SOBRE EL PLAN CAVALLO Y LAS PERSPECTIVAS DE LA ACUMULACIÓN CAPITALISTA EN ARGENTINA


El 1ro de mayo de 1993 el gobierno presentó un documento titulado "Argentina en Crecimiento 1993-1995", en el que se dan proyecciones económicas para los próximos años. Entre ellas se habla de un crecimiento del producto bruto interno del orden del 6% anual hasta el 2.000, de exportaciones aumentando a una tasa superior a las importaciones y de una inflación descendente que para el año 2.000 se ubicaría a nivel internacional (aproximadamente el 3%.). En el camino hacia esos objetivos se contempla que la exportación debería crecer en 1994 un 8% y que la inflación en 1993 debería ser del 6,8%. En este artículo intentaremos explorar el estado de algunas de las variables económicas esenciales -desde el ángulo del marxismo- que pueden echar luz sobre las bases materiales que tienen estas proyecciones.


El problema clave: la falta de inversión productiva

Los datos claves a tener en cuenta cuando se analiza la situación económica son el comportamiento de la inversión y de la tasa de rentabilidad. Toda la experiencia histórica y la teoría marxista del desarrollo capitalista apuntan a la inversión como el elemento dinamizador del ciclo industrial, inversión que a su vez depende en gran medida de la rentabilidad. Todo ascenso del ciclo económico está precedido por un fuerte aumento en la rentabilidad de las empresas y es empujado por la consiguiente inversión. Inversamente, la caída de la rentabilidad preanuncia la reversión del ciclo económico, que se manifiesta muy claramente en la fuerte caída de la inversión, más abrupta que la caída del consumo.

La inversión debe ser considerada entonces como una variable clave de toda la situación económica. En un país como el nuestro, en el que la capacidad de consumo de las masas está muy restringida, este papel de la inversión cobra aún más relevancia.

Durante el primer año del plan económico el gobierno sostuvo en repetidas oportunidades que la inversión progresaba a buen ritmo, al compás del afianzamiento del Plan de Convertibilidad. Si bien las estadísticas en nuestro país son muy escasas y de poca fiabilidad, los integrantes del equipo económico sostenían que a través de los datos de la importación de equipos y máquinas (bienes de capital en la terminología burguesa) se podía deducir la existencia de un buen nivel de inversión. Posteriormente se precisaron cifras de crecimiento de las inversiones, aparentemente "impresionantes", ya que mostraban un aumento en 1991 del 25% con respecto a 1990 y en 1992 del 30% con respecto a 1991.

Pero vistas en relación al pbi no son importantes. Impresionan porque se arranca de niveles muy bajos, pero la inversión sigue siendo débil. Debemos tener presente que los países que experimentaron desarrollos económicos fuertes y sostenidos tuvieron tasas de inversión equivalentes al 30% o más del pbi; es el caso de Corea del Sur, una de los modelos a imitar para la mayoría de los economistas burgueses de nuestro país. En Argentina la inversión es apenas el 16,7% del pbi (de acuerdo a las nuevas mediciones del pbi, y según datos de inversión proporcionados por el Ministerio de Economía). Pero esta cifra miserable aún parece "inflada" porque otros estudios, esta vez privados, la ubican todavía mucho más abajo. Por ejemplo según un cálculo reciente de A. Andersen, "Economic Trends in Argentina", la tasa de inversión sería de sólo el 10% del pbi.


Un ciclo con bases débiles

Lo que señalamos sobre la débil inversión no debe ocultarnos el hecho del crecimiento real económico de los últimos años. Un error de algunos críticos del gobierno -en especial en los análisis de la izquierda- es el moverse siempre con una óptica catastrofista, del tipo de las que anuncian el colapso inminente del capitalismo o del plan económico en todo momento. Es un dato de la realidad, que no debería desconocerse, que en junio de este año se cumplieron 12 trimestres consecutivos de crecimiento medidos contra igual período del año anterior; desde el lanzamiento del Plan de Convertibilidad hasta fines de abril de 1993 la producción industrial creció un 27%.

De lo que se trata entonces no es de desconocer este ciclo alcista, sino de ubicarlo en su justa perspectiva. La pregunta central es ¿Qué tipo de ciclo es éste? ¿Marca el inicio de una fase sostenida de desarrollo económico, que colocaría al capitalismo argentino con tasas de crecimiento parecidas a las de Corea del Sur, por ejemplo?

Para ubicarnos, expliquemos primero que en la historia económica del capitalismo es posible distinguir varios tipos de ciclos económicos, que a su vez se enmarcan en períodos más largos, ya sea depresivos o de desarrollo. Los ciclos inscriptos en períodos largos de desarrollo se caracterizan por la existencia de grandes inversiones en plantas y conjuntos de equipos, por el auge de las construcciones -industriales y de consumo masivo e infraestructura- y el desarrollo de nuevos sectores dinámicos, que abren más y más posibilidades de inversión y arrastran al conjunto de la economía. Si bien este tipo de ciclos los encontramos en su forma más "pura" en los países capitalistas adelantados, son dables también en países atrasados, con las características particulares que les da la estructura económica dependiente y sometida al imperialismo 1.

Pero también existen ciclos económicos que se inscriben en fases depresivas o de crecimiento lento y débil. Se trata de ciclos en los que se pueden producir crecimientos o reactivaciones más o menos prolongadas, pero que no logran cambiar las tendencias profundas de desarrollo o variar cualitativamente la estructura productiva. El ascenso económico que se produce en estos ciclos se caracteriza por basarse principalmente en la reactivación del consumo y de las inversiones relacionadas con el consumo, pero que no se amplían hasta abarcar las que son características de los ciclos de desarrollo a los que hicimos mención (o sea, inversiones en plantas, ampliación de capacidad productiva, etc).

El crecimiento económico de nuestro país de los últimos dos años tiene muchos de los rasgos de este último tipo de ciclos. Es un crecimiento basado en inversiones "livianas" como servicios, en la reconstitución de stocks debida al crecimiento del consumo y a la renovación de equipos y a la racionalización, pero sin aumento importante de las inversiones de largo aliento. A partir del plan de Convertibilidad y el descenso de la tasa de inflación, sectores de la alta y mediana burguesía y de las clases medias volcaron parte de sus ahorros en el consumo de bienes durables (automóviles, electrodomésticos, parcialmente construcciones lujosas). Esto generó un auge (mediatizado en buena medida por el aumento de las importaciones), que a su vez tuvo algunos efectos multiplicadores; por ejemplo el aumento de horas extras en las ramas de producción para este mercado interno generó un aumento parcial de la demanda de bienes de consumo no durables. Por consiguiente las empresas dedicadas a la producción masiva para el mercado interno (alimentos por ejemplo) mejoraron sus índices de producción y rentabilidad. Hoy los sectores que están trabajando con índices más bajos de capacidad ociosa son los dedicados a la producción de bienes de consumo durables. Pero aún estos sectores que muestran altos índices de producción no aumentan en general su capacidad instalada (o sea, invierten poco en nuevas plantas industriales).

Peor sin embargo es la situación de los sectores básicos como petroquímica, celulosa, acero, química, máquinas-herramientas. Es significativo que este último sector trabaje en promedio con un 50% de capacidad ociosa. Otros, como la petroquímica, están en muchos casos al borde de la quiebra. Por su parte, los afectados directamente por las importaciones destinadas al mercado de consumo interno tampoco invierten, o peor aún, desinvierten.

El gobierno y muchos de sus defensores apuntan a las inversiones en equipos que sin embargo se detectan en muchas empresas. Efectivamente, en este tipo de ciclos es típica la inversión "racionalizadora" (también se observa en las recuperaciones de los setenta y ochenta de los países industrializados) que registran los estudios sobre las empresas de Argentina. Son inversiones que buscan el aumento de la productividad y de la rentabilidad mediante la renovación parcial de equipos y el aumento de los ritmos de trabajo, pero sin incremento importante de la capacidad productiva. Como señalamos antes, los integrantes del equipo económico presentan el aumento de las importaciones de equipos como prueba del alto grado de inversión existente. Las estadísticas muestran que un 43% de las importaciones de 1992 estuvieron integradas por medios de producción de diverso tipo ("bienes de capital" según la terminología burguesa usual). Pero esta cifra se relativiza mucho cuando se comprueba que los rubros más dinámicos son los compuestos por la importación de bienes de oficina y aparatos de telefonía:


Importaciones de bienes de capital, 1992

(principales rubros en dólares, y % del total)


Equipos de oficina y cálculo 417 (13,5%)

Aparatos de telefonía 227 ( 7,3%)

Aviones de más de 15000 kg. 150 ( 4,9%)

Vehículos automotores de transporte de mercancías 143 ( 4,6%)

Barcos de pesca 86 ( 2,8%)


(Fuente: "El Economista" 2/7/93 en base a datos del Ministerio de Economía).


A su vez las inversiones en centros comerciales, supermercados, etc que tanto emocionan a algunos apologistas del equipo económico -al estilo Neustadt- ayudan a crear un clima de recuperación e inclusive circunstancialmente de "boom", pero en sí mismas son incapaces de generar y de sostener una acumulación capitalista ampliada. Por su parte los ligados a actividades agrarias, como tractores o químicos, también experimentan retracción. Es que el agro también se ha visto afectado por la situación internacional y la caída del tipo de cambio. Sobre un índice 100 para 1986, los ingresos por exportaciones del sector exportador de productos agrícolas fueron en 1992 de 67,2 para el trigo, de 81,7 para el maíz y de 72,5 para la soja, siempre según datos del BCRA.

Un tratamiento especial merece la inversión proveniente de las privatizaciones, el "logro" más festejado por los partidarios de plan económico. En lo que atañe a la compra de las empresas estatales -dejando de lado el tema de las prebendas, negociados, precios viles, etc- éstas de por sí no implican un aumento de la inversión neta productiva del país. Comprar una empresa existente no significa, obviamente, construir una empresa, sino un simple cambio de manos, una transacción. Si el dinero pagado al estado va a cubrir anteriores déficits o deudas, en el mejor de los casos dará algo de "aire" al consumo, pero no es decisivo en la sustentación del ciclo.

Todo lo que decimos no niega la existencia de un aumento de la inversión durante estos trimestres de crecimiento. Por ejemplo en sectores como la alimentación se abren algunas plantas industriales nuevas, la racionalización implicó compras de equipos y las empresas telefónicas han realizado algunas inversiones. Esto explica entonces en buena medida el aumento de la inversión y el consiguiente ascenso del ciclo. Lo que negamos es que este grado y tipo de inversión estén marcando el despegue de un desarrollo sostenido en Argentina. Tal vez nada resume mejor las perspectivas y el punto de vista de los capitalistas que lo manifestado el año pasado, en un simposio de inversores internacionales, por un capitalista chileno quien decía que el mejor negocio en Argentina era "invertir en restaurantes". No es casual entonces que los sectores financieros, de seguros e inmuebles siguen presentando las tasas de crecimiento más dinámicas, mientras que el sector manufacturero es el que más pierde en la participación relativa en el producto bruto, ya que pasa del 31% en 1989 al 22% en 1992.


Capitales especulativos

Un hecho significativo es la existencia de una masa importante de capitales líquidos que no se invierten en la producción, (lo que coincide con lo anotado por Marx durante las crisis). A la inversa de lo que dicen Cavallo y otros seguidores del FMI, que hablan de la falta de ahorro, en estos momentos existen en los circuitos financieros y bancarios enormes masas de recursos líquidos que permanecen ociosos, a la vez que las tasas interbancarias bajaron a niveles irrisorios. Sin embargo las empresas -en especial las medianas, las productoras de bienes de producción, etc- se quejan de que no consiguen financiamiento productivo. A partir de la reforma financiera de febrero de este año la capacidad prestable del sistema bancario en nuestro país ha crecido a una tasa anual del 40% entre enero y marzo y en mayo se ubicaba en casi 22 mil millones de dólares (entre moneda local y extranjera). Pero el sector capitalista productivo no capta esos "ahorros" (que no son otra cosa que la concentración de todas las disponibilidades líquidas de las clases medias en manos de los grandes capitales y el flujo cotidiano de cash de éstos, la acumulación de ingresos por amortizaciones, etc); o sea, no se invierte productivamente a pesar de que hay una gran masa de dinero prestable. Estos capitales líquidos "dan vueltas" buscando en los circuitos financieros y especulativos ganancias rápidas; fuertes sumas de capitales que provienen del exterior -en marzo algunos estudios los ubican en 2.000 millones de dólares, el 5% del producto- alimentan también el crecimiento del consumo de sectores burgueses y la masa prestable, pero no entran en la producción. Por este motivo diversos estudios registran quejas de sectores empresarios; por ejemplo una encuesta realizada por la Asociación Católica de Empresarios (ACDE) dice que un 47% de las causas de postergación de proyectos de inversión se debe "a la falta de financiación a largo plazo". Pero los bancos no dan financiación porque las tasas de ganancia de las empresas no son lo suficientemente fuertes.

El problema central -contra lo que dicen los neoclásicos, que piensan que el problema está en la falta de "ahorro", y que todo se soluciona con manipulación monetaria, ver RECUADRO- es entonces que la tasa de rentabilidad en los sectores manufactureros sigue siendo baja, y éste es el factor central que impide la inversión. Llegamos así a otra determinante del ciclo que nos falta estudiar. Si los bancos exigen altas tasas no es porque "en sí" tengan la perversidad de la "patria financiera" -como se gusta decir en algunos ambientes de izquierda y del marxismo vulgar- sino porque responden a la lógica de la rentabilidad del capital, lógica que gobierna todas sus decisiones.

Tasa de ganancia, tipo de cambio y choques interburgueses

Nunca se insistirá lo suficiente en el rol que tiene la tasa de ganancia en el ciclo económico. El capital produce con vistas a la rentabilidad, y este objetivo rige todo el ciclo. Una tasa de ganancia conveniente empuja a la inversión. A su vez, ésta reactúa sobre la tasa de ganancia, ya que amplía los mercados, la demanda y la mayor inversión 2.

Esta idea es hoy patrimonio común de muchos marxistas, pero se toma en un sentido demasiado lineal. Se ha pensado muchas veces que bastaría que la rentabilidad de los capitales mejorara para que inmediatamente asistiéramos a un gran crecimiento de la inversión. Pero el débil crecimiento de las economías capitalistas en los ochenta nos muestra que, a pesar del aumento de las explotación obrera, de las racionalizaciones y del aumento de la productividad, es decir, a pesar del aumento de la rentabilidad de los capitales, el ciclo de fuertes inversiones sigue sin aparecer. La rentabilidad general del capitalismo mejoró pero la economía mundial sigue débil. No podemos detenernos aquí a analizar las causas de esta situación, pero la marcamos para prevenir contra concepciones demasiado mecanicistas.

Lo que decimos se aplica en mucha mayor medida a la economía argentina. Pero además es necesario romper con el mito de una única tasa de ganancia, que actuaría de manera determinista sobre la inversión. La hipótesis de una tasa de ganancia única con la que trabajan los clásicos, Marx y gran parte de la moderna economía marxista y neoricardiana se ubica a un nivel de abstracción tal que puede llevar a peligrosos errores cuando queremos trabajar los datos de una economía real 3. Esto tiene aún más validez cuando estamos ante economías dependientes, con estructuras económicas no integradas (producto de una acumulación deformada) y en las que los factores políticos e institucionales pueden jugar un rol determinante en la redistribución de la plusvalía.

Al respecto debe tenerse presente que desde el punto de vista ideal, la tendencia a la igualación de la tasa de ganancia opera a través de los precios de producción y de mercado. Las distorsiones de precios provocadas por factores monopólicos, tipos de cambio, protección o desprotección con respecto al mercado mundial pueden en consecuencia obrar como muy fuertes redistribuidoras de plusvalor entre las diferentes ramas industriales y sectores económicos burgueses.

Los cambios ocurridos en los últimos años implicaron una redistribución de plusvalía y de fuerzas entre los diferentes sectores burgueses, lo que a su vez puede estar en el origen de crecientes roces, en particular en torno al tipo de cambio y a la protección arancelaria o de otro tipo contra las importaciones. El movimiento de precios que se produjo desde el lanzamiento del plan de Convertibilidad, con una baja de los precios de las manufacturas industriales del orden del 40 al 50% con relación a los precios de sectores servicios o productos comercializados en el mercado interno, significa una transferencia de plusvalor importantísima hacia sectores monopólicos internos - entre ellos los que se beneficiaron con las privatizaciones de los servicios públicos -, hacia productores que están protegidos de la importación y hacia sectores improductivos ligados a la comercialización y la intermediación bancaria y financiera. Estas transferencias de plusvalor se dan en el marco de una fuerte competencia internacional, que incluye recesión en muchas ramas y/o guerras de precios.

Esta situación explica que si bien la explotación aumentó, y las tasas de rentabilidad de las empresas también mejoraron con respecto a años anteriores, no lo hayan hecho de forma suficiente como para impulsar un ciclo de acumulación capitalista. En algunos sectores, aún fuertemente tecnificados, como la petroquímica, la conjunción de la caída de precios internacionales y el tipo de cambio desfavorable implican rentabilidades fuertemente negativas. En otros, como siderurgia, la rentabilidad en el mejor de los casos apenas es positiva cuando se exporta. A pesar de que en nuestro país las estadísticas sobre rentabilidad empresaria son casi inexistentes, puede tenerse un panorama del problema a través de las empresas cotizantes en la Bolsa. Es cierto que en muchos casos la productividad por obrero ha mejorado sustancialmente 4, y los márgenes de beneficio mejoraron con respecto a 1991, pero sin embargo siguen siendo exiguos en grandes ramas del sector manufacturero. Este factor entonces tiene un papel determinante en el tipo de crecimiento al que hicimos referencia.

Al pensamiento económico vulgar se le escapa que los beneficios generados en sectores improductivos no es otra cosa que la transferencia de plusvalor creada en las ramas productivas, plusvalor que se materializa en las ingentes masas de capitales líquidos que no se reinvierten, además del aumento del consumo de lujo e inclusive fastuoso y de las grandes maniobras especulativas. Es un "festín" de sobreganancias especulativas y de parasitismo (que explica estructuralmente muchos de los rasgos del régimen), apoyado en una alta tasa de explotación. Esta situación tenderá a su vez a agravar los choques interburgueses, algunas de cuyas manifestaciones vemos en las quejas por el tipo de cambio, en las presiones en torno a las políticas arancelarias, en la protesta de los agrarios, en el cargo al gobierno por carecer de una política industrial e inclusive en las quejas por la corrupción y el despilfarro de sectores de la burguesía y del gobierno.

Un párrafo especial merece la situación de amplias zonas del interior del país, que están literalmente devastadas. Algunos datos relevantes dan idea de la magnitud del desastre: en La Rioja queda en pie sólo el 40% de la industria, en el Chaco cerraron todos los frigoríficos, las aceiteras y las fábricas textiles, y el cultivo del algodón desciende vertiginosamente (44% menor que el año anterior), en Misiones el banco provincial está al borde de la quiebra, arrastrado por la caída de la producción regional, en especial la tabacalera, y así podríamos seguir con una larga lista de provincias y regiones.


Fuerte explotación y miseria creciente de las masas trabajadoras

El fuerte aumento de la explotación de los trabajadores, la marginación y la pauperización absolutas de grandes sectores están en la base de sustentación del actual andamiaje económico. El aumento de la plusvalía se logra en gran medida con la reducción absoluta del valor de la fuerza de trabajo de la clase obrera, hasta niveles que se encuentran en muchos casos por debajo de lo mínimo necesario para su reproducción física 5.

Las jornadas de trabajo de 12 ó 14 horas diarias por salarios apenas de subsistencia significan un aumento muy grande de la extracción de la plusvalía absoluta. La llamada flexibilización laboral implica privar a otros muchos sectores de salarios sociales y de cualquier tipo de protección conexa. En este marco no son de extrañar informes como los que da UNICEF que dicen que en Argentina existen 4 millones de niños con las necesidades básicas insatisfechas.

La fuerte tasa de explotación de la clase trabajadora, el congelamiento salarial mientras los precios siguen subiendo y el aumento de los ritmos de producción, crean condiciones sociales objetivas para que se comiencen a replantear luchas reivindicativas y de defensa de las condiciones de trabajo y de vida. Objetivamente está planteada la pelea por las condiciones mínimas de vida, de sobrevivencia física de amplios sectores de la población trabajadora. El elemento que conspira fuertemente contra la lucha obrera en estos momentos, además de la entrega de las direcciones sindicales, es el alto índice de desocupación y subocupación industrial, que de conjunto supera el 15% de la población activa, según datos oficiales. Este inmenso ejército industrial de reserva (que por otra parte constituye una nueva prueba de la debilidad del ciclo de crecimiento económico) actúa como un freno material de las luchas reivindicativas de la clase trabajadora, en especial en el sector manufacturero.


Excedente comercial y tipo de cambio

Bajo el gobierno de Alfonsín la receta de los funcionarios del FMI y del Banco Mundial para que el país tuviera las divisas necesarias para achicar el déficit de cuenta corriente (provocado por el pago de la deuda externa) fue una política de tipo de cambio devaluado que favoreciera el superávit de la balanza comercial. Esta orientación jugó un rol esencial en el impulso de la inflación; pero al mismo tiempo ofreció a los grandes exportadores la oportunidad de realizar pingües ganancias (en épocas de gran inflación los balances de empresas como Siderca o las petroquímicas exportadoras eran brillantes desde el punto de vista capitalista). Con el estallido de la hiperinflación ese tipo de acumulación entró en crisis - inclusive la misma contabilidad capitalista se convirtió en imposible - y la solución burguesa fue el anclaje del tipo de cambio para dar estabilidad a la moneda. La contrapartida fue la desaparición del excedente comercial, que se transformó en déficit. Este engrosa a su vez el déficit de la cuenta corriente (suma del saldo de la balanza comercial y de las transferencias por servicios financieros). Si en los cinco años que van desde 1985 a 1990 el déficit de la cuenta corriente sumó 9.125 millones de dólares, en sólo dos años (1991-1992) superó los 11.200 millones. A mediano plazo esta situación impone nuevos problemas a la marcha de la economía argentina, en particular por su fuerte endeudamiento externo.

Hoy se está pagando la deuda externa fundamentalmente con la recaudación fiscal que cae en su mayor parte sobre el consumo masivo de la población 6. Pero estos pagos deben realizarse en divisas fuertes, en dólares, para lo cual es necesario proveerse de los mismos. Esto puede darse por dos vías: o bien por excedente de la balanza comercial, o por ingresos de capitales (Argentina no dispone de inversiones extranjeras de magnitud significativa, que podrían ser otra fuente de ingreso). Este año los datos del comercio exterior disponibles muestran que la situación tiende a agravarse, ya que para los primeros cuatro meses el déficit comercial aumentó un 21% con respecto a los cuatro primeros meses de 1992. Los servicios financieros por sí mismos implicarán pagos por casi 4.500 millones de dólares. Hasta el momento el déficit de cuenta corriente fue cubierto por el ingreso de capitales extranjeros, una parte del cual vino por las privatizaciones, otra parte son capitales especulativos que entran al plazo corto, y otros son repatriaciones de capitales. Pero ésta es una base muy endeble, que en cualquier momento se quiebra; ningún país puede resistir la presión de las inmensas masas de capitales golondrinas cuando deciden retirarse, luego de haber realizado fuertes diferencias; mucho menos puede hacerlo una economía débil, con fuertes déficits comerciales y endeudada como la Argentina.

Paralelamente tiende a aumentar la inflación, entre otras razones porque la estructura fuertemente improductiva y las luchas por la transferencia de plusvalor entre diferentes sectores se manifiestan a nivel de los precios en un alza que deteriora más y más el tipo de cambio; sin olvidar, por supuesto, que la inflación se ha convertido en un método privilegiado para aumentar la tasa de explotación obrera.

En estas condiciones han comenzado a agudizarse las presiones y disputas en torno al tipo de cambio y la necesidad de políticas arancelarias especiales para sectores. Inclusive el Banco Mundial ha hecho alusión a su inadecuación para revertir el déficit de la balanza comercial. Pero la solución no es tan sencilla porque una devaluación muy probablemente impulsaría inmediatamente a la inflación, y entonces los efectos sobre los precios relativos serían nulos. Por otra parte la situación de los mercados internacionales no es promisoria, ya que las proyecciones de crecimiento para los países adelantados indican que seguirá débil, y el deterioro de los términos de intercambio para los productos primarios no da muestras de revertirse. Recuérdese que las exportaciones argentinas vieron crecer la parte de los productos primarios y semi-elaborados en detrimento de los manufacturados, por lo que los precios de los primeros tienen una incidencia directa en el balance comercial. Por este lado entonces no se avizoran condiciones para un cambio sustancial en la balanza comercial.

Esta situación y las presiones crecientes de grandes grupos ha llevado a revertir parcialmente la política de liberalización comercial total, con la introducción de cupos de importación en el papel y la celulosa, y en textiles. Paralelamente aumentan entonces las presiones de otros sectores, y los roces con los grupos más beneficiados con la intermediación importadora. Estos "parches" son un síntoma de la debilidad estructural que afecta al capitalismo argentino.

En estas condiciones tenderán a desarrollarse los rasgos de la economía deformada y dependiente -no existe un desarrollo minimamente integrado- y un crecimiento con pies de barro y apoyado en una intensa explotación y se agudizarán contradicciones entre las clases y los roces y tensiones interburgueses. Eventualmente, de continuarse en esta dirección, se podría desembocar en un "estallido" con similitudes a lo que hoy vemos en España. Este país, tan alabado en su momento como "modelo" a imitar por los partidarios de la actual política económica, entró en una profunda crisis. Luego de años de "boom" de consumo e inversiones especulativas, de política económica ilusionada con la magia de los manejos monetarios, las reservas y la moneda se derrumbaron, la tasa de desocupación hoy llega al 22% de la población activa, en diez años la deuda pública se multiplicó por cinco, el crecimiento económico es casi nulo y la balanza de cuenta corriente fuertemente negativa. La economía argentina tiene para colmo el peso de una colosal deuda externa y una estructura productiva mucho más deteriorada.

Por último, y como conclusión, en base a los elementos discutidos, las predicciones contempladas por el gobierno sobre una etapa dorada de acumulación y desarrollo del capitalismo argentino parecen carecer de toda base firme.


Rolando Astarita


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NOTAS

Nota 1

Al respecto hay que superar una visión que estuvo muy en boga en la izquierda latinoamericana, cuya me1xima expresión teórica fue la teoría de la dependencia, que negaba toda posibilidad de desarrollo económico a los países subdesarrollados. Para citarlo una vez más, la teoría de la dependencia nunca pudo dar cuenta teórica del caso coreano.

Nota 2

A veces los marxistas acentúan sólo el efecto de la tasa de ganancia sobre la inversión y descuidan la reacción inversa. Kalecki subrayó la influencia de la inversión sobre la tasa de ganancia, en particular cuando existe capacidad ociosa importante, al decir que los capitalistas "ganan lo que gastan".

Nota 3

Al respecto llamamos la atención hacia la obra pionera de E. Farjoum y M. Machoever, que rompen con el enfoque de la tasa de ganancia única argumentando, en nuestra opinión correctamente, que en toda economía capitalista las tasas de ganancias tienen diferencias muy pronunciadas. Utilizan métodos estocásticos, lo que introduce una metodología de análisis que merece ser explorada a fondo. Se puede consultar de estos autores "Laws of Chaos", Londres, Verso, 1983.

Nota 4

Véase el caso de Acindar, empresa siderúrgica en que los trabajadores debieron enfrentar una fuerte ofensiva burguesa de reestructuración y explotación. Con menor personal e intensificación de los ritmos de producción la productividad medida por horas/hombre mejoró un 35% en 1991-92 y la dirección de la empresa espera que mejore de un 17 al 21% adicional entre 1992-93. (datos tomados de "El Economista" 26/5/93). Los márgenes de rentabilidad no subieron sin embargo en la misma proporción, por muchos de los factores discutidos a lo largo de este artículo.

Nota 5

Lo que decimos no es ninguna exageración polémica. El drama de los "enganchados" a la luz, que saltó a la tapa de los diarios en los últimos días nos muestra la existencia de amplios sectores que ni siquiera pueden hacer frente al costo de la energía eléctrica, que hoy debe ser consideradas parte del valor normal de la fuerza de trabajo.

Nota 6

De esta manera se opera vía impuestos una nueva exacción de plusvalor a los trabajadores y de valor a sectores masivos de la población pequeño burguesa.