PREMISAS TEÓRICAS Y POLÍTICAS DE LA LIGA COMUNISTA

 

 

 

1. Punto de partida: el socialismo científico

 

 

 

La Liga Comunista basa su accionar en el socialismo científico, expresión teórica, tanto del antagonismo que impera en la sociedad moderna entre capital y trabajo, como del funcionamiento anárquico y contradictorio del modo de producción capitalista. Su objetivo es trabajar por el derrocamiento de la dominación de la burguesía, la conquista del poder por el proletariado y la abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción y de cambio como punto de partida para la construcción del socialismo.

 

El programa de revolución social del marxismo científico no se basa en quimeras ni busca objetivos que no se vinculen con el grado de desarrollo alcanzado por la actual sociedad. Por el contrario, se fundamenta en las condiciones sociales existentes. Claramente se opone entonces a las corrientes socialistas utópicas, que sacan de su cabeza nuevos y acabados sistemas sociales para implantarlos desde afuera en la sociedad, por medio del ejemplo, de la condena moral de lo existente y/o con la propaganda abstracta de principios "justos e igualitarios".

 

El socialismo científico ve en el mismo desarrollo del sistema capitalista las bases materiales y sociales para su superación revolucionaria. El mismo desarrollo del capitalismo ha simplificado de manera creciente los antagonismos de clases. La sociedad, a nivel mundial, se divide cada vez más en dos grandes campos con intereses antagónicos irreconciliables, la burguesía y el proletariado. La llamada "globalización", que no es otra cosa que la extensión planetaria de las relaciones mercantiles y asalariadas, profundizó las tendencias hacia la eliminación de la pequeña propiedad privada y las profesiones liberales independientes, proletarizando a amplias capas de la población en todo el mundo. De esta manera se generan las bases materiales, objetivas, para la futura socialización de la producción y del intercambio por los productores.

 

Las innovaciones tecnológicas han sustituido cada vez más el trabajo humano por la máquina, dando la posibilidad de superar en una futura sociedad la alienación derivada de los trabajos repetitivos, monótonos y embrutecedores. La producción de riqueza de la sociedad actual genera las condiciones para que la socialización futura no degenere en una forma de nueva sociedad opresora y burocrática, en la que solo se reparta pobreza. La consolidación y profundización del mercado mundial brinda, además, el fundamento para el internacionalismo socialista, esto es, para la superación definitiva de las fronteras nacionales y las divisiones entre los pueblos. Es el desarrollo del capitalismo el que convierte al programa de abolición de la propiedad privada en históricamente viable.

 

 

 

2 Centralidad de la clase obrera

 

 

 

La clase obrera es la única clase capaz de llevar a cabo la superación de la sociedad burguesa y, por lo tanto, la transformación revolucionaria de la sociedad por medio de la dictadura del proletariado. Es la clase que "por su situación dentro de la sociedad, sólo puede emanciparse acabando en absoluto con toda dominación de clase, todo avasallamiento y toda explotación" (Engels) y eliminándose a sí misma como clase. Constituida por los productores directos de las fuerzas productivas, es la clase que objetivamente está interesada en el desarrollo de esas fuerzas de la producción más allá de sus trabas capitalistas.

 

Desde hace años se ha tratado de "demostrar" la caducidad del marxismo afirmando que la clase obrera está en vías de desaparición, dado el aumento de los trabajadores de "servicios" o las llamadas "nuevas clases medias", y el crecimiento de la desocupación. 

 

Contra estas afirmaciones, sostenemos que el incremento de la población obrera sobrante - desocupación abierta o encubierta -, y los cambios operados en la composición técnica de la clase obrera - como el desarrollo del proletariado en las ramas industriales conocidas como sector servicios y la disminución relativa de los obreros empleados en el sector manufacturero -, lejos de significar la "desaparición de la clase obrera", significa su ampliación y la profundización de su carácter.

 

También se ha afirmado que la clase obrera no tiene fuerza social, porque está crecientemente fragmentada. En oposición a esta tesis, sostenemos que los procesos de concentración y centralización de la propiedad y de expansión de la gran industria a nuevas ramas de la producción, sumados a la expansión de la masa de población obrera sobrante, han tendido a homogeneizar todavía más al proletariado, en tanto que éste se encuentra con condiciones de trabajo y de subsistencia cada vez más similares, y dependiendo cada vez más de un capital más unificado y concentrado.

 

Se cumple de este modo la tendencia anticipada por El Manifiesto Comunista, en el sentido que es la misma burguesía la que forja "los hombres que empuñarán las armas que han de darle muerte", esto es, la que crea los obreros modernos. La Liga Comunista considera que este planteo no sólo se aplica a algunos países sino al capitalismo mundial.

 

Por otra parte, frente a los que, basados en el hecho cierto de que la clase obrera ha sufrido importantes retrocesos políticos en los últimos años, sostienen que "se ha demostrado" su incapacidad revolucionaria, sostenemos que nunca una clase explotada ha logrado tanto en tan poco tiempo. En poco más de ciento cincuenta años de existencia el movimiento obrero ha generado una teoría social superior a la de la clase dominante. Ha creado organizaciones propias, como sindicatos, cooperativas y asociaciones culturales y deportivas. Organizó partidos propios, sustentados en la teoría crítica y científica, que han desarrollado estrategias y tácticas de acción política altamente elaboradas. Obligó a la clase dominante a conceder mejoras como nunca una clase explotada logró arrancar a los explotadores (Estado de bienestar en la posguerra). Generó organizaciones radicalmente democráticas, como los consejos de obreros y campesinos. Creó ejércitos, desarrollando una estrategia militar propia. Tomó el poder y e inició la construcción de sociedades que por primera vez fueron concebidas como proyectos conscientes de un reordenamiento social sin clases.

 

Es necesario no perder esta perspectiva histórica, es necesario fomentar la educación a las nuevas generaciones en las tradiciones revolucionarias, porque en ellas se alimentará la futura recomposición política de las fuerzas del trabajo y del socialismo.

 

 

 

3. Las crisis y las contradicciones del capitalismo

 

 

 

El desarrollo de las fuerzas productivas del capitalismo no es armónico y continuo, sino pleno de contradicciones. No hay nada parecido al modelo de capitalismo "cibernético" y "armónico" de sus máximos apologistas, o al "capitalismo humano" y tranquilo con que sueñan los reformistas. Periódicamente las contradicciones del sistema se manifiestan en las crisis, que sacuden países e industrias enteras, arrastrando a la desocupación, la miseria y el pauperismo a millones de seres humanos. La teoría marxista de la tasa de ganancia decreciente demuestra que las crisis no son sólo una posibilidad sino más bien un producto necesario del mismo desarrollo contradictorio de las fuerzas productivas. Llegado a un cierto punto, la valorización de los capitales choca con el medio para lograrla - la producción de la riqueza material - y la acumulación se interrumpe, condenando a la desocupación, la miseria y el hambre a millones de seres humanos. Contra las tesis que aseguran que las crisis se deben a las conspiraciones de los banqueros, a los excesos de la corrupción administrativa, o a "planes" de los usureros, afirmamos la teoría materialista del carácter inevitable de estos derrumbes de la producción y el comercio. Estos no pueden ser gobernados a voluntad, ya que obedecen a las leyes objetivas de la acumulación.

 

Pero al mismo tiempo la teoría y la experiencia histórica demuestran que, si los explotados no logran encontrar la salida de la revolución proletaria, el capitalismo termina por imponer las condiciones adecuadas para reiniciar la acumulación. Pensar en que exista un colapso automático del capitalismo, un derrumbe "objetivo", es reproducir una vieja tesis burguesa (de Ricardo) que induce a la pasividad y a una conciencia fatalista del acontecer histórico. Sólo la acción revolucionaria, consciente, de la clase obrera, podrá alumbrar el surgimiento de una nueva sociedad. Si la clase obrera no logra esta salida revolucionaria, el reinicio del ciclo productivo compromete más fuerzas productivas, profundiza las relaciones mercantiles y capitalistas, agudiza la centralización de los capitales, exacerba la competencia y profundiza la extensión planetaria de los capitales. De manera que la siguiente crisis será más abarcativa, tendencialmente, que la anterior[1].

 

Las leyes de la acumulación y crisis capitalistas operan de manera cada vez más "pura", imponiéndose a la voluntad subjetiva de los seres humanos con la fuerza de las "cosas naturales". Las exigencias del capital "en general", por profundizar en la explotación sobre el trabajo y en la anulación de las conquistas sociales que la clase obrera había arrancado a la clase dominante, se expresan hoy de manera directa y acabada en la presión de los capitales financieros sobre las políticas económicas de los estados nacionales.

 

De esta manera se desarrolla la dinámica contradictoria de este sistema. Producción de riqueza, enormes avances, progresos tecnológicos y científicos como jamás se han visto, y desolación y hambre por otro lado. A la par que nacen fuerzas productivas y científicas "que jamás sospechara época alguna de la pasada historia", "existen síntomas de decadencia que sobrepasan en mucho los horrores registrados en las postrimerías del Imperio Romano". Nunca como antes "al mismo tiempo que la humanidad domina a la naturaleza, el hombre parece volverse esclavo de otros hombres o de su propia infamia".

 

En la comprensión de este proceso se encierra la clave de una orientación revolucionaria. Es que frente a la creciente fuerza de las contradicciones, no se trata de atenuarlas, sino de entender que "la superación de la contradicción social está en su desarrollo, no en detenerla". Así, frente al avance del monopolio, el marxismo postula la socialización de las fuerzas productivas concentradas; frente a la internacionalización del capital, el internacionalismo socialista; contra el avance de la automatización, atacamos el uso capitalista de la máquina y postulamos que debe estar al servicio del hombre, mediante su socialización. En una palabra, el programa del marxismo se opone a la crítica romántica reaccionaria del capitalismo, que busca volver a las comunidades locales, oponer la pequeña propiedad a la concentración del capital, el proteccionismo nacional al avance del capital internacionalizado y el trabajo manual a la máquina.

 

 

 

4. La teoría de la plusvalía y la contradicción capital-trabajo

 

 

 

Las contradicciones de la sociedad moderna se resumen en la contradicción entre el capital y el trabajo, esto es, entre los propietarios de los medios de producción y de cambio, y los proletarios, excluidos de esa propiedad, que sólo tienen para vender su fuerza de trabajo. Son los proletarios los que, con su trabajo, crean la plusvalía que es apropiada por los capitalistas, y que luego se reparte entre todas las fracciones de la clase dominante, sean propietarios de la tierra, banqueros, o altos funcionarios del Estado. Esto determina que la contradicción principal y dominante a resolver es la que existe entre la burguesía-proletariado.

 

Esta definición no pretende dar cuenta de toda la gama de contradicciones, que se expresan en la formación social, producto de la coexistencia de otras clases y capas, sino remarcar el carácter de protagonista principal del proletariado en el desarrollo de la lucha de clases y el hecho de que con la resolución de la contradicción principal se sientan las bases objetivas para la resolución de las otras contradicciones (por ejemplo, entre el carácter social de la producción y el carácter privado de su apropiación; entre el progreso científico, y su utilización capitalista; entre las fronteras nacionales y la extensión planetaria de las fuerzas de la producción).

 

La teoría de la plusvalía de Marx es la que pone al descubierto el mecanismo de explotación de la sociedad moderna, y por ello mismo es una crítica a las ideas imperantes sobre la igualdad, la justicia y la armonía social. La Liga Comunista reivindica la teoría de la plusvalía de Marx, no bajo la forma de un hipócrita discurso "para los días de fiesta", sino como un eje que articula su orientación político-táctica cotidiana. Es que la teoría de la plusvalía implica que la explotación no es "sobre la patria" (como dicen los nacionalistas), ni "de los bancos sobre el pueblo" (como dicen los populistas). Más bien implica afirmar que no es posible ninguna clase de conciliación con los explotadores, así sean nacionales o industriales.

 

La teoría de la plusvalía de Marx es el fundamento sobre el que se asienta la noción de independencia de clase. La independencia de clase real no es aquella que se basa en la conciencia del carácter distinto, o diferente, de las clases sociales, sino en la conciencia del carácter irreconciliable del antagonismo entre la clase obrera y la clase capitalista.

 

 La teoría de la explotación de Marx demuestra que las leyes de la competencia capitalista empujan a cada explotador a ir hasta el fondo en su afán por extraer más y más plusvalía, condición indispensable para la valorización de los capitales y para sostenerse en el mercado. De aquí que no sea posible apostar a los "capitalismos humanos", a los "desarrollos autocentrados y armónicos", que predican los reformistas de toda especie. Las concesiones que la clase obrera mundial logró arrancar después de la Gran Depresión de los treinta y de la Segunda Guerra mundial, fueron subproductos de la ofensiva revolucionaria de 1917. Los capitalistas conceden algo cuando temen perderlo todo.

 

Pero la conjunción de la crisis del capital y el retroceso de las fuerzas socialistas y revolucionarias en los últimos años han impulsado y posibilitado la nueva ofensiva del capital sobre el trabajo en todos los terrenos.

 

Cada vez más se confirma entonces la vieja tesis del marxismo, que dice que los males fundamentales de la clase trabajadora no se solucionan con meros cambios de gobiernos, de personajes, de "modelos" capitalistas. A largo plazo se impone la tendencia a acentuar la extracción de plusvalor, la desvalorización del trabajo para la valorización del capital.

 

Por eso, es necesario luchar por las reivindicaciones elementales - sindicales y democráticas - sin albergar la más mínima ilusión en este sistema. Aun cuando se logren ciertas mejoras salariales - y con la crisis esto es cada vez más difícil - no hay que olvidar por un instante que la clase obrera sigue siendo explotada, y que su objetivo debe ser  acabar con la propiedad privada del capital como paso previo en la construcción del socialismo. La Liga Comunista hace suyo, y propagandiza, la verdad de la vieja sentencia de Engels, que dice que "ninguno de los problemas fundamentales de la clase obrera se solucionará dentro del capitalismo".

 

 

 

5. Actitud ante el Estado, la nación y la patria

 

 

 

Siguiendo a Marx y a Lenin, caracterizamos al Estado como un órgano de dominación de la clase dominante, un órgano de opresión sobre la clase asalariada. El Estado capitalista está al servicio de la defensa de la propiedad privada, de la explotación, y de la acumulación del capital. El Estado no es "neutro", no es un "instrumento" que pueda ser orientado según el personal que se haga cargo de él, sino que tiene una naturaleza de clase definida, que está determinada por su inserción y vinculación con el modo de producción capitalista. El Estado capitalista difunde y propagandiza las ideologías de la conciliación de clases, de la unidad patriótica, de la igualdad y la justicia, del amor a dios, como forma de encubrir la explotación y la dominación de la burguesía; pero su esencia es ser una "fuerza especial de represión", cuyas columnas vertebrales son el ejército, la policía y todos los cuerpos represivos. 

 

Nuestra crítica al Estado burgués se extiende y profundiza en la crítica a la democracia burguesa, ya que aun la república más democrática no deja de ser una dictadura del capital sobre el trabajo. La clase dominante se ha impuesto siempre a través del consenso y la represión en un equilibrio inestable aplicando más uno que otro según la resistencia que los explotados opongan a ese dominio. La burguesía ha sido maestra en la aplicación de estos métodos. A lo largo de la historia vemos que ha concedido sólo cuando la obligan y siempre, invariablemente, ha usado la violencia y la represión cuando lo ha necesitado para salvar a la propiedad privada del capital. Todas las formas que la burguesía nos propone, desde el parlamentarismo o la democracia formal hasta la dictadura, son producto de esta situación y en todas ellas subyace la violencia y la represión. Llámese hambre, desocupación, analfabetismo, marginalidad, cárcel, tortura, desaparición, muerte. Es esta violencia que debe enfrentar la clase obrera la que le impone los métodos y formas de la lucha que debe desarrollar para concretar su liberación.

 

Por todo esto, mientras la burguesía y los reformistas inculcan la idea de que con el voto y la democracia el pueblo gobierna sus destinos, nosotros explicamos que aun la mayor democracia, en tanto exista el capitalismo, será una forma de dominio de la burguesía. En tanto exista la propiedad privada del capital, en tanto las amplias masas sufran de la explotación, de la miseria y el hambre, en tanto la clase dominante tenga el monopolio de las armas, será imposible modificar de raíz la sociedad mediante el voto y la acción parlamentaria.

 

Por esto también los marxistas no creemos que votando Asambleas Constituyentes se pueda cambiar esta sociedad, como dicen algunos progresistas e izquierdistas. Aun en el difícil caso que hubiera una mayoría parlamentaria favorable al socialismo, la posibilidad de transformación revolucionaria está determinada por las relaciones de fuerza entre las clases sociales. Solo con la lucha revolucionaria de las masas armadas será posible acabar con el Estado y la propiedad privada de los explotadores.

 

Lo dicho no niega la lucha por las libertades democráticas burguesas, y por su ampliación. Pero ubica esta lucha en sus justos términos. Frente a las dictaduras militares o el avasallamiento de las libertades, reivindicamos la pelea democrática. Sin embargo sostenemos que las libertades democráticas deben ser aprovechadas con el objetivo de preparar el derrocamiento revolucionario y la superación de esta sociedad.

 

En lo que respecta al rol económico del Estado burgués, lo ubicamos en el mismo plano que el capital privado. Esto es, no consideramos progresiva, frente a la explotación del capital privado, la explotación del trabajo el Estado. Un trabajador asalariado estatal es tan explotado como un trabajador privado. Ambos venden su fuerza de trabajo, ambos están al servicio de la clase capitalista de conjunto. La confianza y la defensa del capitalismo estatal - al que el movimiento obrero y casi toda la izquierda consideran "progresivo" - contribuyó a consolidar la ideología burguesa nacionalista y la conciliación entre las clases. La Liga Comunista critica esta posición pro "estatista"[2].

 

"Los obreros no tienen patria" proclamaba El Manifiesto Comunista. Lamentablemente, esta idea ha sido dejada de lado por la inmensa mayoría de los partidos de izquierda de Argentina, para no hablar de la dirección sindical. Con el argumento de que Argentina es "explotada" por el imperialismo, y que por lo tanto está planteada la tarea histórica de "liberación nacional", se ha inculcado el programa de la defensa de la patria y la idea que la reivindicación de la "soberanía nacional" es progresiva; por eso se dice que los socialistas debemos levantar la bandera argentina y cantar el himno, como reafirmación "antiimperialista" frente "a los yanquis".

 

Contra estos planteos, la Liga Comunista sostiene que en Argentina - así como en todos los demás países dependientes - no está planteado el combate por la liberación nacional. Es que liberación nacional significa la conquista del derecho formal a existir como nación independiente. Se trata, por lo tanto, de un derecho democrático burgués que fue adquirido hace mucho tiempo por Argentina. La clase dominante argentina no es "oprimida" por el imperialismo; por el contrario, es una clase con raíces propias - en la explotación de "sus" obreros - que además hoy ha entrelazado sus intereses con los del capital mundializado. Acusarla de "cobardía", de "no ser consecuente con los intereses de la patria", es errar en la crítica y lleva, por otra parte, a la falsa idea de que es posible encontrar fracciones de la burguesía "aliadas del proletariado en la lucha antiimperialista".

 

En términos generales, caracterizamos a Argentina como un país dependiente desde el punto de vista económico, e independiente desde el punto de vista político formal (o sea, no es ni colonia ni semicolonia). Es dependiente porque la burguesía argentina tiene una posición subordinada en los planos del desarrollo tecnológico, poder comercial, financiero y monetario, de armamentos, en el control de los medios de comunicación, de las rutas comerciales, y por supuesto, en los organismos internacionales. Pero esto no implica que sea "explotada"; simplemente participa en condiciones de inferioridad en la apropiación de la plusvalía que realiza el conjunto de la burguesía mundial. La única clase explotada es la clase obrera, sea de Argentina o de cualquier otro país dependiente, o de Estados Unidos o de cualquier otro país imperialista.

 

Por eso nuestro programa no reivindica el proteccionismo aduanero, las políticas de "compre nacional", y variantes por el estilo. La experiencia histórica es ilustrativa: el programa del proteccionismo burgués fue llevado a la práctica por las burguesías nacionales en la década de 1930, y su único resultado fue agravar la depresión económica mundial y acelerar la marcha hacia la guerra. Apoyar hoy este tipo de medidas es igualmente reaccionario. Implica alinearse, de hecho, con alguna fracción del capital nacional, frente a otros capitales - nacionales y extranjeros - y minar, por lo tanto, la posibilidad misma de la acción internacionalista con la clase obrera de otros países. Hay que comprender que, invariablemente, las guerras comerciales entre las burguesías fueron el caldo de cultivo para alimentar la xenofobia, el racismo, el nacionalismo. Una de las cadenas más pesadas que impide el ascenso hacia la conciencia de la independencia de clase es el adoptar las banderas del nacionalismo económico burgués.

 

De la misma manera son perjudiciales y mistificadoras las propuestas que hablan de "vivir con lo nuestro", de encerrarse fronteras adentro, "porque en Argentina tenemos de todo". Se trata de programas que retroceden incluso con respecto a la utopía estalinista de construir el socialismo en un solo país, ya que fomentan el chauvinismo nacional y alientan el prejuicio sobre el carácter "excepcional" de Argentina. Accesoriamente, estas tesis terminan llevando agua al molino de las estrategias que apuestan a las virtudes "revolucionarias" de alguna fracción pequeño burguesa. Desde la Liga Comunista decimos que "lo nuestro" es "de ellos", de los explotadores; y que Argentina, encerrada en sus fronteras, se vería aún más relegada en el desarrollo de las fuerzas productivas. En síntesis, frente al capital internacionalizado, no oponemos la vuelta a lo nacional, sino el avance revolucionario internacionalista.

 

 

 

6. La lucha contra el imperialismo

 

 

 

La expansión internacional de los grandes capitales oligopólicos y financieros va acompañada de la acción de los estados más fuertes para asegurar las condiciones políticas y jurídicas que la hagan posible; así como del intento de cada estado de acrecentar sus zonas de influencia y mejorar las condiciones de competitividad de "sus" capitales.

 

De allí se deriva un fuerte impulso a la injerencia en la política interna de los países más débiles; a las intervenciones militares - como fueron las invasiones de Estados Unidos a Grenada o Panamá -; a las agresiones a los países que no "acatan" el orden mundial imperialista - guerras de "baja intensidad" en la Nicaragua sandinista o en Angola, bloqueo a Cuba, hostigamiento a Corea del Norte, incursiones militares contra Libia -; y a las guerras abiertas, como fue la Guerra del Golfo, o como los bombardeos en Afganistán. De aquí también la imposición por parte de los estados más poderosos de reglas comerciales o financieras, sus constantes presiones diplomáticas y políticas sobre los estados más débiles, o las trabas al libre comercio cuando se trata de beneficiar los intereses de "sus" corporaciones.

 

Por lo tanto, si bien la dominación imperialista bajo su forma colonial prácticamente ha desaparecido en la actualidad, la lucha contra toda forma de agresión e intervenciones militares imperialistas conserva plena vigencia en el programa socialista. En este respecto, son posibles y necesarias las tácticas de unidad de acción con corrientes políticas que, sin ser socialistas, se opongan a las intervenciones y guerras imperialistas desde el punto de vista del derecho democrático-burgués internacional más elemental (esto es, la igualdad formal de los estados independientes y el derecho a su autodeterminación).

 

Por otra parte, sin dejar de denunciar y luchar contra la agresión del imperialismo, los marxistas sostenemos que el combate de fondo al imperialismo debe encararse en el marco y con la perspectiva de un programa socialista. Esto se debe a que la base económica del imperialismo no es otra que la del capital altamente concentrado, que se expande a nivel planetario; de manera que la victoria sobre el imperialismo implica acabar con los fundamentos del capitalismo. Por eso también toda lucha antiimperialista debe llevarse a cabo sin la menor concesión a los prejuicios nacionalistas; sin detener por un instante la crítica a las burguesías nacionales de los países dependientes; y sin abrigar la menor ilusión en liberaciones "económicas" en tanto subsistan las bases económicas actuales. Frente a las posturas antiimperialistas "nacionales", afirmamos que la liberación de los trabajadores argentinos (y de cualquier otro país dependiente) de la explotación de los imperialistas sólo se logrará bajo la forma de revolución socialista, en lucha contra todo el capital, y en alianza con los obreros de todos los países.

 

 

 

7 La independencia de clase

 

 

 

La negación de la teoría de la plusvalía, la apología del Estado burgués - en especial de su rol económico - y la exaltación del "programa nacional", han llevado históricamente a la idea de que es posible apostar a alguna fracción de la burguesía nacional "progresista e industriosa" para que integre un "frente de liberación" o un "frente popular". Es la estrategia de la revolución por etapas, que induce a depositar esperanzas en programas reformistas que conducen al movimiento obrero a un callejón sin salida. Toda la experiencia, a nivel internacional, lo demuestra: en Chile, Portugal, Angola, Nicaragua, Sudáfrica, para mencionar las más resonantes en las últimas décadas, las experiencias pequeño burguesas o burguesas reformistas "de izquierda", en las que colaboraron los partidos "comunistas" y/o "socialistas", acabaron en derrotas, con sus largas secuelas de desmoralización y apatía[3].

 

Hay que romper con la estrategia de los frentes de conciliación de clases, sean conformados con sectores de la burguesía, o con fracciones desplazadas de la pequeña burguesía reformista, porque en tanto la clase obrera renuncie a un programa de lucha contra el capital y la propiedad privada para conformar estos frentes, no habrá ninguna posibilidad de independencia de clase.

 

La Liga Comunista combate también una variante apenas diferente de la anterior, que consiste en llamar a conformar un "partido de los Trabajadores" con fracciones de la burocracia sindical - y de hecho, con la iglesia y la pequeña burguesía - sobre la base de un programa "amplio", genéricamente "obrerista". En la práctica esto lleva a la formación de partidos de base obrera con direcciones burocrático-reformistas y programas pro-capitalistas. El resultado - como lo demuestran las experiencias del laborismo inglés primero, de Solidaridad polaca y del Partido del Trabajo brasileño después - es preparar nuevas derrotas y frustraciones para los explotados y recrear nuevas variantes para la dominación burguesa. Carentes de bases revolucionarias, y entrenados en las ideas y en la práctica de la conciliación de clases, estos partidos terminan siendo ejecutores de políticas que favorables a los capitales. La lucha por la independencia de clase no puede darse al margen de la crítica a toda forma de apología al Estado burgués, al nacionalismo y a la unidad de clases, o a la disolución del programa del marxismo en los programas y estrategias del reformismo burocrático. Por eso no puede existir un partido de la clase obrera, que exprese la independencia de clase, con un programa laxo, indefinido en torno a las cuestiones cruciales de la explotación, el Estado y el internacionalismo.

 

Todo lo anterior no significa negar que la clase obrera deba realizar alianzas de clase con las amplias capas oprimidas por el capital de la población. Junto a la clase obrera existen innumerables sectores oprimidos, de masas empobrecidas, que incluyen a trabajadores semi-autónomos, semi-asalariados, marginados; además, hay millones de "cuentapropistas", de pequeños artesanos, comerciantes arruinados, vendedores ambulantes, minifundistas. Todos ellos son aliados potenciales de la clase obrera, y ésta deberá dotarse de una política y un programa de alianzas hacia ellos. Pero deberá hacerlo desde una perspectiva de liberación social, no en el cuadro del programa de la revolución nacional y democrático burguesa, ni en la perspectiva de consolidar una nueva clase pequeño burguesa explotadora frente al gran capital. Esto significa que es necesaria la elaboración de un programa que exprese, centralmente, las propuestas que la clase obrera hace al conjunto de la sociedad para resolver los problemas de la misma desde el punto de vista de su rol histórico, la construcción del socialismo. Este programa contemplará las reivindicaciones no antagónicas de distintos sectores explotados y oprimidos. En particular el programa de la revolución socialista contemplará todas las tareas democráticas pendientes: acabar con la opresión de las minorías sexuales, combatir toda forma de discriminación u opresión racial o sexista, luchar contra los prejuicios y las prácticas machistas, garantizar la igualdad plena de derechos de la mujer, los ancianos y los niños. 

 

 

 

8. El programa de la toma del poder

 

 

 

La burguesía, históricamente, controló primero los resortes económicos para tomar luego el poder político. La tarea del proletariado es muy otra, ya que imposibilitado de apropiarse de los medios de producción por medios meramente económicos, está obligado a tomar primero el poder político para recién después modificar la estructura económica de la sociedad y con ella liquidar la base de sustentación del régimen burgués.

 

Para lograr su objetivo de transformación social, el proletariado necesitará entonces, conquistar primero el poder del Estado y establecer su dictadura como clase sobre las demás. Esta dictadura será, en realidad, la conquista de la democracia socialista, puesto que significará el comienzo de la superación de la sociedad de clases y del Estado como forma de dominación política.

 

La clase obrera se organizará como clase dominante para aplastar la resistencia -inevitable- de la burguesía nacional e internacional, y para ayudar a toda la masa oprimida y explotada a avanzar hacia la organización de su propia vida social. En ese respecto, la toma del poder posibilitará la puesta en marcha de un Programa de Transición, conformado por medidas  prácticas y sencillas, a partir de las cuales todos podrán hacer la experiencia de avanzar hacia la eliminación de la propiedad privada.

 

 

 

9. La democracia obrera 

 

 

 

La Liga Comunista reivindica y hace suyas las tradiciones de la democracia de los Consejos obreros, a las que llegó la clase obrera en Francia en 1871, en la Rusia de 1917 y los primeros años que siguieron a la revolución, y en algunos otros -breves- episodios de su rica historia de combates contra el capital. La Liga Comunista reivindica la lucha de las Oposiciones proletarias al régimen estalinista y a todas las formas de opresión burocráticas. El proyecto revolucionario de la democracia obrera no puede dejar de referenciarse también en la experiencia ganada en estos combates.

 

El objetivo de la clase obrera con la toma del poder es acabar con la maquinaria burocrático militar de la burguesía, para avanzar a la más amplia democracia para las masas, para los explotados. Esta es la garantía última de que la revolución mantendrá su orientación internacionalista y socialista.

 

El programa de democratización radical será llevado al punto que implique un cambio cualitativo en la naturaleza misma del Estado. Esto es, todos los funcionarios deberán ser revocables, tendrán mandato de sus bases, estarán sometidos al escrutinio popular y ganarán el mismo salario que cualquier trabajador. El poder residirá en los Consejos de delegados de obreros y oprimidos, que concentrarán las facultades legislativas y ejecutivas. El partido revolucionario deberá probarse y validarse como dirección efectiva de las masas en y a través de su actuación en los Consejos revolucionarios de las masas, en discusión franca y abierta con todas las corrientes políticas del movimiento obrero y de masas. Todas las organizaciones políticas que reconozcan la legitimidad del poder de los Consejos de obreros y oprimidos, gozarán de las más amplias libertades y garantías para desarrollar sus actividades. En particular, deberá tenerse especial cuidado y luchar contra las tendencias - que pueden surgir en medio de las dificultades que impone toda revolución - a sustituir la acción del proletariado por la del partido; la acción del partido por la de su dirección. A procurar que la dirección de las empresas y los lugares de trabajo esté a cargo de comités de trabajadores, técnicos y consumidores, y no sea unipersonal. E impedir la subordinación de los sindicatos al Estado revolucionario.

 

De todas maneras, la suerte última de la revolución está atada a la revolución internacional. Es que la revolución social y política es nacional por su forma, pero internacional por su contenido; comienza en un territorio estado nacional determinado, pero su subsistencia y desarrollo dependerá de la revolución socialista mundial. La meta comunista de la disolución del Estado político, es impensable sin esta mediación, la revolución mundial, que proporciona la base material de la superación de los Estados nacionales, forma concreta que adquiere el estado en general. Más aún, no sólo la transición al socialismo en un solo país, sino tampoco la subsistencia a largo plazo de un estado proletario aislado es posible. La clase obrera, constituida como clase dominante en una parte del planeta, no puede coexistir indefinidamente con el capitalismo mundial, desarrollando una política consecuentemente internacionalista y revolucionaria. O triunfa la revolución mundial, o la revolución en un país perecerá estrangulada por sus enemigos externos e internos, como sucedió con la Comuna de París y la Rusia soviética.

 

 

 

10. La crítica de los regímenes estalinistas

 

 

 

Las experiencias estalinistas son un pesado lastre en la conciencia de las masas. No habrá recomposición política del movimiento comunista en tanto la vanguardia obrera no sea capaz de criticar a fondo estos regímenes, y dar respuesta a las preguntas que se hacen millones de trabajadores acerca del "fracaso del socialismo".

 

Los análisis acerca de cómo se burocratizó la revolución rusa, del rol nefasto que cumplió la teoría de la construcción del socialismo en un solo país, son vitales. En este respecto reivindicamos la trayectoria y lo fundamental de la obra de León Trotski, de combate inclaudicable contra la burocracia estalinista. La utopía reaccionaria de la construcción del socialismo en un solo país ha tenido consecuencias nefastas para el movimiento comunista internacional. En última instancia, ella ha provisto el argumento más convincente a los ojos de millones de trabajadores para las alianzas con las burguesías "progresistas", que se comprometían a no atacar a la URSS (o a China, cuando se trató de los maoístas).

 

Sin embargo, es necesario también superar la caracterización tradicional del trotskismo acerca de los regímenes de propiedad nacionalizada. Es que no basta la ausencia de propiedad privada para afirmar que estamos en presencia de dictaduras del proletariado, como pensó la Cuarta Internacional.

 

El régimen de la dictadura del proletariado no puede reducirse a la existencia de la industria nacionalizada; si las relaciones de producción no avanzan hacia la socialización (esto es, hacia la administración de las masas de los medios de producción) y si la revolución no se extiende a nivel internacional, las estatizaciones se convierten en el sustento de una burocracia que, elevada por encima de las masas, termina deviniendo en una capa explotadora[4]. Esto es lo que ha sucedido en la URSS, y en regímenes parecidos. De allí la naturalidad con que la burocracia terminó aceptando e integrándose al capitalismo mundial, cuando la crisis de estos regímenes los llevó al derrumbe final. Si la dictadura del proletariado caracteriza al Estado que lucha por la transición al socialismo, es imposible caracterizar como "dictaduras del proletariado burocratizadas" a los regímenes estalinistas. La caracterización precisa de qué fueron estos regímenes es vital para la crítica del estalinismo en la vanguardia proletaria.

 

De la comprensión teórica de estas experiencias se desprende una enseñanza fundamental, que la Liga Comunista reivindica: que no existe transición al socialismo por fuera de la aplicación consciente de un programa revolucionario. Es que para transformar las relaciones de producción en un sentido socialista, todo lo decide el poder y la movilización de las masas.

 

 

 

11. Sobre el programa de transición del trotskismo

 

 

 

La LC hace un balance crítico del Programa de Transición de Trotski, los supuestos teóricos que lo sustentan y las orientaciones prácticas que se desprenden del mismo.

 

En primer lugar, entendemos que el Programa de Transición de Trotski parte de una premisa falsa. Esta premisa es el estancamiento del capitalismo a partir de la Primera Guerra Mundial y durante todo el siglo XX, su incapacidad de desarrollar las fuerzas productivas. A partir de esta premisa, se augura la incapacidad de la burguesía para sobreponerse a las crisis, y por ende el agotamiento de la democracia y la fuerza de la ideología burguesa. La burguesía sería incapaz, entonces, de conceder las demandas democráticas y económicas más elementales, por lo que toda reivindicación elemental plantearía más o menos inmediatamente la cuestión del socialismo. Como consecuencia de esta situación, las masas se encontrarían en un impulso constante e inevitable hacia la lucha, tendiendo en su movilización a superar todos los obstáculos al socialismo.

 

Sin embargo, el capitalismo durante el último siglo y a nivel mundial ha demostrado su capacidad para desarrollar las fuerzas productivas y sobreponerse a sucesivas crisis. Indicadores de este desarrollo son la enorme acumulación de riqueza, el crecimiento mundial del proletariado, la extensión de la lógica del capital a nuevas ramas y territorios: es decir, el capitalismo ha seguido desarrollando las fuerzas productivas como premisas sociales y materiales para la revolución socialista.

 

También es innegable la capacidad de maniobra desarrollada por  la burguesía durante el último siglo, sobre todo mediante la concesión de reformas democráticas y económicas – como sucedió en la mayoría de los países capitalistas durante la postguerra – y mediante su capacidad de influir ideológicamente sobre las masas.

 

Es precisamente la fuerza y vitalidad de esta influencia ideológica la que niega en los hechos que las masas se encuentren predispuestas de forma más o menos inmediata y constante a la ofensiva revolucionaria, y la que pone en primer plano la necesidad de la propaganda y de la lucha teórica. Ambas aparecen relegadas en el Programa de Transición, donde las tareas revolucionarias quedan reducidas a la agitación de consignas transicionales entre las masas para conducirlas en acciones concretas.

 

Se subestiman así los obstáculos reales que la ideología burguesa representa en la conciencia de las masas y la única explicación que surge para intentar comprender los fracasos es atribuyéndolos a direcciones burocráticas y traidoras que obstaculizan el ascenso de las masas. No se hace visible ni se problematiza la convicción que las masas pueden efectivamente tener en la democracia burguesa ni la conexión orgánica que existe entre esa convicción y los dirigentes que la masa se da, ni mucho menos, la necesidad de la lucha teórica como condición indispensable para hacer entrar en crisis esa forma de conciencia.

 

Finalmente, al considerar que el movimiento de masas se encuentra constante e inevitablemente a la ofensiva, se deja de lado la posibilidad de una situación defensiva – como la que el proletariado vive en la actualidad – y la forma de enfrentarla. Ante la supuesta imposibilidad de la burguesía de conceder reformas mínimas, se intenta movilizar a las masas con medidas transicionales hacia la ofensiva por la toma del poder. De esta manera sólo se logra profundizar el desarme del movimiento. Se lo intenta armar con un programa de medidas de transición al socialismo, que en condiciones no revolucionarias sólo puede ser aplicado por el estado burgués. Esto hace a la táctica transicional inconsistente y la impregna de fuertes elementos oportunistas; para colmo, estas consignas transicionales, agitadas en períodos de intensa ofensiva del capital sobre el trabajo, confunden acerca de los objetivos y ritmos necesarios para la defensa de las condiciones de vida y de trabajo.

 

Por eso, la LC ve la necesidad de retomar la tradición socialista de la división entre programa de mínima, que defienda las reivindicaciones más elementales de los obreros (salario, condiciones de trabajo) y de máxima, por la toma del poder, la destrucción del capitalismo y la construcción del socialismo.

 

 

 

12. La necesidad del partido de vanguardia

 

 

 

El carácter eminentemente político de la lucha planteada exige que la vanguardia del proletariado alcance un nivel de conciencia y organización que se concrete en la construcción de una herramienta superior: el partido revolucionario.

 

La necesidad del partido surge del hecho que la conciencia de la clase obrera no es homogénea, a que en su seno se distinguen del conjunto los elementos de vanguardia, los activistas y luchadores con mayor conciencia. La evolución política de la clase obrera, por lo tanto, no es homogénea. El partido revolucionario es la organización que agrupa a los miembros más activos y conscientes de la clase obrera, junto a aquellas personas provenientes de otras capas sociales, que adhieran al programa del comunismo y cumplan las tareas de la actividad revolucionaria. La Liga Comunista lucha por la construcción de este partido, favoreciendo en este camino la confluencia con todo sector que coincida en los puntos de vista fundamentales del marxismo revolucionario.

 

La conciencia socialista de clase no es un producto "natural" del desarrollo de la conciencia corporativa de la clase obrera, sea que ésta se exprese bajo una forma sindical o bajo la forma de movimientos sociales autónomos de reivindicaciones democráticas. Tampoco es el producto espontáneo derivado de la práctica cotidiana del movimiento obrero, o de sus luchas económicas. Como lo demuestra la teoría marxista del fetichismo de la mercancía y del capital, la conciencia socialista de la explotación y del carácter irreconciliable del antagonismo entre el capital y el trabajo no surge naturalmente de la experiencia de ser explotado. Para ello hace falta fundir la práctica sindical espontánea del movimiento con la crítica revolucionaria. Solo el partido, sustentado en la teoría científica de la explotación y de la lucha de clases, puede llevar a cabo esta tarea, combatiendo a las corrientes oportunistas, reformistas, pequeño burguesas, que influencian el movimiento obrero y popular. Su objetivo fundamental es generar en todas las circunstancias y por todos los medios, el avance y desarrollo de la conciencia del proletariado con relación a sus intereses históricos generales como clase, en el sentido de la transformación de clase en sí en para sí. Para ello el partido deberá combinar las diversas formas de lucha, la sindical-económica, la política y la teórica. Es precisamente la articulación de estas diversas facetas en una totalidad la que puede impedir que la práctica sindical o política cotidiana del partido degenere en una militancia reformista, desvinculada de las perspectivas y del programa socialista. La trágica experiencia de las innumerables organizaciones de izquierda que minusvaloraron el aspecto de la lucha teórica, y el rol de la teoría marxista, degenerando en el oportunismo sindical, electoral o reformista, confirma acabadamente lo acertado de la afirmación leninista de que "sin teoría revolucionaria no hay revolucíón". Todo lo que sea rebajar el elemento consciente, el rol de la teoría en la determinación de las tácticas y políticas prácticas, ayuda al oportunismo y mantener el atraso político de la clase trabajadora. El carácter no espontáneo de la constitución del proletariado en clase políticamente autónoma, obliga a asumir la disputa teórica por la conducción de este movimiento en cada uno de los enfrentamientos que se libren, cualquiera sean las circunstancias territoriales e históricas en que se desarrolle la lucha.

 

Por eso se trata en lo esencial de centralizar políticamente las luchas obreras, elevándolas desde las reivindicaciones sindicales, o burguesas reformistas (ejemplo, exigir el mero cambio del gobierno o del ministro) hacia la lucha contra el sistema capitalista y su Estado.

 

Es claro que en períodos de ascenso revolucionario, la afluencia de militancia al partido será mayor que en períodos de retroceso. Pero la construcción del partido no puede posponerse a los tiempos de ascenso. La construcción del partido es una tarea permanente, que no depende de etapas determinadas o de la agudización circunstancial de la lucha de clases. Es necesario trabajar pacientemente en el agrupamiento de los cuadros revolucionarios, en su preparación, en la profundización teórica y elaboración tácticas. En este sentido la Liga Comunista se diferencia de las corrientes que postergan la tarea de construcción del partido a un futuro indefinido, en el cual supuestamente "se darán las condiciones" para el agrupamiento de cuadros revolucionarios. En primer porque cuando ese proceso de ascenso que dé las condiciones llegue, ya habrá pasado hace mucho el momento de construcción y consolidación de la organización. En segundo lugar, porque la tarea de delimitación programática y teórica es una necesidad constante. Es habitual encontrar en muchos pequeños grupos de izquierda la idea de que, en momentos de dispersión y fragmentación política de la clase obrera, es necesario primero “acumular fuerzas”, ir sumando adhesión y consenso hacia las ideas de izquierda, aún cuando sea de forma vaga y general, sin tener en cuenta las delimitaciones ni las definiciones teóricas para no “espantar a la gente”. Según esta posición, sólo a medida que se vaya ganando consenso, fuerza y militancia, el propio movimiento va ir planteando la necesidad de ir tomando posición teóricas claras. Pero esta posición olvida u omite que todo el movimiento obrero está atravesado por corrientes políticas que reflejan posiciones de la clase enemiga. Y que por ello es necesaria la lucha implacable y constante contra esas posiciones. Relegar esta lucha es otra de las formas que asume el espontaneísmo, dejando librado al movimiento a la subordinación ideológica por la burguesía.

 

La relación del partido con el conjunto de la clase obrera no es de simple "fusión" con ella, ni tampoco de "externalidad". No es externa en el sentido que el partido es parte de la clase obrera; hasta cierto punto el partido se fusiona con la clase obrera. Su política no puede ser sectaria ni arrogante, sino que deberá apoyar todas las acciones, propias o no, que eleven la conciencia de clase, impulsando al  mismo tiempo la organización independiente y autónoma del proletariado, con el fin de derrocar a la burguesía y conducir a los proletarios a la toma del poder. El partido no va a la clase obrera con "recetas" sacadas del "gabinete de estudio"; por el contrario, es consciente de que las formas de lucha y las reivindicaciones surgen del propio movimiento de masas. El partido debe respetar las formas “naturales” de organización que son fruto de la práctica concreta y participar de ellas no en función de convertirlas en sus apéndices, sino para potenciarlas en forma tal que sus miembros hagan una experiencia superadora. Como se comprueba históricamente, son los organismos naturales de las masas, creados en relación con sus necesidades, los que las masas visualizan en primera instancia en el desarrollo de la lucha. Son ellos los que pueden transformarse, luego de un proceso de avances y retrocesos, y con la participación del partido, en organismo de doble poder. Es sobre la base de todo esto que Lenin decía que la teoría del partido "adquiere su forma definitiva sólo en estrecha vinculación con la actividad práctica de un movimiento verdaderamente de masas y revolucionario".

 

Pero por otra parte el partido es hasta cierto punto "externo" a la clase obrera y se distingue como vanguardia, ya que presenta las perspectivas más generales del movimiento y defiende siempre las posiciones del internacionalismo socialista, frente a los prejuicios nacionalistas y las ideologías estatistas y reformistas de las propias masas[5].

 

En síntesis, en la concepción de la Liga Comunista el partido no reemplaza a las masas sino que incide sobre ellas para dirigirlas con una política audaz enlazando los problemas más inmediatos con las necesidades estratégicas de la toma del poder, combatiendo tanto el sectarismo dogmático como el oportunismo frente a las corrientes populistas, nacionalistas o burocráticas.

 

 

 

 

 

EL TRABAJO REVOLUCIONARIO EN LA ACTUAL ETAPA

 

 

 

1. Retroceso de la clase obrera mundial y en Argentina

 

 

 

Las tareas de la hora están determinadas en lo fundamental por la situación que atraviesa la clase obrera en Argentina y en el mundo.

 

Es esencial reconocer que la clase obrera, y el movimiento comunista han sufrido graves derrotas. Se puede discutir si estas derrotas ocurrieron ya, y de manera decisiva hasta hoy, en los primeros años posteriores al triunfo de la Revolución de Octubre de 1917, o si se producen recién con la caída de los regímenes del Este europeo. Pero es indudable que la conciencia socialista hoy está quebrada. La cultura socialista, el programa del comunismo, que en un momento fue abrazado por millones de explotados, hoy sobrevive en pequeños grupos alrededor del mundo. Ya en los años veinte Trotski había previsto que si la Unión Soviética caía, se produciría un retroceso infinito en la conciencia del proletariado mundial. Seis décadas después esa caída se produjo en las peores condiciones políticas e ideológicas, con el resultado que las masas identifican al socialismo con los regímenes burocráticos estalinistas, y a éstos con la ausencia de libertades y el fracaso económico. Millones de explotados piensan que el socialismo es inviable, que es una utopía.

 

Al tiempo que se derrumbaban los llamados "socialismos reales" en el Este de Europa y en la URSS, se verificaba el fracaso de los nacionalismos "socialistas" africanos y asiáticos: es todo un símbolo que Vietnam, la bandera de la lucha antiimperialista mundial de los sesenta y setenta, haya pedido el ingreso al FMI apenas unos años después de lograda la victoria sobre Estados Unidos. La crisis del maoísmo a fines de los setenta, y el lento viraje de este país hacia el capitalismo, generó también nuevas olas de escepticismo en la militancia y en las masas.

 

Como resultado de estos acontecimientos políticos, el capitalismo conoció una nueva expansión mundial en los años ochenta y noventa, acompañando la ofensiva general del capital sobre el trabajo. Buena parte de la militancia comunista terminó abrazando la causa del capitalismo lisa y llanamente; muchos otros se desmoralizaron y abandonaron la lucha. Algunos núcleos estalinistas sobreviven, sin dar cuenta del pasado, y repitiendo dogmáticamente las fórmulas que ya los llevaron al fracaso. En lo que hace al movimiento trotskista, fracasó tanto en los análisis como en las políticas. Confundió el proceso de restauración capitalista en el Este de Europa con el inicio de una revolución socialista y proletaria; saludó la instauración de la democracia burguesa - vigilada por el FMI y el imperialismo - como una conquista "colosal" de las masas. Caracterizó el período reaccionario que se abrió con la ofensiva del capital como una era de ascenso revolucionario sin pausas. Incapaz de comprender los acontecimientos, se condenó a la agitación sin sentido de consignas a pro de poner en práctica, ya mismo, la transición al socialismo.

 

En Argentina también se sufrieron las derrotas. A igual que en otros lugares de América latina, en este país la clase obrera buscó responder a la ofensiva del capital desde las posturas nacionalistas y estatistas. Apeló al Estado para defenderse de una ofensiva que era dirigida desde el mismo Estado. Articuló una estrategia nacional, cuando el capital desplegaba una estrategia internacional. Buscó la alianza con el empresariado nacional, cuando éste abrazaba las políticas globales del capital internacionalizado, de ofensiva contra el trabajo. Confió en el Partido Justicialista, cuando este partido, junto al resto de la burguesía, atacaba de raíz sus conquistas. Los resultados están a la vista: la clase obrera argentina no tiene referentes ideológicos y políticos desde dónde resistir. A lo sumo, algunos sectores intentan reflotar la conciliación de clases y el reformismo nacionalista de 1945. Pero al margen de la retórica, no hay orientación de cómo enfrentar la globalización y el chantaje de la movilidad internacional de los capitales.

 

 

 

2. Programa mínimo y programa máximo

 

 

 

La Liga Comunista reivindica la vieja división que se hacía en el movimiento socialista revolucionario entre el programa mínimo y el programa máximo. El programa mínimo está conformado por aquellas demandas que en principio no exigen, para su logro, el triunfo de la revolución socialista. La lucha por los salarios, por mejores condiciones laborales, por un seguro de desempleo, por la libertad de los presos políticos o la defensa de libertades burguesas elementales, son ejemplos de este tipo de consignas. Los marxistas luchamos con todas nuestras fuerzas, junto al conjunto del movimiento de masas, por todas las reivindicaciones elementales; en absoluto despreciamos las consignas elementales, ni dejamos este terreno en manos de los reformistas. En este sentido, lo único que nos diferencia es que no depositamos la menor ilusión en el sistema y somos conscientes que en tanto no derrotemos al sistema de la propiedad privada del capital, todo avance será precario y episódico. 

 

El programa máximo, por el contrario, está conformado por las medidas que adoptará la clase obrera cuando llegue al poder - programa de transición al socialismo- y expresa también los objetivos últimos de la revolución socialista, tales como la abolición de la propiedad privada capitalista, la administración de los productores de los medios de producción o la supresión de la división entre el trabajo manual e intelectual. La explicación paciente del programa máximo forma parte de la actividad de propaganda y de la educación de las masas acerca de las perspectivas más generales de la lucha de los explotados.

 

 

 

3. Una táctica defensiva y unidad de acción

 

 

 

La caracterización de la etapa de la lucha de clases que hemos presentado impone la necesidad de luchar por la recomposición política e ideológica de la clase obrera. Esta no puede articularse con llamados "a la lucha" que caen en el vacío, ni con la clásica - y gastada - "exigencia" a la burocracia sindical a paros nacionales aislados, sin continuidad ni perspectivas.

 

La Liga Comunista plantea sus tareas a partir de reconocer el retroceso que se ha producido. Sostiene que en esta etapa no es posible acumular fuerzas convocando a realizar ya la insurrección, o a imponer la transición al socialismo. En todo caso, los intentos insurreccionales y los levantamientos contra gobiernos, en la medida en que la clase obrera no está preparada para tomar el poder, sólo favorecen el recambio burgués (como ha sucedido en Ecuador, Brasil, Paraguay, y tantos otros lugares).

 

En una etapa de retroceso y defensiva es necesario luchar por el reagrupamiento de la vanguardia obrera, y por la unidad de las fuerzas de clase, en torno a medidas elementales, adecuadas a la situación. Al respecto, las consignas del programa mínimo juegan un rol clave. Dada la situación, no alentamos forma alguna de acumulación de fuerzas que se aparte de las masas con acciones vanguardistas, "petardistas", ejemplificadoras. Las acciones violentas de pequeños grupos aislados del movimiento de masas, que pretenden imponer a éste "su" grado de enfrentamiento con el aparato represivo, no ayudan a la evolución política del conjunto. 

 

En la pelea por las posiciones defensivas, los marxistas revolucionarios defendemos toda forma de unidad de acción o de frente, en torno a puntos delimitados y concretos, a la par que mantenemos la libertad de crítica y la delimitación política y teórica. La Liga Comunista no pone obstáculos de ningún tipo, por el contrario, favorece todo lo que sea un paso adelante en la lucha por las demandas, en la organización frente al capital y el Estado, en su unidad. Al mismo tiempo no bastardea el programa del marxismo revolucionario con acuerdos de compromiso, con fórmulas oportunistas que encubren diferencias de fondo. La unidad en la acción debe hacerse por puntos delimitados y precisos.

 

Hay que estar dispuestos siempre a golpear con otras fuerzas al enemigo común, sin por ello confundir las banderas del socialismo con las de fuerzas burguesas o pequeño burguesas. Nunca se podrán hacer alianzas con partidos que limiten la libertad de crítica de los revolucionarios, que los obliguen a callar, a encubrir cosas, "a disimular lo que no es disimulable". Cuando está en juego la clarificación política ante las masas, no es posible confundir los programas.

 

 

 

4. Sindicatos y organismos de masas

 

 

 

Los comunistas no nos apartamos de los organismos de masas. Si bien los sindicatos en su inmensa mayoría hoy son "cascarones vacíos", aparatos dominados por la burocracia, en la medida en que los trabajadores los tomen todavía como puntos de referencia y centros de organización - aunque sea a un nivel mínimo -, nos vemos obligados a dar la lucha en ellos.

 

Esta posición no implica embellecer a los sindicatos ni caracterizar a la burocracia sindical como "parte de la clase obrera", como se ha hecho tradicionalmente en muchos sectores. Los dirigentes sindicales burocráticos, que viven de las prebendas del capitalismo (esto es, de la plusvalía), que incluso se han convertido en empresarios, son enemigos de clase, enquistados en el seno del movimiento obrero. En este respecto es que las políticas de "exigencias", para "desenmascarar a los traidores", han devenido obsoletas e improductivas. La crítica a la burocracia que hacemos los marxistas revolucionarios es frontal, y apunta en lo esencial a demostrar su carácter burgués o su política pequeño burguesa (en el caso de las fracciones "izquierdistas", como la CTA).

 

Sin embargo, es necesario insistir que en tanto la clase obrera no genere organismos superadores - ya sea barriendo a la burocracia o creando otros sindicatos- la tarea de los comunistas es acompañar, desde su seno, las experiencias de las masas. Algo similar debe decirse con respecto a otros organismos de masas, como centros de estudiantes, asociaciones barriales, etc.

 

 

 

5. El rol de la propaganda y la lucha teórica

 

 

 

En esta etapa es decisivo el rol de la propaganda revolucionaria, en especial tratándose de un grupo pequeño, que lucha por recuperar las posiciones del marxismo y por construir el partido revolucionario. La tarea de propaganda de dirige en lo esencial a los elementos de vanguardia, trabajadores o jóvenes, para combatir el escepticismo y el abatimiento, y preparar los cuadros que han de intervenir en el próximo levantamiento. Hoy la lucha de clases pasa, en buena medida, por el combate ideológico contra todas las expresiones del frente populismo, de la claudicación a la democracia burguesa y el nacionalismo, y contra los que ceden a las presiones del anarquismo y renuncian a la organización.

 

Pero además está planteada una lucha por el desarrollo del marxismo, junto a todos aquellos marxistas que se abocan a la investigación y la crítica del capitalismo. Las tareas de estudio (estudio político, no académico) y de investigación política, su acompañamiento con "la propaganda" urgen más que nunca, ya que la lucha teórica es de importancia estratégica para lograr constituir a los trabajadores en una fuerza social autónoma y revolucionaria.

 

 

 

6. Tareas internacionalistas

 

 

 

La situación de retroceso del movimiento revolucionario a nivel mundial hace que sea imposible el intentar construir una "internacional". Los "internacionales" existentes hoy son en realidad pequeños centros de propaganda, sin ninguna incidencia real en el movimiento de masas. Sin embargo, las tareas internacionalistas, aun de pequeños núcleos, deben mantenerse. Todo lo que ayude a salir del provincianismo, del aislamiento; todo lo que contribuya al desarrollo de otras corrientes marxistas, en cualquier parte del mundo, debe ser apoyado y estimulado. Sobre la base del panorama existente, la tarea debe concentrarse en recomponer lentamente lazos, mantener discusiones con otros grupos, colaborar en todo lo posible a su desarrollo político a la vez que pedir que ellos ayuden al desarrollo teórico y político de la Liga Comunista.

 

 

 

 

 

 



[1] Esta es la dialéctica que ha tenido el desarrollo del capital en las últimas décadas. La crisis de acumulación del capital en los países centrales y en muchos periféricos en los años setenta y principios de los ochenta no fue enfrentada con una política revolucionaria por parte de la clase obrera. A través de un proceso de liquidación de fuerzas productivas, generación de nuevos ejércitos proletarios, extensión a nuevas zonas del planeta, innovaciones tecnológicas y fundamentalmente ofensiva en todos los terrenos sobre el trabajo, el capital ha logrado sobrevivir y recomponer su acumulación. Pero al mismo tiempo las crisis tienen cada vez repercusiones más globales, y su dinámica abarca a más zonas del planeta, como se vio a lo largo de los noventa, con los colapsos en México, en los países asiáticos del Pacífico,  Rusia, Brasil, Argentina.

[2] Por eso, frente a las privatizaciones de las empresas públicas la Liga Comunista adoptó en su momento una posición crítica, no desde la perspectiva de la defensa de "nuestro Estado" y de "nuestro patrimonio", sino desde la perspectiva del socialismo, de la abolición de toda forma del capital, sea privada o estatal.

[3] En Argentina, los intentos de "frentes nacionales", o bien terminaron en pequeños fracasos, o fueron el germen de nuevas direcciones burguesas, como recientemente el Frepaso.

[4] Está en discusión en el marxismo si fue una clase social, a pesar de la no existencia de la propiedad privada de los medios de producción.

[5] En ambos sentidos la Liga Comunista es crítica de la trayectoria y modos de actuar de la izquierda en Argentina. Por un lado, porque mantiene una actitud sectaria, dirigiéndose a la clase con "bajada de líneas" tácticas y dogmáticas, incluso en lo que atañe a las formas más elementales de lucha y a las reivindicaciones. Por otra parte, y paralelamente, porque claudica y hace seguidismo a los programas del nacionalismo burgués.