cuestión la demanda no debería ser “fuera las pasantías”, sino que a los estudiantes se les pague como un trabajador normal que se incorpora a una empresa, con seguridad social y derechos laborales y sindicales.

 

Sobre reivindicaciones y consignas

 

Entonces, los lineamientos a partir de los cuales se podría comenzar a elaborar programas para la intervención en las facultades serían:

a)      los que hacen a la apertura de la enseñanza, las posibilidades de acceso a la universidad y continuar las carreras, con especial atención a que no se pierda calidad educativa;

b)      las que afectan a las cuestiones democráticas; que no pasan sólo ni principalmente por luchar contra la represión abierta (hoy no es un tema en la mayoría de las facultades), sino contra el carácter dogmático de la enseñanza, la falta de discusión en las cátedras, la represión a los que cuestionan, etcétera;

c)      la discusión y el cuestionamiento ideológico de los contenidos de la enseñanza;

Todo esto no niega que un grupo político, a su vez, presente sus explicaciones y análisis sobre la situación política nacional, o cuestiones similares. Pero estos temas no atañen específicamente a la política universitaria.

Es conveniente, por otra parte, alertar contra la inclinación de muchas sectas de la izquierda a agitar consignas vacías, que para los estudiantes no tienen significado alguno. Ha habido casos extremos, como grupos que lanzaron campañas centradas en consignas  como “Armas para Bosnia”, “Apoyemos a los armenios” o “Frente obrero-estudiantil para otro Argentinazo”. También son abstractas agitaciones del tipo “contra el capitalismo”. Salvo en contados círculos muy politizados de la UBA (cursos de Sociales a la noche, algo en Filosofía y Letras), para el resto de los estudiantes todo esto es “chino básico”. De lo que se trata es de llegar con un diálogo a cientos de compañeros, no de gritar en el vacío. Hay que intentar un perfil de propaganda y trabajo que, partiendo de las cosas sentidas (horarios de cursos, cátedras atestadas, docentes que no explican y “matan” en los parciales, dinero que no alcanza para los apuntes, y un largo etcétera) hagamos ver qué hay detrás, cómo el sistema prepara al estudiante para ser una mano de obra dócil, medianamente calificada, con un futuro de precariedad laboral, y sometida a la división del trabajo que se impone desde el capital. No es cuestión de agitar un rosario infernal de consignas, sino tomar algunas de las más sentidas, y ubicarlas en un contexto que permita, además de articular las demandas o movilizaciones, avanzar en la conciencia y establecer lazos de unidad con todos los que compartan estos objetivos. Esta unidad deberá buscarse también en el campo de la lucha ideológica a la que nos hemos referido antes.

Por último, existen algunas consignas que se agitan en la UBA, como “Universidad de los trabajadores”, que deberíamos apoyar críticamente. Las apoyamos porque expresan el deseo de que más gente proveniente de la clase trabajadora pueda estudiar. Pero hay que destacar también, en la propaganda, las condiciones sociales en que se podrá concretar esta consigna; explicar que en tanto exista la sociedad de clases la universidad no va a ser de los trabajadores. Algo parecido se puede decir de consignas como “Por una universidad al servicio de las luchas obreras”, y similares. Expresan sentimientos progresistas, pero también reflejan la ilusión de operar una transformación de clase en una de las instituciones fundamentales de la sociedad capitalista. Sólo en un período de intensa actividad revolucionaria, y por poco tiempo, podrá, tal vez, alguna facultad acercarse a ese ideal; y en tanto la clase obrera no tome el poder, siempre será pasible de sufrir un contragolpe de la derecha que acabe con la “isla revolucionaria”.

 

                         

Bibliografía

                                                                     

  • Donaire R. M. (2004), "Una aproximación a la relación entre educación y estructura productiva: la evolución de la situación de los profesionales en el Gran Buenos Aires, Argentina,1980-2001", ponencia presentada en la Conferencia Internacional de Sociología de la Educación, organizadas por la Asociación Internacional de Sociología (ISA), la Facultad de Filosofía y Letras – UBA, el Instituto Paulo Freire Argentina, la Confederación de Trabajadores de la Educación y la Escuela de Formación Marina Vilte, Buenos Aires, Agosto.     

 

  • Wright O., Clase, Crisis y Estado,  Madrid, Siglo XXI.


[1] De ahí la idea de “proletarizar” o enviar al frente militar, según las organizaciones, a los mejores cuadros que se reclutaban en las universidades. No se concebía que el joven recibido tuviera en el futuro alguna inserción social que no fuera burguesa, o al servicio de la burguesía.

[2] Esta presión se expresó en la necesidad de los partidos mayoritarios, radicalismo y peronismo, de abrir las puertas de la universidad. El voto mayoritario a la Franja en los ochenta puede ser producto  de que, de alguna  manera, el radicalismo respondió a esa aspiración (instrumentó el CBC, entre otras medidas). No olvidemos que cuando López Murphy quiso avanzar sobre el arancelamiento, encontró una de las oposiciones más fuertes en su propio partido de entonces, la UCR. Algo similar se puede decir de la actitud del peronismo, por lo menos de los sectores “históricos” (duhaldismo, kirchnerismo, juventud peronista, los ligados al sindicalismo).

[3] Según el INDEC en el 2001 había 904.919 alumnos en universidades estatales (“Población de 3 años y más que asiste a algún establecimiento educacional por nivel de enseñanza y sector de gestión, según sexo y grupos de edad”, Total del país, año 2001, fuente: INDEC, Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2001).

[4] Citado por E. O. Wright en Clase, Crisis y Estado Madrid, Siglo XXI, p. 87.

[5] En un trabajo que aborda el problema de la descalificación de las tareas de los profesionales se sostiene que 6 de cada 10 graduados superiores o universitarios ejercen tareas no profesionales (Donaire R., 2004).    

[6] Hoy incluso para tareas agrícolas los empresarios están pidiendo gente con estudios secundarios completos; trabajar en máquinas que vienen equipadas con computadoras, exige un grado de comprensión que hoy no da el colegio primario.