Primera parte

 

El LEVANTAMIENTO POPULAR CONTRA DE LA RUA - CAVALLO

 

Introducción

 

En la primera parte de este trabajo presentamos un análisis del levantamiento popular que derribó al gobierno de De la Rúa -el "Argentinazo", como lo han calificado medios de prensa, grupos de izquierda y el progresismo- y algunas cuestiones de táctica. En la segunda parte analizamos el programa del nuevo gobierno, con especial atención al debate acerca del "cambio del modelo", y la orientación política que se desprende para la militancia de izquierda.

El análisis que se desarrollará está sujeto a una tensión que es inherente al carácter polémico de nuestro enfoque en relación a los análisis de la izquierda. Es que prácticamente todas las corrientes de izquierda caracterizan que, por lo menos, en Argentina se ha iniciado un "proceso revolucionario";  la asimilan a la etapa abierta después del Cordobazo, de 1969, y algunos llegan a comparar el reciente "Argentinazo" con la Revolución rusa de febrero de 1917. Muchas corrientes caracterizan que las masas irrumpieron en la escena política con su "acción independiente" -como dice un grupo trotskista- para cambiar "en profundidad el curso de la historia". Basadas en este análisis proponen crear organismos de democracia directa -Asambleas Populares- con vistas a la toma del poder por los trabajadores y/o imponer un programa de transición al socialismo; o bien convocan a Asambleas Populares para un nuevo levantamiento que dé lugar a un "gobierno popular revolucionario".

Por motivos que explicaremos, nuestros análisis y política son muy distintos. Pensamos que hasta ahora no se abrió un proceso revolucionario, ni una etapa revolucionaria; que por lo tanto no está planteada la toma del poder por la clase obrera en un período más o menos inmediato (digamos, en los próximos meses); que la tarea de formar soviets no sólo es equivocada sino también perjudicial para la organización y el avance de la conciencia de la clase obrera y su vanguardia. Al afirmar esta tesis se impone una aclaración, ya que muchos tienden a atribuirnos la idea de que "aquí no ha pasado nada". Pareciera que nuestros interlocutores no pueden salir de una falsa dicotomía entre "situación revolucionaria" o "no pasa nada, todo sigue igual". El correlato en la táctica de esta antinomia es "o planteamos la formación de soviets y la toma del poder", o "no quieren hacer nada, no quieren militar".

Frente a esta rigidez, estamos convencidos de la necesidad de adoptar un enfoque dialéctico. Para decirlo de manera que no quede lugar a dudas: sostenemos que el levantamiento popular contra De la Rúa mejora las condiciones para la propaganda y agitación por las ideas socialistas, y abre posibilidades para la organización de los activistas y el reagrupamiento de las fuerzas obreras; que genera la posibilidad de avanzar en la conciencia de las masas de su propia fuerza, del poder de su movilización. Pero decimos que éstas son posibilidades. O sea, estos avances serán una realidad si se cumplen determinadas condiciones. Entre ellas, la que corresponde a la vanguardia revolucionaria es intervenir con un análisis claro, no marearse con fraseología vacía, tener presente cómo las tendencias profundas de la lucha de clases se refractan en el acontecer diario y realizar una crítica de raíz a las políticas e ideologías burguesas imperantes -entre ellas a la ideología del "frente de la producción" con que se quiere arropar el nuevo gobierno- y una agitación y propaganda a la mayor escala posible de la alternativa socialista. Pero si esta crítica no penetra en el movimiento de masas, si éste no supera la ideología reformista burguesa, la burguesía logrará salir del actual marasmo, descargando la mayor parte del peso de la crisis sobre las espaldas de los trabajadores. Dicho de otro modo, nada indica que el movimiento de masas,  desarrollándose sobre la base de la ideología burguesa o pequeño burguesa hoy predominante, pueda generar levantamientos que lo acerquen "asintóticamente" a la toma del poder, como plantean muchos compañeros de la izquierda (la experiencia histórica enseña, y mucho, al respecto).

Por lo anterior, y en cuanto a la orientación práctica, nuestra táctica se asienta en la posibilidad real de avanzar en la conciencia y organización de la vanguardia en la lucha contra la ofensiva del capital. Decimos que es una posibilidad "real" porque parte de la situación objetiva que se vive en los lugares de trabajo, en los barrios, en los sindicatos. Nuestro análisis tiene en cuenta el bajo grado de movilización y participación de la clase obrera en los procesos recientes, así como la desorientación ideológica y política del movimiento obrero. Por eso también decimos que la tarea de formar soviets en esta coyuntura es equivocada; no existe indicio alguno de que pueda efectivizarse. El saber manejarse en la dialéctica que plantean los condicionamientos de la situación -el estado de conciencia y organización de las masas es un dato objetivo para los pequeños grupos de militancia socialista- y las posibilidades reales permitirá superar tanto la pasividad liquidacionista, como el voluntarismo y el agitativismo vacíos.

Nuestro trabajo se distancia entonces de los dos polos: del mayoritario en la izquierda; y de la postura que dice "no pasa nada, no se puede hacer nada", que podrían inferir algunos de nuestra crítica al impresionismo exitista. Hay que rescatar la importancia de lo que han producido las masas, pero al mismo tiempo señalar sus carencias, sus límites. No para pregonar la inacción, sino para encarar las tareas necesarias.

 

El levantamiento contra De la Rúa - Cavallo

 

Como acabamos de señalar, la idea predominante en la izquierda -y parte del progresismo- es que en la última quincena de diciembre de 2001 se ha producido un cambio radical en la relación de fuerzas entre las clases sociales en Argentina. Es común escuchar o leer afirmaciones como que "el pueblo ha recuperado su poder", que "ahora es capaz de imponer su voluntad a los gobernantes", que "ha reconquistado la democracia" y que "ha construido un poder paralelo autónomo"; se dice que el "pueblo", como único protagonista, ha derribado a De la Rúa; que se ha abierto una situación pre-revolucionaria, cuando no directamente revolucionaria, o que se ha iniciado la revolución argentina. El PTS, por ejemplo, en un volante (del 22/12/01) sostiene que "la irrupción popular ... ha provocado un giro en el país", que el gobierno fue derribado "por la acción directa de las masas"; que los días 19 y 20 de diciembre fueron "verdaderas jornadas revolucionarias, una acción histórica independiente de las masas argentinas que signará la próxima etapa" y que se inició un "proceso revolucionario"; llama, en consecuencia, a impulsar organismos de tipo soviético y a imponer un programa de transición al socialismo. El PO, que también considera que se inició la revolución argentina, convoca a  "impulsar Asambleas Populares, es decir, la organización del pueblo trabajador mediante representantes electos" (en la tradición socialista estos son soviets, o consejos obreros), que  incluso podrían "asegurar la supervivencia, la vida cotidiana y la estructuración social que acabe la situación presente" (volante del 19/12/01). El MST llamó a la constitución inmediata de un gobierno de izquierda -elegido por la Asamblea Legislativa (volante del MST, 21/12/01). En Pagina 12 del 24 de diciembre Luis Zamora declaró que había llegado la hora "del poder popular". El PCR, si bien reconoce que la clase obrera no estuvo presente en el grado que hubiera sido necesario para dar lugar a un gobierno popular (junto con la no salida a la calle del sector nacionalista del Ejército, al que apuesta esta corriente), considera que la situación es propicia para convocar a "Asambleas populares, cabildos abiertos y multisectoriales en todo el país para imponer un gobierno de unidad popular" que garantice la aplicación de un programa de salida a la crisis. Incluso corrientes de izquierda del exterior comparten estas caracterizaciones; por ejemplo, la revista marxista Carré Rouge, de Francia, sostiene en un dossier especial que "comenzó la revolución en Argentina".

Veamos los problemas que encierran estas caracterizaciones

 

En primer lugar, hay que decir que la clase obrera, como clase, estuvo ausente del proceso que llevó a la caída de De la Rúa - Cavallo.

Efectivamente, las caracterizaciones a las que hicimos referencia reflejan algo cierto y muy importante, que la movilización de masas demostró su fuerza, su potencialidad, pero pasan por alto un hecho igualmente clave: que la clase obrera, como clase, no estuvo presente en la movilización. Decimos esto porque fundamentalmente no tuvo presencia con un programa o alternativa propia. Y, en segundo lugar, porque ni siquiera intervino como grupo social diferenciado, con sus organizaciones. Es verdad que en los cacerolazos participaron trabajadores explotados por el capitalismo y su Estado (bancarios, estatales, asalariados de todo tipo), pero lo hicieron en cuanto individuos, no como clase; lo hicieron indiferenciados en la masa, que pedía por la renuncia de De la Rúa y Cavallo, que rechazaba a todos los políticos por corruptos y clamaba por el pago de los salarios y la devolución de los depósitos bancarios.

En el enfrentamiento de la Plaza de Mayo del 20 de diciembre también participaron activistas y luchadores sindicales, junto a trabajadores de base de la zona centro, y desocupados, pero tampoco hubo una presencia como clase, con su propia organización, de los asalariados (salvo un sindicato pequeño, AGD de docentes universitarios, y Suteba, seccional Matanza). Además, sólo en algunas empresas grandes los trabajadores pararon las actividades esa tarde; a medida que se debilitaba el gobierno las dos CGT redoblaron sus apuestas por el recambio peronista sin que la clase obrera asumiera ningún rol, y sin que desde las bases surgiera algún cuestionamiento más o menos consistente a los dirigentes sindicales que hablaban "en nombre de los trabajadores". En cuanto a la CTA, su rol fue nulo; esta central, que venía de emplear todas sus fuerzas en la votación por el seguro de empleo, no tuvo la más mínima orientación para intervenir con un programa y una alternativa de clase, ni durante los enfrentamientos, ni frente al recambio que se preparaba.

A la vista de estos elementos, hay que concluir que el llamado del MST durante esas jornadas a tomar las fábricas, realizar asambleas, huelgas, preparar el paro activo nacional, "exigiéndoles a las CGT y CTA que rompan la tregua", y ganen la calle, estaba alejado de las posibilidades concretas que se desprendían de la situación en las bases. Es un hecho que cuando se luchaba el jueves en plaza de Mayo, la inmensa mayoría de los obreros ocupados seguían desarrollando sus tareas.

En cuanto a los saqueos, en ellos intervino un elemento muy heterogéneo: por un lado, gente hambrienta y desesperada (la bancarizacion afectaba a toda la economía en negro, con la cual sobreviven millones de personas [1]); por otra parte, un buen componente lumpen, y entre estos dos extremos, un largo continuum social, del más diverso tipo. Pero la clase obrera tampoco intervino como clase, a pesar de que en algunos lugares (caso zona sur de Gran Buenos Aires) organizaciones de desocupados superaron el accionar del mero saqueo, logrando parcialmente algunas reivindicaciones como la promesa de entrega de planes Trabajar. Hay que señalar, además, que desde el punto de vista político y programático el saqueo en sí mismo no genera algo superador. En cierto sentido constituye una salida individual (cada cual se lleva lo que puede, prevaleciendo muchas veces el más fuerte, el más "vivo"); no tiene futuro (se da ocasionalmente) y su efecto es llamar la atención, sin abrir una perspectiva política. Para colmo, en muchos lugares del Gran Buenos Aires los propios servicios de seguridad difundieron rumores de todo tipo, atizando miedos y rivalidades entre barrios pobres, enfrentando a los vecinos entre sí, y alentando una psicosis de miedo que era funcional a la instalación de medidas represivas generalizadas.

 

En segundo lugar, y ligado a lo anterior, hay que cuestionar la tesis (tan cara a la izquierda y el progresismo) que dice que "las masas" fueron las únicas protagonistas de la caída del gobierno de De la Rúa - Cavallo. Según este enfoque, pareciera que las "masas" -entendiendo por éstas al amplio abanico que va desde los desocupados y marginados a la pequeña burguesía empobrecida, pasando por la clase obrera- habrían irrumpido de manera completamente "espontánea", echando con su movilización a la Alianza del gobierno.

Pero esto no es cierto. El gobierno de De la Rúa cayó por una conjunción de fuerzas, muy dispares, varias de las cuales dieron curso e incluso alentaron algunas protestas. La misma burguesía terminó "bajándole el pulgar" al gobierno de De la Rúa, por considerar que ya no era capaz de defender con un mínimo de coherencia sus intereses; amplias franjas de la burguesía y de las clases medias más acomodadas se rebelaron contra el "corralito" sobre sus depósitos -medida que consideraron propia de un "dirigismo soviético" intolerable; y los comerciantes y medianos y pequeños empresarios también confluyeron en la protesta porque se vieron muy afectados por la caída en picada de las ventas, producto de la iliquidez a partir del "corralito". Tampoco se puede desconocer el rol que jugó el aparato del partido Justicialista. Incluso hay que tomar en consideración el retiro del apoyo por parte del imperialismo; Washington ayudó a que colapsara el gobierno porque se orientaba hacia otra resolución del problema de la deuda externa; y es muy relevante que el 18 de diciembre el FMI sacara una declaración que hablaba de la falta de confianza en el programa económico de Cavallo.

Estos factores se hicieron sentir en las movilizaciones: por ejemplo, es un hecho probado -y denunciado por los dirigentes piqueteros- la participación del aparato del Partido Justicialista (utilizando elementos lúmpenes y punteros de barrio) en los saqueos que se suceden desde los primeros días de diciembre. También es un dato que los primeros "cacerolazos" fueron promovidos por asociaciones de comerciantes y cámaras empresarias, como la Cámara Actividades Mercantiles Empresariales. Incluso funcionarios del justicialismo se pusieron al frente de algunos cacerolazos, como hizo Quindimil en Lanús. Por todo esto decir que a De la Rúa lo derribaron las masas es una verdad a medias que oculta la participación burguesa, hasta cierto punto calculada, en la caída [2]. Esto es importante para ubicar en su justa dimensión la relación de fuerzas entre las clases sociales.

 

En tercer lugar, hay que matizar la cuestión de la "espontaneidad" (en cuanto alude a luchas que son realizadas al margen de la convocatoria de las organizaciones establecidas, dejándose llevar por impulsos propios, no formulados en programas y objetivos claramente delineados). Deslumbrados porque las masas se movilizaron al margen de las estructuras partidarias, muchos sostienen que éstas están comenzando a superar las "viejas estructuras de la representación indirecta" y que está a la vuelta de la esquina la formación de organismos de "democracia directa", para llegar al "poder directo de las bases". O que, por lo menos, a partir de ahora la población estaría en condiciones de ejercer una vigilancia activa sobre los políticos, y de defender sus intereses de manera consecuente.

Sin embargo, según lo que ya hemos señalado, existió una intervención de organizaciones políticas y hasta estatales en muchas de las acciones que fueron preparando las condiciones para el estallido del "cacerolazo" de la noche del 19 de diciembre -que fue la acción más espontánea en el pleno sentido de la palabra- y de la lucha por la Plaza del día siguiente.

Pero además también hay que relativizar el grado de "espontaneidad" en lo que se refiere al plano ideológico de la movilización del "cacerolazo", que sentenció al gobierno de De la Rúa -al demostrar que "su" base social también le daba la espalda, y activamente- y ayudó decididamente a la caída de Rodríguez Saa.

Como es sabido, junto a la demanda de la renuncia de De la Rúa y Cavallo, se exigió que se vayan "todos los políticos", identificados como los principales "ladrones" y "causantes de la crisis". Muchos compañeros de izquierda interpretan esta demanda como un rechazo "al sistema", y de ahí ven un paso a la creación de organismos "anti-sistema" (independientes del Estado y del capital). La propuesta de construir organismos de democracia directa se asienta en esta interpretación, que apunta a decir que las masas "recuperaron el poder" durante las jornadas de diciembre. Esto es, espontáneamente la población habría expresado de manera casi instintiva su odio a las instituciones, y por lo tanto sólo habría que canalizar esta espontaneidad, dando forma a una organizativa autónoma del Estado, para que estemos en condiciones de transformar el movimiento en insurrección.

Este razonamiento olvida, sin embargo, que el cacerolazo no fue un producto caído del cielo en el terreno ideológico y político; por el contrario, reflejó a su manera una larga preparación ideológica de los medios de comunicación. Es que desde hace mucho tiempo los voceros del gran capital están embarcados en una campaña que presenta a la corrupción como la responsable principal de la crisis y a los "políticos" como corruptos y alejados de las necesidades del pueblo; el objetivo de esta campaña es reducir los gastos (o sea, de plusvalor) "de la política". Desde sectores del progresismo y la izquierda también se dio aire a esta propaganda, que fue penetrando en la conciencia de las masas. De manera que la lucha contra los políticos corruptos fue un aglutinante de los que participaron en los cacerolazos, desde los barrios ricos de la Capital hasta los trabajadores más humildes.

¿Es en sí misma revolucionaria la consigna de "no a la corrupción"? No, no lo es. Esta demanda podría tener potencialidades revolucionarias sólo a condición de que: a) se enmarcara en un programa de la clase obrera y b) fuera levantada por una movilización con hegemonía proletaria. En ausencia de hegemonía de la clase obrera la exigencia de acabar con la corrupción puede ser canalizada dentro de la estrategia más general de achicar los gastos de la plusvalía para el capital, y hasta ser instrumentada contra los trabajadores estatales; al respecto, hay que reconocer que muchos de los que participaron en el "cacerolazo" apoyarían el día de mañana una "racionalización profunda" del Estado, que podría dejar en la calle a miles de estatales e introducir los criterios de racionalidad y eficiencia capitalista para el resto. Obsérvese que el segundo gran cacerolazo, por la renuncia de Grosso y otros renombrados corruptos, replanteó con urgencia la cuestión de la reforma del Estado, y ahora la demanda es tomada por el gobierno de Duhalde.

Por estas razones es equivocado creer que la consigna de "fuera todos los políticos corruptos" nos lleva a los soviets y el poder de los trabajadores. Sí es correcto decir que esta exigencia -insistimos, que comparte el capital- genera agudas contradicciones, ya que está dirigida a estructuras políticas que lucran de la plusvalía. Pero no es una demanda inmanejable para el capital y su Estado.

Esto explica la dualidad con que el cacerolazo fue recibido por la alta burguesía y sus medios de comunicación. Por un lado, se habló con preocupación del fenómeno porque "el pueblo no gobierna ni delibera si no es por medio de sus representantes", y porque "no se puede gobernar con esta presión constante". Pero por otra parte los Grondona, los Morales Solá, los comentaristas de los medios televisivos, tuvieron palabras de alabanza para la manifestación. La Nacion, por ejemplo, exaltó al "sector de la ciudadanía que no necesitó lideres ni conductores, pues se autoconvocó y se automovilizó para expresar su rechazo a la política instrumentada por el gobierno del presidente De la Rúa, y tambien su repudio hacia los vicios y abusos de la dirigencia política en general" (Editorial 26/12/01).

Más importante aún es que el mero rechazo "a los políticos". al no ofrecer alternativas superadoras, permite la renovación -y hasta la oxigenación- de los mandos de conducción del Estado. Es que en última instancia "alguien" tiene que gobernar (salvo grupos minúsculos, nadie en Argentina quiere una sociedad conformada según las ideas de Bakunin), y esto lo sabe todo pequeño burgués que grita con indignación "que se vayan todos -por lo menos, hasta que me devuelvan los depósitos". De ahí que finalmente los "cacerolazos" tenían que aceptar a alguien como presidente. No fue Rodríguez Saa, y entonces vino Duhalde con su Vanossi para los barrios más paquetes y su Juampi Cafiero para los progres emocionados con la "recuperación de la democracia". Y en el futuro puede no ser Duhalde -figura de todas maneras intragable para el antiguo electorado del Frepaso- y podrá venir una Carrió, o algo similar. Uno de los últimos cacerolazos realizados a la hora de escribir este texto, ya con el gobierno de Duhalde, ayudó a echar del Banco Central a Maccarone; pero lo sustituyó Blejer, un hombre del FMI y del neoliberalismo.

Todos estos cambios generan, por supuesto, graves conflictos y crisis; pero de aquí a pensar que el pueblo ahora "controla efectivamente al poder y al Estado", hay un abismo. Tenemos que decirlo con todas las letras: hoy las masas no pueden "controlar" porque no existe una alternativa superadora a lo existente, porque no tienen ni programa, ni organización, ni poder efectivo para controlar e imponer medidas. No hay que ilusionarse, protestar y rechazar no es decidir el curso de los acontecimientos; a lo sumo es presionarlos, y esta presión se puede ejercer hasta un punto muy limitado, por lo menos en la medida en que la clase obrera no intervenga y en que no se supere la ideología existente.

Un párrafo aparte exige la demanda de "que devuelvan los depósitos". ¿Cómo puede ser instrumentada de manera "revolucionaria"? De existir una fuerza obrera revolucionaria, ésta jamás podría prometer que en caso de acceder al poder devolvería esos depósitos (una revolución proletaria no podría dar un paso con semejante pasivo sobre sus espaldas). Tampoco existe "consigna" que traiga de vuelta ese dinero y sea exigible al Estado capitalista, sin que al mismo tiempo importe, por lo menos, enormes costos para la clase trabajadora. Toda crisis capitalista implica el derrumbe de los valores, y esto afecta muy especialmente a los pequeños y medianos ahorristas que quedan atrapados en las quiebras financieras. Es este "impasse" el que empujó muchas veces a lo largo de la historia a estas capas desesperadas y empobrecidas a apoyar salidas de derecha. Sólo desde una hegemonía obrera podría establecerse una alianza con los sectores medios amenazados con el derrumbe y la proletarización, para ofrecerles una salida progresiva a su situación. De nuevo, pensar que sobre la base de la ideología de "fuera la corrupción y los políticos" será posible organizar en soviets a estas capas medias, y para colmo, sin que la clase obrera sea la columna vertebral del movimiento, es una peligrosa ilusión pequeño burguesa.

Alguien puede argumentar que el poder efectivo no se dio tanto a través de los "cacerolazos", sino de los enfrentamientos del jueves 20 de diciembre en la Plaza de Mayo, que congregaron a una masa heterogénea compuesta por activistas sindicales, políticos y sociales, por "motoqueros" y desocupados, por empleados de la zona céntrica y por gente que había ido a curiosear y terminó uniéndose a la lucha. Enfrentando las balas con el cuerpo, resistiendo durante horas, volviendo una y otra vez al ataque a pesar de los muertos y de la salvaje represión, las masas en la calle demostraron un heroísmo extraordinario. Allí se derrotó al miedo, se superó de hecho al estado de sitio  y se hizo sentir el poder de la lucha por todos los rincones. Incluso es muy importante destacar que esto sucede en una sociedad que viene de años de miedo, inculcado por el terrorismo de Estado en los setenta; haber derrotado al estado de sitio, con este marco histórico de referencia, es de singular relevancia en cuanto revela las potencialidades de la movilización. Pero también hay que insistir en que la heroicidad y la lucha no generan, por sí mismas, una alternativa política superadora.

 

En cuarto lugar, hay que establecer los criterios para el análisis de las relaciones entre las clases. Es cierto que las movilizaciones son importantísimas en cuanto abrieron espacios para la discusión, para avanzar en la politización, y posibilitan superar el escepticismo y el desánimo. Muchos de los que participaron en estas jornadas adquieren conciencia de su fuerza y se preguntan cómo, a pesar del "poder" demostrado, "la alta política" continuó decidiendo por encima de sus acciones y de sus deseos. Muchos se cuestionan cómo Argentina ha llegado a una crisis tan profunda y qué salida hay. Miles de jóvenes y luchadores siguen con atención los discursos de los diputados de la izquierda, buscando respuestas. Entre activistas sindicales se debate el rol que les cupo a los sindicatos, a la clase obrera, y la manera de avanzar. Todo esto constituye un campo fértil para la politización, para la toma de conciencia socialista. Pero no hay que ilusionarse que en sí mismo dé lugar a la salida socialista, o que la formación de soviets sea posible en tanto no se modifiquen radicalmente las relaciones de fuerzas entre las clases.

En este respecto no hay que perder de vista las condiciones del movimiento obrero, de lo que podríamos llamar la base profunda de los asalariados, de los subsumidos al capital; no sólo de los amplios estratos de obreros de la industria, sino también de la construcción, del comercio, del transporte, del agro, del Estado, de la salud. No hay que olvidar que desde hace mucho tiempo todos ellos vienen sufriendo una brutal ofensiva del capital, que por estos días alcanzó niveles pocas veces vistos en este país. No sólo se extendieron las bajas salariales y los despidos -incluidos miles de estatales a los que no se les están renovando contratos- sino también se están suprimiendo aguinaldos y hasta se están postergando pagos en muchos lugares. Existen focos de resistencia, lugares en donde los trabajadores salen a la lucha. Pero la correlación de fuerzas general entre el capital y el trabajo aún no se ha modificado; incluso en estatales, la lucha contra el recorte del 13% había entrado en un callejón sin salida y la huelga docente había retrocedido.

La clase obrera tampoco ha logrado desplazar a sus conducciones burocráticas, o generar organismos alternativos frente a los sindicatos actuales. Esto también desmiente la caracterización de "situación revolucionaria"; si aquí estuviera en curso un proceso revolucionario los Daer, los Cavallieri y los Moyano que salen a apoyar porquerías reaccionarias como la de Rodríguez Saa o Duhalde no durarían dos minutos en sus puestos como "líderes de la clase obrera". Toda entrada en un proceso revolucionario está marcado -como alguna vez lo señaló Trotski- por la proliferación de las asambleas de empresa, por el surgimiento de cuerpos de delegados y organismos de las masas, y por el crecimiento de la actividad reivindicativa general. Nada de esto está sucediendo en Argentina. Insistimos, existen mejores condiciones para la discusión, para avanzar en la conciencia y organización de las masas. Hay que trabajar muy fuerte para que estas oportunidades no se pierdan; pero no hay que plantear tareas que están por fuera de las tendencias y del nivel de conciencia real.

En lo que respecta a la burguesía, si bien es cierto que en estos momentos se agudizan las fricciones y luchas por la futura política económica, las disensiones no llegan al grado de enfrentamientos entre las fracciones que puedan ser aprovechados por la clase obrera, máxime ante la carencia de programa y dirección revolucionaria de esta última. Incluso se ha manifestado una unidad burguesa importante en torno al régimen político vigente y también, como veremos luego, en torno aspectos fundamentales de la política económica que se traía. Por último, y según lo que explicamos antes, nada garantiza que la pequeña burguesía vaya a girar hacia la izquierda masivamente. Algunos sectores tal vez lo hagan, lo que favorecería una recomposición de las fuerzas obreras y de la militancia socialista; pero habrá fracciones que pueden terminar apoyando alternativas reaccionarias, y otras darán sustento a nuevos agrupamientos frente populistas o reformistas burgueses (ARI, convergencia con "socialistas", etc.).

 

En quinto término, hay que precisar también el carácter de la consigna "Fuera De la Rúa - Cavallo" (y en general la demanda de "fuera" cualquier gobierno). Como ya hemos explicado extensamente en otros trabajos [3], la exigencia de "fuera el gobierno de turno", a pesar de la popularidad que pueda alcanzar, no es por sí progresiva cuando no hay una alternativa superior -sea de régimen político o social. Por eso los marxistas no la levantaron en otras ocasiones históricas (la experiencia bolchevique al respecto es ilustrativa). Se puede argumentar que es necesario impulsarla porque da lugar a movilizaciones, y éstas encierran siempre posibilidades de movimientos futuros. Sin embargo, este razonamiento pierde de vista que agitar este tipo de demanda también lleva agua al molino ideológico que dice que los males de las masas se deben a los personajes que dirigen los gobiernos, y no a los sistemas; se olvida que la consigna se agota en el recambio burgués del gobierno (insistimos, en ausencia de un poder revolucionario alternativo); y que además le es inherente un sesgo frentepopulista (la colaboración de todas las clases descontentas con el gobierno de turno, el "mal principal"), lo que da espacio para que los gobernantes del recambio entren "oxigenados" con sus nuevos programas económicos o sociales.

De las objeciones señaladas a la consigna de "fuera el gobierno" se deriva que la política del marxismo revolucionario no puede consistir en apoyarla alegremente, como ha hecho la mayoría de la izquierda argentina. El peso de la propaganda y de la agitación debe estar en llamar la atención en la alternativa al gobierno existente y en señalar que, en la medida en que la clase obrera no intervenga con su programa independiente, se terminarán imponiendo recambios en las alturas. Esto no niega la participación en las movilizaciones una vez que están en curso; pero lo central sigue siendo el impulso a la intervención independiente de la clase obrera, y en la denuncia al recambio burgués, en caso en que esa intervención esté ausente. Cuando explicamos esta táctica hay que recordar que no siempre los revolucionarios socialistas apoyaron toda lucha o manifestación contra los gobiernos o poderes instituidos. Citemos dos ejemplos al respecto, ambos tomados de la experiencia de los bolcheviques. El primero es cuando en enero de 1905 un cura, llamado Gapón, convocó a una manifestación de masas para peticionar al Zar de Rusia; la fracción bolchevique del partido Socialdemócrata, bajo dirección de Lenin, se negó a apoyar la convocatoria de Gapón -tanto por razones de oportunidad como por el carácter de las peticiones-, a pesar de que marcó luego el inicio de la primera revolución que sacudiría al régimen. El segundo ejemplo histórico se refiere a cuando en abril de 1917 los obreros en Petrogrado organizaron una manifestación pidiendo la renuncia del ministro Miliukov, de Relaciones Exteriores. Tampoco en este caso Lenin apoyó políticamente a la manifestación -considerando que inducía a error y confusión pedir el cambio de hombres en las alturas del Estado- a pesar de que fue una acción de masas que generó una crisis política; la crítica al carácter y a la consigna que presidía la manifestación de abril no impidió, sin embargo, que los militantes bolcheviques participaran y acompañaran la experiencia.

Concretamente, desde la Liga Comunista jamás hemos levantado la consigna de Fuera De la Rúa (como tampoco lo hicimos con Menem) dada la ausencia de alternativa obrera y socialista que pudiera reemplazar a estos gobernantes. Esto no niega que los militantes tomaran parte en las movilizaciones con sus vecinos o sus compañeros de trabajo; explicando y poniendo siempre el acento en la cuestión de la salida, y sin abrigar la menor ilusión en que el cambio de gobierno burgués pudiera significar un cambio positivo para la clase trabajadora y los oprimidos. 

 

En síntesis, el levantamiento contra De la Rúa - Cavallo evidencia el poder de la movilización. Contra los que decían que los pueblos nunca pueden rebelarse, que no pueden intervenir, el levantamiento es apenas un botón de muestra de lo que puede lograrse. Pero al mismo tiempo, demuestra que si la clase obrera no interviene con un programa, con una alternativa revolucionaria, que sea capaz de arrastrar con una política de alianzas a las amplias capas empobrecidas de la pequeña burguesía, el capital encontrará la manera de recomponer su dominio. Esto hay que decirlo. Hay que explicar crudamente que mientras el pueblo puso los muertos en la calle, la burguesía puso la política en las alturas. Es una "amarga verdad", que debe servir como acicate para reaccionar, para organizarse, para no permitir que un Daer o un Barrionuevo sigan hablando "en nombre de los trabajadores".

En este respecto nos oponemos a todos los que adulan al movimiento, sin poner el dedo en la llaga de las limitaciones, de las carencias. Nos oponemos a la idea, tan cara al populismo burgués, y tan repetida por el progresismo bienpensante y la mayoría de la izquierda, que dice que el pueblo "nunca se equivoca", y que "cuando gana la calle, es siempre imparable" (Guillerno Sacomanno, en Pagina 12, 23 de diciembre de 2001). Además de cuestionar la generalidad de "pueblo", afirmamos que las masas trabajadoras sí cometen errores, y que cuando ganan la calle no siempre son imparables. Porque pueden no pararlas las balas, pero sí las políticas equivocadas del movimiento y las políticas oportunas de la clase dominante. Tenemos que enfrentar los acontecimientos con un análisis de clase, objetivo, sin dejarnos llevar por la verborragia vacía. Esta es la única forma en que la sangre derramada no seguirá siendo negociada en los discretos pasillos de los contubernios burgueses ni en las componendas utópicas de la pequeña burguesía intelectual, siempre ilusionada, y siempre frustrada.

 

Orientación de la izquierda en el levantamiento y el interregno de Rodríguez Saa

 

Es claro que durante las movilizaciones se demostró la imposibilidad para la izquierda de "torcer" el curso de los acontecimientos hacia alguna forma de intervención política independiente de la clase obrera. Los llamados a la huelga general a la clase obrera cayeron en el vacío; lo mismo sucedió con las convocatorias a elegir delegados de base con mandato en las empresas. La consigna de "Fuera de la  Rúa - Cavallo" se había agitado durante mucho tiempo como consigna "solución" a buena parte de los males del país -como antes se ha hecho con Alfonsín, o con Menem, o con sus ministros de Economía más notorios- de manera que también era muy difícil poner el acento en la cuestión de la alternativa; para la inmensa masa de la población, cualquiera era mejor que De la Rúa y Cavallo.

La ausencia de condiciones reales sobre las que asentar una política revolucionaria explica que las consignas sovietistas y de preparación para la toma del poder hayan girado en el vacío; sencillamente no conectaban con lo que estaba sucediendo en las bases. Carentes de efectividad, las consignas "ultra revolucionarias" se combinaron entonces con políticas reformistas legalistas. En particular, se generalizó desde la izquierda y parte del progresismo el pedido de elecciones a una Asamblea Constituyente. Demanda que es incluso contradictoria con la caracterización de situación revolucionaria; es que si la situación es revolucionaria, hay que poner el acento en la toma del poder por la clase obrera, única que podría después de todo convocar a una verdadera Asamblea Constituyente Libre (de los condicionamientos del capital) y Soberana. Si se está en un proceso revolucionario, en caso de que la burguesía llame a elecciones hay que preparar el boicot revolucionario de la concurrencia a las urnas. Si se está acariciando la idea de construir soviets para tomar el poder, hay que pensar en cuestiones muy "prácticas" para el enfrentamiento que se viene. Pero lejos de estas orientaciones que se desprenderían de las caracterizaciones de la mayoría de la izquierda, apenas la primera Asamblea Legislativa convocó a elecciones nacionales para presidente, los que supuestamente estaban preparando soviets y tomas del poder, salieron corriendo a organizar sus fórmulas electorales.

En todo esto existe una lógica sobre la que es necesario detenerse un momento. Por un lado, se tiene una caracterización equivocada de la situación, como vimos; por otra parte, se considera que la izquierda debe presentar siempre alguna alternativa de gobierno viable y "concreta" (so pena de caer en "propagandismo abstracto"), aunque las condiciones reales para la imposición de un gobierno de los trabajadores y revolucionario no estén presentes. De ahí que desesperadamente se busque alguna fórmula con que llenar el vacío, y esa fórmula de gobierno no puede ser otra (dadas las condiciones objetivas) que alguna alternativa burguesa y legalista. Obsérvese que la convocatoria a una Asamblea Constituyente, que pidieron Izquierda Unida, el Partido Obrero y otros, en condiciones de dominio ideológico y político burgués, hubiera sido una vía de legitimar "democráticamente" las reformas del Estado en que está empeñada la burguesía. No es extraño que la representación del capitalismo "prolijo", el ARI, haya planteado también el llamado a una Asamblea Constituyente. ¿Qué tiene que ver entonces esa Asamblea Constituyente, convocada por la burguesía, con la supuesta situación revolucionaria y el llamado a formar soviets?

Señalemos también que posiblemente el colmo de los desatinos lo han cometido los compañeros del MST (luego secundados por el resto de IU), a quienes no se les ocurrió mejor idea que proponer que la Asamblea Legislativa nominara presidente a Luis Zamora. Además de la objeción formal [4] de que ni siquiera habían consensuado la propuesta con Zamora (como lo señaló éste en su intervención en la Asamblea), es verdaderamente ridículo pretender que el enemigo (la burguesía) elija a la izquierda para sacar al país de una crisis. Propuesta tan absurda sólo puede explicarse por una extrema confianza en las instituciones burguesas. Confianza que apenas disimulan las histriónicas posiciones con que acostumbran adornar sus discursos -carentes de peso y volúmen socialista- los representantes del MST.

Por otra parte, el llamado a formar soviets en esta situación política no es una mera "ultrada" inocua. Por el contrario, esta orientación puede llevar al activismo a la frustración y aún a abortar procesos de organización de la vanguardia. Hay que entender que los organismos de doble poder, en el real sentido del término, deben conformarse desde las bases, con delegados de las empresas elegidos en asambleas y mandatados, y con participación de otros sectores oprimidos de la población. Proponer hoy esta orientación en los lugares de trabajo es sencillamente disparatado, es una línea que no tiene la menor posibilidad de aplicarse; orientar a cualquier agrupamiento de activistas agitar a favor de la formación de soviets, en lugar de volcarse al trabajo de concientización y organización paciente y cuidadosa en las bases, es dar una orientación destinada a la derrota. En cualquier caso, los intentos que se están dando en estos momentos en algunos barrios de Buenos Aires de formación de "asambleas populares" se reducen a la reunión de algunos militantes de la izquierda y sectores de las clases medias indignados, lo que está muy alejado de los organismos de doble poder de la clase obrera. En el Gran Buenos Aires, la realización de algunos "Cabildos Abiertos", citados por CCC, terminaron siendo actos de "aparato" para que se lucieran líderes de esta corriente, junto a políticos pro-burgueses como Farinello (quien, significativamente, dio un aval a Rodríguez Saa, primero, y a Duhalde después). 

 

Frente a estos problemas, se plantea entonces entonces la pregunta de cómo la izquierda podría haber capitalizado este levantamiento. Nuestra respuesta es: no había manera de capitalizarlo, dada la dinámica y la política que traía la izquierda, y la situación de conciencia y organización de las masas, y en particular de la clase obrera. En última instancia, durante los levantamientos la gente puso en practica lo que se le venía diciendo desde todos los ángulos: que la raíz de sus males era el gobierno de De la Rua, más la corrupción, y que por lo tanto lo prioritario era acabar con él, y con los políticos corruptos. Estas consignas fueron unificadoras del proceso. La izquierda había ayudado activamente a difundir estas ideas. Cuando se produjo el cacerolazo y la salida a la calle, se estaba llevando a cabo el "Argentinazo" para sacar a De la Rua-Cavallo que se preconizara durante tanto tiempo. Como esta demanda coincidía puntualmente con la de las más amplias masas, incluyendo a la mediana y pequeña burguesía, y en condiciones de predominio ideológico burgués, no había posibilidad ni manera de capitalizarla políticamente hacia una salida socialista o soviética. Es falso que la izquierda pueda transformarse en dirección de las masas agitando consignas de recambio gubernamental para, una vez desatado el levantamiento popular, ponerse a la cabeza y hegemonizarlo hacia un programa distinto de las alternativas burguesas en danza. Esto es un sueño, una ilusión espontaneista. Cuando se está en la calle, lo que se hace es tirar piedras y enfrentarse con la policía, y en esto "todos somos iguales". No hay posibilidad en ese momento de levantar un programa distinto, ni de que alguien lo elabore. Las masas entran a la lucha con sus ideas, con sus demandas más o menos definidas. El combate abre posibilidades de avance y de experiencia, siempre que la crítica se haya ejercido antes, y que los balances y las nuevas críticas se planteen con claridad después. En el combate callejero es imposible desviar el automóvil de la movilización hacia una insurrección proletaria, o cosa por el estilo, cuando las condiciones políticas no están maduras para ello. En la pelea por el cambio de un gobierno burgués odiado por las masas, el objetivo unifica, pero como es limitado, da lugar a que el recambio tenga éxito. Esta verdad hay que grabarla en la conciencia de la vanguardia y de la clase obrera.

Durante las jornadas de agitación y movilización se dieron entonces las condiciones para adelantar las denuncias socialistas del sistema, para propagandizar la necesidad de conformar una alternativa de masas con un programa obrero e independiente, para alertar contra el contubernio burgués que trabajaba por el recambio, y para avanzar en la organización del activismo y de las bases obreras en lugares de trabajo o barrios en que hubiera espacio para hacerlo. Lo más importante era mantener la independencia de clase, no depositar la menor ilusión en las alternativas de la burguesía.

Pero en este sentido uno de los errores más graves fue el apoyo que dieron grupos o dirigentes de izquierda al efímero gobierno de Rodríguez Saa, plegándose al alineamiento de la burocracia sindical. En especial nos referimos a la dirección de CCC, que saludó como positivo que el Gobierno los hubiera recibido, y presentó a Rodríguez Saa como progresista, al sostener que estaba siendo "acosado" por fuerzas reaccionarias [5]. El llamado a no confiar en el nuevo gobierno, a luchar por la independencia de clase, por la organización del activismo, por continuar la resistencia, eran vitales, máxime teniendo en cuenta el apoyo incondicional que dieron a Rodríguez Saa los dirigentes de las dos fracciones de la CGT, Daer y Moyano. Nuevamente, también merece un párrafo en particular la actitud de la CTA. Lejos de alertar a los trabajadores sobre el significado de la suba al gobierno del peronismo, mantuvo una actitud expectante ante las nuevas medidas (en informes internos en la CTA se instruía a los delegados y activistas en la idea de que se había pasado a una etapa en la que se verían satisfechas las reinvindicaciones defensivas, y por lo tanto podía pasarse "a la ofensiva"). Un actitud que se prolonga y consolida en la postura frente al gobierno de Duhalde (ver infra). 

 



[1] Un ejemplo significativo: a los cartoneros y otros que sobreviven recolectando basura en Buenos Aires (y son muchos miles), se les empezaban a entregar cheques, y se les decía que debían abrir cuentas en los bancos. Algo absolutamente disparatado, que los condenaba a la inanición.

[2] Muchos se escandalizarán de nuestro análisis. Recordemos que este tipo de diferencias no son nuevas en la historia del análisis marxista. Por ejemplo, cuando se produjo la revolución rusa de febrero de 1917, que derribó al Zar después de 5 días de combates, que dieron lugar a la formación de soviets y al armamento de las masas -con quiebre del ejército- Lenin la caracterizó de un "semi-golpe" de Estado, por la participación del imperialismo francés e inglés. Este enfoque, naturalmente, es  "inconcebible" según el usual análisis de la izquierda.

[3] Ver, por ejemplo, O. Garmendia "Sobre las consignas de "Fuera el gobierno" y  Argentinazo" en Debate Marxista N°10, junio de 1998

[4] Si profundizamos en la cuestión veríamos que de todas maneras la cuestión no es tan "formal", ya que atañe a las maneras de elaborar política, al respeto que se debe tener por las otras corrientes políticas de la izquierda.

[5] El líder de la Corriente Clasista y Combativa, el "Perro" Santillán fue muy claro al respecto, al  denunciar (en la radio "Rock and Pop") que "fuerzas de derecha comenzaron a operar para poner piedras en el camino de la gestión de Adolfo Rodríguez Saá, debido a su decisión de suspender el pago de la deuda".