LENIN Y EL OPORTUNISMO

(acerca de escritos de Lenin)

Eduardo Acevedo

Desde hace muchos años las enseñanzas básicas de la táctica y la estrategia del marxismo revolucionario fueron suplantadas, dentro del movimiento comunista, por las del oportunismo reformista. Este reemplazo se operó de forma tan completa, que hoy son pocos los que conocen los principios de la política del bolchevismo. La confusión se agrava porque durante mucho tiempo la adopción de las políticas reformistas y socialdemócratas se hizo bajo advocación de las enseñanzas de Marx y Lenin. Particularmente importante es desnudar el método de análisis y de elaborar política del oportunismo, porque ha impregnado hasta la médula la forma en que se razona en los medios "marxistas". En estos últimos incluimos a aquellos que formalmente dicen combatir contra el stalinismo y el reformismo, pero en la práctica siguen sus pasos bajo fraseología "revolucionaria"; los partidos trotskistas de nuestro país son típicos representantes de esta forma de pensar y de actuar.

En este artículo queremos examinar algunas de esas formas de razonamiento a la luz de dos artículos de Lenin en los que combate al oportunismo, escritos en 1906, en momentos en que se discutía en el movimiento obrero sobre alianzas electorales con la burguesía liberal. No se trata de repetir los argumentos, sino de examinar la lógica interna del razonamiento oportunista y su crítica por el marxismo. En el primer artículo, titulado "De nuevo acerca de un gabinete salido de la Duma" (de junio de 1906), Lenin polemiza contra uno de los argumentos más comunes con que la izquierda justifica su apoyo a programas o a fuerzas políticas burguesas o pequeño burguesas. Se trata de la conocida fórmula, consagrada por el uso oportunista, de "siempre hay que elegir entre dos males, el menor". Esta es la forma en que se nos presentan las opciones políticas, como si fuera una disyuntiva "de hierro", que no da lugar a terceras alternativas. Se parte de aceptar las disyuntivas que aparecen como "realizables"; pero cuando el movimiento revolucionario no es fuerte, lo realizable en lo inmediato se encuadra dentro de las opciones burguesas, por lo cual la política y el programa marxista revolucionario quedan relegados a un futuro indefinido. "O esto o aquello, ésa es la opción concreta que tenemos entre manos, y hay que decidir entonces cuál es la más beneficiosa para la clase obrera", nos dice el oportunista.

Este modo de elaborar política lo vemos aplicado a los más diversos casos y circunstancias: contiendas electorales, programas y reivindicaciones de lucha sindical o guerras. Por ejemplo, en las elecciones nacionales, ante el menemismo había que elegir obligatoriamente por la opción "menos mala", el Frente Grande. Ante cualquier guerra, también hay que optar entre alguno de los bandos, aunque ambos sean del mismo tenor. Por ejemplo, ante la guerra en la ex Yugoslavia, casi toda la izquierda -nacional e internacional- se dividió entre pro bosnios y pro serbios. En todo caso, cuando tratamos de presentar una tercera alternativa política, se nos responde con el axioma: "hay que elegir". Y en esencia, la misma lógica es la que impera cuando nos dicen que debemos optar entre el capitalismo privado o estatal. Cuando los marxistas decimos que nos reservamos una tercera salida, se nos acusa de abstractos, de posponer las soluciones "concretas y necesarias hoy" a un futuro indefinido; y entonces no faltan referencias a Lenin. Es por eso que cobran especial relieve las enseñanzas metodológicas de Lenin, que pasamos a comentar. Lenin comienza el artículo presentando el argumento de marras:

"Hay que elegir" es el argumento con que siempre han tratado y tratan de justificarse los oportunistas. De golpe y porrazo no puede lograrse nunca nada importante. Hay que luchar por lo que, aun siendo poco, sea asequible. ¿Y cómo saber que algo es asequible? Mediante el ascenso de la mayoría de los partidos políticos o de los políticos más "influyentes". Cuanto mayor sea el número de políticos que se muestren de acuerdo con un avance, por pequeño que él sea, más fácil será lograrlo, más asequible será. No hay que ser utopistas, aspirar a las cosas grandes. Hay que ser políticos prácticos, saber plegarse a las exigencia de cosas pequeñas, las cuales facilitarán la lucha por las cosas grandes. En lo pequeño reside la etapa más segura para luchar por lo grande. (O. C. tomo 11 pág. 62).

Lenin nos dice que "así argumentan todos los oportunistas, todos los reformistas, a diferencia de los revolucionarios". En el caso concreto que entonces estaba examinando, se trataba de la exigencia de que se formara un gabinete salido de la Duma (especie de parlamento convocado por el zarismo ruso); la asamblea constituyente era una aspiración justa, pero demasiado lejana, en cambio la reivindicación del gabinete salido de la Duma tenía a su favor a todos los políticos liberales y por lo tanto "a todo el pueblo". "En concreto", decían los oportunistas, "hay que elegir entre el poder absoluto del zar y esa salida "progresista" que arrastraría detrás suyo a la inmensa mayoría del pueblo". De esta forma se facilitaría la lucha por las cosas grandes, por el objetivo superior de la asamblea constituyente y otros. Con toda razón, Lenin observa que

Es este el argumento fundamental, el argumento típico de todos los oportunistas, en el mundo entero (ídem, pág. 63).

palabras, que se aplican plenamente a los oportunistas de hoy. Incluso podemos citar el caso de partidos trotskistas de Argentina (el MAS) o de Perú (el PST) que ante situaciones de dictaduras militares presentaron como alternativa "concreta" que los parlamentos formaran su propio gobierno. El MAS en 1982 llamó a convocar al Congreso de 1976 para que se hiciera cargo del poder, el PST peruano en 1978 sostenía que la Asamblea Constituyente convocada por los militares debía asumir el gobierno pleno. En ambos casos se presentaban estas consignas como "salidas concretitas", que representaban "un paso" adelante realizable porque agrupaba a la mayoría del pueblo. Pero más allá de la discusión de este ejemplo, lo que nos interesa destacar es la matriz común del razonamiento oportunista: hay que dar pasos siempre en lo inmediato y "tangibles", para avanzar en una "táctica proceso". Si estamos ante la desocupación -un mal generado inevitablemente por el sistema capitalista- hay que pedir medidas "realizables", del estilo de las estatizaciones bajo gobierno capitalista, porque la lucha por el socialismo es "lejana". La estatización, sería la medida "actual", asequible. ¿Soluciona la desocupación? El oportunista debe reconocer entonces que no es la "solución definitiva", pero se defiende diciendo que es el paliativo inmediato, que es el "paso factible". De esta forma se posterga la propaganda y la agitación por la salida socialista, la educación de las masas en el programa revolucionario, en las soluciones de fondo. Y si esto no se hace, siempre estaremos condenados a seguir atados a la noria de la elección de las alternativas dadas por la clase enemiga. Esta es la lógica infalible del derrotismo, porque anula el programa revoluciona- rio. En palabras de Lenin

Ahora bien, ¿qué conclusión se desprende inevitablemente de este argumento? [del argumento oportunista]. La conclusión de que no hace falta tener un programa revolucionario, un partido revolucionario ni una táctica revolucionaria. Lo que se necesita son reformas y asunto concluido. ¿Para qué una socialdemocracia revolucionaria? Basta con un partido de reformas democráticas y socialistas. En efecto ¿no es evidente que siempre habrá en el mundo personas conscientes de que lo existente es insatisfactorio? Siempre las habrá, naturalmente. ¿Y no es también evidente que la inmensa mayoría de los descontentos se manifestará siempre en favor de ir corrigiendo esta situación insatisfactoria mediante pequeñas correcciones? Siempre se manifestará en este sentido, naturalmente. De aquí se deduce que nuestra misión, la misión de los hombres avanzados y "conscientes", consiste en apoyar siempre las reivindicaciones más pequeñas para ir remediando el mal. Es lo único seguro y práctico, y todo lo que sea hablar de estas o las otras aspiraciones "fundamentales" es pura palabrería de "utopistas", son meras "frases revolucionarias". Hay que elegir y elegir siempre entre el mal existente y el más pequeño de los proyectos propuestos para corregirlo (ídem, pág. 63).

Es de destacar cómo Lenin nos dice que este razonamiento aparece como "natural", como "lo evidente" para las mentalidades que trabajan en base al llamado "sentido común". Lenin continúa criticando la política de los bernstenianos, los que siempre apoyan a un ala de la burguesía contra el otro, por considerar que "en lo práctico" se trata de un mal menor:

Hay que elegir entre la reacción y los radicales burgueses, que prometen una serie de reformas prácticamente realizables. Hay que apoyar a estos radicales, apoyar a su ministerio; las frases acerca de la revolución social no son más que vacuas charlatanerías de "blanquistas", "anarquistas", "utopistas", etc. (ídem, págs. 63-4).

Algunos compañeros de izquierda pueden deducir que esta crítica de Lenin sólo tiene actualidad con respecto a la táctica de apoyo al Frente Grande. Pero esa lectura implica quedarse en la analo- gía superficial, porque lo importante es comprender el método, el enfoque global del razonamiento oportunista y su crítica por el marxismo. Lenin va a mantener esta metodología, este enfoque, en las más diversas circunstancias: se trata de no dejarse atrapar por la alternativa burguesa, sino de presentar una tercera salida, el programa del proletariado. Esta es la clave de la tan cacareada lucha por la independencia política del movimiento obrero. Un ejemplo extremo de esta actitud leninista lo encontramos muchos años después, durante la guerra. Frente a los que decían que ante el hecho "concreto" de la guerra había que elegir cuál de los bandos imperialistas era el mal menor, Lenin corta de raíz con la falsa disyuntiva, diciendo que existe una tercera línea política, la del derrotismo revolucionario, la transformación de la guerra imperialista en guerra civil. Salida que era lejana en los primeros tiempos de la guerra, poco "tangible" para las masas, y éste fue por cierto el argumento de todos los oportunistas y centristas contra Lenin. Se le decía a Lenin que "la opción es concreta, la salida socialista está lejana, hoy lo real es que luchan dos bandos y hay que optar por el mal menor; la salida socialista que usted propone es ideal, pero para eso todavía no están dadas las condiciones. Por lo tanto, si gana el mal menor, podemos preparar las bases para llegar a la salida que usted propugna, pero propagandizar esa solución socialista, el derrotismo, hoy es abstracto, alejado". Demos otro ejemplo, que muchas veces fue tergiversado por los oportunistas. Se trata de la actitud de los revolucionarios ante el intento de golpe de estado del general Kornilov contra el gobierno de Kerensky, en Rusia en 1917. Se planteaba allí el ataque a un régimen democrático burgués con dualidad de poderes -los soviets- por parte de un sector del ejército y la burguesía. Aparentemente en este caso había que optar por apoyar a Kerensky contra Kornilov, a la democracia burguesa contra el golpe militar. Pero Lenin se niega a entrar en esa trampa de la lógica oportunista; si bien distingue entre la democracia burguesa y el bonapartismo, defiende la necesidad de que el proletariado presente una tercera alternativa, la de combatir contra Kornilov sin apoyar a Kerensky:

Incluso ahora nosotros no apoyamos al gobierno de Kerensky. Lucharemos. Estamos luchando contra Kornilov, igual que lo hacen las tropas de Kerensky, pero no apoyamos a Kerensky. Al contrario, desenmascaramos su debilidad. Ahí está la diferencia. Es una diferencia sutil, pero es altamente esencial y no debe ser olvidada (Mensaje al CC del POSDR del 30 de agosto de 1917).

En esta táctica podemos ver la continuidad con la forma de razonar que Lenin recomendaba en el artículo de 1906. La línea política de apoyar siempre al mal menor, de postergar la presentación de la alternativa proletaria revolucionaria, implica el reemplazo de la teoría materialista de la historia, que ve en la lucha de clases el motor del progreso histórico, por la teoría de la colaboración de clases. Por eso Lenin dice que en esta teoría de los "pasos" y "lo asequible" desaparece la lucha de clases como la fuerza motriz del proceso histórico. El reformista "a secas" lo dice explícitamente, el reformista de fraseología revolucionaria lo dice mediante un rodeo y de forma encubierta, pero hace política con la misma lógica que el primero. Lenin dice que de esta teoría

se deriva la táctica de los adocenados progresistas burgueses, cuyo lema es: apoyar siempre y en todas partes "lo mejor"; elegir entre la reacción y las fuerzas que se oponen a la extrema derecha de esa reacción (O.C. tomo XI, pág. 64).

El marxismo tiene una política opuesta por el vértice a esta óptica, porque parte de una premisa también opuesta: la necesidad para la clase obrera de levantar una táctica revolucionaria independiente de la burguesía, independencia que se fundamenta en la teoría materialista de la lucha de clases y en la crítica a la sociedad capitalista y se plasma en un programa revolucionario. Ante las falsas opciones con que el oportunismo encierra a la lucha de clases, los marxistas levantamos una alternativa independiente, propia, y sólo desde esa perspectiva y en ese marco apoyamos determinadas reformas. En palabras de Lenin:

Nuestra tarea no se limita, en modo alguno, a apoyar las consignas más difundidas de la burguesía reformista. Nosotros mantenemos una política independiente y solo convertimos en consigna nuestra aquellas reformas que interesan incondicionalmente a la lucha revolucionaria, que incondicionalmente contribuyen a elevar a elevar la independencia y el grado de conciencia y la combatividad del proletariado. Solamente mediante esta táctica podemos hacer inocuas las reformas desde arriba, reformas que son siempre de doble filo, siempre hipócritas, que encierran siempre trampas burguesas o policíacas (ídem, pág. 64).

Examinemos ahora el otro texto de Lenin que queremos comentar, que complementa y abunda en la línea táctica anterior. Se trata de un prólogo a la edición rusa del folleto del revolucionario alemán G. Liebknecht, titulado "«Nada de compromisos, nada de pactos electorales!", escrito en fecha cercana al anterior. Lenin sostiene que lo interesante "es poner de manifiesto los métodos de la argumentación de Liebknecht" para ayudar a los lectores a pensar las situaciones que se presentan con los pactos. Nosotros queremos mostrar además cómo este método se extiende, "mutatis mutandi", al razonamiento de los revolucionarios ante otras situaciones. El punto central a comprender es que para Liebknecht -y esto es lo que destaca Lenin- el criterio para decidir si un pacto electoral es útil o no al marxismo no se limita a la consideración de las ventajas inmediatas que se puedan lograr con él. Dice Lenin al respecto:

Liebknecht no discute en modo alguno que los pactos con los partidos burgueses de oposición puedan ser "útiles", tanto desde el punto de vista de las "bancas parlamentarias" como desde el punto de vista del alineamiento de los "aliados" (de los llamados aliados) en el frente contra el enemigo común, contra la reacción. Pero el sentido realmente político y el probado socialdemocratismo del veterano de los socialistas alemanes se revelan precisamente en el hecho de que no se limita a esta clase de consideraciones (O.C. tomo 11 pág. 405).

El subrayado es de Lenin, porque es la piedra de toque de la elaboración de la política marxista revolucionaria: ir "más allá" de lo que está indicando el "sentido común". En primer lugar, dicen Liebknecht y Lenin, hay que discutir si el "aliado" no es un enemigo solapado "que resulte peligrosísimo admitir en las propias filas"; por eso hay que examinar si ese "aliado" lucha efectivamente, si el mayor número de las bancas electorales que se pueden lograr con un pacto no implican un perjuicio mucho mayor desde el punto de vista de las tareas "menos inmediatas y más importantes del partido proletario". He aquí lo importante, lo que debe guiar la acción del partido marxista: esas tareas mediatas, de la cual la fundamental es la elevación de la conciencia y la organización independiente del movimiento obrero, su preparación para la revolución socialista. La verdadera fuerza de la clase obrera, dice Liebknecht, está en la unidad de las masas obreras conscientes, y si una alianza debilita esa conciencia, si los falsos amigos enturbian la política proletaria y desvían la lucha, los logros inmediatos obtenidos con la alianza se convierten en un verdadero lastre para el movimiento. Este hecho cobra tanta fuerza, que Liebknecht sostiene que aun la aprobación de una ley en el parlamento contra los socialistas puede ser un mal menor que el desdibujar los antagonismos de clases e introducir la infección del colaboracionismo con la burguesía:

Liebknecht hace tanto hincapié en el hecho de que el peligro que amenaza por parte de estos falsos amigos es mayor que el que proviene de los enemigos abiertos, que llega a decir: "La aprobación de una nueva ley contra los socialistas habría representado un mal menor que el desdibujar el antagonismo de clase y los linderos del partido por medio de una alianza electoral parlamentaria ..." (ídem, pág. 407).

Esto se aplica no sólo a los pactos electorales, sino también a las reivindicaciones programáticas que a diario se levantan en nuestra izquierda, con la excusa de que "la alternativa socialista está lejana". No nos referimos a la necesidad de luchar por las demandas inmediatas de la clase obrera -nadie discute la importancia de esta lucha- sino de los programas con consignas "más elevadas", pero que no son socialistas sino opciones entre las variantes burguesas. Por ejemplo, ante la jubilación muchos izquierdistas nos dicen: "hay que elegir entre la privada o la estatal el mal menor", y se ponen abiertamente del lado de la estatal. En un folleto especial de la LIGA MARXISTA se demuestra la falsedad, desde el punto de vista teórico, de elogiar a la jubilación estatal por encima de la privada. Pero existe otra clase de argumentos que apelan a razones políticas, a las ventajas "inmediatas" que se lograrían con la agitación en favor de la jubilación estatal. Se nos dice, por ejemplo, que la derrota de la jubilación privada implicaría una derrota del gobierno de Menem, el principal enemigo "inmediato" de los trabajadores, y hacia el cual deben entonces apuntar todos los esfuerzos y contra el que hay que sumar la mayor cantidad de fuerzas sociales y políticas. También se nos dice que la jubilación estatal permitiría unificar a la clase obrera, o que es posible hacer juicios con más facilidad al estado. Se podría discutir específicamente cada uno de estos argumentos, por ejemplo, decir que el plan económico de la burguesía no depende del triunfo o no de la jubilación privada, o que la unificación de la clase obrera no es tarea que debiera confiarse al estado capitalista, o que la realización de juicios contra éste representa para las masas tantas dificultades como los juicios a los capitalistas privados. Pero por encima de todas estas consideraciones prima la principal, que es la educación pro-estado burgués que se introduce en las masas cuando se las convoca a luchar por la jubilación estatal capitalista. Este es el criterio político fundamental que no tienen en cuenta los que se mueven con el inmediatismo de lo "concreto", los que reprueban la presentación de las alternativas socialistas por "propagandismo abstracto". Lo mismo podemos decir de otras formas de reivindicación del estatismo burgués, o del nacionalismo (1) y de tantas otras soluciones "inmediatas".

Y por último, el ejemplo más inmediato lo tenemos en las alianzas electorales. Es claro en el caso del Frente Grande, donde la conciencia socialista está completamente borrada, donde la política que realmente se aplica es la de un sector de la burguesía opositora al gobierno de Menem. Muchos compañeros de izquierda explican que "en concreto" con este voto logran poner palos en la rueda del menemismo, arrancar "algo" en el parlamento o en la Constituyente. Al margen de que todos esos logros son resultados indirectos del temor de la burguesía al "estallido social" -el santiagueñazo logra infinitamente más que todas las votaciones imaginables- lo peor es el veneno de la colaboración de clases que se introduce en las masas, la confianza en la burguesía. Idénticas consideraciones -en lo que hace a lo sustancial de la táctica política- merecen anteriores alianzas electorales, por ejemplo, la del Izquierda Unida, donde en aras de lograr un diputado "trotskista" se recomendó a las masas el confiar en líderes provenientes de la pequeña burguesía, que tenían un programa pacifista de colaboración de clases y de embellecimiento del Estado burgués. De nuevo, lo obtenido -el diputado- era de importancia infinitamente menor que lo que se cedía, la educación en la independencia de clase y en el programa revolucionario. Incluso se genera una dialéctica infernal, en la que la desesperación por el resultado inmediato termina anulando y confundiendo la política revolucionaria aun en aquellos militantes que honestamente creen que pueden "maniobrar" y "utilizar provisoriamente" esas alianzas y sucedáneos del programa socialista. En este artículo dice Lenin

Solo los malos socialdemócratas pueden considerar como una bagatela el daño que causan a las masas obreras los traidores liberales de la libertad del pueblo que se deslizan entre ellas al amparo de los pactos electorales (pág. 407).

Podemos agregar: y el daño que causan los programas y consignas que se "deslizan" como banderas de la lucha socialista, y en general el inmenso daño que ha causado al movimiento revolucionario la encerrona del "hay que elegir entre dos males, para apoyar al mal menor".

 
Nota 1

Es típico el ejemplo de la reivindicación del proteccionismo económico para dar soluciones "inmediatas" a los males que provoca la internacionalización de la economía a la clase obrera. La educación en el internacionalismo, en la solidaridad de clase con los trabajadores de otros países de deja de lado en aras de nuevo de la solución "concretita". Todo lo que se logra en este sentido - logros por demás siempre precarios- se obtiene a costa de lo principal, envilecer la conciencia de clase y el programa del marxismo.