"PUNTO DE PARTIDA"


Determinar los objetivos y la línea editorial de una revista que adopta una actitud militante a favor del marxismo revolucionario, equivale a responder a la vieja y eterna pregunta de los revolucionarios, "Qué Hacer?", cuáles son las tareas que enfrentamos. En el enfoque leninista del problema, que explícitamente hacemos nuestro, no se trata de dar un "listado" de tareas y objetivos generales. En medio del clima de crisis y dispersión que se vive en las filas revolucionarias, eso serviría de poco; es necesario determinar con precisión cuál es el eslabón clave, del que debemos asirnos para tirar de toda la cadena. Esta es la única forma posible de encarar la respuesta a la pregunta formulada.

El análisis debe partir de la situación de la lucha de clases y más específicamente, de la situación interna al movimiento obrero y socialista mundial. Así como la revolución rusa de 1917 provocó nuevos realineamientos y tareas en la izquierda argentina y de todos los países, y luego la burocratización de la revolución rusa se tradujo en cambios sustanciales en todas las fuerzas de izquierda, hoy también es necesario sacar todas las consecuencias del hundimiento del stalinismo.


Los gigantescos cambios ocurridos en el Este europeo entre 1989 y 1991 abrieron una situación nueva en el movimiento obrero y socialista mundial. El aparato stalinista se derrumbó, pero su lugar no fue ocupado por revoluciones proletarias victoriosas, sino por el triunfo de contrarrevoluciones burguesas, que impusieron gobiernos y estados capitalistas, abocados a la transformación burguesa de la estructura económico-social de esos países.

Entender la trascendencia de estos procesos para el movimiento revolucionario exige retrotraernos a la lucha entre las dos tendencias políticas principales que se enfrentaron en el movimiento comunista internacional a partir de los comienzos de los años veinte. Por un lado el stalinismo, representante de la burocracia en ascenso y de sectores acomodados en la economía soviética; la corriente encabezada por Stalin fue defensora de la línea de construir el socialismo en la URSS, al margen de la revolución internacional y propugnó, en los países capitalistas, la estrategia de la revolución por etapas y alianzas programáticas del proletariado con la burguesía. Por otro lado, la Oposición de Izquierda encabezada por León Trotsky. El trotskismo enfrentó la burocratización de la revolución, levantando el programa de la revitalización de los consejos obreros y campesinos, de la abolición de los privilegios de la burocracia en la URSS y explicando que la construcción del socialismo en los marcos nacionales era una utopía reaccionaria, porque el futuro del estado soviético se decidía en la arena de la revolución mundial y con el fortalecimiento de la Tercera Internacional; que era necesaria por lo tanto una estrategia de revolución permanente y de independencia política del movimiento obrero de los países capitalistas.

En torno a estas dos estrategias fundamentales se alinearon todas las fuerzas del movimiento comunista internacional. El maoísmo, el titoísmo, el castrismo se propusieron construir el socialismo en sus propios países y aconsejaron a sus seguidores de todo el mundo alianzas con las burguesías y estrategias etapistas de la revolución; fueron, por lo tanto, variantes stalinistas -por su programa y política- que expresaban a burocracias desarrolladas en diferentes marcos nacionales.

Incluso las corrientes guerrilleristas que surgieron en los años sesenta y setenta, fueron reediciones (bajo formas ultraizquierdistas) de la estrategia stalinista de la revolución por etapas y de la alianza con la burguesía.

La historia ha dado su veredicto definitivo. La caída de la URSS, de los diversos regímenes del Este europeo, la marcha acelerada de China hacia el capitalismo, la crisis económica y social de Cuba, desnudan el fracaso de la política stalinista. No son los partidarios del socialismo y del internacionalismo proletario quienes han fracasado, sino sus enemigos mortales, los que defendieron con métodos burocráticos y sangrientos el "socialismo nacional" y la conciliación con la burguesía. Hoy el imperialismo no cesa su propaganda de identificación del stalinismo con el socialismo. No dice que fueron socialistas revolucionarios los que más consecuentemente enfrentaron al stalinismo y dieron sus vidas por derrotarlo. Entender qué significa el stalinismo es entender una historia trágica para el movimiento obrero y de masas.

Stalinismo fue un régimen brutal y totalitario de privilegios materiales para una casta de dirigentes, defendido con asesinatos y campos de concentración, desde la URSS hasta Camboya, desde China hasta Alemania.

Stalinismo fue la capitulación sin lucha del partido Comunista alemán ante Hitler, en 1933.

Stalinismo fueron los Frentes Populares, que enchalecaban al proletariado detrás de dirigentes burgueses y del estado capitalista, para provocar derrotas sangrientas, como en España en 1936, Indonesia en 1965 o Chile en 1973.

Stalinismo fue congelar revoluciones hasta que morían estranguladas por sus enemigos, como en Nicaragua en los ochenta.

Stalinismo fue la firma de acuerdos espurios y contrarrevolucionarios con todos los imperialismos posibles, desde Hitler hasta De Gaulle, desde Roosevelt hasta Reagan, y la colaboración con todas las burguesías en la explotación capitalista de posguerra.

Estalinismo fue el apoyo a dictaduras como la de Videla en Argentina, la de Marcos en Filipinas, o la de Pinochet en Chile - esta última por el maoísmo.

Todo eso fue la concreción práctica de una estrategia nacionalista y conciliadora. Fue una educación, una línea de conducta, una actitud que inficionó cada hecho de la lucha de clases. Desde entregar a Hitler a los comunistas alemanes refugiados en Rusia, desde torturar y asesinar revolucionarios en España o en Angola, hasta enviar carbón a Franco cuando los mineros asturianos hacían una huelga. Estalinismo en las grandes orientaciones y en los detalles.


Son crímenes de esta magnitud los que explican que millones de trabajadores se hayan apartado del comunismo y del marxismo. En nuestro país el Partido Comunista ha sido activo partícipe de esta historia: siguiendo a la burocracia soviética en todos sus virajes, se alió a los conservadores y a los yanquis de la Unión Democrática en 1945, estuvo con los gorilas en el 55, con Frondizi en el 58, con Perón en el 73 y hasta con Videla en 1976. Defendió ante los trabajadores argentinos todos los crímenes de la burocracia estalinista, hasta sus últimos estertores. Su historia es la historia del descrédito de los ideales comunistas ante los obreros y los luchadores sociales. A igual que el estalinismo mundial, el aparato del PC argentino es el principal responsable de que hoy los trabajadores argentinos identifiquen el socialismo con una dictadura burocrática y represiva hacia las masas, oportunista y conciliadora hacia el imperialismo.

Pero el estalinismo no está sólo en el fracaso, porque las otras grandes opciones políticas y sociales de masas tampoco dieron solución a los explotados. La socialdemocracia renunció a la revolución proletaria a principios de siglo con el argumento de que era posible una reforma progresiva del sistema capitalista y de su estado, por la vía de la democracia y del pacto social con la burguesía. La prometida reforma terminó en las carnicerías mundiales de las dos guerras y en innumerables guerras contra los pueblos coloniales y dependientes.

La acumulación capitalista de posguerra permitió que en algunos lugares -particularmente en países imperialistas- la socialdemocracia se legitimara ante las masas con su política de "estado de bienestar" (salarios sociales, jubilación y seguros sociales) que hacía las veces de válvula de seguridad a la lucha de clases. Pero la crisis económica pulverizó el mito del "estado benefactor", mostrando la verdadera cara de estos "socialistas". Ahora los socialdemócratas son gestores directos de planes económicos "de ajuste" contra los trabajadores, como en España o Francia.

En los países atrasados la socialdemocracia fue vehículo de entrada de los monopolios extranjeros y apoyó dictaduras terribles. El partido Socialista argentino fue activo participante de la llamada revolución "libertadora" de 1955 y el PSD brindó sus consejos y sostén a la dictadura de Videla. Hoy la socialdemocracia sólo balbucea tímidos remiendos "sociales" que hagan "soportable" la reconversión económica capitalista.


También las experiencias nacionalistas muestran sus fracasos. Posiblemente nunca en la historia del capitalismo se hayan visto tantos y tan variados "caminos de desarrollo nacional" como los que existieron desde la década de los cuarenta en América Latina, Africa y Asia. Las nuevas formas de explotación del capital financiero y de división internacional del trabajo quitaron las bases materiales en que se sustentaba el viejo nacionalismo burgués. Hemos entrado en el período de su decadencia. Esto no significa negar resurgimientos coyunturales, pero serán de tan corta vida, como ya lo fueron el nacionalismo de Komeini en Irán o el de Alan García en el Perú. Desde el nasserismo al varguismo, desde Birmania a los "socialismos africanos", desde el peronismo al sandinismo, desde Irán al Perú, todos han terminado más enfeudados al carro de la dependencia imperialista y más sumidos en el atraso. Los grandes proyectos de la "tercera vía de desarrollo" esbozados en Bandung en 1956 finalizaron dos décadas después en un penoso desfile ante el FMI y los grandes imperialistas; de allí pasaron a ser ejecutores de los planes económicos y sociales de las grandes corporaciones. La trayectoria parabólica del nacionalismo termina entonces en un gigantesco aborto, que confirma por la negativa la teoría de la revolución permanente: la liberación de los países atrasados sólo será posible bajo la conducción del proletariado y con un programa de revolución socialista e internacional.

El proceso peronista al que hoy asistimos es una refracción nacional de este fenómeno más general. No se trata de "traiciones" de pequeños personajes históricos, sino de fuerzas subterráneas mucho más poderosas, relacionadas con las tendencias de la economía mundial y de la lucha de clases.


Las grandes organizaciones sindicales, estalinistas, socialdemócratas o nacionalistas, también perdieron credibilidad. Millones de obreros abandonan los sindicatos y ven a sus dirigentes como un montón de inservible estiércol social. En muchos lugares del mundo empiezan a darse luchas, aún pequeñas pero importantes en su significado, que buscan nuevos canales, inclusive completamente independientes de las viejas organizaciones. El viejo sindicalismo corre la misma suerte histórica que los viejos partidos de las masas.


Asistimos entonces a un triple fracaso de las grandes alternativas de masas de este siglo: del estalinismo, de la socialdemocracia, de los nacionalismos. Es un fracaso que hoy se hace evidente, que golpea con fuerza en la conciencia de millones de trabajadores. Desde este punto de vista podemos hablar de una "crisis", y en particular de una "crisis del marxismo", si entendemos por crisis una situación que es vivida como algo nuevo y de ruptura con respecto a una situación que se creía estable y llena de promesas. Millones de trabajadores y militantes en el mundo confiaron en "ese" socialismo que ofrecía el estalinismo. La caída de la URSS golpea en sus conciencias con la fuerza ciega de los grandes virajes históricos. Entonces aparece con toda luz lo que hace más de cincuenta años denunciaba León Trotsky: el crimen más terrible del estalinismo fue el prostituír la conciencia socialista del proletariado mundial, embarrar las banderas del socialismo, para que la burguesía continuara su reinado y la socialdemocracia sobreviviera a sus traiciones de la primera guerra mundial.

La Comuna de París constituyó una derrota física del proletariado parisino en manos de la burguesía europea. Pero el recuerdo de los comuneros y de su experiencia permaneció vivo y enriqueció la estrategia y el pensamiento socialista de la clase obrera mundial, para reemerger en la república rusa de los consejos obreros de 1917. La caída de la URSS es la caída final de la revolución de octubre, a manos de la burguesía y de los burócratas, pero a diferencia de la Comuna, no constituye sólo una derrota física del proletariado. Es la consumación de la destrucción de la conciencia socialista operada por los usurpadores de las banderas socialistas e internacionalistas.


Esta situación es aprovechada a fondo por el capitalismo mundial. Carente de fuerza ideológica convincente, la burguesía apela al fracaso de la URSS y de los regímenes del Este para justificar el hambre y la miseria del capitalismo. Cuando dice que "la historia terminó" trata de inculcar en la conciencia de millones que no hay alternativa al capitalismo y de tapar la inmensa pobreza ideológica de su propio orden. El escepticismo, el individualismo, el oscurantismo irracionalista, son el alimento espiritual que los grandes medios arrojan a las masas. Es una nada ideológica y política que constituye toda la sustancia de la apologética burguesa en las "ciencias" sociales.


La base material de este vaciamiento ideológico la encontramos en la debilidad de la economía capitalista. Desde fines de los años sesenta ésta no logra iniciar una fase de acumulación sostenida como la de los veinte años que siguieron al fin de la Segunda Guerra Mundial. A las dos recesiones generalizadas de 1974-5 y de 1980-82 le siguieron recuperaciones débiles, en las cuales la desocupación se mantuvo muy alta en todos los países imperialistas. En 1990 Estados Unidos experimentó una nueva recesión y hoy la amenaza se cierne sobre Japón y Europa. Por otro lado, América Latina, Africa y gran parte de Asia se sumieron en el estancamiento y hasta sufrieron retrocesos absolutos -medidos en términos de crecimiento de la producción industrial y agrícola- durante muchos años desde fines de los setenta. Los hechos son contundentes: 40.000 niños mueren de hambre en el mundo por día, hay más de 300 millones de desocupados en el llamado "tercer mundo", y más del 40% de la población de estos países sufre de malnutrición. El pauperismo, la desocupación, la falta de perspectivas para la juventud -con sus secuelas de drogadicción, violencia, analfabetismo- se convirtieron en males permanentes en las grandes potencias industriales.


Pero a pesar de esta cruda realidad, el sistema capitalista no se enfrenta hoy con ningún desafío global desde el campo de los explotados, ni en Argentina ni en ningún lugar del mundo. Las masas no ven alternativas en la izquierda. Inclusive muchas luchas y reivindicaciones de los explotados buscan auxilio ideológico y político en expresiones políticas completamente reaccionarias, como algunos fundamentalismos nacionalistas en los países atrasados o el nazismo y el racismo en Europa. Los trabajadores han abandonado masivamente sus antiguas ideologías y organizaciones, pero el marxismo revolucionario no ha venido a ocupar el espacio que aquellas dejaban. En esta coyuntura juega un importante papel la crisis en que hoy se debate el movimiento que había surgido como la antítesis del estalinismo, el trotskismo.


El movimiento trotskista heredó a la muerte de León Trotsky la teoría y el programa de la revolución permanente, sus análisis de la burocracia y de la URSS, así como la organización de la Cuarta Internacional, fundada en 1940. Se podría haber supuesto que en esta hora de crisis el trotskismo haría escuchar una voz de orientación, de interpretación científica de los acontecimientos y de propuestas alternativas en materia de organización. En las vísperas del derrumbe final del estalinismo algunos llegaron a hablar de "la hora del trotskismo". Pero "la hora del trotskismo" se ha convertido en la hora de su crisis, que sigue paso a paso a la del estalinismo. Se trata de un fenómeno mundial cuyas manifestaciones son evidentes en nuestro país, donde un sector muy importante de la izquierda se reivindica trotskista.

La crisis final de estos partidos está determinada por su incapacidad para comprender, analizar y responder políticamente a los grandes acontecimientos del Este. Los grupos trotskistas más importantes del mundo saludaron como "revoluciones proletarias, antiburocráticas y socialistas" a los movimientos de restauración capitalista del Este europeo de 1989 y 1990. Algunos, como el MAS, llegaron a propugnar la instalación de democracias burguesas (revolución "democrática", Asambleas Constituyentes, etc.) como "paso previo" a la lucha por los soviets. El Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional desde hacía muchos años se había inclinado también por instituciones de la democracia burguesa, en la esperanza de que éstas impulsarían la revolución proletaria.

Como no podía ser de otra manera, el triunfo de movimientos con programas y direcciones democrático-burguesas llevó a la instalación de gobiernos y estados burgueses, enfeudados al imperialismo y discípulos del FMI y la banca internacional. Pocas veces un movimiento que se dice marxista ha errado más estrepitosamente en sus análisis, pronósticos y política. Todas las categorías de pensamiento, todos los juicios y estrategia para intervenir en la revolución antiburocrática saltaron hechos trizas ante la marcha inexorable de los acontecimientos. Por este motivo se agrava la sensación de crisis en la vanguardia. Los que mayor responsabilidad tenían en explicar y clarificar, más confundieron y más se mimetizaron con los gritos de triunfo de la burguesía mundial. Nunca podrán borrar la vergüenza de haber salido a "festejar" con el imperialismo y toda la burguesía mundial la caída definitiva de la URSS y la entronización de los restauracionistas burgueses en el gobierno. Hay "errores" que dejan de ser "errores", hay equivocaciones que suenan la hora del colapso de organizaciones, programas y estrategias. Este es el resultado final de un largo proceso degenerativo cuyos orígenes se remontan a la inmediata segunda posguerra.


Enfrentado a presiones extremas, el movimiento trotskista evidenció desde el fin de la segunda guerra falta de reservas teóricas para resistirlas; estas presiones vinieron en primer lugar del estalinismo, y también de la socialdemocracia, de la democracia burguesa y de los movimientos nacionalistas. No se trató sólo ni principalmente de la ausencia de raíces sociales en el movimiento obrero. Después de todo muchos partidos trotskistas enviaron a sus miembros a la clase obrera, donde trabajaron sacrificadamente durante años y años. Pero el marxismo no se desarrolla sólo con inserción social y militancia; éstas son necesarias, pero no alcanzan para contrarrestar las ideologías burguesas y pequeño burguesas, las presiones del estado capitalista. Como decía Trotsky, ante presiones tan grandes, sólo profundas raíces en la teoría marxista impiden el ser arrastrados por la corriente oportunista; y la primera condición para desarrollar una orientación política marxista es interpretar correctamente los acontecimientos, las tendencias de la economía y de la lucha de clases en los planos sindical, político e ideológico. Nadie resiste correctamente lo que no entiende.

Al finalizar la segunda guerra mundial la Cuarta Internacional no sacó las conclusiones de lo que implicaba el dominio del estalinismo, de la socialdemocracia y de los nacionalismos en el movimiento de masas. Creyó que de alguna manera estaba en presencia de grandes avances de la revolución mundial, porque podían contabilizarse en el "haber" del movimiento obrero nacionalizaciones de medios de producción en varias partes del planeta. Minusvaloraba así el hecho decisivo de que tales "ganancias" se lograban a costa de fortalecer las ideologías estalinistas y burguesas en las organizaciones de masas.

Peor aún, el movimiento trotskista consideró que las direcciones y los programas del maoísmo, del PC yugoslavo o de la dirección cubana eran aplicaciones "en la práctica" de la estrategia de la revolución permanente y del internacionalismo. Esto lo llevó a tener una óptica exitista, de avance lineal y constante de la revolución, de desprecio por el debilitamiento mortal de la conciencia socialista de los trabajadores, tanto en el sistema soviético como en los países capitalista. Recién en los últimos años los trotskistas empezarían a asombrarse por la indiferencia que mostraban las masas del Este ante el derrumbe de lo que las organizaciones de la Cuarta Internacional seguían llamando "estados obreros".

El exitismo fue alimentado por un análisis catastrofista de la economía capitalista de posguerra. Casi todos los grupos trotskistas siguieron hablando del estancamiento de las fuerzas productivas, como si proclamar una crisis crónica del capitalismo fuera un distintivo de orientación "revolucionaria". Al no reconocer el desarrollo de las fuerzas productivas en la posguerra, no pudieron comprender la base material que tuvo el reformismo durante esos años de fuerte crecimiento en los países adelantados ni darse política ante el mismo.

La combinación de catastrofismo y de aplausos a direcciones no revolucionarias dieron sus frutos, nefastos por cierto: la adoración al empirismo y al pragmatismo, apenas cubiertos por la repetición mecánica de las "fórmulas" de la revolución permanente y la autoproclamación de la Cuarta Internacional. Siguiendo una dialéctica inexorable (señalada por Lenin en sus escritos sobre el economicismo), el pragmatismo y el desprecio por la teoría pavimentaron el camino de la estrategia oportunista a la que se decía combatir. De a poco se empezó a hablar de revoluciones "democráticas" y por etapas, de las posibilidades de construir socialismos en el marco de una nación y a limar las diferencias políticas y estratégicas con las fuerzas de clases enemigas.

Esto se plasmó en orientaciones políticas concretas. En diferentes países y circunstancias se establecieron apoyos y hasta alianzas formales con partidos y movimientos estalinistas, socialdemócratas o nacionalistas. Los casos más significativos hablan por sí solos: el partido trotskista de más tradición de los Estados Unidos apoyó a Castro, a la dirección vietnamita y a toda la política sandinista; los "Espartaquistas", con origen en Estados Unidos, llegaron al extremo de apoyar el golpe militar en Polonia de 1981 y la intervención militar soviética en Afganistán; la dirección del Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional aplaudió también la estrategia sandinista de congelamiento de la revolución; los trotskistas ingleses del WRP se aliaron estrechamente a los nacionalistas árabes; los franceses del PCI a Mitterrand. El POR de Bolivia -uno de los partidos trotskistas que tuvo mayor influencia de masas- apoyó a la pequeño burguesía "nacional" en la revolución de 1952 y actualmente elogia las virtudes "nacionales y populares" del ejército y la policía de ese país. En Argentina el partido trotskista más grande, el MAS, constituyó una alianza estratégica con el partido Comunista y le dijo a los trabajadores que con los amigos de Gorbachov construirían juntos una sociedad socialista en Argentina. Cuando la historia sentenciaba a muerte definitiva a estalinistas, socialdemócratas y nacionalistas los grupos autodenominados trotskistas corrían a abrazarlos y a confundir banderas programáticas.


Dos elementos importantes se añaden a lo anterior: hacia afuera el pragmatismo y la falta de principios teóricos alimentaron el aventurerismo -por ejemplo el guerrillerismo elitista en los sesenta por parte del Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional- y la permanente maniobra como forma de "hacer política" entre los diferentes grupos, cada vez más fraccionados y enfrentados en todo el mundo. Hacia el interior de las organizaciones, la mimetización política con las fuerzas estalinistas y burguesas se tradujo en un marco organizativo en el que imperaron los métodos burocráticos e inclusive gangsteriles contra oponentes y críticos, ahogándose así todo cuestionamiento o problematización enriquecedora, profundizando la indigencia teórica y el oportunismo político.


La Cuarta Internacional, el trotskismo, fue en sus orígenes la enemiga mortal del estalinismo. Surgió históricamente para luchar por la superación de la crisis de dirección del movimiento comunista internacional. El estalinismo fue consciente de esto, y por ello persiguió implacablemente a los trotskistas. Miles de oposicionistas en Rusia fueron a los campos de concentración y murieron en ellos porque no querían entregar las banderas del partido bolchevique, de Marx y de Lenin. Un río de sangre separaba entonces al estalinismo y al trotskismo. Fueron miles que dieron sus vidas para salvar a la URSS del estalinismo y de la inexorable restauración capitalista que le reservaba la burocracia. Los trotskistas lucharon inflexiblemente contra la burocracia estalinista, no para que se reinstalara la democracia burguesa y el capitalismo sino para volver a la democracia soviética e impulsar la revolución internacional.

Medio siglo más tarde los presuntos herederos de aquella tradición revolucionaria aplaudían el triunfo de la "democracia" (burguesa) en la URSS y le decían a los trabajadores que con el partido Comunista marcharían en alianza hasta el socialismo. La sola mención de ambos extremos muestra la magnitud de la degeneración. Hoy los grupos trotskistas sólo pueden sobrevivir como pequeñas sectas, esclerosadas y dogmáticamente aferradas a la negación de la dura lección de los hechos.


La vanguardia de la clase obrera se enfrenta hoy a fenómenos nuevos, confundida, sin teoría ni estrategia revolucionaria, con partidos estériles y con fuertes resabios estalinistas o socialdemócratas en lo político y organizativo.

La desconfianza de los trabajadores en el socialismo hace difícil la tarea de propaganda y la lucha política de los marxistas. Pero existen dos elementos objetivos a partir de los cuales se puede apoyar la actividad revolucionaria. Por un lado la situación del sistema capitalista, su debilidad económica e ideológica. En segundo término, la caída del estalinismo significa la quiebra del aparato contrarrevolucionario más poderoso que jamás haya existido en el seno del movimiento obrero, de una burocracia que oprimía el pensamiento y la iniciativa revolucionaria de miles y miles de honestos militantes. Las antiguas barreras dogmáticas, los métodos que impedían las discusiones entre los militantes y organizaciones no resisten los vientos del cambio antiburocrático. Por lo tanto se crean posibilidades objetivas de discusión y clarificación en la vanguardia obrera y popular.

Es necesario concentrar las fuerzas en esta tarea. Nunca se insistirá bastante en la importancia del método leninista de distinguir "el eslabón del cuál tirar", para no perdernos en el torbellino de las presiones que genera la marea reaccionaria: es necesario el rearme teórico y político de la vanguardia, en base a un examen exhaustivo, crítico y superador, de las concepciones, de las políticas y estrategias que llevaron al fracaso. Si esto no se hace, no hay táctica, no existe fórmula ni maniobra política que pueda revertir la crisis. La crisis de "ese" marxismo ha llegado hasta los tuétanos; la situación actual no se revierte ni con las geniales "maniobras tácticas" -electorales o sindicales- que prometen algunos dirigentes, ni con voluntarismo asentado en un optimismo ciego y suicida. La clave de la actividad marxista hoy consiste en entender primero las raíces teórico-políticas de la crisis, y explicar pacientemente a la vanguardia y a la clase obrera lo adquirido. Entramos en una época en que la propaganda política y el debate y clarificación cobran un peso esencial. Confundir el eje de las tareas actualmente puede ser mortal para el marxismo, implicaría seguir ahondando la ya muy profunda crisis de orientación.

Para lograr los objetivos propuestos es necesario reapropiarnos y difundir las bases fundamentales del marxismo, al mismo tiempo que sacar todas las enseñanzas y experiencias de más de un siglo de luchas, de victorias y derrotas del movimiento obrero y socialista internacional. Y también es necesario interpretar y estudiar los nuevos fenómenos y desarrollos del capitalismo, enriqueciéndonos con las polémicas y avances teóricos de marxistas y pensadores científicos, no sólo de nuestro país, sino también de otros lugares del mundo. Se plantea así una interrelación entre los diferentes planos de trabajo, donde cada uno de ellos alimenta y es alimentado por los avances en los otros. El estudio de los nuevos desarrollos nos permitirá comprender mejor los errores del pasado y superar la herencia de pragmatismo, de empirismo y dogmatismo e inversamente. Y a su vez todo este estudio será enriquecido por la reelaboración crítica de los grandes autores y revolucionarios marxistas.

Queremos dar nuestro modesto aporte a la necesaria reconstitución de la conciencia socialista. Todo lo que sea rebajar el marxismo, vulgarizarlo, ceder a la ideología burguesa va en contra de este objetivo y lleva agua al molino del oportunismo. Reivindicamos plenamente la concepción de la actividad del partido marxista que defendía Engels, que luego repetía Lenin: desarrollar la lucha "... en forma metódica en sus tres direcciones concertadas y relacionadas entre sí: teórica, política y económica práctica...". Nos proponemos luchar por ese socialismo, el único que puede aspirar al título de "científico".


En el caso particular de nuestra tarea en Argentina, es necesario superar un mal entendido "internacionalismo" que hace abstracción de los desarrollos específicos del capitalismo y de la lucha de clases de nuestro país. Estos no son, como creía el estalinismo, meros detalles que se agregan a una realidad mundial uniforme. Por el contrario, el mercado mundial existe precisamente porque es la combinación de desarrollos nacionales muy desiguales, de formaciones económico sociales con su propia dialéctica, que se combinan en una unidad superior, en la totalidad, llamada economía mundial. Todo verdadero internacionalista debe trabajar por la revolución mundial ahondando en el estudio de la lucha de clases en la que está inmerso, aportando a su comprensión y al desarrollo de la conciencia socialista del país en que milita. La revolución socialista es internacionalista por su contenido y nacional por su forma, dice ya el "Manifiesto Comunista". Esto significa dar toda su importancia a la sustancia, pero al mismo tiempo recordar que ésta no existe sin su forma particular, específica. No entender esta dialéctica es dejar el terreno libre para que los ideólogos burgueses y pequeño burgueses infecten de ponzoña nacionalista la conciencia de los explotados. En especial es necesario ahondar en la comprensión de la forma y la dialéctica de las transformaciones del capitalismo argentino y de los cambios políticos que se dan al compás de las evoluciones a nivel mundial.


Sabemos que estos objetivos y tareas superan en mucho nuestras actuales fuerzas, pero convocamos a todos los compañeros que entiendan la necesidad del rearme teórico, político y organizativo que nos plantea la hora actual, a que sumemos esfuerzos mediante la crítica fraternal y la discusión abierta, cuyo único objetivo debe ser encontrar la verdad científica, puesta al servicio de la lucha contra el capitalismo. Sólo la burguesía y los burócratas consumados no soportan la verdad, porque desnuda sus propias miserias. El proletariado revolucionario nunca tendrá miedo de llegar hasta el fondo y revisar de raíz los errores cometidos. Muchos de los que hoy iniciamos la publicación de DEBATE MARXISTA reconocemos nuestros propios errores en ese marxismo pragmático y oportunista al que hoy enfrentamos, errores cometidos durante muchos años de militancia y reconocidos a costa de muchos estudios y reflexión. No pretendemos ubicarnos en ningún Olimpo para juzgar desde allí a otros compañeros. Fuimos parte de ese marxismo, luchamos por superarlo y convocamos a todos los revolucionarios honestos a colaborar con debates, nuevos estudios y críticas.


Pero no se trata sólo de revisar y superar errores, sino también de defender conquistas teóricas y políticas que el movimiento proletario ha conseguido a lo largo de un siglo y medio de luchas. El actual retroceso del movimiento socialista y obrero mundial debe ser ubicado en una perspectiva histórica correcta.

En el lapso transcurrido desde la publicación del "Manifiesto Comunista", la clase obrera ha desarrollado una teoría social superior a la de los explotadores, se organizó en sindicatos, cooperativas, partidos políticos, formó sus propias milicias, y llegó a iniciar la construcción de sociedades completamente nuevas, dirigidas por los que nada tenían, desde el hambre y el barro, desde la miseria y el analfabetismo en que estaba sumido secularmente. Sociedades que por primera vez en la historia de la humanidad se plantearon la organización de una comuna de productores sin estado, sin opresores ni explotadores.

La burguesía mundial descargó primero su odio salvaje contra la Comuna de París, luego contra la república rusa de los consejos obreros y campesinos. A la primera la ahogó en sangre con sus ejércitos, a la segunda, luego de fracasar en el asalto directo, la terminó ahogando desde dentro y desde fuera. Finalizada la obra, eleva su voz el coro unánime de explotadores, burócratas y quebrados de todo tipo para condenar al proletariado y a los explotados por haber intentado llevar a la realidad los sueños de un mundo nuevo. Quieren borrar definitivamente el espectro del comunismo, la memoria histórica de los trabajadores ejerciendo su dictadura a través de consejos de obreros y campesinos. Necesitan consolidar para siempre la obra de los estalinistas, tapar bajo una montaña de calumnias y tergiversación la historia del marxismo revolucionario, del partido bolchevique y de la Tercera Internacional de Lenin y Trotsky. A la tarea se abocan muchos colaboradores, renegados de última hora: burócratas que hasta ayer mismo ponían presos o reprimían a los revolucionarios, hoy cantan loas a la democracia burguesa; inveterados dogmáticos, antiguos defensores de "la ortodoxia de partido", hoy difunden las "ventajas" del "pensamiento débil", del agnosticismo filosófico, del relativismo paralizante y del misticismo idealista. "No sabemos nada, nada sirve, basta de explicaciones globales" .... para que el proletariado no tenga proyectos alternativos, para que la burguesía gobierne por siempre, para que nada cambie!

En épocas de intensa reacción como la que vivimos, seguimos el consejo de Lenin, quien insistía en la necesidad de que los marxistas defendieran todas las viejas enseñanzas de la revolución proletaria, para mantener viva la llama que incendiará la pradera cuando ésta se seque. Vamos a reelaborar, vamos a avanzar, pero lo hacemos desde las posiciones conquistadas, que no son nuestras sino patrimonio de toda la historia obrera y socialista revolucionaria. Nos proclamamos defensores de la tradición de la Comuna y de Octubre, de la lucha de los bolcheviques contra la burguesía y sus socios, los socialdemócratas. Defendemos también la tradición y las enseñanzas de la Oposición de Izquierda contra el estalinismo. Frente a la teoría y política de la revolución por etapas y el socialismo en un sólo país, nos reivindicamos de la teoría-programa de la revolución permanente. Reivindicamos los métodos de lucha de nuestra clase, del Cordobazo, del clasismo de los años setenta y de las coordinadoras de lucha obrera, las expresiones más altas de autoorganización obrera alcanzadas en Argentina. Contra la postración socialdemócrata ante la democracia burguesa -o sea, ante la dictadura de la burguesía- somos orgullosos defensores de la dictadura del proletariado, única herramienta con la que la clase obrera puede llevar adelante la transición al socialismo. Frente al nacionalismo exacerbado de la hora, defendemos el internacionalismo, la unidad de la clase obrera mundial, cada vez más necesaria para enfrentar el accionar de las corporaciones transnacionales y del imperialismo. Contra el burocratismo y los métodos gangsteriles, defendemos la democracia proletaria y la grandiosa experiencia de la Comuna y de los consejos obreros y campesinos.


Sabemos que las tareas son difíciles, que hay mucho por reconstruir, que la comprensión de los errores cometidos nos demandará mucho esfuerzo y tiempo. No está en nuestras manos cambiar la historia; sólo el accionar de millones de seres humanos podrá torcer el actual rumbo reaccionario. Serán necesarios procesos objetivos, que dependerán de muchos factores, entre ellos de la dialéctica viva del desarrollo económico y de las luchas sociales. Sí nos proponemos alcanzar una comprensión más profunda y crítica de la sociedad capitalista, un entendimiento más acabado de las experiencias de la lucha de clases y de la estrategia socialista, y difundir lo adquirido tenaz y sistemáticamente. Y por último, a los que se desaniman por este "recomenzar", sólo podemos recordarles aquellas palabras con las que Marx se refería a las revoluciones proletarias del siglo XIX, que son extensibles a las de nuestra época:


"...se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen constantemente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado para comenzarlo de nuevo desde el principio, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco ante ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: "¡Hic Rhodus, hic salta!".




Debate Marxista Nro. 1

Agosto de 1993