LIGA COMUNISTA (ARGENTINA)

CUADERNOS DE FORMACIÓN POLÍTICA
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas enero de 1998
Curso de iniciación en el marxismo
Sobre la necesidad y vigencia del comunismo

Rolando Astarita

 

INTRODUCCIÓN

Los políticos y los medios de prensa nos dicen a diario que la única sociedad posible es la que tenemos, y que las experiencias de la Unión Soviética o de Cuba demuestran que cualquier intento de cambiarla está destinado al fracaso, que el socialismo es inaplicable, que no tiene ninguna base real. La discusión de estos problemas es muy importante para los trabajadores, porque si aquello fuera cierto, entonces deberíamos resignarnos a la desigualdad social extrema, a la desocupación, a la extensión del analfabetismo, de la mortalidad infantil. 

Observemos un momento al mundo: de conjunto, en Asia, Africa y Latinoamérica existen más de 1.000 millones de personas que ganan menos de un dólar por día; 700 millones pasan hambre, y casi 1.000 millones están desocupados.

     Pero no se trata sólo de los países atrasados, porque en los desarrollados hoy hay casi 40 millones de desocupados. En Europa existen 55 millones de pobres; en Estados Unidos, la economía más poderosa del planeta, hay 40 millones de pobres (más del 15% de la población) y 14 millones de niños pasan hambre o corren el riesgo de ser desnutridos. Son los países más poderosos, que experimentan las más gigantescas revoluciones de la técnica y de la ciencia que ha conocido la historia de la humanidad. Y nos insisten en que no hay alternativa a esto... ¿Qué porvenir nos espera? ¿Qué futuro pueden tener los jóvenes de nuestros países latinoamericanos?

     Por otra parte, en la más alta cumbre, un puñado acumula fortunas inimaginables: investigadores de un Instituto de Estudios Políticos de Estados Unidos calculan que la riqueza combinada de las 447 personas más ricas es mayor que el ingreso de la mitad más pobre de la población mundial. En los países muy ricos, donde se concentra menos de una cuarta parte de la población mundial, se consumen más del 70% de los recursos de energía del mundo, se manejan más del 80% de los recursos financieros del planeta, se concentran los grandes medios de comunicación, los centros de investigación y desarrollo, al tiempo que las más extensas zonas del globo siguen quedándose atrás.

CUANDO NOS DICEN QUE EL SOCIALISMO NO ES POSIBLE, NOS ESTÁN DICIENDO QUE ESTE CUADRO DE UNA MINORÍA CADA VEZ MAS RICA, Y DE UNA MAYORÍA CADA VEZ MAS POBRE, SERÁ PERMANENTE Y LOS TRABAJADORES NO LA PUEDEN CUESTIONAR.

El objetivo de este escrito es discutir esta propaganda de los poderosos, y demostrar que existe otro tipo de sociedad, que no sólo es posible, sino también necesaria, la comunista. Para explicar qué es el comunismo y por qué es necesario y posible, primero debemos aclararnos qué es el capitalismo, el sistema social en que vivimos.

 

 

A. ¿QUÉ ES EL CAPITALISMO?

Las dos grandes clases sociales

El sistema capitalista se caracteriza, en primer lugar, por el hecho de que las fábricas, los campos, los bancos, los comercios, es decir, los medios para producir, comerciar y para el intercambio, son propiedad privada de un grupo social, los capitalistas. Frente a ellos se encuentra una inmensa mayoría de personas que no son propietarias de ningún medio para producir, y deben trabajar para los capitalistas por un salario. Son los obreros.

     Ser obrero o capitalista no es algo que podamos elegir a voluntad, porque está determinado por la forma en que está organizada la sociedad. Para comprender este importante punto, supongamos dos niños, uno hijo de obreros, el otro de empresarios. El primero, cuando llegue a adulto, a lo sumo tendrá como herencia la casa de sus padres; con eso no podrá mantenerse, y deberá hacer lo mismo que hicieron sus padres: contratarse como empleado u obrero. Es decir, pertenece a la clase obrera desde su nacimiento, a la clase que no es propietaria de los medios para producir. Es una situación que no elige, porque la conformación de la sociedad lo destina a ese lugar. El segundo, en cambio, cuando llegue a adulto va a heredar la empresa de sus padres, y estará destinado «socialmente» a ser empresario. Como vemos, cada uno de estos niños pertenecerá a grupos sociales distintos. ¿Qué los distingue? El hecho de que uno de esos grupos es propietario de los medios de producción, el otro no lo es. Los que no son propietarios están obligados a trabajar bajo el mando de los que son propietarios.

     A los grupos de personas que se distinguen por la propiedad o no propiedad de los medios de producción, se los llama CLASES SOCIALES. La clase capitalista es la clase o grupo de gente propietaria de los medios de producción. La clase obrera es el grupo que no es propietario de los medios de producción y debe trabajar por un salario, bajo el mando de los capitalistas. Un obrero puede ganar más o menos dinero, pero mientras no sea propietario de las herramientas y máquinas con las que trabaja, y esté obligado a emplearse por un salario bajo las órdenes del empresario, seguirá perteneciendo a la clase obrera.

En esta sociedad EXISTEN DOS GRANDES CLASES SOCIALES, LOS PROPIETARIOS DE LOS MEDIOS DE PRODUCCIÓN, QUE EMPLEAN OBREROS, Y LOS NO PROPIETARIOS DE LOS MEDIOS DE PRODUCCIÓN, QUE TRABAJAN COMO ASALARIADOS PARA LOS PRIMEROS.  

 

Entre estas dos grandes clases sociales existe otra clase, que llamaremos la pequeña burguesía. Este grupo ocupa una posición intermedia entre la clase obrera y la clase capitalista, porque por lo general tienen una propiedad (por ejemplo, un taxi, un pequeño comercio, son profesionales independientes), pero no emplean obreros, y viven de su trabajo.

     También existen otros sectores, que son más difíciles de clasificar; por ejemplo, los ladrones, los mendigos. Pero lo importante es que nos concentremos por ahora en las dos grandes clases, la capitalista y la obrera, para analizar qué relación existe entre ambas. Esta relación nos mostrará el secreto del funcionamiento de este sistema capitalista.

     Antes de terminar este punto, queremos refutar una idea que tratan de inculcar desde las escuelas, la Iglesia, los medios de comunicación, y que nos dice que es «natural» que los seres humanos pertenezcan a clases diferentes. Según este argumento, pareciera que la naturaleza ha dispuesto que algunos vengan a este mundo siendo propietarios de los medios para producir y comerciar, y otros no. En el mismo sentido, se nos quiere hacer creer que hace muchos años, hubo un grupo de gente que ahorraba y trabajaba mucho, y otro que haraganeaba todo el día. Entonces, el primer grupo se hizo propietario, y a partir de allí sus hijos y todos sus descendientes ya no tuvieron que trabajar. Mientras que los del segundo grupo, los holgazanes, se vieron obligados a trabajar como empleados, y todos sus descendientes también, y ya no pudieron salir de esa situación.

     Como se puede intuir, todos estos son cuentos para disimular el hecho de que esta sociedad está dividida en clases, que esta situación ha sido provocada por la evolución de la historia humana, y por lo tanto es modificable. Veamos ahora qué sucede cuando un obrero trabaja para el patrón.

LA EXPLOTACION

1) ¿Qué es el valor?

Vamos a comenzar por una pregunta que está en la base de toda la economía: de dónde viene el precio de las cosas que compramos o vendemos. Aquí vamos a dar una explicación muy sencilla, que nos servirá para lo que sigue.

     Cuando hablamos de precio, nos referimos al valor económico que tiene una mercancía. Por ejemplo, si un reloj tiene un precio muy alto, decimos que tiene mucho valor; de un producto de mala calidad, decimos que vale muy poco. Entonces, ¿Qué es lo que da valor a las cosas? ¿Por qué algunas tienen mucho valor (son caras) y otras no?

     En el siglo pasado, varios economistas llegaron a la conclusión de que lo que otorga valor a las mercancías (por lo menos, de todas las que se hacen con vistas a la venta) es el trabajo humano empleado para producirlas.

     Por ejemplo, si un mueble tiene una madera muy pulida, si tiene muchas manos de barniz, es decir, si tiene muchas horas de trabajo invertidas en su fabricación, tendrá más valor que otra mesa mal terminada, mal pulida. Supongamos que en la primera se han empleado 20 horas de trabajo, y en la segunda 10 horas. La primera tendrá el doble de valor que la segunda y eso se manifestará en el precio: podemos suponer que la primera costará el doble de dinero que la segunda. Por ejemplo, si la primera vale 100 pesos y la segunda 50 pesos1, esa diferencia expresará que en la primera se empleó aproximadamente el doble de tiempo de trabajo para producirla.

     Los socialistas decimos que la fuente de valor es el trabajo humano que se invierte en producir, en modificar materias tomadas de la naturaleza, para crear los bienes de uso que empleamos en nuestras vidas.

     Entonces el valor es una cualidad, una propiedad, de los bienes que compramos o vendemos, que tiene algo así como dos «caras»: por un lado, es el tiempo de trabajo que se emplea para producir ese bien; ésta sería la cara oculta, la que no vemos a primera vista, cuando estamos en el mercado. Por otro lado, ese tiempo de trabajo se nos muestra en el precio, en el dinero que pagamos cuando lo compramos o que recibimos cuando lo vendemos; esta es la cara visible del valor, que hace que no nos demos cuenta de que, al comprar o vender cosas, estamos comprando o vendiendo tiempos de trabajo.

     Por eso, cuando decimos que un bien (una mesa, una camisa, etc.) vale tanto dinero, estamos diciendo en el fondo que se empleó una cierta cantidad de trabajo para producirla. A pesar de que esto no aparece a la vista, los empresarios siempre están calculando los tiempos de trabajo empleados. Por ejemplo, los empresarios del acero calculan que en Argentina, para producir una tonelada de acero, hoy hacen falta 11 horas de trabajo, en Brasil 8 y en México 12. Estas diferencias pueden estar dadas por las diferentes técnicas, o por otros motivos.

     Por supuesto, un trabajo más complejo, más difícil, agrega más valor. Daremos un ejemplo. Supongamos que un campesino leñador va a un bosque y corta un árbol, y lo transporta hasta el pueblo, donde vende la madera, y que toda esa operación le lleva 10 horas de trabajo; supongamos que en cada hora de trabajo los hacheros generan 5 pesos de valor. Por lo tanto, este campesino podrá vender la madera en 50 pesos (10 horas de trabajo x 5 pesos = 50 pesos). Pero quien compra ahora la madera es un artesano, tallador experto, que saca de ella un bonito adorno. Supongamos que este artesano emplea otras 10 horas de trabajo, pero esta vez, como su trabajo es más complejo, más difícil, en cada hora de trabajo agrega 15 pesos de valor, en lugar de los 5 que generaba el leñador. Por lo tanto, habrá sumado a la madera un valor de 150 pesos (10 horas de trabajo x 15 pesos = 150 pesos). El adorno, de conjunto, valdrá 200 pesos = 50 pesos (valor creado por el leñador) + 150 pesos (valor creado por el tallador). Estos 200 pesos representarán 10 horas de trabajo «simple», del leñador, y 10 horas de trabajo complejo, del artesano tallador. También podríamos reducir todo a horas de trabajo simple, por ejemplo, decir que los 200 pesos que vale el adorno representan 40 horas de un trabajo tan simple como el que realizó el leñador.

2) ¿Qué es el plusvalor?

Conociendo qué es el valor, podemos saber cómo surge la ganancia del empresario.

     Veamos qué sucede cuando el obrero trabaja en una fábrica por un salario.

     Supongamos que en una empresa el obrero utiliza un telar, e hila algodón. El algodón que emplea diariamente para hacer el hilado tiene un valor de 100 pesos. Supongamos también que el obrero hace un trabajo simple, durante 10 horas, y crea un nuevo valor, de 50 pesos. Por otra parte, por el desgaste del telar, los gastos de luz, agua, y otros, hay que agregar otros 10 pesos de valor. La cuenta es:

 

            100    pesos que vale el algodón que emplea

+            50    pesos que agrega el obrero con su trabajo diario de 10 horas

              10    pesos de gastos del telar, y otros gastos

 

Total:    160    pesos que vale el hilado.

 

¿Dónde está la ganancia del dueño de la empresa? ¿De dónde puede salir? Esta era la gran pregunta que se hacían los economistas en el siglo pasado, y no acertaban a responder. La respuesta que dio Carlos Marx es la siguiente: el obrero agregó con su trabajo 50 pesos de valor al hilado. Pero el dueño de la empresa no le devuelve ese valor que produjo, porque sólo le paga de acuerdo a lo que necesita para mantenerse él y su familia, que será menos que los 50 pesos de valor que ha creado. Por ejemplo, si el obrero necesita -en promedio- 25 pesos por día para comer, vestirse, pagar el alquiler, mantener a sus hijos (aunque sea a nivel mínimo), el dueño de la empresa procurará pagarle sólo esos 25 pesos, que representan 5 horas de trabajo. De esta manera, el obrero habrá empleado 5 horas en producir un valor igual a su salario, de 25 pesos. Y otras 5 horas habrá trabajado gratis, produciendo un PLUSVALOR o PLUSVALÍA de 25 pesos, que se los apropia el capitalista.

     En algunos casos los obreros, con sus luchas, consiguen aumentos, por ejemplo, llevar la paga a 27 pesos; en otros casos, el dueño de la empresa logrará bajar el salario, por ejemplo a 23 pesos. Pero siempre existirá ese plusvalor en favor del capital.

     Hagamos ahora las cuentas totales:

El dueño de la empresa invirtió: 100 pesos en comprar algodón; invirtió antes en las instalaciones y las máquinas, y esto se lo va cobrando poco a poco, cargando 10 pesos por día en sus costos2; además, pagó 25 pesos al obrero: Por lo tanto el costo del hilado para él es de 125 pesos. Pero como el obrero creó un nuevo valor “extra” por 25 pesos, podrá vender el hilado en 150 pesos. Le quedan 25 pesos de ganancia. Ahora, en cuentas:

 

           100 pesos de algodón

           10 pesos de desgaste  de la máquina

+         25 pesos de salario del obrero

            25 pesos de plusvalía

 

Total:   160        pesos

 

Observemos entonces que el capitalista le paga al obrero no de acuerdo al valor que produjo, sino de acuerdo al valor de los alimentos, de la ropa, de la vivienda, que necesita para vivir. Por eso Marx dice que el dueño de la empresa le paga al obrero el valor de su FUERZA DE TRABAJO. El valor de la fuerza de trabajo es el valor de la canasta de bienes que consume el obrero para vivir y reproducirse.

     De esta manera el dueño de la empresa dispone de una forma de generar ganancias sin tener que trabajar; o a lo sumo, trabaja en la vigilancia de los trabajadores, en cuidar que éstos produzcan lo debido. Pero cuando es poderoso, contrata a los capataces y supervisores para esa tarea. A esto le llamamos explotación, porque el obrero produce más valor que el que recibe a cambio.

     ¿Por qué el capitalista pudo hacer esto? Recordemos lo básico: porque es el dueño de los medios de producción, es decir, de los medios para crear lo que necesitan los seres humanos para vivir. Sin herramientas, sin materias primas, sin dinero para mantenerse mientras produce, el obrero no puede vivir. Por eso está obligado a vender su fuerza de trabajo al empresario, y a producir plusvalía para éste. Recordemos lo que decíamos al comienzo: desde su cuna los obreros están destinados a ir a trabajar por un salario, porque no disponen de los medios para producir. Y si carecemos de herramientas y de las materias primas, si tampoco tenemos un pedazo de naturaleza para proveernos, es imposible alimentarnos, vestirnos, tener vivienda. Estar carente de propiedad es como estar encadenado al capital; el obrero es libre sólo en apariencia.

¿Qué es capital?

Ahora estamos en condiciones de definir qué es capital: es el dinero, los medios de producción, y las mercancías, que son propiedad de los empresarios y se utilizan en la extracción de plusvalía. Veamos esto con detenimiento.

     Cuando el empresario decide invertir su dinero, ese dinero es la forma que toma su capital. Con ese dinero compra el algodón, el telar, el edificio de la fábrica; por lo tanto, en esta segunda etapa, su capital está compuesto por algodón, telar, edificio de la fábrica; o sea, el capital del empresario cambia de forma: antes era dinero, ahora se transformó en medios de producción.

     Pero además, nuestro empresario contrata obreros, y por lo tanto una parte de su dinero se transforma en el trabajo humano que genera la plusvalía. Así, otra parte de su capital que tenía la forma dinero, ahora, mientras trabaja el obrero, se ha transformado en trabajo, que está creando valor.

     Posteriormente, aparece el hilado terminado, que se destinará a la venta. Por consiguiente, ahora el capital tomó la forma de hilado, existe como hilado; nuevamente el capital cambió de forma. Por último, cuando el empresario vende el hilado, habrá obtenido dinero, es decir, su capital ha vuelto a la forma de dinero.

     Si lo analizamos desde el punto de vista del valor, podemos ver que, por ejemplo, había un valor igual a 1.000 pesos, que estaba en billetes; luego ese valor se transformó en medios de producción (algodón, telar, etc.), y en trabajo de los obreros; al salir del proceso de producción, los 1.000 pesos de valor se habían transformado en hilado, y además se había engendrado una plusvalía, supongamos de otros 50 pesos. Por lo tanto, el valor originario, de 1000 pesos, se ha incrementado; decimos que el valor se ha valorizado, gracias al trabajo del obrero. 

     En vista de esto, podemos decir que el capital es valor en movimiento y transformación: primero aparece bajo la forma de dinero, luego de medios de producción y trabajo, luego de mercancía, y por último de nuevo como dinero. Capital es entonces valor que genera más valor sustentado por la explotación de los obreros. El telar es capital porque está dentro de este movimiento; lo mismo podemos decir del algodón, de la fábrica, o del dinero.

     Observemos que si el capitalista comprara el algodón y el telar, y contratara al obrero para que le hiciera un hilado para su uso personal, el dinero gastado, el algodón, el telar o el trabajo no serían capital. En este caso, el capitalista probablemente estaría mejor vestido, pero no habría incrementado el valor del dinero que poseía; por el contrario, lo habría gastado. Sólo hay capital cuando se invierte con vistas a obtener una ganancia.

La acumulación de capital

Una vez puesto en funcionamiento un capital, es decir, una vez que un capitalista inició el proceso de comprar medios de producción y fuerza de trabajo, para producir plusvalor, puede seguir acrecentando su capital.

     Supongamos que un capitalista tiene 10.000 pesos iniciales, invertidos en máquinas y materia prima, con los cuales explota a un obrero. Supongamos que este obrero gana 200 pesos mensuales, y produce otros 200 pesos de plusvalía por mes. Supongamos también que el capitalista tiene ahorrado dinero, de manera que puede vivir como vive el obrero, durante varios meses. Si hace trabajar al obrero durante varios meses, y ahorra la plusvalía, al cabo de 50 meses habrá reunido un fondo de 10.000 pesos (200 de plusvalía por mes x 50 meses). Con este dinero ahora podrá comprar otra maquinaria y contratar un segundo obrero, al que le pagará también 200 pesos y del cual sacará otros 200 pesos de plusvalor. Con dos obreros bajo su mando, nuestro capitalista podrá utilizar 200 pesos de plusvalía para consumir y ahorrar otros 200 pesos de plusvalía por mes. O sea, ya no necesita vivir de su fondo de reserva; ahora vive de la plusvalía.

     Así, al cabo de otros 50  meses tendrá otros 10.000 pesos, con los que podrá contratar a un tercer obrero. Si todo sigue igual, ahora obtendrá otros 200 pesos de plusvalía. Ahora podrá consumir un poco más, por ejemplo, vivir con 250 pesos, y le quedarán 350 para ahorrar. Ahora podrá contratar a un cuarto obrero en poco más de 28 meses. Si lo hace, y continúan las ventas de sus productos, y los salarios siguen al mismo nivel, su plusvalía pasará a 800 pesos por mes. Y después de varios ciclos tendrá necesidad de ampliar su establecimiento, para contratar más obreros, que le darán más plusvalía. Por supuesto, ya no tendrá ninguna necesidad de vivir estrechamente. Y dispondrá de un capital de varias decenas de miles de dólares.

     Este ejemplo es imaginario, pero en líneas generales se reproduce en la vida real. Muchos capitalistas en sus orígenes vivieron pobremente. De allí que muchos empresarios nos digan que ellos, o sus padres, o sus abuelos «empezaron desde cero». Pero esto no es cierto, porque tuvieron la posibilidad de tener un pequeño capital inicial, y además tuvieron la suerte de que nada interrumpiera la acumulación. Si se dieron esas condiciones, a partir de la explotación del obrero el capitalista pudo acumular la plusvalía, acrecentando más y más su capital. Esto se llama la ACUMULACIÓN DE CAPITAL.

     Por otra parte, los obreros, condenados a vivir con 200 pesos mensuales -el valor de su fuerza de trabajo- no pueden acumular. Después de varios años habrán perdido su salud trabajando, y estarán tan pobres como cuando empezaron. En el otro polo, el capitalista habrá acumulado riqueza. El hijo del obrero estará condenado, con toda probabilidad, a repetir la historia de su padre. El hijo del capitalista estará destinado a otra historia, porque iniciará su carrera sobre la base de la riqueza acumulada.

     Volvemos en cierto sentido al principio, pero ahora viendo cómo este movimiento del capital REPRODUCE EN UN POLO A LOS OBREROS Y EN EL OTRO A LOS CAPITALISTAS, es decir, reproduce las clases sociales. Y no sólo las reproduce, sino que las reproduce de forma AMPLIADA, porque el capitalista cada vez contrata más obreros, al tiempo que concentra más capital.

     Si los capitalistas se enriquecen cada vez más, si con ello aumentan las fuerzas de la producción y la riqueza, y si los trabajadores siguen ganando lo mismo, entonces, en proporción, los trabajadores son cada vez más pobres. Incluso los obreros pueden aumentar el consumo de bienes, pero no por ello dejan de ser pobres, porque la pobreza o la riqueza están en relación con la situación de la sociedad y el desarrollo de la producción. Por ejemplo, en el siglo 19 prácticamente ningún trabajador tenía reloj; el reloj era para los ricos y nadie se consideraba extremadamente pobre si no tenía reloj. En las fábricas hacían sonar unas sirenas para despertar a los obreros a las mañanas y anunciar la hora de entrada al trabajo. Sin embargo hoy, en Argentina o Paraguay, un obrero que no tenga dinero para comprar un reloj (aunque sea uno «descartable») es considerado extremadamente pobre. Con relación a la riqueza producida por las modernas fuerzas productivas, podemos decir que los obreros y las masas oprimidas son hoy tanto o más pobres que lo eran hace cien años.

La lucha entre el capital y el trabajo y el ejército de desocupados

Pero a medida que ha ido creciendo el número de obreros agrupados bajo el mando de los capitales, se fueron organizando para luchar por una parte de esa riqueza. Los sindicatos, los partidos obreros y otras formas de organización surgieron al calor de este movimiento de los trabajadores. Los obreros pelearon por aumentos del salario, para que se les pagara mejor el valor de lo único que pueden vender, su fuerza de trabajo. Esta es una manifestación de la lucha de clases en la sociedad capitalista, es decir, de la lucha en defensa de los intereses de clase, unos por aumentar la explotación, otros por ir en el sentido contrario. Todas las mejoras de los trabajadores se consiguieron gracias a esa presión, a las huelgas, manifestaciones, incluso revoluciones contra el sistema explotador.  Las mejoras de vida de la clase obrera no fueron el resultado de la bondad de los empresarios, sino conquistas que se arrancaron con pelea, es decir, con la lucha de la clase obrera. Los políticos de la burguesía, así como la iglesia y otros ideólogos, tratan de frenar y desviar la lucha de clases, predicando la conciliación entre obreros y patronos. Los actuales dirigentes de los sindicatos, que han pasado al lado de la patronal, hacen lo mismo. Los revolucionarios, en cambio, mostramos la raíz de la explotación para fortalecer la conciencia de clase obrera, para demostrar que la lucha entre el capital y el trabajo es inevitable y necesaria, y el único camino para acabar con la explotación.

     A pesar de las gigantescas luchas obreras dentro del sistema capitalista, los empresarios lograron, a lo largo de la historia, mantener a raya los salarios; los trabajadores muchas veces obligaron a ceder, pero nunca pudieron hacer desaparecer la plusvalía con la lucha sindical. Tomemos el ejemplo anterior, en donde al obrero le pagaban 25 pesos diarios por su fuerza de trabajo, y producía 25 de plusvalía. Dijimos que las luchas obreras podían arrancar aumentos de salario y disminuir la plusvalía. Por ejemplo  llevar el salario a 27 pesos y la plusvalía a 23 pesos. Tal vez a 30 de salario y 20 de plusvalía; incluso si la lucha obrera fuera muy fuerte, y los capitalistas estuvieran muy necesitados de trabajo, los salarios podrían llegar a 35 pesos por día y la plusvalía bajar a 15. ¿Puede seguirse así hasta acabar con la plusvalía y la explotación?

     La experiencia nos muestra que no, que esta lucha económica tiene un límite. Llegado un punto los capitalistas aceleran las innovaciones, introducen maquinarias que reemplazan la mano de obra y despiden obreros. Marx cuenta un caso de una zona de Inglaterra en que  faltaban cosechadores, y los trabajadores conseguían más y más aumentos salariales. Pero llegó un momento en que a los empresarios les convino comprar máquinas cosechadoras, en lugar de contratar obreros. Al poco tiempo había enormes masas de desocupados, que peleaban por un puesto de trabajo, y los salarios se desplomaban. Hoy en todos lados los capitalistas reemplazan a los obreros por máquinas; en las fábricas automotrices, por ejemplo, en muchas líneas de montaje los robots hacen el trabajo de varios obreros.

     Así se generan más y más desocupados, es decir, se crea un EJÉRCITO DE DESOCUPADOS, que es la principal arma que tiene el capital para derrotar las luchas sindicales. Por eso Marx decía que la maquinaria se ha transformado en un arma poderosa contra la clase obrera. La maquinaria debería ser un instrumento para liberar al ser humano de las penalidades del trabajo manual, pero bajo el dominio del capital se convierte en un instrumento para esclavizar más al obrero; porque crea desocupados, pero también porque los que conservan el empleo son sometidos a mayores ritmos de producción, a peores salarios.

     Pero existe otra vía por la cual se crea desocupación. Cuando los capitalistas ven que las ganancias están disminuyendo, comienzan a interrumpir sus inversiones. Por ejemplo, el empresario que vende el hilado, en lugar de contratar de nuevo a los obreros, guarda el dinero a la espera de que mejoren las condiciones para sus negocios. Cuando muchos capitalistas hacen lo mismo, hablamos de una crisis, y por todos lados aparecen obreros sin trabajo. En estos períodos se crean enormes masas de desocupados.

     En el mundo capitalista desde hace por lo menos 20 años que ha estado creciendo la masa de desocupados, porque se frenaron las inversiones y porque se introducen maquinarias que desplazan a los obreros. Cuando se habla de la cantidad de robos que existen actualmente, de que no hay seguridad en las calles, de que las cárceles están llenas, se pasa por alto la raíz del fenómeno: la explotación capitalista y las leyes de la acumulación. Estos desocupados y marginados por el sistema presionan hacia abajo los salarios; y los capitalistas chantajean a los que tienen trabajo con la amenaza de mandarlos a la miseria si no se someten a sus exigencias.

 

EL CAPITALISMO CREA CONSTANTEMENTE UNA MASA DE MARGINADOS, DE POBRES ABSOLUTOS, QUE SON UTILIZADOS COMO ARMA DE DOMINACIÓN CONTRA LA CLASE OBRERA.

 

Tomar conciencia de los límites de las luchas por las reivindicaciones económicas es fundamental para que la clase obrera no siga atada a los políticos de la burguesía y para empezar a forjar su independencia de clase, esto es, sus propias organizaciones, con un programa y una estrategia que apunten contra la explotación del capital.

La competencia y la concentración de la riqueza

Si bien los capitalistas están unidos cuando se trata de mantener la explotación, entre ellos existe la más feroz competencia. Cada empresario trata de vender más que sus competidores, sacarle clientes. Para eso, cada uno busca aumentar la explotación de sus obreros y tecnificarse. Si un capitalista descubre una técnica mejor para producir, procura que la competencia no la conozca, con la esperanza de bajar los precios y arruinar a los otros. Los capitalistas que no logran seguir el ritmo de la renovación tecnológica, se arruinan y son absorbidos por la competencia o van a la quiebra.

     Por eso Marx decía que la competencia es como un látigo, que obliga a cada empresario a ir hasta el fondo en la explotación de sus obreros. Esta es una ley de hierro en la sociedad actual. Por esta razón la explotación no tiene que ver con la buena o mala voluntad de algunos empresarios individuales. Puede haber dueños de empresas que consideren inhumanas las condiciones en que viven los trabajadores, pero seguirán manteniendo los salarios bajos y exigiendo más y más ritmo de trabajo, argumentando que «si no lo hacemos la competencia nos va a arruinar». Por eso no hay que esperar que los capitalistas «comprendan» las necesidades de los trabajadores y modifiquen voluntariamente sus comportamientos.

     Hoy este impulso del sistema capitalista se ve multiplicado por la competencia internacional. Los capitalistas de todos los países están lanzados a una carrera desesperada por bajar los costos, por aumentar la explotación, para sobrevivir en el Mercosur y en otros mercados mundializados. Los empresarios hacen un chantaje a los trabajadores porque dicen: «si no aceptan todas las condiciones de trabajo que impongo, voy a invertir en otro país».

ESTA LUCHA ENTRE LOS CAPITALISTAS POR AUMENTAR LA EXPLOTACIÓN PARA SOBREVIVIR ES LA RAZÓN PRINCIPAL POR LA CUAL NO PUEDE EXISTIR UN CAPITALISMO HUMANO Y COMPRENSIVO DE LAS NECESIDADES DE LOS OBREROS.

En la lucha entre los capitales, inevitablemente muchos caen, y son «comidos» por los más fuertes. Como dice el dicho popular, el pez gordo se come al pez chico. Todos los días se fusionan capitales, hay empresarios que compran fábricas en quiebra, hay comercios y bancos que caen en problemas y no pueden sobrevivir. Millones de cuentapropistas, de pequeños campesinos, aun de pequeños empresarios, se funden, y van a la pobreza absoluta o a trabajar de obreros. Un ejemplo es lo que sucedió con la entrada de los hipermercados. Miles y miles de almaceneros, panaderos, carniceros, se arruinaron y ellos, o sus hijos, tuvieron que emplearse como asalariados, muchas veces en los mismos supermercados que los hundieron.

     Así los capitales cada vez más se concentran en pocas manos. Hoy, las 200 corporaciones más grandes del planeta tienen ventas equivalentes al 28 por ciento de la actividad económica del mundo.

     En cada país podemos ver cómo un puñado de trescientas o cuatrocientas empresas tiene un peso descomunal en la economía; algunas compañías transnacionales tienen ventas anuales por sumas que superan largamente los presupuestos de la mayoría de los países. En manos de algunas decenas de miles de grandes capitalistas se concentra el poder de dar trabajo o no a cientos de millones de desposeídos.

La dictadura del capital y su Estado

Hemos visto que este sistema de explotación se basa en la propiedad privada de los medios de producción. A lo largo de la historia los capitalistas se aseguraron por todos los medios esa propiedad. En los orígenes del capitalismo, los poderosos del Antiguo Régimen o los comerciantes ricos recurrieron a la violencia para apropiarse de tierras y riquezas y así sentaron las bases del capitalismo. En nuestros países latinoamericanos, por ejemplo, se quedaron con la tierra, la convirtieron en propiedad privada, y condenaron a la mayoría de la población a ser mano de obra asalariada.

     Para defender esta propiedad privada, y las crecientes riquezas, la  clase capitalista dispone de una serie de instituciones y medios muy poderosos, como el parlamento, la justicia, la burocracia, el gobierno, el ejército y la policía, la escuela. De conjunto estas instituciones conforman el Estado. Los capitalistas tratan de mostrar que el Estado es «de todos», pero el Estado es un aparato de represión y dominio al servicio del capital.

La forma más sencilla de demostrarlo es que cuando los trabajadores cuestionan la propiedad privada, siempre aparecen la policía y el ejército para reprimirlos. Los altos mandos de estas fuerzas pertenecen a la clase capitalista, son pagados con una parte de la plusvalía que se arranca a los obreros y entrenados e instruidos en la defensa del capital y de la propiedad. Cuando las luchas obreras cuestionan la estabilidad del régimen burgués, el ejército sale de los cuarteles e interviene en defensa del capital.

     Pero sin necesidad de llegar a esto, el telón de fondo que sustenta al poder de los capitalistas es la violencia «aceptada» por la sociedad, que se ejerce cotidianamente sobre los obreros y la población oprimida. Hay violencia cuando la policía reprime manifestaciones populares, o siembra el terror en los barrios populares con detenciones arbitrarias, torturas en las comisarías y hasta asesinatos impunes. Pero también hay violencia cuando a un obrero se lo echa de una fábrica por defender sus ideas, o cuando el capital genera millones de desocupados y marginados para hundir los salarios. Es una violencia más «callada», pero terrible, porque condena a la miseria a quienes no tienen nada para producir y trabajar. Por eso, aunque no estén con los militares en las calles, el capital gobierna sobre la base del miedo: miedo a las posibles represalias, a quedarse sin trabajo, a caer en la más completa marginación. Esto nos autoriza a decir que, a pesar de las formas democráticas, se trata de una DICTADURA DEL CAPITAL SOBRE EL TRABAJO.

     Pero además, los capitalistas disponen de otros instrumentos, que apuntan a confundir y engañar. El sistema democrático crea la apariencia de que las masas deciden sus destinos. Cada cierto número de años se convoca al pueblo para elegir entre candidatos que prometen mucho; las esperanzas de renovación y de mejora se renuevan. Al poco tiempo de las elecciones, el pueblo está desanimado, porque ninguna de las promesas se cumple, pero entonces se dice que hay que esperar hasta la próxima elección, porque nada puede hacerse sin el voto. Y en las siguientes elecciones, todo vuelve a empezar. Por otra parte, siempre se hace sentir la amenaza de que en caso de que los trabajadores «voten mal» (es decir, en un sentido que pueda perjudicar a los intereses del capital) vendrá la crisis económica, porque los capitalistas se negarán a dar trabajo; o, eventualmente, vendrá una dictadura militar.

     Con todo esto combinado, se presiona a las masas obreras y de explotados, creando la apariencia de que se autogobiernan porque cada tanto eligen... a quienes van a oprimirlas.

     Pero además, desde las escuelas, los medios de comunicación, la iglesia, se bombardea con propaganda favorable a que todo siga igual. Una idea básica que se trata de inculcar es que éste es un orden dispuesto por Dios, o la naturaleza, a los seres humanos. Se dice que los capitalistas tienen riqueza porque son más inteligentes, más fuertes, más aptos, más laboriosos; que en las elecciones hay que elegir «a los que saben», a los abogados o economistas formados en las Universidades de la burguesía, preparados para seguir adelante con la explotación y la gestión de los negocios. A cada rato se inculca que «el que no trabaja es porque no quiere», aunque la experiencia nos muestra que millones de desocupados no trabajan porque no encuentran nada que hacer. Dicen que los empresarios pagan al obrero «por su trabajo», cuando en realidad pagan sólo el valor de la fuerza de trabajo, y se quedan con la plusvalía; que «la patria ante todo», cuando en realidad con la «unidad nacional» sólo se benefician los poderosos.

            Al obrero desde pequeño se lo manda a escuelas donde no se enseña casi nada, porque no hay medios ni condiciones. En los barrios obreros se vive en medio de la mugre y el barro, en ambientes con miles de marginados, desocupados, desesperados. Apenas tienen edad, los niños deben ir a trabajar -cuando lo consiguen- en tareas monótonas, aburridas, en las que olvidan lo poco que pudieron haber aprendido en la escuela. Cuando el obrero llega a la casa, después de trabajar en tareas extenuantes, monótonas, perjudiciales para la salud, se le muestra por la televisión un mundo de mentiras y estupideces. Nunca una explicación profunda, nunca algo que haga pensar en qué mundo de explotación vivimos. 

 

B. ¿QUÉ ES EL COMUNISMO?

La cuestión que nos planteamos en este punto es ¿qué objetivos, qué programa debería sostener la clase obrera para acabar con la explotación?

     Muchos defensores del sistema dicen que es necesario luchar por un capitalismo «humano», que es lo máximo a lo que podemos aspirar. Pero vimos que las leyes de funcionamiento del capital lo hacen imposible. Hemos visto también que las luchas por salarios y otras reivindicaciones, con toda su importancia, tienen un «techo», que es la propiedad privada y el dominio del Estado sobre los explotados. Por eso los revolucionarios planteamos que es necesario elevarse por encima de la pelea meramente sindical, y que es imperioso comenzar a elaborar y defender un programa que vaya al fondo de los males. Es necesario acabar con la propiedad privada de los medios de producción para ponerlos bajo control y administración de los obreros. ESTA ES LA SALIDA DEL COMUNISMO.

Las ideas del comunismo son muy antiguas

La idea de que deberá existir una sociedad en que los medios de producción sean propiedad de toda la comunidad es muy antigua. Ya en la Edad Media, hace más de mil años, hubieron movimientos de campesinos que proclamaban el objetivo de una sociedad en que los bienes fueran de todos. Muchas veces formulaban esa demanda bajo formas religiosas. Por ejemplo, cuando se acercaba el año 1.000, decían que llegaba el día del juicio final y Cristo volvía para castigar a los ricos, distribuir las tierras y las riquezas acumuladas, y que los pobres comenzarían a vivir en un paraíso. Esto traducía un anhelo muy hondo, una tendencia a cuestionar la propiedad privada de aquella época y la situación de semi esclavitud en que estaban los campesinos. O los campesinos decían que si el sol o la lluvia eran dones de dios para todos, la tierra también debería ser de todos. El cristianismo primitivo expresaba de alguna manera ideas favorables a una especie de organización comunista de la propiedad. 

     Con esto queremos mostrar que las ideas del comunismo no son un invento de algunos intelectuales, sino que estuvieron en la mente de seres humanos que sufrieron la explotación a lo largo de la historia.

     Pero sólo con la llegada del capitalismo, de las fábricas modernas y la consiguiente formación de los grandes ejércitos de trabajadores, se pudo pensar en convertir en realidad esta idea. Para ubicarnos en la historia, digamos que el capitalismo se comienza a afirmar en algunos países de Europa hace aproximadamente unos 200 años.

     En las primeras décadas del siglo pasado las ideas del comunismo ya se habían difundido entre muchos obreros y artesanos de París (en aquellos tiempos había pocas fábricas, más bien eran talleres). Era todavía un comunismo ingenuo, que no partía de analizar qué era y cómo funcionaba el capitalismo, pero mostraba la voluntad de cuestionar y rebelarse contra la explotación. Luego, Marx y Engels, a partir de 1845, aproximadamente, le dieron una forma científica a esas ideas. El programa del comunismo en absoluto fue un «invento» de dos intelectuales, como lo presenta la burguesía. El comunismo expresa UNA NECESIDAD DE LAS MASAS. Marx y Engels explicaron muchas veces que sus ideas no se originaron por soñar una sociedad mejor, sino estudiando el capitalismo, la lucha de las clases sociales y participando en este movimiento junto al resto de sus compañeros.

     Dijimos que con el capitalismo por primera vez surge una clase que puede luchar con éxito por acabar la propiedad privada de los medios de producción, por una sociedad comunista. Esto se debe a que por primera vez en las sociedades humanas la clase productora fundamental será urbana, y no campesina, como había sucedido en las sociedades anteriores al capitalismo. Y esa clase urbana productora serán los obreros.

     A diferencia de los campesinos, los obreros están concentrados en grandes ciudades, y en las empresas. Esto les da fuerza y un sentido de pertenecer a una misma clase, con los mismos intereses. Los campesinos, en cambio, están dispersos.

     En segundo lugar, el campesino pide, por lo general, ser propietario de un pedazo de tierra; a lo largo de la historia, cuando los campesinos lograban arrebatar la tierra a los señores, la repartían en pequeñas propiedades, y al tiempo volvían a aparecer el egoísmo, el acaparamiento de tierras, las diferencias entre ricos y pobres. En China esto sucedió varias veces a lo largo de la historia.

     En cambio, el obrero no puede hacer lo mismo con la industria. El trabajador de una moderna acería no puede aspirar a ser dueño de una parte del alto horno o del tren de laminado. El de una fábrica de autos no puede llevarse a su casa un pedazo de la línea de montaje. Por consiguiente, la solución de los obreros ante la explotación capitalista no es volver a la pequeña propiedad privada de los medios de producción, sino convertirlos en propiedad de todos.

     En tercer término, las mismas tendencias del sistema capitalista están mostrando que la salida debe ser el comunismo. En un polo se concentra la riqueza; en el otro polo cada vez más seres humanos trabajan para el capital. O sea, la producción cada vez más es social. Pero la apropiación de esa riqueza es privada.

Para acabar con esta situación, para que la riqueza sea apropiada por la sociedad, hay que acabar con la propiedad privada.

Por último, la situación de los millones de marginados, la creación de enormes ejércitos de desocupados, muestra a los trabajadores que no hay esperanzas de que se acaben sus males bajo el capitalismo. Por supuesto, algunos individuos se «salvan», se convierten en capataces, o incluso ahorran y se convierten en explotadores. Los capitalistas utilizan estos ejemplos para decir que con esfuerzo los obreros pueden salir de su situación, y que todo es cuestión de sacrificarse. Pero lo cierto es que como clase, es decir, como grupo social, los obreros no pueden pasar a ser todos capitalistas. Como grupo social están condenados a seguir siendo obreros, y cada vez más atados al capital por la desocupación.

Las grandes experiencias históricas de la clase obrera

Los trabajadores han realizado intentos de acabar con el capitalismo, de construir una nueva sociedad, sin explotadores ni explotados. Fueron los primeros pasos, aún débiles, pero que nos muestran que es posible que en un futuro los trabajadores puedan organizar la sociedad de una forma nueva. Los capitalistas basan gran parte de su propaganda contra el comunismo en denigrar y burlarse de estos intentos, diciendo que fueron utopías. Observemos que muchas veces ni siquiera se preocupan por demostrar que nuestra crítica a la explotación es incorrecta; simplemente responden que la historia «ya probó» que toda sociedad distinta a la capitalista está destinada al fracaso. Pero esto es una mentira.

1) La Comuna de París de 1871

La primera gran experiencia se hizo en París, y duró unos pocos meses, de marzo a fines de mayo de 1871. A partir de la derrota de Francia en una guerra con Alemania, los obreros tomaron el control de la ciudad, el 18 de marzo, y proclamaron la Comuna.

     La Comuna estaba formada por consejeros municipales, elegidos por sufragio universal en los distritos de la ciudad; la mayoría de los consejeros eran obreros, o representantes reconocidos de los obreros. Algo muy importante, estos consejeros eran responsables por lo que hacían ante sus electores, y éstos los podían revocar. De esta manera se impedía que sucediera lo que pasa en los regímenes burgueses, en los que el pueblo elige a representantes y éstos hacen lo que quieren, sin que se los pueda quitar.

     La Comuna no era un Parlamento, donde se discute y discute indefinidamente, mientras las resoluciones que importan se toman en los pasillos del poder ejecutivo y en los ministerios, porque reunía los poderes ejecutivo y legislativo. Además, todo funcionario o consejero ganaba lo mismo que un obrero. Para garantizar el poder de la clase obrera, el primer decreto de la Comuna fue suprimir el ejército permanente de la burguesía, para reemplazarlo por el pueblo en armas. También suprimió la independencia de los jueces. A igual que los demás funcionarios públicos, pasaban a ser electivos, responsables ante sus electores y revocables. Además, la Comuna decretó la separación de la iglesia del Estado, y expropió los bienes del clero.

     La Comuna tomó medidas como suprimir el trabajo nocturno, prohibió la rebaja de los salarios -una práctica muy común entonces- y entregó a las asociaciones obreras todos los talleres y fábricas que habían abandonado o cerrado los patrones. El proyecto de la Comuna fue organizar a toda Francia sobre la base de otras Comunas, pero esto no pudo efectivizarse, porque quedó aislada y cercada por las fuerzas burguesas; en esos tiempos las condiciones no estaban maduras en el conjunto del país para seguir su ejemplo. Además, la Comuna cometió el error de ser demasiado blanda con sus enemigos, los burgueses, que se habían fugado de París, pero conspiraban para derribarla.

     En definitiva, la Comuna terminó aplastada por la reacción, cuyas tropas entraron a París el 21 de mayo, cometieron enormes atrocidades y fusilaron masivamente a obreros y revolucionarios. A pesar de la derrota, la Comuna de París demostró por primera vez que era posible que los trabajadores reemplazaran al Estado burgués por otra organización, que tomaran sus destinos en sus propias manos.

2) La revolución rusa de 1917

La otra gran experiencia fue la toma del poder por los obreros rusos, en noviembre de 1917. En el curso de sus luchas contra el régimen dictatorial -el zarismo- los obreros habían encontrado una forma de organización muy importante, a la que llamaron «consejos» (en ruso la palabra es «soviet»). Los consejos (o soviets) estaban formados por delegados de las empresas, con mandatos y revocables. También hubo consejos de los campesinos, y más tarde de los soldados; surgieron por primera vez en 1905, durante una revolución que fue finalmente aplastada, y resurgieron con mucha fuerza en 1917.

     A diferencia de la Comuna de París, los obreros más avanzados de Rusia, junto a intelectuales seguidores de Marx, se habían organizado en un partido revolucionario, que estaba provisto de una teoría científica sobre el capitalismo y la revolución, el marxismo. Lenin fue el dirigente de este partido; Trotsky también fue dirigente de la revolución, y del partido a partir de 1917. Este partido, que se conoció en la historia con el nombre de partido bolchevique, adquirió una enorme influencia en los consejos de los obreros, campesinos y soldados en 1917. Su consigna era «Todo el poder a los Soviets» (o sea, a los consejos).

     Lo importante es que por segunda vez en la historia los obreros intentaron construir una sociedad dirigida por ellos mismos. Lenin y sus compañeros estudiaron la experiencia de la Comuna de París, aprendiendo de sus virtudes y de sus errores. Por eso, después de tomar el poder, los revolucionarios rusos impusieron una fuerte represión a la burguesía. En general es inevitable que los capitalistas, los funcionarios burgueses del Estado, y toda la masa de gente que se beneficia con la explotación capitalista, traten de retomar el poder y de aplastar a la revolución, y esto debía ser combatido. Un régimen revolucionario debe emplear la violencia y la represión, y en este sentido es una dictadura de la clase obrera sobre los antiguos explotadores y sus aliados. Claro que en lugar de la dictadura de la burguesía sobre la mayoría, ahora es la dictadura de la mayoría sobre una minoría. Es la dictadura de la clase obrera, la única que puede garantizar a los trabajadores el poder suficiente para avanzar en su liberación, incluso para aprender a administrar y dirigir su propio país.

     En Rusia, a igual que había sucedido con la Comuna de París, los burgueses se unieron con los imperialistas extranjeros y atacaron a la flamante República de los Consejos de Obreros y Campesinos. Así, desde 1918 hasta fines de 1920, se desarrolló una guerra civil, con intervención de ejércitos extranjeros, en muchos frentes. Los contrarrevolucionarios terminaron derrotados, y esto demuestra la inmensa fuerza que pueden tener las masas obreras y campesinas, cuando toman en sus manos sus destinos, cuando se organizan para acabar con la explotación.

     Los obreros intentaron organizar una sociedad sin explotación, aun en medio de las terribles penalidades provocadas por la guerra civil (en un país que ya estaba agotado por su participación en la guerra mundial desde 1914 a 1917). En las fábricas empezaron imponiendo el control sobre la producción, y luego tomaron su administración. En el campo se anularon las propiedades de los terratenientes y se entregó la tierra a los consejos de campesinos, para que las distribuyeran. Se dispuso que todo funcionario del gobierno de los Soviets debía ganar igual que un obrero calificado. Se trató de instalar una milicia, eliminando el ejército y la policía profesionales. Esta medida apuntaba a impedir que se creara un nuevo cuerpo represivo por encima de la sociedad; la idea era que todo ciudadano tuviera periódicamente una instrucción militar, y que los obreros cumplieran las funciones de vigilancia y defensa de la revolución. Lamentablemente, la irrupción de la guerra impidió que este proyecto se concretara.

     Pero si bien los contrarrevolucionarios fueron derrotados militarmente, su acción fue lo suficientemente fuerte como para llevar al país al borde de la bancarrota total. En 1921, en la República de los Soviets de Obreros y Campesinos, las masas pasaban hambre, había desocupación, las fábricas no producían, no había equipos industriales, ni técnicos o ingenieros, el analfabetismo era masivo; a veces las fábricas no podían ponerse a producir porque ni siquiera existían los materiales básicos para hacerlo, los transportes estaban desorganizados; los elementos de la pequeña burguesía o de la vieja burguesía expropiada acaparaban comida y bienes y especulaban. Además, el país se vio sometido al acoso económico de todas las potencias capitalistas.

     La única posibilidad de salir de esa situación era con la ayuda de la revolución mundial. Los obreros y campesinos rusos habían tomado el poder con la esperanza de que la revolución se extendiera a Europa, pero entre 1918 y 1923 fracasaron intentos de toma del poder en varios países. En esto, la burguesía contó con la activa colaboración de los partidos socialistas, cuyos dirigentes se habían adaptado al régimen capitalista.

     La República de los Consejos, por consiguiente, no fue derrotada directamente por la burguesía, pero sí de manera indirecta. La dictadura de los obreros y campesinos quedó aislada, hambrienta, sin recursos. Muchos obreros que dirigieron la revolución fueron muertos durante la guerra civil; otros debieron dejar las ciudades, por el hambre y la miseria. La clase obrera en Rusia no era numerosa, comparada con las masas de campesinos, y esto también debilitó a la fuerza más importante de la revolución. Todavía después de terminada la guerra, se intentó reorganizar la economía de manera democrática, y avanzar hacia la propiedad común y administrada por los obreros y campesinos. Poco antes de morir Lenin proyectó organizar a las pequeñas producciones campesinas en cooperativas, para ir educando en las ideas del socialismo, de la propiedad de todos.

     Sin embargo, estos proyectos, y otros sobre la planificación de la economía, no pudieron concretarse. El agotamiento era tan grande que muchos obreros no concurrían siquiera a las reuniones de los soviets o de sus sindicatos. Finalmente, la revolución fue vencida «desde adentro»: la miseria, el hambre, la desocupación, las derrotas de la revolución en Europa, desalentaron y agotaron las fuerzas de la clase obrera. Sobre la base de esta situación, una capa de funcionarios y dirigentes, encabezados por Stalin, pudo hacerse cargo del Estado, derrotando a la vanguardia revolucionaria, e imponiendo una dictadura sobre las masas. El partido, los soviets y los sindicatos, y el ejército de los obreros, fueron desorganizados, se anuló la democracia y se impuso el dominio de funcionarios, de burócratas. Stalin le prometía a los trabajadores que construiría el socialismo en Rusia, sin la ayuda de la revolución internacional; con el tiempo, se fue inclinando a una política de pactos con la burguesía de las grandes potencias, y ahogó todos los intentos revolucionarios. Los funcionarios comenzaron a tener salarios mucho más altos que los trabajadores, y se separaron definitivamente de las masas.

     Hacia mediados de los años veinte, la revolución estaba siendo derrotada. Lenin había muerto en 1924, y Trotsky fue expulsado unos años más tarde. En los treinta las persecuciones contra los viejos revolucionarios se intensificaron. Miles de ellos fueron encarcelados, sufrieron juicios infamantes y fueron fusilados. Trotski fue asesinado por un partidario de Stalin en México, en 1940.

Cuando la Unión Soviética cayó en 1989-91,  hacía mucho tiempo que no quedaba nada del viejo proyecto socialista. Pero los medios de prensa y los políticos burgueses ponen todo el empeño en decir que la Unión Soviética era «socialista» para  «demostrar» que los obreros no pueden dirigir y que el proyecto socialista es una ilusión.

El futuro del comunismo

Vimos cómo los capitalistas combatieron y ahogaron por todos los medios los dos intentos más extraordinarios realizados por los trabajadores de construir sociedades nuevas. Ahora se burlan de estas experiencias, y dicen que los obreros no pueden dirigir ni organizar una sociedad. Se empeñan en confundir las cosas, diciendo que la dictadura de los burócratas de la Unión Soviética fue socialismo, y acusan a los revolucionarios de «no tener los pies sobre la tierra», de «no reconocer que el comunismo fracasó», de querer «imponer una utopía».

     Sin embargo, el comunismo está lejos de ser un invento surgido de las mentes de soñadores. Como decía Marx, no se trata de establecer por decreto una utopía previamente preparada, ni un «plan» de una futura sociedad. Los comunistas revolucionarios no esperamos milagros; simplemente sabemos que la misma sociedad capitalista y la lucha de clases generan las condiciones para superar la explotación. Ni Marx ni Lenin «inventaron» los Consejos obreros, ni los sindicatos, ni las organizaciones políticas de los trabajadores; fueron los obreros quienes crearon esos organismos en el curso de sus luchas. Tampoco Marx, Engels, Lenin o Trotsky provocaron las revoluciones; éstas fueron la rebelión de millones contra situaciones intolerables.

     Después de la experiencia de Rusia, en otros países resurgieron Consejos de trabajadores, al calor de las luchas: en Alemania, en Italia, incluso en Chile en los años setenta. La historia demuestra que los trabajadores pueden organizar otro tipo de Estado, poner en funcionamiento las empresas y dirigirlas de manera democrática. Esto permitirá orientar las inversiones no de acuerdo a las ganancias de los capitalistas, como sucede en la actualidad, sino de acuerdo a las necesidades de la población. Y estas necesidades surgirán de la discusión democrática de los organismos públicos, a niveles locales, provinciales o nacionales.

     Además, los avances de la tecnología, de las comunicaciones, amplían las posibilidades de organizar formas de democracia y de administración directas de los obreros. A diferencia de lo que pasaba a comienzos de siglo en Rusia, actualmente hay enormes masas de técnicos y de profesionales que están incorporadas a la clase obrera, y que pueden poner sus conocimientos al servicio de la organización de una nueva sociedad. Pero lo más importante es que por primera vez la clase obrera pasa a ser mayoritaria a nivel de todo el planeta. A comienzos de siglo, cuando los obreros tomaron el poder en París, eran una minoría en Francia. Cuando tomaron el poder en Rusia, también eran una minoría en Rusia, y perdieron la revolución cuando ésta no se extendió a Europa. En ese tiempo, en América Latina, en Asia, en Africa, la clase obrera era muy pequeña, o casi no existía. Hoy sucede lo opuesto.

     Pero a pesar de estas condiciones para el socialismo, nunca como hasta ahora se había difundido tanto la idea de que los obreros no pueden aspirar a cambiar la sociedad. En este sentido, debemos reconocer que las fuerzas del capitalismo han obtenido un gran triunfo, porque lograron que los trabajadores piensen que la caída de la Unión Soviética «demuestra» el fracaso del socialismo. Es una paradoja que cuando el capitalismo agudiza los males de la población, cuando además se produce una inmensa riqueza gracias a los más maravillosos avances de la técnica y de la ciencia, cuando por todos lados se extienden los ejércitos de asalariados bajo el mando del capital, al mismo tiempo las ideas del comunismo parecen más desacreditadas.

            Para combatir esta situación, necesitamos organizarnos y realizar una paciente tarea de esclarecimiento, mostrando qué es el capital y por qué hay que acabar con su dominio. A partir de las mismas experiencias de los trabajadores, de sus luchas, de sus victorias o derrotas, tenemos que avanzar, alentando la resistencia a la explotación terrible del capital, a la miseria, al hambre. Tenemos que reconstruir las bases del proyecto socialista, pero en una situación de mayor fuerza de la clase obrera a nivel mundial. Para esto, necesitamos construir un partido revolucionario mundial de trabajadores, que agrupe a todos los compañeros y compañeras que quieran sumarse a esta tarea.

  

APENDICE

Sobre el socialismo y el comunismo

En este trabajo hablamos a veces del objetivo o del programa del «socialismo», y a veces del «comunismo». Estos conceptos se usan en forma indistinta, y así lo hicimos nosotros, porque ambos designan la sociedad sin clases y porque políticamente hoy esta diferencia no es tan importante, dado que no están planteados como objetivos inmediatos. De todas maneras vamos a explicar las diferencias, para poner en claro el objetivo final de nuestro movimiento.

     Marx planteó que luego de que los medios de producción dejen de ser propiedad privada y pertenezcan a toda la sociedad, se entrará en la primera fase de la sociedad comunista; posteriormente, en el movimiento obrero europeo, a esta primera fase del comunismo se le llamó socialismo.

     En el socialismo cada individuo deberá realizar una parte del trabajo que demande la sociedad, y obtendrá un certificado que acreditará que lo ha hecho. Con ese certificado, y deducida una parte para el fondo social, podrá obtener los bienes que necesite. Es decir, se distribuirán los bienes de consumo según el trabajo aportado. En esta fase, por lo tanto, ya no existirán las clases sociales ni la explotación, pero sí deberá subsistir alguna forma de control de la sociedad sobre los productores, para llevar la contabilidad de las horas trabajadas y distribuir lo producido.

     Esto nos puede parecer muy igualitario, pero Marx explicaba que aún no debería ser el objetivo último. Es que no todos los hombres son iguales, unos son más fuertes que otros, tienen distintas necesidades y aptitudes. Por lo tanto en el socialismo aún subsistirán las diferencias de riqueza, que no vendrán de la explotación, pero sí de la distribución de los artículos según el trabajo de cada uno.

     Por este motivo, Marx planteó que deberá llegarse a un estadio superior, en que la distribución de los bienes de consumo no se haga según el trabajo sino según las necesidades de cada uno. A esta etapa Marx le llamó la fase superior del comunismo, y hoy la conocemos bajo el nombre de comunismo. Bajo el comunismo, cada cual aportará a la sociedad el trabajo que pueda brindar, y tomará de la sociedad lo que necesite para vivir. Esto parece inaplicable, pero en muchas familias sucede algo que se le puede asemejar: cuando todos los miembros trabajan y aportan lo que pueden a un fondo común, y toman de ese fondo lo que necesitan para vivir. La idea del comunismo es llegar a una sociedad donde por primera vez sea real la solidaridad y la igualdad entre los seres humanos, que respetaría las desigualdades de gustos, aptitudes y necesidades de cada uno.

     Esto nos está demostrando, por otra parte, que no es cierto lo que dicen los capitalistas, que los comunistas queremos cortar a todo el mundo por la misma tijera. Por el contrario, es el capital el que obliga a todos los trabajadores a hacer las mismas tareas, aburridas y repetidas; es el capital el que produce artículos en masa, todos iguales, o el que nos inunda con programas de televisión que parecen unos calcados de los otros, o de música o literatura «enlatadas». El programa del comunismo, en cambio, busca el pleno despliegue de las capacidades de los seres humanos. Por otro lado, esta distinción que hicimos nos permite refutar otra tontería que dicen los ideólogos burgueses, cuando se burlan de los comunistas diciendo que buscamos un mundo de sueños, que no podrá existir. Nuestro programa no prevé instalar la igualdad plena de golpe; sabemos que la sociedad que saldrá del capitalismo estará integrada por seres humanos con una educación egoísta, propia de un mundo donde reina el interés individual. Por eso, no sólo existirá una etapa de dictadura del proletariado, sino que luego de la desaparición de las clases habrá un largo período de control sobre el trabajo y la distribución, de desarrollo de la producción y de la riqueza y de elevación de la cultura general. Pero que éste sea un objetivo lejano, no quita validez al planteo de nuestro programa. 

     En tercer lugar, esta explicación de qué es socialismo y qué es comunismo nos permite medir qué lejos estuvo la Unión Soviética de haberse aproximado siquiera al socialismo, no digamos ya al comunismo. El socialismo, la desaparición de las clases, exige acabar con toda explotación, con las clases, con las jerarquías de mandatarios, con la represión; sólo es concebible sobre la base de que la revolución se haya extendido a nivel mundial. Se comprende por eso el interés de la burguesía en que los trabajadores no conozcan el programa de los comunistas, y en que identifiquen a la Unión Soviética, o a regímenes parecidos, con el comunismo o el socialismo.

            Por lo tanto, nosotros nos definimos, antes que nada, como comunistas revolucionarios. Es cierto que los dirigentes burocráticos de la Unión Soviética, y de los partidos comunistas, han desprestigiado este término. Pero es hora de limpiar la bandera del comunismo, que es la bandera de una sociedad distinta, en que los hombres administren la producción y los bienes, y no exploten unos a otros.



[1] Esto siempre es aproximado, porque la primera mercancía puede tener un precio de 101, 102, 99, etc., y lo mismo sucede con la segunda: puede costar 48, 51, 49, 53, etc. Es decir, los precios oscilan alrededor de un promedio.

[2] Calcula que al cabo de determinado tiempo habrá recuperado esa inversión para comprar de nuevo máquinas y la fábrica.