LIGA COMUNISTA (ARGENTINA)

Debate Marxista
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas agosto de 1998
 
Revalorizando la dependencia a la luz de la crítica a la tesis del estancamiento crónico

Rolando Astarita y O. Colombo

    En el Manifiesto Comunista Marx y Engels afirmaron que el desa­rrollo del capitalismo "obliga a todas las naciones, si no quieren sucumbir, a adoptar el modo burgués de producción, las constriñe a introducir la llamada civiliza­ción, es decir, a hacerse burgueses" (1975, p.26). Pensaban que todos los países, de una u otra manera, emprenderían el camino de la indus­trializa­ción y generalizarían las relacio­nes capi­talistas. Luego Marx volvió a expresar su convencimiento de que la entrada del capitalismo en las regiones periféricas generaría el desarrollo de las fuerzas producti­vas y barrería los antiguos modos de produc­ción; sobre los efectos de las inversiones británicas en la India escribió: "si introdu­cís las máqui­nas en el sistema de locomo­ción de un país que posee hierro y carbón, ya no podréis impedir que ese país fabri­que dichas máquinas" (1975, p.364). Esta pers­pectiva encerraba una idea del capitalis­mo como superior -desa­rrollo de las fuerzas productivas- a los regímenes precapita­listas, al tiempo que la revolu­ción socialis­ta encontra­ría su funda­mento en la agudiza­ción de las contradic­ciones inheren­tes a este modo de producción.

    Pero a lo largo del siglo veinte este enfoque fue abandonado por la mayoría de los marxis­tas, porque se pensó que el impe­ria­lismo impedía el desarrollo de los países atrasa­dos [1]. Por ejemplo, Frank -quien ubica la aparición del imperia­lismo a mediados del siglo XIX- criticó las predic­ciones de Marx sobre la India que acabamos de citar: "... en esta ocasión el señor Marx estaba equivocado .... porque la desindustrialización de la India fue parte íntegra del mismo proceso económico, social y político de la industria­li­zación de Inglate­rra" (1978, p.175). Otros marxistas, que datan la aparición del imperialismo unas décadas más tarde que Frank, pensaron que Marx no estaba equivo­cado para el momento en que escribió, pero que aque­llas previsiones ya no tendrían vi­gencia "porque los monopo­lios impedirán que un capitalismo local ... pueda competir con ellos" (Amin, 1975, p.185). Algunos estudiosos sostienen incluso que ya el "último Marx" -el de las cartas a Zasulich sobre Rusia- apuntaba en una dirección muy distinta, en lo que se refiere a los países atrasados, que la del Mani­fiesto o los escri­tos sobre la India.

    En este trabajo nos proponemos examinar cómo se llegó y se elaboró la visión "estan­cacionista" de autores como Frank o Amin, y su relación con las teorías sobre la dependen­cia, a la luz de los desa-rrollos del capita­lismo en la periferia. Comenza­remos con la discusión planteada por Shanin sobre las posi-ciones de Marx y las discusiones marxistas poste-riores sobre la Rusia zarista y los países atrasados.

   

Los análisis de Marx sobre Rusia

 

    Shanin sostiene que "la fuerza de El Capital" reside en la manera en que expone cómo "un tipo recientemente creado de economía -la economía capitalista contemporánea de Gran Bretaña- ha funcionado a nivel social" (1990, pp.14-5); este "modelo" fue aplicable y útil para otras sociedades "en las que el capitalismo ha ido en rápido y manifiesto ascenso desde entonces". Pero este enfoque sufre las limitaciones derivadas de las circunstancias histó­ricas en las que fue concebido y de las ideas que entonces predomi­naban; en parti­cular, el evolucio­nismo -Darwin, Spencer, Comte- que postu­laba un "desarrollo estructuralmente necesario a través de estadios que el método científico debe descubrir". El punto fuerte del evolucionismo sería "la aceptación del cambio", pero su punto débil radicaría "en el deter­minismo optimista y unili­neal" (p.15). La afirma­ción de El Capital, que dice que el país más desarrollado industrialmente muestra a los menos desa­rrolla­dos "la imagen de su propio futu­ro", correspon­dería enton­ces a la convicción de que se trataba de "leyes naturales que se desen­vuelven con férrea necesidad" (citado por Shanin, p.14).

    Shanin dice que sin embargo Marx no se satisfizo con esa visión unilineal evolucionista; su propia formación dialécti­ca lo empuja­ría a cuestionarla, a lo que se sumaron hechos y descubri­mientos importantes: primero los estudios sobre Asia y el despo­tis­mo orien­tal; después de 1870, la Comuna de París, el descubri­mien­to de la prehistoria, la ampliación de los conoci­mientos sobre sociedades rurales no capitalistas "entrampa­das en el mundo capitalista", y fundamentalmente Rusia, con sus co-munas rurales y la experiencia revolucionaria del populismo. Aunque en los últimos años Marx no pu-blicó nada sustan­cial, "la dirección en que avanzaba su inves­tigación y pensamien­to surgen de su corres-pon­dencia, notas y reediciones" (p.20). En particular Shanin examina las cartas a Vera Zasulich, donde Marx plantea la posibi­lidad de que la vieja comuna rusa se constituya en base de una nueva sociedad comunista: "... la existencia de la comuna podía prevalecer una vez que la revolución hubiera remo-vido las presio­nes contra la comuna y que la tecno-logía avanzada desarro­llada por el capita­lismo se utili­zara bajo el control comunal de los productores. Esta solución sería la mejor para el futuro del desa-rrollo de Rusia. La principal limitación de la comuna rural, ... su aislamiento ... podría superarse por la in-surrec­ción popular...", mediante una organización de campesinos "diri­giendo sus propios asuntos, dentro y como parte de la sociedad socialista" (pp.33-4).

    Marx habría abandonado aquí la idea del progreso unilineal, reem­plazán­dolo por la visión del desarrollo desigual; esto consti­tuiría una poderosa apertura a los temas que luego serían debatidos por los marxistas: los problemas de las sociedades periféricas, la dependencia, el desarrollo desi­gual y combinado, revoluciones como la China o Yugoslava, la interdependencia de modos de producción diversos y su cambio. Para Marx, ahora la Inglaterra desarrollada ya no ofrecería a la Rusia atrasada "la imagen de su propio futuro". Pero, según Shanin, primero Plejanov y sus compañeros de la "Emancipación del Traba­jo", y luego los marxistas posteriores, habrían olvidado estas ideas para aferrarse al viejo evolucionismo lineal.

    Sin embargo veremos más adelante que la mayoría de los marxistas hicieron precisamente lo opuesto de lo que afirma Shanin que hicieron cuando teorizaron sobre la dependencia. En cuanto a la interpretación del pensamiento de Marx, pensamos que Shanin peca de unilateralidad. Su trabajo es importante porque demuestra cómo Marx no estaba atado a ningún esquema acerca de las posibi­lidades de la evolución histórica y la lucha de clases. Pero el problema es que ha confundido dos planos en que se mueve Marx: aquél de las posibilidades del desarrollo histórico y de la lucha de clases, por un lado, y el de las tenden­cias que se derivan de la "lógica del capital" a partir de que el modo de producción capitalista "hace pie" en una formación social, por el otro. En otro trabajo hemos discutido la relación que existe entre adoptar un análisis que parte de reco-nocer que existe una lógica del capital y la elaboración de una estrategia que reivindique el poder transfor­mador de la lucha revolucionaria (Astarita, 1996). De una manera muy característi­ca, Shanin contrapone la voluntad de acción revolucio-naria a lo que él llama visión unilineal y mecáni­ca de la evolu­ción, englobando bajo este último rótulo todo análisis que dé cuenta de las tendencias objetivas del desarrollo social: "mecánico vs. daléctico" se transforma, implícitamente, en "objetivo vs. subjetivo". Pero como hemos analizado en el trabajo citado, y volvere­mos a verlo bajo otros aspectos en éste, también detrás de muchas formu­laciones "evolucionistas y mecanicistas" de izquier­distas se escondieron prácti­cas voluntaris­tas e idealistas y perspectivas arbitrarias sobre la evolución histó­rica.

    Es cierto que, como dice Shanin, Marx estaba muy preocu­pado en los últimos años de su vida por la evolución de Rusia. Pero también trabajó casi hasta el final de su vida en el complejo problema de las tendencias inherentes al sistema capitalista y su lógica reproductiva, incluso en los aspectos que aparecen, a primera vista, más "mecanicistas" y "lineales". Es un hecho -que Shanin no menciona- que el manuscrito VIII, que constituye la base de los esquemas de reproducción del capital, fue escrito después de 1877 [2]; esos esquemas ilustran y desarrollan las posibilidades de despliegue del capital, y contienen, además, la crítica más sólida a la tesis de la imposibi­lidad de desarrollo del capita­lismo a causa del "subconsumo de las masas". Por otra parte, no es casual que en sus últimos años Marx estudiara con atención la economía de Estados Unidos, que había pasado a ser el lugar clásico del capitalis­mo [3]: al mismo tiempo que elaboraba sobre posibi­lidades teóricas de distintas evoluciones, centraba su atención en el país en el cual el desplie­gue de las leyes inherentes al capital -su acumula­ción y crisis- operaba de manera más pura, porque estaba conven­cido de que debía estudiar las crisis en su forma madura [4]. En las últimas cartas y manuscritos la idea de evolu­ción estructural de la acumula­ción y crisis se conserva en las mejores tradiciones de los escritos anteriores a 1870 [5], sin que ello implicara ideas "mecanicis­tas" o "a-dialécticas", ni negar la lucha de clases o la acción revolu­cionaria. Com­prender que la lucha de clases está abierta a múltiples alterna­tivas y evolucio­nes no tiene por qué llevar a descono­cer la tendencia "natural" [6] del sistema a desarrollarse a través de una dialéctica de leyes que le son inmanentes.

    Por otra parte, en el pensamiento de Marx las perspectivas de la evolución no capitalista de Rusia estaban condi­ciona­das al triunfo de la revolución. Como lo dicen las cartas a Zasulich, la comuna podría prevalecer si una insu­rrección popular cambiaba el rumbo de la socie­dad; ¿pero qué sucedería si la revolu­ción no estalla­ba? ¿qué perspec­tivas había si el capitalismo comenzaba a hacer pie? [7]. En este plano la lógica del capital, de su dialécti­ca interna, comienza a jugar un rol decisivo para comprender las tendencias -profundas- en curso. Obsérvese que en la misma respuesta a Zasulich, del 8/03/1881, Marx señala explícitamente que la "inevitabilidad histórica" de la que hablaba en El Capital estaba expresamente restringida al cumplimiento de un presupuesto histórico, la expropiación del campesino y la aparición de la propiedad privada capitalista. En su concepción, en la medida en que esto sucediera, comenzarían a desplegarse los mecanismos de reproducción inmanentes al modo de producción capitalista. Es evidente que aquí existe una continuidad con pasajes muy anteriores; así, en los Grundrisse Marx había explicado la diferencia entre los "supuestos históricos", que como tales pertenecen a la historia de la formación del capitalismo "pero de ningún modo a su historia contemporánea", y los supuestos que produce y reproduce el mismo capital en cuanto ha llegado a ser capital; es decir, "no como condiciones de su génesis, sino como resultados de su existencia". Y agregaba: "nuestro método pone de manifiesto los puntos en los que tiene que introducirse el análisis histórico" y refuerza la idea con la clara diferenciación entre las "leyes de la economía burguesa" y "la historia real de las relaciones de producción" (1989, t.1 pp. 421-2). En todo esto están comprendidas las discusiones sobre la relación entre leyes tendenciales, de estructura, del sistema capitalista (y entre ellas, el desarrollo contradictorio de sus fuerzas productivas y relaciones de producción), y su relación con la lucha de clases, sobre las que volveremos luego.

 

Lenin y el desarrollo en Rusia

 

    Como afirma Shanin, la discusión sobre Rusia concen­tró, a fines de siglo pasado y comienzos de éste, muchos de los problemas que luego se debatirían en torno a los países atrasados o perifé­ricos. Lenin nos ofrece un rico ejemplo de articulación entre la utili­zación de herramientas conceptuales que permi­ten comprender la lógica del capital y su valorización, y las posibilidades abier­tas que plantea la lucha de clases.

    Lenin polemiza con los populis­tas apoyándose, teórica­mente, en los esquemas de la repro­ducción de El Capital, de manera que el desarro­llo del capitalismo ruso aparece como un proceso "orgá­ni­co y nacio­nal" (térmi­no de Bros­sat, 1976); seguía el orden de sucesión de fases expuesto por Marx en El Capital, aunque de manera abreviada y acelerada (de los oficios artesana­les a la manufac­tura, de allí a la gran indus­tria, etc.). Por eso también no considera esencial al mercado exte­rior para la realiza­ción del produc­to [8]. Ligado a este planteo, considera al capita­lismo superior a los regímenes preca­pita­listas anteriores, porque éstos perpetuaban el estanca­miento de las fuerzas productivas y con ello todas las "taras" de las relacio­nes de sujeción personal, de superstición y atraso. En este punto existe una oposición frontal al "romanti­cismo económi­co" que ensalza la "idílica" y "dorada" vida -del campesino o del artesa­no- anterior a la llegada del capitalismo. Por eso la política de los marxistas debía ser encon­trar las bases para la supera­ción del sistema "en el desarro­llo de las contradic­ciones de clase del orden económico dado" (1969 p.375) [9], y no apaci­guarlas frenando el desarrollo. En un pasaje muy significativo, critica a los que "susti­tu­yen el análisis de las contra­dic­ciones existentes por una expresión de inocentes deseos" (1969a p.186); a quienes especulan sobre lo que "podría existir" en otra sociedad abstrac­ta "y no en la sociedad real de un período determinado ... basada en la economía mercan­til" (p.187), y preten­den que los sistemas económicos son producto de la voluntad de los economis­tas o gobiernos, razonando acerca de la "racio­na­lidad o irracio­nalidad", en abstrac­to, de tal o cual régimen social. En consecuen­cia, el opti­mismo revolu­cio­nario de Lenin no se deriva­ba de alguna tesis sobre la incapa­ci­dad de la burguesía para desarro­llar las fuerzas produc­tivas, sino de la tendencia al agravamiento de las contra­dicciones que planteaba esa misma dinámica.

    Sus análisis posteriores profundizarán en estas ideas, pero articulándo­las con una apertura a posibilidades de caminos de desarrollo que nada tienen que ver con una visión mecáni­ca y lineal. Como es conocido, postula dos vías posibles para Rusia: el camino "nortea­merica­no", revolu­ciona­rio, por medio de la toma del poder de los obreros y campe­sinos, para acabar con la propiedad de la tierra -una revolu­ción democrático burguesa "jacobina", lle-vada hasta sus últimas consecuencias lógicas-; y el "prusia­no", por el cual los terrate­nientes se trans­forma­rían en capitalis­tas, y el régimen evolucio­naría lentamente hacia una democracia burguesa "vigila­da", restringi­da. Por supues­to, entre ambos polos entrevía muchas posibilida­des inter­me­dias, pero lo central es que no negaba la posibili­dad del desa­rrollo del capitalismo en Rusia: "...la trans­forma­ción del régi­men econó­mico y político del país en el sentido demo­crático burgués es inevita­ble e ineludible. No hay fuerza en el mundo capaz de impedirla". (1969b, p.50; énfa­sis añadi­do). Estaba convencido de que las refor­mas de Struve aceleraban el desa­rrollo capitalis­ta en Rusia, y en ese sentido eran "pro­gresivas" aun-que no mejoraran la situación de las masas [10]; en una expre­sión muy caracte­rísti­ca, advertía que "hay revoluciones democrá­tico burguesas y revolucio­nes democráti­co burguesas". Nunca pensó en un estan-ca­miento permanente, ni en salidas absolu­tamente bloqueadas para la burgue­sía. Se puede objetar -y con razón, como lo haría entonces Trotski- que no contemplaba la posibilidad de una revolución socia­lista, que abriera el camino a una vía de evolución no capitalista, y en ese sentido su análisis pecaba por linealidad, de "etapismo". Pero por otra parte, capta la tendencia, el impulso interno al desarrollo del capitalismo que estaba presente en la realidad rusa, a la par que abre un amplio campo de alternativas que se derivaban de los cursos posibles de la lucha de clases, imposibles de determinar de antemano. En última instancia, se trata de la misma articulación entre enfocar la existencia de una lógica del capital, y las posibilidades de la acción revolucionaria.

    Por otra parte en los primeros escritos de Lenin el tema del capital extranjero está minusvalorado; es sabido que el imperia­lismo ocupará un lugar destacado en las preocupa­ciones del líder bolchevique a partir de la guerra mundial, y en este respecto se plantea la cuestión de hasta qué punto Lenin modificó su visión sobre el desarrollo del capitalismo en los países periféricos. Sus referencias al "parasitismo" y a la "expoliación y saqueo" del capital imperialista, combinada con la convicción de que se asistía a la "agonía" del sistema, dan lugar a pensar en un giro de su pensamiento hacia la tesis del estancamiento y crisis crónica de los países atrasados, que luego sería común en la izquierda; de hecho, muchos seguidores de Lenin creyeron encontrar en sus escritos sobre el imperialismo cierto apoyo para esas posiciones. Sin embargo, aun en esos trabajos se expresa su convicción de que la exportación de capitales desarrolla a los países receptores: "La exportación de capitales influye en el desarrollo del capitalismo en aquellos países a los que ha sido exportado y lo acelera extra-ordinariamente. ... si bien la exportación de capital puede, hasta cierto punto, tender a frenar el desarrollo en los países exportadores de capital, ello sólo puede hacerse expandiendo e intensificando el desarrollo del capitalismo en todo el mundo" (1972 p.433, énfasis nuestro). Y en el mismo texto aclara que "es un error creer que esta tendencia a la descomposición excluye el rápido crecimiento del capitalismo" (p.491). Años más tarde, cuando Bujarin quiso modificar el programa del partido, elimi­nando los aparta­dos que se referían al desarro­llo de la pequeña indus­tria mercan­til porque ahora dominaba el monopolio, Lenin se opuso argumentando que el impe­rialismo es "una superes­truc­tura" del capita­lismo, que no anula sus leyes de acumula­ción (1972a); y en ese texto caracteriza a la inmensa mayoría de los países en tránsito "de la Edad Media a la democracia burguesa" (p.413). Recordemos que se trata de 1919, pleno período en que los bolcheviques creían cercano el asalto final del proletariado al capitalismo. Destaquemos que en estos planteos hay una visión del desarrollo del capitalismo que entronca con la concep­ción de Marx sobre el desarrollo de las fuerzas productivas [11], que de hecho sería cuestionado posteriormente por los autores que trataron el problema del atraso de los países periféricos. 

 

El análisis de Trotski

   

    Trotski ha sido uno de los primeros marxistas que, al abordar el estudio de un país atrasado, planteó la idea de un bloqueo -más o menos sistemático- en el desarrollo de sus fuerzas productivas y de un capitalismo pleno.

    Su punto fuerte en el análisis sobre Rusia es haber destacado la incidencia del capital extranjero en el desarrollo del capitalis­mo local. Trotski fue uno de los primeros marxistas que partió de la unidad del mercado mundial para analizar los países atrasados. Sin embargo le otorgará tal relevan­cia -junto al Estado- en el desarrollo de Rusia, que prácticamente descarta todo impulso interno; así desde sus más tempranos escritos niega que la burguesía liberal rusa pudiera desarro­llar el capitalis­mo y asentar formas democrá­tico-burguesas [12]. En su vi­sión, la única posibi­lidad de cumplir las tareas demo­crático burguesas -en particu­lar acabar con las relaciones semi feudales en el agro y "lim­piar" de raíz el aparato represivo de la auto­cracia- era mediante el triunfo de la dicta­dura del proleta­riado, que arrastrara detrás suyo al campesinado. Por eso el fundamento de la revolución socialista derivaba de su afirmación del estanca­miento secu­lar de las fuerzas productivas en Rusia. Años después, haciendo el balance de la revolución de 1917, sostiene que ésta se había producido porque las fuerzas produc­ti­vas en Rusia tenían bloquea­do su desarrollo (1973, p.61). En su Historia de la revolu­ción rusa afirma que la absor­ción del excedente econó­mico por parte del Estado quitaba toda fuerza a la burgue­sía rusa, ésta era "com­prado­ra", y de hecho no habría tenido base de apoyo "interna" (1985, p.42). A pesar de que admite que existieron perío­dos en que la industria se desarro­lló "con extraor­dinaria rapi­dez", y que la tecno­logía industrial estaba al nivel de las más avanzadas, que en el agro avanzaba la producción capita­lis­ta, y se extendía la prole­ta­ri­zación de las masas campesinas, no modifica su caracteriza­ción general del estanca­mien­to; incluso llega al punto de afirmar que en 1917 la agri­cultura se mantenía al nivel del siglo XVII (1985, t.1 p.37). En este punto, advertimos una cuestión que se reproducirá en muchos autores posteriores: de hecho, se describe que hay desarrollo de las fuerzas producti­vas capitalis­tas, pero a la hora de la caracterización "global", se afirma que el estancamiento "es crónico".

    En base a esa tesis Trotski asigna­ba muy pocas posibili­dades de manio­bra y de conce­siones demo­cráti­cas a la burguesía liberal, a la que califica de "nulidad". Reconocía que "la escuela, la univer­sidad, el munici­pio, la prensa, el teatro", estaban al servicio del libera­lismo ruso, pero afirmaba que "el proletariado no ha heredado nada de la sociedad burguesa desde el punto de vista de la cultura políti­ca" (1971, p.122) [13]. En un pasaje muy carac­terís­tico, señaló que entre el proleta­riado concentrado y el absolu­tismo sólo había una "burgue­sía capita­lista numéricamen­te débil, aislada del "pueblo", medio extranjera de origen, sin tradiciones históricas y animada únicamente por la codicia" (1971, p.159). El despliegue de la lógica del capital, su impulso interno, y el estallido de las contradiccio­nes que le son inhe­rentes, es dejado de lado [14]. La tesis del desarrollo desigual y combinado de Trotski, que sostiene que las formas más avanzadas del capitalis­mo se combinaban con las estructuras atrasadas, da cuenta de un aspecto real de la forma­ción económico social, en el sentido de que Rusia no había pasado por las etapas "clásicas" del artesa­nado a la manufactura, y de ésta a la gran industria. En este aspecto, supera el evolucionis­mo lineal de muchos autores de la Segunda Internacional, y que también se advierte en no pocos pasajes de Lenin; pero al mismo tiempo niega que la entrada del capital extranjero favore­ciera el desarrollo de una estructura capitalista rusa, incluyendo peque­ñas empresas, y ayudara a sentar las bases para el desarrollo interno de tendencias capita­listas.

 

Imperialismo y países atrasados

 

    Todavía a mediados de los años veinte en el movi­miento comunista se acepta­ba la idea de que la entrada de los capitales imperia­listas en los países atrasados generaba desarro­llo de las fuerzas produc-ti­vas. Los libros clásicos sobre el imperia­lismo de Hil-fer­ding o Lenin no ponían en cuestión este tema [15].

     Es en el sexto Congre­so de la IC donde se plantea por primera vez, en el movimiento comunista, que países atrasados y dominados verían bloqueado su desarrollo en términos absolutos. En ese Congreso también se modificó la caracterización tradicio­nal de los países depen­dien­tes, que pasaron a ser consi­derados "semico­loniales"[16]. Como ha señalado Palma, este Congreso debería ser considera­do entonces como "el punto de transición del enfoque marxista respecto a la progresi­vi­dad del capitalismo en las regiones atrasada" (1981, p.46).

    En los años cincuenta y sesenta estas ideas se refuerzan y consolidan, con el trabajo de Baran (1959), primero, y de los autores de la escuela de la dependencia y del intercambio desigual, después. Se piensa que existe un estancamiento permanente de las fuerzas productivas; aun cuando en muchos pasajes -Frank, Dos Santos, Amin- reconocen de hecho que existen períodos de crecimiento, no modifican la visión general "estancacionista": en Baran se hablará de una dinámica "autoestancadora", en Dos Santos, Frank, Bambirra, Amin, encon-traremos repetidas referencias al "estancamiento crónico", a la "crisis permanente" de los países atrasa­dos; en todos los casos, las fases de desarrollo se ven como espejismos temporarios, incapaces de modificar sustancialmente el panorama de estancamiento [17]. Al respecto, es típica la operación de "desplazamiento" del concepto de desarrollo que tenía el marxismo clásico. La idea del desarrollo ahora se asocia al crecimiento soberano, autocentrado, al achicamiento de las diferencias sociales e incluso a pautas culturales (estos aspectos son subrayados, en diversos grados, por Frank, Amin, Bambirra, Dos Santos).

    En el mismo sentido, se piensa que las relaciones capitalis­tas no se pueden extender plenamente. Si bien Frank o Wallerstein sostuvieron que la vinculación al mercado mundial confería al conjunto de las estructuras sociales periféricas un carácter capitalista, negaron la existencia en esos países de clases en el sentido del modo de produc­ción capitalista o la existencia de transformaciones sociales en un sentido profundo [18]; por eso, para Frank, la burguesía latinoameri­cana no era burguesía en el sentido pleno, no era "clase dominan­te", sino "lumpen burguesía" (1979). Antes, Baran había caracterizado a los regímenes periféricos como "mercantil - feudales". Por otra parte, los críticos de Frank que argumentaron que el modo de producción debía definirse sobre la base de las relaciones internas de extracción del excedente encontraron aún más razones para ver por todos lados la pervivencia de modos precapitalistas. Así Laclau en su conocida crítica a Frank, construye un modelo teórico que explica el mantenimiento de relaciones precapitalistas en la periferia como "condición inherente al proceso de acumulación en los países centrales" (1984, p.41). Las tesis del estructuralismo althusseriano dieron el marco más general para desarrollar la noción del mercado mundial como "formación económico social", es decir, como articulación de modos de producción capitalistas -en los países avanzados- y precapitalistas -en las periferias-. La discusión sobre el intercammbio desigual también brindó argumentos para entender a estos modos precapitalistas como funcionales, e incluso indispensablea, para la reproducción del sistema. Los enfoques "articulación de modos de producción" e "intercambio desigual" se combinan y potencian en las obras de Amin (1975, 1984, 1984a, 1986), Meillasoux (1982), Phipippe Rey (1976). De manera muy característica del pensamiento entonces reinante, Amin hablará de la "transición capitalista bloqueada" en los países periféricos, y de su falta de "dinamismo interno propio" [19]. En algunos casos, se asimila al campesinado de los países subdesarrollados al proletaria­do mundial (Amin, 1986), en el marco de negar la homogeneidad -o la tendencia a la homogei­nización- del sistema. Palloix, enfatizando la unidad del mercado mundial, sostendrá también que los modos precapitalistas eran no sólo funcionales, sino indispensables para la reproducción del centro [20]; un enfoque muy distinto al de los autores clásicos, porque no se trata de una aproximación más concreta al funcionamiento de la economía mundial, sino de una pers-pectiva totalmente distinta con respecto a su dinámica de desarrollo. Mandel (1979), criticará a Bujarin porque éste había planteado al sistema mundial como modo de producción y sostendrá que es incorrecto decir que el dominio del capitalismo conduce a su "uni-versalización". De alguna manera se niega la existencia de una lógica del capital, de las potencialidades de desa-rro­llo del sistema capitalis­ta una vez que éste hace pie en una formación precapi­talista. Incluso un trabajo tan avanzado como el de Evers (1989) -quien niega la tesis del estancamiento permanente- maneja la idea de la per-sistencia de la heterogeneidad estructural -que funda-menta en la existencia de los millones de marginados- sin percatarse que ellos hoy son el producto genuino del modo de producción capitalista.

    Desde el punto de vista político, la impo-sibilidad de desarrollo capitalista llevaba a negar la factibilidad de democracias burguesas mínimamente duraderas en la periferia (Dos Santos, 1975; Amin, 1984). La burguesía no tenía "sustento" como clase en la periferia; en la misma vena que la "lumpen bur-guesía" de Frank, se consideraba que la dominación central impedía la formación de "una burguesía nacional de empresarios" (por ejemplo Amin, 1986).

     Estas ideas se refuerzan con las teorizaciones sobre el monopo­lio, y su supuesta capacidad para fijar arbitrariamente los precios [21]. La noción del "manejo monopo­lista" nos lleva a la lógica de la "fun­cionali­dad", es decir, a la idea de que se manipula la estructura del mundo según los intereses de un puñado de podero­sos, para mantener las ganancias elevadas y anular las tendencias a su caída. Amin, Palloix y muchos otros atribuyeron a los monopolios una fuerza absoluta para bloquear la extensión de las relaciones capitalistas perpetuando los modos de producción anteriores; Braun (1973) explicaría el intercambio desigual por la fija­ción monopolista de los precios internaciona­les. En ese marco teórico de la anulación de la compe­tencia, muchos explicaron la crisis por cambios en las "relaciones de fuerza", como la insubor­dina­ción de los países de la perife­ria frente a la dominación impe­rialis­ta o la rebe­lión de las fuerzas del trabajo en los países centrales (por ejemplo, Arrig­hi 1982; también el regula­cionis­mo, la escuela de la "constricción de ganancias"; la corriente del "marxismo abierto"). La tesis de Marx, que los límites del capital están en el seno de la misma relación capitalista, se ve sustituida por la que los ubica en las relaciones de fuerza, las relaciones geográficas, etc.

Las experiencias de "socialismos tercermundistas", de las revoluciones china, vietnamita y cubana, y otras, daban aliento político a estas posiciones. En muchos casos lo anterior se combi­nará con concepciones de tipo "subconsumista" de las crisis capitalis­tas -las fuerzas productivas y las rela­ciones de produc­ción no pueden desarrollarse porque los ingresos de las masas son muy bajos, y esto achica el mercado interno, impidiendo la acumulación de capital. Esta idea la encontramos en autores tan diversos como Amin (1975, 1986), Dos Santos (1975), Mandel (1979). Por ejemplo, de manera muy característica, Amin sostiene que la producción manufacturera en los países subdesarrollados -en los años 50' y 60'- sólo tiene como destino satisfacer la demanda de la exportación o de artículos de lujo de la burguesía "compradora". Estos enfoques subconsumistas confluyen a la idea del estancamiento, como ha demostrado, entre otros, Bleaney (1977). A pesar de las diferencias políticas, era "de sentido común" en los argumentos de la izquierda revolucionaria fundamentar la necesidad del programa socialista para las periferias no en las contradicciones propias del desarrollo capitalista, sino en el "bloqueo permanente" a la expansión del sistema: como diría Mandel, ésta es "la causa principal de la crisis pre revolucionaria permanente en los países dependientes" (Mandel, 1979, p.61).

 

La crisis del estancacionismo

 

    La crisis teórica en la izquierda se desataría, en gran medida, debido al fracaso de las alternati­vas nacionales de desarrollo no capita­lista, parale­lo a la extensión y profun­diza­ción de las relacio­nes capitalis­tas -y de sus fuerzas produc­ti­vas-, a la creciente convergencia de los países hacia una dinámi­ca unificada de despliegue de las crisis, y al ataque global del capital al trabajo. En este sentido, la crisis de la visión estancacio­nista fue determi­nante para comen­zar a entender la necesidad de replantear los problemas. 

    Entre 1960 y 1968 las economías capita­listas adelanta­das crecie­ron a tasas anuales del 5,2%, y los países subdesarro­llados al 5,3%; entre 1968 y 1979 los primeros lo hicieron al 3,5% anual, y los segun­dos al 6,2%. En cuanto al desarrollo industrial, los países capitalistas atrasados crecían, entre 1960 y 1968, al 8,5% anual, y entre 1969 y 1979 al 6,4% (datos tomados de Omina­mi, 1986). Entre 1970 y 1980 el crecimiento del valor agregado en la manufactura de los países latinoamericanos fue del 6,4% anual y el del este y sudeste asiático del 11,5% anual, para citar casos significativos (datos de Ayres y Clark, 1998). Frente a las tesis que pronosticaban un freno permanente de la proleta­riza­ción, el empleo industrial en los países capitalistas subde­sarro­llados crecía, entre 1971 y 1982, el 58% (dato tomado de Callini­cos, 1993, p.239). Además la exten­sión y profun­diza­ción (subsun­ción real del trabajo al capital) de las rela­ciones capita­listas se dio también en el comercio, transporte y otros rubros conoci­dos como "servi­cios".

    A comienzos de los setenta algunos autores, como Palma plantearon la necesidad de revisar algunas de las tesis más básicas del estancacionismo, abogando por una vuelta a un enfoque encua­drado en los parámetros más "clási­cos" del marxismo. Palma criti­caba a quienes se limitaban a condenar los aspectos negati­vos del desarrollo en la periferia y "a elaborar diversas tesis del "inevitable" estancamiento económi­co", y su incapacidad para captar las parti-cularidades de la penetra­ción capitalista en los países de la periferia (1987, p.77). En esos años, -desde una perspectiva que no compartimos (ver infra)-, Warren impugna también globalmente la posición "estancacionista". En Argentina aparece, a mediados de los setenta, un trabajo de Sebreli (1975) que rescata la perspectiva de Marx y de las teorías clásicas del imperialismo en lo que hace al desarrollo de las fuerzas productivas, aunque polemiza sólo con el nacionalismo de izquierda y con el stalinismo, sin ver como la concepción estancacionista excede en mucho a estas corrientes políticas. Cardoso y Faletto (1977) también toman distancia con respecto a las tesis de la dependencia y la visión "estancacio-nista". Otros autores de izquierda también emprendían la crítica. Entre ellos mencionemos el trabajo de Schiffer (1981) y el de Booth (1985), que sintetiza muchas de las críticas y da lugar a nuevos debates y trabajos aca-démicos que parten del reconocimiento del desarrollo capitalista en la periferia. La crítica de Schiffer a Amin es particularmente desvastadora; práctica-mente no hay postulado de Amin que no quede rebatido a la luz de las esta-dísticas económicas de los países subdesarrollados de los años cincuenta a los setenta. Entre ellos, Schiffer de-muestra que la tasa de inversión, en promedio, de los países subdesa-rrolados era mayor, en términos de porciento del pbi, que en los países adelantados; que la producción manufacturera de los países subdesarrolados estaba destina-da principalmente a satisfacer el mercado interno y el consumo masivo, y no la exportación y el consumo de artículos de lujo de la alta burguesía, como sostenía Amin; que había existido desarrollo de la industria pesada en Asia y América Latina; y que al compás del desarrollo habían subido los salarios industriales en términos reales, y cada vez más sectores se integraban al capitalismo.

    Frente a esto, existieron también argumen­tos "de retaguar­dia". Uno, muy utilizado, hacía hincapié en una especie de "compen­sación": si bien en los NPI se daba una fuerte industrialización, ella se conseguía a costa de enormes padecimientos de las masas y superexplotación [22]; lo cual era estrictamente cierto -y sigue siéndolo-, pero ello no confir­maba la tesis del estan­cacionismo. Después de todo, también la indus­tria de los países capita­listas avanzados se levantó sobre inmensos sacrifi­cios y padeci­mientos de los trabajadores; y ya Marx había planteado esto en sus escritos sobre la India: "¿Cuándo [la burguesía] ha realizado algún progreso sin arrastrar a individuos aislados y a pueblos enteros por la sangre, el lodo, la miseria y la degradación?". Otros autores sostenían que este desarrollo periférico no era eficiente, en el sentido de que no utilizaba todos los recursos disponibles ni lo hacía de forma "racional". Este argumento profundizaba el enfoque de Baran, quien había distinguido entre el excedente real y el potencial, para desarrollar una crítica al capitalismo sobre la base de postular al socialismo como un siste-ma "racionalmente" superior, un abordaje muy distinto al marxismo clásico y su crítica al socialismo utópico. Pero además el despilfarro de recursos y los dese-quilibrios permanentes constituyen precisamente la forma característica de movimiento de la economía anárquicamente regulada por la ley del valor, e impul-sada por el afán de valorización del capital. Es decir los argumentos "racionalistas" y "humanistas" descri-ben la realidad superficial del desarrollo capitalista, sin dar cuenta de su lógica interna de evolución.

    Otra argumen­tación consistió en sostener que las contadas indus­triali­zaciones periféri­cas se explica­ban por la misma teoría de la depen­dencia, con adecua­cio­nes. El desarrollo de Corea del Sur y otros países se habría susten­tado en la inter­ven­ción estatal, lo que confir­maba la importancia que la depen­dencia había dado a la política interna y al manejo centra­lizado del excedente y la protec­ción nacional de las industrias. Además, esos países habían aprove­chado una coyuntura muy particu­lar, a saber, el "terreno libre" que había dejado la crisis de los países metropo­litanos, y particularmente el retro­ceso de los Estados Unidos; pero este intervalo sería de corto alcance (Bienfield, 1987).

    Los años ochenta seguirían planteando desafíos a la tesis del estancamiento. Si bien América Latina y Africa subsaha­riana experimentaron una profunda recesión a lo largo de la década, la zona asiática experimentaba un desarrollo notable: entre 1982 y 1993 Corea del Sur tuvo una tasa anual de creci­mien­to del 9,6%, Tailandia del 8,3%. Hong Kong y Malasia superio­res al 6% e Indonesia del 6,7%. Si a esto sumamos el crecimien­to económico de China, que está en un proceso de trans­forma­ción capita­lista y recibe cuan­tiosas inver­siones externas, nos da como resultado que una parte del planeta que abarca casi el 60% de la población mundial ha tenido índices de creci­miento nota­bles, en un período en el cual Estados Unidos retomaba tasas de crecimien­to mediana­mente acepta­bles. Según datos que tomamos de Ayres y Clark, en los ochenta el valor añadido en la industria manufactu­rera en el subcontinente indio aumentó a una tasa anual del 6,1%, en el este y sudeste asiático al 8,8% y en la zona norte y occidental de Africa un 4,3% anual. Los hechos seguían siendo muy duros de digerir para las tesis del atraso permanen­te. En 1988 Frank reconocía que la teoría de la dependen­cia "sufre ahora serias limitaciones", pero localizaba sus limitaciones sólo a nivel de "las prescripciones de estrate­gia política". En lo que respecta al análisis, todo parecía seguir más o menos igual: el nuevo desa­rrollo dependiente basado en la expor­tación de produc­tos manufac­turados y agrícolas "no es en ningún aspecto signifi­cativamente diferente del viejo desarrollo basado en la exporta­ción de materias primas que, en un principio, fue el que subdesa­rrolló al Tercer Mundo" (1988, p.109). 

    En especial entre la izquierda militante las tesis del "estancacionismo" persistieron. Algunos compañeros de izquierda hicieron esfuer­zos -verdade­ra­men­te "heroi­cos" - por "demostrar", por ejemplo, la superiori­dad del régimen de Corea del Norte frente al de Corea del Sur, o de Bulgaria frente a algún país de la periferia capitalista. De allí se derivaba una fundamentación del socialismo sobre la base de negar el interna­cionalismo y postular el camino autárquico de desarro­llo. Estos argumentos se derrum­barían con la caída del Muro de Berlín y el marcado giro pro capitalista de China, pero aún entonces se mantuvo una obstinada negativa a reconocer cualquier tipo de posibilidad de desarrollo de las peri-ferias. Así, por ejemplo, aunque el pbi argentino haya aumentado en los últimos siete años más del 40%, aunque aumen-ten las inversio­nes produc­tivas y se pro-fundicen las rela­ciones capita­listas, mu-chos compañe­ros siguen diciendo que se trata de mera "burbuja especula­tiva" y menospre­ciando los datos por ser sólo "manipula­ciones estadísticas" y "exitis­mo menemista". En esta postura existe un anhelo por resistir las tesis que, criticando el "estancacionismo", terminaron por negar toda realidad al fenómeno del imperialismo.

 

Desarrollo capitalista en la perspectiva de Marx

 

    Es necesario superar la tesis del estancamiento permanen­te, porque a pesar de la voluntad crítica de los compañe­ros que la defienden, sólo pueden hacerlo al precio de negar los hechos e incluso embelle­cen los regíme­nes previos a la llegada del capita­lismo a las periferias. Por ejemplo, muchos se basaron en los datos de Bairoch, quien procuró demostrar que hasta mediados del siglo XVIII Europa tenía un nivel de desarro­llo inferior al resto del mundo. Pero sus datos son muy endebles (Chesnais, 1988, pp.34 y ss). Además, no se podría comprender cómo países "mi­núsculos por su tamaño y población", como Inglate­rra, Países Bajos, Portugal, pudieron conquistar "territorios lejanos e inmensos, algunas veces muy poblados, sin disponer de un conside­rable avance técnico, naval y militar" (ídem). Se nos puede decir que no debemos tomar en cuenta a Chesnais, un autor anticomunista (que, dicho sea de paso, no entendió lo más elemen­tal del planteo de Marx sobre la expansión del capitalismo) y apologista "modera­do" del colonia­lismo. Pero no por ello borrare­mos la realidad de las cifras y de la expansión del capitalismo en las periferias; realidad que impide responder a autores como Chesnais con las tesis del estancamiento permanente.

    Por otra parte, la época "dorada" de las formaciones socia­les previas a la llegada del capitalismo es un mito, típico de todos los populismos y romanticismos económicos. Tomemos el caso de la India, país que se ha puesto como ejemplo de lo errado que estuvo Marx al hablar del carácter progresivo que tendría -tendencialmente- la irrupción del capitalismo. Podemos decir que durante dos mil años la mortalidad en ese país fue tan alta que la pobla­ción casi no aumentó, y el equili­brio demográfi­co se mantuvo por medio de una elevada fecundidad (Chesnais, 1988, p.68). El sistema de castas, la opresión secular de la mujer (con edades promedio de "casamiento", impuesto, a los siete años), los infantici­dios, los sacrificios humanos por motivos religiosos ¿qué tenían de "dora­do"? Es cierto que la entrada del capital inglés produjo una hecatombe social, y los tejedores manuales, desplazados por los telares mecánicos ingleses, morían por millones de hambre. Pero esto no significaba que la India perma­ne­cería estancada para siempre; aquí las ideas de Marx, Hilfer­ding, Lenin, sobre la dialéctica interna de desarrollo, encuentran plena confirmación.

     ¿Significa esto que el capita­lismo le asegura un porvenir ventu­roso a la humani­dad, que debemos suspender la crítica, que las contradicciones se anula­ron? Nada de esto, sólo hay que entender que las contradicciones del capital se ubican a otro nivel. La perspectiva cambia si se analiza la dinámica del modo de producción capitalista en sus dos aspectos: en cuanto desarrollo de la producción material, y en cuanto proceso de valorización y de explotación creciente del trabajo por el capital. Pongamos un ejemplo: en el siglo XIX la esperanza de vida de la India era de 20 años, aproximadamente, y en los años cincuenta de 32 años. ¿Debemos "demostrar" que se ha vuelto a aquellos niveles para criticar al capitalismo, para desnudar sus contradicciones? ¿O "demos­trar" que los índices de alfabetización hoy son inferiores a los que había hace 100 años? Además de la escasez de datos fiables, lo más importante es que se trata de una crítica absurda, porque erra el eje del problema. Podemos dar cuenta del desarrollo de las fuerzas productivas y poner en evidencia al mismo tiempo cómo ese desarrollo es contradictorio, y se precipita en crisis periódicas, con sus catastrofes en términos de vidas humanas. En última instancia esto es lo que demuestra la actual crisis asiática: es un resultado genuino de la acumulación capitalista de-pendiente que se operó en las décadas previas. A su vez, esta acumulación siguió las tendencias inhe-rentes al modo de producción capitalista: acumu-lación basada en la extracción de altas tasas de plus-valía, ampliación de los mercados internos, proleta-rización, renovación tecnológica acicateada por la competencia, fiebres especulativas financieras y bur-sátiles, y estallidos de las crisis, que el capital busca resolver profundizando sus tendencias esen-ciales. Como ya hace mucho tiempo lo había demos-trado Marx, y destacado Rosa Luxemburgo, la agude-za de las contradicciones del capital se derivan de la explo-tación -que aumenta no sólo con la plusvalía absolu-ta, sino también con la relativa- y de la acumulación de gigantescas riquezas en un polo y de miseria y pobreza en el otro, de ejérci­tos inmensos de desocu-pa­dos y marginados. Este conflicto -y no el aumento lineal y secular de la pobreza y la degra-dación física de la humanidad- es el que sienta las bases para la emergencia de la lucha revolu­cionaria [23]. Por eso, como bien decía Schiffer, reconocer el desarrollo ca-pitalista puede servir tanto de apoyo a políticas men-cheviques (en especial si se concibe como desarrollo libre de contradicciones) como leninista (1981).

    Por otra parte, ni el desarrollo ni la pobreza son conceptos ético-universales, estáticos, sino que tienen un contenido histórico, enmarcado en un modo de producción, y reflejan por lo tanto las contra-dicciones que le son inherentes. La degradación actual de las condiciones de vida y trabajo de miles de millones de seres humanos, la explosividad de las contradicciones que genera la ofensiva del capital, deben ubicarse en una perspecti­va histórica correcta. Porque sino se corre el riesgo de embellecer implí-citamente al capitalismo, considerando que estos ma-les sociales son producto de de-formidades, distor-siones o bloqueos a su "verdadero" desarrollo. El capitalismo autocentrado, armónico y redistributivo, que supuestamente disfruta (o disfru-taba) el centro, habría sido negado a la periferia por la dominación imperialista. Esta lógica comparativa entre un modelo "puro" (idealizado e inexistente [24]) y la dura realidad de los países dependientes, impide entender el proceso social en términos de la lógica inherente al desarrollo del sistema [25]

   

Otros planteos

 

Sin embargo, la crítica a las tesis "estancacionistas" derivaría en algunos casos en posiciones lindantes con la apología del colonialismo y el imperialismo, y en otros con su negación, pura y simple. Como hemos mencionado, a comienzos de los setenta Warren critica la tesis del "desarrollo del subde-sarrollo", pero planteando también que el colo-nialismo directo, lejos de distorsionar o retardar el de-sarrollo de un capitalismo nativo, "actuó como pode-rosa palanca del cambio social progresivo"; además sostuvo que los obstáculos al desarrollo en las peri-ferias "no tienen su origen en las relaciones entre el imperialismo y el Tercer Mundo, sino en sus con-tradicciones internas" y que los lazos de dependencia del Tercer Mundo tendían a aflojarse [26]. En consecuencia, en la medida en que los capitalismos nacionales al estilo de los NPIs tomaran fuerza, los vínculos con el imperialismo se irían aflojando, con el resultado de la eventual desaparición del imperialismo (citado por Browett, 1985).

    En años posteriores, y como "derivado" de los planteos de Warren, varios autores -Becker, Sklar- criticarán a la escuela de la dependencia por "arbitraria" y "populista", por haber caído en "fantasías revolucionarias", y afirmarán que "la economía mundial está más allá del imperialismo". En una postura que, en nuestra opinión, se confunde con la de los apologistas del sistema, estos autores rechazan la idea de que el capital internacional es sistemáticamente imperialista, y que exista una relación cohercitiva de las naciones poderosas sobre las débiles; según ellos, las grandes corporaciones promueven "la integración de los diversos intereses nacionales sobre una base transnacional" [27].     Sin caer en estos extremos, y desde visiones muy opuestas, Li­pietz y Holloway también han planteado enfoques críticos y superadores de la dependencia, pero deslizándose hacia la negación de la problemática global de la dependencia. 

     Lipietz (1992) parte de una crítica a la idea -muy común en la iz­quierda- de que existe una conspiración maquiavélica del imperia­lismo para decidir la división internacional del trabajo. Pero de allí da otro paso y niega "el universal" -el imperia­lismo, la lógica mundial del despliegue de la ley del valor- para afirmar que existen múltiples posibilida­des de regímenes de acumulación naciona­les; esos regímenes serían el producto de las "creaciones" de las clases y sus relaciones de fuerza. Por su parte Holloway (1994), arrancando del concepto de capital como global y a-espacial por naturaleza, defiende una visión de homogeneidad del mercado mundial, de "sociedad global" (sólo "recortada" por los Estados). Si bien destaca entonces la unidad del mercado mundial, el carácter abstracto de esa unidad lo lleva a desechar totalmente toda la problemática de la dependencia, de "lo interno y lo externo", incluso del imperialismo, puesto que la actividad de los Estados sólo estaría orientada a atraer a los capitales. Estos, a su vez, no pueden dejar de moverse a lo largo y lo ancho del planeta, escapando de la fuerza del trabajo (la concepción de capital de Holloway como "lucha de clases", su minusvaloración del poder del capital en cuanto propietario de los medios de producción lo discutimos en Astarita, 1996). Holloway minusvalora incluso la dimensión geográfica del capital (este aspecto del capital lo analizan Harvey, 1990; Ruccio et al. 1991). Es que si bien existe una tendencia a la liberación del capital de las ataduras geográ­fi­cas, esa tendencia opera a través de procesos que inevi­ta­blemente inclu­yen ­fijacio­nes territoriales del capital y relacio­nes más o menos permanen­tes con los Estados soberanos. Y esta adscrip­ción de los capitales a "sus" Estados nos permite dar cuenta de las agresiones imperialistas, las guerras entre las potencias o coloniales, y tantos otros hechos destacados por los autores de la escuela de la dependencia y otros.

    Obsérvese que Holloway ha hecho todo un desarrollo conceptual centrado en negar que exista una "lógica del capital"; piensa que esta noción induce al reformismo, a negar las posibilidades de la acción revolucio­na­ria. Pero también Lipietz niega el "univer­sal" de la lógica del valor en proceso -o sea, del capital- a nivel mundial, y lo hace en aras de defender una política reformista, de pacto social nacional. Con lo cual deja de lado las constric­ciones efectivas que hoy impone el capital a las políticas nacionales reformistas.

 

Lucha de clases y "lógica del capital"

 

En nuestra opinión, los extremos a los que han llegado los marxistas embarcados en la senda de Warren reflejan una profunda crisis teórica -y política- ante los avances del capitalismo. Como respuesta, varios autores, conscientes de esta crisis, sostienen -en la misma vena que Shanin- que el origen de los problemas reside en la óptica global con que los marxistas encararon el problema de la dependencia; óptica a la que recusan por pecar de "determinismo", de "reduccionismo económico" y por "borrar las particularidades" de los desarrollos. Así, Booth (1985) criticó la idea de que lo que sucede en las sociedades capitalistas sea "necesario", porque en su opinión no existirían leyes de movimiento inherentes al modo de producción capitalista.

Vandergeest y Buttel plantean incorporar una perspectiva weberiana al marxismo, a fin de superar el evolucionismo lineal y el economicismo que denunciaban Booth y Shanin (1988). Corbridge (1990) defiende los planteos de Booth desde una visión global "post marxista": se evoluciona hacia un mundo "post moderno", caracterizado por la heterogeneidad y particularidad de los desarrollos, y rechaza que exista una lógica del capital y leyes de movimiento inherentes al sistema. Reivindica también a la escuela de la regulación -particularmente el de Lipietz que comentamos antes- por rechazar la noción de sistema mundial y postular que la coherencia es el simple efecto de la interacción entre procesos nacionales relativamente autónomos [28]. En un trabajo más reciente, Kiely también defiende estas ideas y reivindica a los estructuralistas -el enfoque "articulación de modos de producción"- por "superar el evolucionismo del marxismo ortodoxo" (Kiely, 1995). 

    Por otra parte, hemos visto cómo el "marxismo abierto" -Holloway y otros- también rechaza la "lógica del capital", y en cierta perspectiva, también lo hacen los regulacionistas. Las viejas discu-siones renacen: ¿voluntarismo político o determi­nismo económi­co? ¿lucha de clases o "lógica del capital"? En ambos polos conviven posicio­nes reformistas y revolucionarias, modos burocráticos (¿o acaso qué fueron los llamados a "superar el economicismo" en las cons-trucciones de los socia­lismos naciona­les?) y democráticos. El problema con-siste, en nuestra opinión, en trabajar la articulación entre las leyes inma­nentes del desplie­gue del capital y las poten-cialidades de la lucha revolu­cionaria, de la asunción consciente del combate al capital.

    Pensamos que en un sentido profundo la predic­ción de Marx se ha cumpli­do: los países pe-riféricos han tendido a desa­rrollarse en un sentido ca-pita­lista y han desarro­llado fuerzas productivas capi-talistas en conjunción con el capital imperialista. En este sentido, tiene razón Chakravarty cuando sostie-ne que el mismo desarrollo de los NPIs asiáticos de-mostró la aplicabilidad de tesis básicas de Marx, so-bre la extracción de plusvalía y la acumulación (1987). El "hambre de plusvalía" en estos países es una manifestación de aquellas "leyes inmanentes de la producción capitalista" a las que Marx se refería en El Capital, y que se hacen sentir a cada capital individual a través del látigo de la competencia (1976, p.286). Este impulso generalizó las relaciones asala-riadas a lo largo del planeta. Por eso cuestiones que han preocupado a la izquierda son desplazadas de foco por el mismo desarrollo capitalista: temas tales como el cumplimiento de las tareas "democrático bur-guesas" (asegurar las condiciones del desarrollo capitalista), la "libe­ración nacional" (constitución de Estados formalmente independien­tes), el peso social de la clase obrera en relación al resto de las clases, el rol de las "burguesías nacionales" en cuanto interesadas en desarrollos autárquicos exigen otro tratamiento que cuando se pensaba en los "capitalismos bloqueados". Además, por primera vez se asiste a una tendencia muy unificada del desenvolvimiento de las transformaciones capitalistas mundiales, y del despliegue del ataque del capital sobre el trabajo. Lejos del mundo "post moderno" de Corbridge, hoy asistimos a una homogeini­zación creciente: polari­zación social entre el capital y el trabajo, extensión de la desocupación, ataque a las conquistas de los explotados. Los "caminos nacionales" al socialismo han quedado atrás, y en todos lados parece imponerse la misma lógica del capital; un desmentido preciso a las conclusiones teóricas que desprendía Shanin en su artículo sobre Marx, cuando asignaba posibilidades ilimitadas a los socialismos nacionales de China o Vietnam. Por primera vez se asiste a una dinámica, a una lógica de la crisis unificada a nivel planetario -algo que claramente no había sucedido en los años treinta-.

    ¿Implica esto que la lucha de clases no juega ningún rol, que tenía razón el reformismo de la Segunda Internacional, que hay que admitir el triunfo definitivo de quienes nos recomiendan aceptar los "nuevos tiempos"? Respondemos: la lucha de clases es decisiva, y ante el despliegue del capital, subrayamos que si los explotados no lucharan, caerían en la más completa degradación. Pero al mismo tiempo decimos que la lucha de clases se inscribe y actúa en el seno de esas relaciones objetivas y sus leyes de movimiento. Por eso, para revertir las tendencias inherentes al des­pliegue del capital -las tendencias a la desvalorización de la fuerza de trabajo, a la concentración del capital, etc.- es necesario acabar a éste de raíz, revolucio-nariamente. Obsérvese que en Rusia la lucha de clases rompió con la dialéc­tica -interna, orgánica- que apuntaba al desarrollo del capita­lismo (Lenin), abrien-do la posibilidad de la vía socialis­ta. Sin embargo la derrota -en los años veinte y treinta- de la ofensiva revolucionaria crearía lentamente las condicio­nes para que se termi­nara imponiendo la lógica de la expansión del capital global. Lo mismo podemos decir de otras experiencias -burocráti­cas, pequeño burgue-sas naciona­listas- que intentaron durante ciertos períodos las vías "origi­nales". La evolución histórica no estuvo determinada mecánicamente; pero no por ello las tendencias del desarrollo del capital estuvieron despro­vistas de impulsos "orgánicos" y estructuralmente determinados; cuanto más débil ha sido la respuesta de la lucha, más claramente tendieron a impo­nerse. Esa tendencia se manifestó en el desarrollo de las bases materiales de la producción, y de las contradicciones de la mercancía y del capital. El reformismo no se evita llamando a todo "lucha de clases", como hace Holloway, o negando en general que existan tendencias estruc-turales que emanan del propio sistema capitalista. Después de todo, la falla fundamental del regulacionismo no reside en pensar que existen formas estructuralmente determinadas de la repro-ducción del capital, sino en creer que ese desarrollo puede operarse libre de contradicciones, y que la lucha reformista puede imponer "modelos" progresivos para las masas, por encima de las restricciones que impone la valorización de los capitales a nivel mundial. Es que incluso las políticas redistributivas keynesianas de la posguerra fueron el resultado combinado de la recuperación económica capitalista y del temor al comunismo (se puede decir por eso que consiguió más reformas para la clase obrera Lenin que Bernstein). Pero en la medida en que la clase explotada no liquidó el sustento, la base, de la reproducción del capital a nivel mundial, finalmente la dialéctica del mercado mundial terminó imponiéndose, aun dentro de aquellos países que habían acabado con la propiedad capitalista. La evolución del capitalismo de los últimos años, y la necesidad de repensar la lucha de clases a la luz de esta experiencia, confirma en nuestra opinión, esta tesis básica del marxismo: las luchas de las clases se dan dentro de contextos sociales y materiales que son dados para los hombres (aunque sean el resultado de luchas anteriores), y que si bien deter-minan las posibilidades de cambio, también tienen sus límites específicos; y estos límites se hacen sentir tanto más en cuanto sólo una parte de los explotados está comprometida en la actividad revolucionaria [29].

    En esencia, la mayoría de los marxistas no fueron "evolucionistas", o por lo menos no lo fueron en aspectos políticamente decisivos. El programa maoista, por ejemplo, se sustentó en el "anti eco-nomicismo" [30] para postular la fuerza todo poderosa de la "lucha de clases", de la conciencia y el volun-tarismo subjetivista. Si bien la escuela de la de-pendencia sostuvo dogmática y apriorísticamente la tesis del estancamiento, su perspectiva teórica global estuvo lejos del "mecanicismo evolucionista" que Shanin y otros denuncian como patrimonio común de la izquierda. Como explicó hace años Cardoso, los debates de los años sesenta ya no se desarrollaban en torno a las tesis de los "evolucionistas lineales"; para esa época quedaban muy pocos stalinistas ortodoxos que defendieran la idea de "América Latina feudal y revolución democrático burguesa pendiente". Los depen-dentistas, los teóricos de la "articulación de modos de producción" y otros se proponían, además, superar los "análisis mecanicistas" y poner en primer lugar el rol de la lucha de clases y la política (1977). Por eso no podemos coincidir con el diagnóstico general de Shanin sobre los problemas de la izquierda con respecto a los países periféricos. Por otra parte, la evolución de Cardoso -hoy al frente del Estado brasileño- nos está demostrando que el rechazo al "determinismo económico" no preserva a nadie de no abandonar el campo de la revolución. El propio Cardoso exaltaba en aquel trabajo las potencialidades "de las acciones humanas y de su imaginación" para reemplazar las estructuras "por otras no prede-terminadas" (1977, p.11). El problema es que la potencialidad de cambio está reservada a la acción revolucionaria, no a cualquier acción; no comprender esto abre el camino al desarrollo de las políticas reformistas que, en algunos casos -como el de Cardoso- pueden terminar en la defensa abierta de los intereses del capital y su Estado.

 

La expansión internacional del capital

 

Las actuales tendencias "unificadas" de respuesta del capital al trabajo -y el mismo desarrollo de la crisis asiática- resaltan los problemas básicos que, en nuestra opinión, atravesaron los enfoques de muchos marxistas. Obsérvese que al igual que Corbridge, Shanin o Kiely, los autores de la dependencia negaron las leyes de movimiento que se derivan de la expansión del valor y el capital. Si bien Palloix, Amin, Frank, hicieron un gran avance -en el mismo sentido en que había abierto camino Trotski- al sostener la unidad del mercado mundial [31], pensamos que no fueron a fondo en la dialéctica de esa unidad.

    En general se perdió de vista la tesis de Marx, quien decía que el capital mundial es el "suje­to", que en su afán de valori­zarse se desplie­ga y va mol­deando un mundo "a su imagen y seme­janza", transfor­mando, incor­po­rando a la lógica del mercado a más y más secto­res y productos: "la tenden­cia a crear el mercado mundial está dada directamente en la idea misma del capital" (1989, p.360); "crea así la sociedad burguesa", y "conforme a esta tendencia suya, pasa también por encima de las barreras y prejui­cios nacionales" destruyendo los viejos modos de vida (ídem, p.362). En este proceso el valor es en sí mismo el "regu­lador" por antonomasia, distri­buidor de los tiempos de trabajo social­mente necesarios. Es un regulador anárquico, que actúa a través de la perma­nente desproporción, de los procesos de valori­zación y desva­lorización, de las fases de acumulación y crisis crecientes. Así se desplie­gan las contradic­ciones del sistema, base de los antagonis­mos y las luchas de clases.

    Por otra parte, la extensión espacial del modo de producción capitalista no se operó sólo ni principalmente por medio del comercio, sino de la violencia y los Estados, que aceleraron las transformaciones de los modos precapitalistas en capitalistas (ver sobre la acumulación originaria en El Capital); ello se combinó con la internacionalización de las relaciones comerciales y crediticias del capitalismo central con el mundo no capitalista -incluidas las transferencias de capital-; y  en un plano superior, la internacionalización de la ley del valor, la formación de los precios internacionales (Bryan, 1995) [32]. De esta manera se va configurando históricamente un modo de producción capitalista mundial, e internamente a las formaciones periféricas el sistema reproduce en escala creciente las condiciones de la explotación capitalista. Como decía Marx, los antiguos "supuestos exteriores" a la génesis del capital -o sea, la acumulación originaria que se realiza con métodos no capita­listas- ya no son indispensables: una vez que el capital ha llegado a ser tal producirá sus propios supuestos. Por este motivo, y a la inversa de lo que decía Brenner (1977), autores como Frank y Wallerstein no le dieron toda su importancia a las potencialidades transformadoras -en un sentido capitalista- que tenía la incorporación de las periferias al mercado mundial. Es cierto, como argumenta Brenner, que la relación con el mercado mundial ha profun­dizado, durante lapsos históricos, las estructu­ras precapitalistas (el tradicional ejemplo del "segundo feudalismo" en Europa Oriental), pero a largo plazo se impuso la lógica de la valori­za­ción en el seno de la mayoría de esas formacio­nes.

     Pero sin embargo existe un sentido muy importante en el cual no se han cumplido las viejas previsiones de Marx: los países que se incorpo­raron tardía­mente al mercado mundial no han logrado romper con su rol subordinado; la dependencia económica se ha acen­tuado en los últimos años [33], y se multiplican las presio­nes y condi­cio­na­mien­tos políti­cos, diplomá­ticos, etc., de las potencias sobre los países subdesarrollados. Hemos visto cómo algunos autores ante los desarrollos del capitalismo mundial terminaron "arrojando al bebé de la dependencia con el agua sucia". Pero negar las políticas del imperialismo, de los Estados poderosos en defensa de los intereses de las corporaciones, equivale a negar la realidad -sangrienta- de las guerras de intervención y sojuzgamiento de las potencias, las operaciones encubiertas, las presiones políticas, militares, a que son sometidos los Estados nación atrasados. Los teóricos de la dependencia, del "sistema mundial", de la "articulación de modos de producción", del "intercambio desigual", estaban en lo correcto al subrayar el dominio y los condicionamientos imperialistas; pero su error residía en perder de vista la dialéctica de las periferias en cuanto modos de producción capitalistas con impulso propio. En última instancia, en la perspectiva sistémica que se adoptaba subyacía un enfoque estructuralista, según el cual las contradicciones provenían de las relaciones entre estructuras -capitalistas y pre capi-talistas, o capitalistas "sui generis"-; por eso, de manera característica, para Frank las contradicciones se atenuaban durante las crisis -una visión signi-ficativamente opuesta a la que tenía Marx de las crisis, en cuanto estallido agudo de las contradicciones del sistema-. Notemos también que, en el fondo, el Lipietz de los años ochenta no abandonó la perspectiva estructuralista que tenía en su época maoista y "revolucionaria". Así también la distinción entre "lo interno y lo externo" juega un papel; la sociedad capita­lista no es global "en general", ni ha surgido tampoco como tal, como pretende Holloway. El valor en despliegue sólo lo hace a través de burguesías, Estados naciona­les y ámbitos geográficos que frag­mentan su globalidad (distin­tas intensidades de trabajo, fuerzas producti­vas, regímenes cambia­rios, etc.). Todo ello "interrum­pe" la globali­dad, la parti­cu­lariza. Por eso Marx decía que del hecho de que el capital supere "idealmente" las barreras que enfrenta "de ningún modo se desprende que lo haya superado realmente" (1989, p. 362); "la universalidad a la que tiende [el capital] sin cesar, encuentra trabas en su propia naturaleza" (ídem).

    De todas maneras hay que entender que "lo nacional" e "internacional" son a la vez tendencias contrapuestas, pero hasta cierto punto se condicionan y potencian. Así hubo períodos durante los cuales las medidas y regulaciones nacionalistas prepararon las condiciones para la posterior extensión planetaria de la ley del valor. Esto es visible durante la llamada industrialización basada en la "sustitución de importaciones" de los países subdesarrollados. Como explica Yaghmaian, en esta fase las relaciones de producción capitalistas se expan-dieron en las regiones no capitalistas y se aceleró la disolución de las relaciones pre capitalistas remanentes –precisa-mente lo contrario de lo que los autores de la dependencia y de la "articulación de modos de producción" pensaban que sucedía-, pavimentándose el camino para una internacionalización más profunda de la economía. En los años setenta y ochenta el proceso adquiría aún nuevas dimensiones (Yaghmaian, 1998). Y hoy los bloques regionales operan también como plata­formas hacia nuevos avances en la globaliza­ción (McNal­ly, 1991), sin por ello anular los impulsos proteccionistas y los conflictos estatales. Bujarin resumía estas tenden­cias contrapues­tas de la economía mundial, diciendo que "la interna-cionalización de la vida económica", tendencia fundamental del capitalismo, no anulaba la tendencia inversa "a la nacionali­zación de los intere­ses capitalistas" (1971, p.80).

    De esta manera es que las particularidades, los desarrollos políticos, la misma lucha de clases, se inscribe en el marco de estructuras más capitalistas y más mundializadas [34], sin que por ello se atenúe la dependencia y la violencia que emana del dominio imperialista. Hay que repensar la dinámica y la estruc­tura de la dependen­cia en estas nuevas condiciones. Debe­ríamos estudiar de qué manera operan las leyes de la acumu­la­ción y crisis del capitalismo mundial, articu­lado en estructu­ras produc­tivas desigualmen­te desarro­lla­das; en particu­lar, cómo actúa la tenden­cia decre­ciente de la tasa de ganancia, y la lógica de las crisis. Es evidente entonces que ideas tales como la "inflexibi­lidad a la baja de los sala­rios en los países adelan­tados", por la regulación monopolis­ta, la "imposibi­lidad de guerras de precios", que subyacían a la forma en que se pensaba la "articu­lación de los modos de produc­ción en el mercado mun­dial" (por ejemplo, en Amin, 1975), hoy deberían ser elaborados a la luz de los desarrollos del capi­tal, la reapari­ción del ejército de reserva, la precari­zación y el ataque planetario contra el trabajo, etc. Habría que encarar el análi­sis de la repro­ducción de los capita­lismos perifé­ri­cos a partir de considerar el capita­lismo mundial como un modo de producción con diversos grados de tecnología, intensi­dad del trabajo, etc., de las estructuras productivas nacionales, y cuestionar hasta qué punto, y en qué casos concretos, las crisis son producto de la dependencia o empiezan a ser el resultado de las lógicas de acumulación capitalista periféricas. En este punto nos pregun­ta­mos también si existe una tenden­cia hacia la homogenei­zación de los sala­rios y condi­ciones laborales a través del mundo; Carche­di (1991) soste­nía que las diferencias salariales subsis­tían y tendían a acen­tuarse, pero hoy comenzamos a dudar que esto siga siendo así. Estudios en este sentido nos darán una comprensión más acabada de cómo participa la burguesía de los países depen­dientes en la extrac­ción de plusva­lía, qué rol cumplen en la reproducción del capital a escala mundial y hacia dónde van las estructuras produc­tivas de estos países.

 

 

APÉNDICE

    Democracia y revolución en el pensamiento de Trotski

Profundizamos en este apartado en la posición de Trotski sobre la relación entre la revolución democrático burguesa y la revolución socia­lista en los países atrasados.

    En nuestra opinión Trotski acertó plenamente al polemizar con los bolcheviques diciendo que su progra­ma "mínimo revolu­ciona­rio" era incompati­ble con un régimen burgués. Es claro que en la medida en que los explotados se armaran y se insurreccionaran, en que las masas se apropia­ran de la tierra y acabaran con la propiedad privada de la misma, unido al desarrollo inter­nacio­nal de la revolución, y la hegemo­nía obrera en ese proceso, el proceso revolucionario se operaría mediante una revolu­ción proletaria que combinaría tareas socia­listas. Por eso Trotski decía que las masas campesinas no podrían generar un partido capaz de llevar adelante semejante progra­ma y que sólo un partido obrero marxista podría hacerlo; la hegemo­nía obrera de la que hablaba Lenin para la revolución democrático burguesa sólo podría concre­tarse por medio de la dicta­dura del proleta­ria­do, apoyada en las masas campesi­nas. 

    Es evidente que en este respecto la experiencia de 1917 habría de confirmar el pronóstico de Trotski. Pero de esta experiencia, y de su tesis del estancamiento absoluto de las fuerzas productivas en Rusia, Trotski habría de sacar una conclu­sión en nuestra opinión abusiva, a saber: que la única manera de que en Rusia se realizara la revolución democrático burguesa sería a través de la dictadura del proletariado. Para colmo, esta idea luego se trasladó y generalizó al conjunto de los países atrasados. Posible­mente este "esquematis­mo" permitió a Trotski llegar a la conclusión de que podría haber una dictadura del proleta­ria­do en un país atrasado, un pensamien­to al que nunca se habían asomado los revolucionarios en la época zarista. Pero ese logro tuvo un "costo teórico" y político, que fue no advertir las posibilida­des de vías interme­dias. Trotski tenía razón al decir que la revolución democráti­co burguesa realizada con el programa bolche­vique era imposible sin una dictadura del proletariado; pero de allí había una gran diferencia a sostener que en Rusia "toda" revolución democrático burguesa era imposible.

    Este planteo luego es generalizado al conjunto de los países atrasados, especialmente a partir de la experiencia de la revolu­ción china de 1925 a 1927. En 1929 lo "formaliza" en catorce "Tesis" (ver Trotski, 1973a), de las cuales las ocho primeras están destina­das al tema de la revolu­ción democrática en los países atrasados y su relación con la revolu­ción socialista. Afirma (tesis 4) que "la revolución democrática sólo puede triunfar por medio de la dictadura del proletariado", sobre la base de una alianza con el campesinado (tesis 3) y con la van­guardia obrera organizada en un partido marxista (tesis 4); el campesino tiene dos alterna­ti­vas: o bien sigue al prole­tariado revolu­cionario, o a la burgue­sía. Pero en todos los países atrasados esta última tiene dema­siado temor a la acción revolu­cionaria del proletaria­do, y por lo tanto en los momentos decisi­vos se alía con los señores de la tierra y el imperialismo, para combatir a la revolución; Trotski está conven­cido de que incluso tareas democrático burguesas como la libertad política formal de las colonias pondría en peligro a la burguesía nativa, de manera que anularía toda posibi­lidad de acción de ésta.

    Este planteo adolece de una falla funda-mental, porque da por supuestas las condiciones planteadas: que la sociedad del país en cuestión se ha polarizado entre el proletariado revolu­cionario y una burguesía nativa. Es decir, Trotski razona a partir de una sociedad en la cual las contradicciones de clase están desarro­lladas [35]. Pero, ¿qué sucedía si esas contradiccio­nes de clase no estaban desarro-lladas? Si en lugar de existir un proletariado concen-trado, estaba disperso y era débil social­mente; o si, en lugar de adoptar un programa revolu­cionario adop-taba una estrate­gia y programa refor­mista, y a esta situación se sumaba un campesinado empobrecido y dispuesto a la lucha. A estos escena­rios podríamos agregar otras variantes, como la existencia de corrientes nacionalistas pequeño burguesas radi-calizadas y fuertes, en ausencia de un partido mar-xista sólido; o de organi­zaciones que adoptaran pro-gramas burocráticos de desarrollo "nacional", etc. Algunas de estas variantes se dieron de hecho a lo largo del siglo en diversos países atrasa­dos; para dar un sólo ejemplo, en Argelia se desarrolló una lucha de liberación nacio­nal revolucionaria, sin que hubiera una clase obrera desarro­llada sino un movimiento pequeño burgués y burgués altamente radicali­zado. Argelia logró entonces su independencia política -una reivindicación democrá­tica "seria"- sin pasar por la dictadura del proletariado. El afán de todo el trotskismo de hacer entrar la historia del siglo veinte en el marco de las dos únicas opciones que dejaban abiertas las Tesis de la revolución perma­nente llevó a todo tipo de desatinos en el análisis e incluso de piruetas teóricas.

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[1] En lo que sigue utilizaremos indistintamente los términos "países atrasados", "subdesarrollados" o "periféricos".

[2] Ver Prólogo de Engels al libro II de El Capital.

[3] Nos basamos en Sacristán, 1983.

[4]  "El campo más interesante para el economista se encuentra ahora, sin duda, en los Estados Unidos, y ante todo en el período de 1873 (desde el crac de setiembre) a 1878, el perído de crisis crónica. Transformaciones cuya consecución exigió en Inglaterra siglos se realizan aquí en pocos años" (carta de Marx a Daniel­son, del 15/11/1878, citada por Sacristán, 1983, p.394).

[5] "De ninguna manera habría publicado el segundo volumen antes de que alcanzara su punto culminante la crisis inglesa del momento ... Hay que observar el presente decurso hasta que las cosas maduren. Sólo entonces se las puede "consumir productiva­mente", o sea, teóricamente" (carta a Danielson de 1878 citada).

[6] Una palabra sobre el término "natural", que Shanin trans­cribe, tomado de Marx, y no explica. En Marx lo "natural" referi­do a la sociedad denota la cosificación de las relaciones socia­les, la forma en que los productos de las acciones de los hombres se les imponen, en el capitalismo, con la "fuerza de las leyes naturale­s", si bien son sociales. Por eso la expresión más correcta sería la de "natural social".

[7] Pero aún más: en caso de que la comuna hubiera podido prevalecer, cabía preguntarse qué posibilidades de evolución hubiera tenido, rodeada de un mundo capitalista. Una pregunta digna de contestar por todos los que se "horrorizan" ante la "linealidad evolutiva" del pensamiento del Marx de El Capital. Marx y Engels nunca renegarían de sus críticas a las utopías del "comunismo nacional".

[8] Sin negar por ello la tendencia permanente de los capitales a volcar­se al mercado mundial, tendencia que está en el origen del modo de produc­ción capitalis­ta. Se trata del impulso a superar la contradicción entre producción y consumo (Lenin, 1969a). El enfoque del mercado exterior de Lenin es rescatado por Amin, 1975; de todas maneras, digamos también que Lenin nunca abandonó completa­mente un "transfondo" subconsumista en las explicaciones sobre las crisis. Sobre este punto, puede consultarse Emmanuel, 1978, pp.160 y ss.

[9] En El Capital encontramos casi la misma formulación: "el desarrollo de las contradicciones de una forma social de produc­ción es, sin embargo, el único camino histórico de su disolución y reorganización" (Marx, 1976, p.512).

    [10] "...la vía de las reformas no significa mejorar a la situación de las masas ni ampliar la libertad ... Así son, por ejemplo, las reformas agrarias de Stoli­pin ... Estas reformas son progre­sistas porque desbrozan el camino al capita­lismo" (Lenin, 1969c, p.162). En otros escritos sostiene que es "charlatanería hueca" decir que las reformas de Stolipin fracasa­ban.

    [11] Hemos tratado el concepto de desarrollo de las fuerzas productivas en Marx en Astarita, 1996a.

    [12] Incluso pensaba que los progra­mas estata­les zaristas de desarro­llo capitalista inevitablemente fracasarían, como afirma en Resulta­dos y pers­pec­tivas sobre las medidas de los ministros Witte y Stolipin (Trots­ki, 1971, p.179).

    [13] Es interesante destacar que este pasaje está concebido como una discusión en torno al problema de la conquista de la "hegemonía política" (textual) del proletariado con respecto al campesinado. Las instituciones que nombra Trotski corresponden exactamente a los aparatos del "Estado ampliado" en la sociedad civil, aunque curiosamente saca la conclusión inversa a la que sacaría un gramsciano, al afirmar que esas instituciones no habrían influido en absoluto en la "cultura política" de la clase obrera. La influencia burguesa vendría por el lado exclusivo de las relaciones de producción, según plantea en el pasaje citado.

    [14] El problema del despliegue de la lógica del capital está prácticamente ausente en los análisis de Trotski; los esquemas de reproducción no juegan ningún rol relevante, como tampoco lo tendrá la tendencia de la tasa de ganancia a caer en sus trabajos -escasos- sobre la crisis del capitalismo, en los años treinta. Por su parte, si bien Lenin había avanzado mucho más en la comprensión de la dialéctica interna del capital, tampoco da importancia a la tendencia de la ganancia y su incidencia en la acumulación y crisis del capital. En el fondo Lenin nunca se apartó de una visión de las crisis "subconsumista", incluso muy emparentada con la de Hobson.

 

[15] Por ejemplo Hilferding: "la exportación de capital ... ha acelerado enorme­mente la subversión de todas las viejas relaciones sociales y la difusión del capitalismo por el globo" (Hilferding, 1974, pp.362-­3).

    [16] Para una crítica de este problema, ver Debate Marxista Nº10.

[17] En todos ellos aparece este concepto, aun cuando reconocen períodos de desarrollo intenso; por ejemplo, Frank en Chile del siglo pasado (Frank, 1973); Amin para la India hasta 1950 (Amin, 1975); o Dos Santos en ciertos lapsos del desarrollismo americano (Dos Santos 1975). A igual que en Trotski, el desarrollo muchas veces se describe, pero se niega en el plano de la generalización, de su reconocimiento y tratamiento teórico (y también político).

[18] Como observa Browett, Frank cree en una continuidad histórica dentro del cambio de manera que "aquellas estructuras básicas permanecen intactas a pesar de la transformación aparente" (Browett, 1985, p.790).

[19] Según Amin, en los países periféricos las burguesías protegían a los modos precapita­listas (Amin, 1975 y 1984); la transición al capitalismo estaba "bloquea­da" (Amin, 1975 y 1984a) y los esquemas de reproducción del capital, descubiertos por Marx, no tenían aplicación.

[20] Palloix la economía mun­dial sólo se podía conce­bir como un "complejo de forma­cio­nes socia­les", capitalistas y pre capita­lis­tas, porque el capitalismo no podría reproducirse sobre bases propias (Pa­lloix, 1971 y 1975).

[21]  La crítica a esta noción en Clifton (1977), Bryan (1985); también Shaik, por ejemplo, en las conferencias que dio en su visita a Buenos Aires.

[22] Esta argumentación la encontramos, por ejemplo, en Bambirra, 1983. También Frank sostuvo que en los NPI del sur y este asiático no había verdadero desarrollo señalando los niveles de deuda externa y los problemas en las balanzas de pagos, el desempleo y la superexplotación (Frank, 1979a).

[23] En este punto nos inspiramos en Rosdolsky, 1983, pp.319 y ss.

[24] En el mismo sentido Woods, Hay y otros autores han criticado a Anderson y Nairn porque según éstos, el mal del capitalismo inglés residiría en no haber experimentado la revolución democrático burguesa "pura" para gozar del capitalismo "puro". Como dice Hay, "debemos rechazar una medida de la evolución capitalista basada en la contraposición de una idealizada noción de desarrollo "natural", de una parte, con la especificidad y la unicidad de la evolución de una formación social realmente existente, en la otra" (Hay, 1994, p.54).

[25] Este problema es destacado por Kalmanovitz, 1983.

[26] Estas citas y resumen de las posiciones de Warren de acuerdo a Booth, 1985, pp.765-6.

[27] Este resumen de las posiciones "postimperialistas" lo tomamos de Corbidge, 1990.

" de las clases (ver Astari[28] Esta interpretación de la escuela de la regulación es opuesta a la de Holloway, quien acusa a los regulacionistas de incurrir en el "pecado" del determinismo más férreo. Como hemos tratado de demostrar, ambos enfoques conviven en la escuela de la regulación, porque los períodos de "acumulación regulada" serían aquellos en los que operarían leyes estructurales -concebidas nacionalmente- en las que desaparecerían las contradicciones. Y por otra parte, los períodos de crisis dejarían abierto el campo para la más completa indeterminación, para la "creación imaginativa ta, 1996).

[29] Ideas similares son expresadas por Joseph, 1998, en un trabajo que defiende la utilidad del "realismo crítico" para el análisis marxista.

[30] Característicamente Bettelheim, en su época maoista, acusó a Trotski de "economicismo" por su preocupación en el nivel del desarrollo de las fuerzas productivas para encarar la construcción del socialismo (ver Bettelheim, 1976, p.21).

[31] En especial destacamos los trabajos de Palloix, que procuró teorizar el proceso de internacionalización del capital en cuanto relación social de explotación en base a la aplicación de los circuitos del capital estudiados por Marx en el libro segundo de El Capital.

[32] Por esto Marx decía sobre los efectos de la colonización británica en la India, que pasado el período de conquista, saqueo y sometimiento a los bajos precios de los productos ingleses, un [32] Característicamente Bettelheim, en su época maoista, acusó a Trotski de "economicismo" por su preocupación en el nivel del desarrollo de las fuerzas productivas para encarar la construcción del socialismo (ver Bettelheim, 1976, p.21).

[32] En especial destacamos los trabajos de Palloix, que procuró teorizar el proceso de internacionalización del capital en cuanto relación social de explotación en base a la aplicación de los circuitos del capital estudiados por Marx en el libro segundo de El Capital.

[32] Por esto Marx decía sobre los efectos de la colonización británica en la India, que pasado el sector de la burguesía comienza a ver "el negocio" del desarro­llo (Marx, 1975b, p.362). A esto le siguen luego los incipientes capitales nativos.

[33] La brecha que separa a los países ricos y los pobres se duplicó entre 1965 y 1990 (dato tomado de Katz, 1998).

[34] Al respecto Bryan hace una importante observación metodológica: muchos procesos deben ser concebidos como internacionalizados aun si el movimiento de capital permanece dentro de la nación. Es que el criterio de internacionalidad de las mercancías no es si éstas son exportadas o importadas, sino si son exportables o importables. Esto marca la dominancia de las relaciones internacionales de acumulación aun dentro de límites nacionales: los exportables se realizan nacionalmente de manera que es consistente con los criterios internacionales de rentabilidad. La internacionalización entonces es atribuida al espacio en el cual el capital es libre de circular (Bryan, 1995, pp.427-8).

[35] En su libro sobre la teoría de la revolución cita a Lenin cuando éste afirma: "En la sociedad burguesa con contradicciones de clase ya desenvueltas, puede haber únicamente la dictadura de la burguesía, desnuda o encubierta, o la dictadura del proleta­riado. No cabe ningún género transitorio" (citado en Trotski, 1973, p.140).