Editorial

NUESTRA POSICION ANTE LAS ELECCIONES DEL 14 DE MAYO

Cuando este número de Debate Marxista llegue a de los lectores, se habrán realizado las elecciones nacionales. Los militantes de la Liga Marxista, que editamos esta revista, hemos adoptado la posición de no apoyar a ninguna de las candidaturas que se presentaban. Durante esta campaña electoral publicamos un pequeño panfleto en el que tratamos de explicar que con el voto y los procedimientos de la democracia burguesa es imposible solucionar los problemas gravísimos que afectan a las masas, porque se derivan de las contradicciones básicas del sistema capitalista, esto es, de la propiedad privada y del Estado burgués. Mientras todos los candidatos -incluidos los izquierdistas- llamaron a las masas a confiar en el voto, diciéndoles que con las leyes y el Parlamento pueden mejorar su condición, los socialistas revolucionarios explicamos a los trabajadores que sólo confíen en su movilización, que con el voto lo único que lograrán es elegir a quienes los van a continuar oprimiendo durante los próximos años.

Esta propaganda es particularmente importante cuando nos referimos a algunos "amigos del pueblo" que se presentan ante las masas con propuestas populistas y hasta "izquierdistas". Aun en el caso de que quisieran realmente mejorar la situación de los desposeídos, eso no depende de la "buena voluntad" de tal o cual gobierno, sino de las necesidades de la acumulación capitalista, y de las relaciones de fuerza entre las clases sociales. Estas últimas se determinan en la dura lucha de clases y no en las urnas. La pelea por la independencia de la clase obrera en una elección consiste en alertar siempre a los trabajadores que con el voto nada cambiará fundamentalmente para ellos.

Esta posición nos permite responder al interrogante que ronda en muchos compañeros que nos leen: dado que se presentaban partidos como el MAS- PTS, PO, MST, que se autotitulan socialistas y revolucionarios, ¿no debe- ríamos apoyarlos, en aras de fortalecer una alternativa de independencia de clase? Contestar esta cuestión nos permite además poner de relieve el significado del objetivo por el que luchamos, la reconstrucción del socialismo revolucionario.

Ya dijimos que ninguno de estos partidos explicó sistemáticamente que con las elecciones y los mecanismos de la democracia burguesa no se solucionan los males de los trabajadores, y esto sólo bastaría para demostrar hasta qué punto están inficionados con la ideología de la pequeña burguesía democrática. Todos ellos presentan una perspectiva de gobierno obrero similar a la del laborismo inglés o el partido del trabajo de Brasil, porque no dicen que es necesario destruir al Estado actual. Algunos -como el MAS y el PTS- alientan esperanzas tan utópicas en la democracia capitalista y su Parlamento, que llegan a proponer acabar con la desocupación mediante una prohibición formal (¿del Estado?) de despedir obreros. No se puede concebir mayor ruptura con toda la teoría de Marx sobre la explotación, la acumulación capitalista y su Estado. Lo triste es que sus voceros hablan públicamente en nombre del marxismo, desprestigiándolo y envileciéndolo.

Es necesario tomar conciencia de que no estamos en presencia de organizaciones que equivocaron el rumbo en algunos aspectos; no se trata de programas y estrategias "globalmente marxistas, aunque con defectos", como piensan algunos compañeros. No, estamos ante una ruptura sistemática y en todos los órdenes con con el materialismo histórico, la teoría marxista de la explotación y con las enseñanzas de más de un siglo de lucha socialista revolucionaria. Veamos algunos puntos salientes de esto.

Siguiendo a Lenin, podemos decir que la posición de un partido ante el Estado es una cuestión de principios, que retrata cabalmente la naturaleza de su programa y estrategia. Pues bien, todas estas organizaciones -como lo hemos demostrado en anteriores números de nuestra revista- inculcan en la clase obrera la ilusión reformista de que son posibles las empresas "del pueblo" a través de la propiedad del Estado capitalista. Difunden confianza en que por medio de las estatizaciones de las empresas privatizadas mejorará la situación de los trabajadores y el pueblo "recuperará el patrimonio nacional", sin decir que ésto sólo será posible cuando una revolución proletaria acabe con el Estado burgués e instaure el poder obrero y popular en armas. De la misma forma, podemos mencionar otras cuestiones centrales en las que difunden la ideología de la pequeña burguesía; en este número de Debate Marxista los lectores encontrarán un análisis crítico de sus posiciones ante la guerra entre Perú y Ecuador, en la que sostuvieron una línea interpretativa y de acción en consonancia con las ilusiones del pacifismo burgués y opuesta por el vértice a la política revolucionaria leninista. También nuestros lectores tendrán oportunidad de leer una crítica a sus posiciones pequeño burguesas y estatistas en el importante terreno de la educación. Para no abundar en otros hechos igualmente significativos, agreguemos que todos estos partidos han adoptado como método normal de funcionamiento los procedimientos del stalinismo; decenas y decenas de militantes que han pasado por sus filas pueden atestiguar sobre los métodos burocráticos, la represión a los que cuestionan desde adentro a las direcciones, las campañas de difamación internas y externas y hasta las agresiones físicas en los casos extremos.

Por todo esto llegamos a la conclusión de que estamos ante corrientes políticas que, si bien desde el punto de vista de sus orígenes y por el hecho de que buscan estructurarse en la clase trabajadora, pueden ser caracterizados de obreras, no es éste el caso cuando analizamos el programa y la ideología que defienden. Desde este último punto de vista, estamos frente a partidos que expresan los intereses y las presiones de la pequeña burguesía y reproducen las prácticas stalinistas dentro del movimiento obrero y de izquierda, al servicio de ese programa. No vemos entonces ninguna razón para votarlos. Desde el punto de vista social no expresan ninguna dinámica objetiva de ruptura de la clase trabajadora con la ideología y la política burguesa; en la eventualidad de que surgiera una corriente obrera con esa dinámica, aunque tuviera un programa y política pequeña burguesa y utópica, los marxistas podrían llamar a votarla, aunque siempre distinguiendo sus propios objetivos y programa. Pero no fue éste el caso de los candidatos autotitulados "obreros y socialistas" que se presentaron el 14 de mayo.

Desde el punto de vista de su programa no expresan los intereses de la clase obrera, no defienden la independencia de clase, sino la conciliación y llevan confusión a los sectores a los que llega su propaganda. Sus campañas electorales se han convertido en la monótona redición de una política pseudo marxista, que llevó a la desmoralización y al abandono de la militancia a decenas y decenas de compañeros. No merecen entonces el más mínimo apoyo político; es necesario que ese socialismo estatista, nacionalista y burocrático, que ayudó activamente al desprestigio del marxismo, del socialismo científico, desaparezca, sea derrotado políticamente en toda la línea.

Es la manera de avanzar en la reconstrucción del movimiento marxista sobre bases nuevas, retomando las tradiciones de Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo, de las revoluciones proletarias de la Comuna de París y del Octubre ruso de 1917, enriqueciéndolas con la experiencia de este siglo de luchas, de victorias y derrotas, desarrollando al marxismo con los nuevos avances de las ciencias, para aprender de nuestros errores, interpretar lo nuevo y rearmar la estrategia y táctica del movimiento revolucionario. Hacia esta tarea queremos contribuir con todas nuestras fuerzas junto a otros compañeros revolucionarios, y este norte guió entonces también nuestra actividad y propaganda ante estas elecciones.

SOBRE ARREPENTIDOS Y ASESINOS

Primero mataremos a todos los subversivos, luego a los colaboradores, también a los simpatizantes, y luego a los que permanezcan indiferentes y por último mataremos a los indecisos (general Ibérico Saint Jean)

La civilización y la justicia del orden burgués aparecen en todo su siniestro esplendor dondequiera que los esclavos y los parias de este orden osan rebelarse contra sus señores. En tales momentos, esa civilización y esa justicia se muestran como lo que son: salvajismo descarado y venganza sin ley (Carlos Marx).

Con las confesiones de algunos asesinos y con las autocríticas de los jefes de las fuerzas armadas y de represión, el tema del genocido de la dictadura volvió a estar en el candelero de la discusión política. Rápidamente los grandes medios aprovecharon para montar el inevitable "show" y así pudimos ver a siniestros personajes contar con lujos de detalles cómo secuestraban, torturaban y arrojaban al mar a sus víctimas. Inducidas por el clima confesional creado, otras respetables instituciones como la Iglesia se vieron impulsadas a prometer sus correspondientes "autocríticas".

¡Qué significado tiene todo esto? ¡Qué lectura podemos hacer desde el marxismo? ¡Es cierto, como sostienen algunos militantes del "progresismo", que con la autocrítica de Balza "entramos en una nueva Argentina", donde "empieza a apreciarse la sinceridad" (Verbitsky)? ¡Que estamos ante la posibilidad de una renovación del Ejército, a partir de una conducción "humana y democrática" (Meijide)? ¡Que el contar la verdad permitiría superar una "cultura de la violencia" y unir "a una sociedad fracturada" (Verbitsky y Dorfman)?

Desde Debate Marxista pensamos que estas posiciones, vertidas por luchadores por los derechos humanos, confluyen con la amplia corriente ideológica y política que lleva al "blanqueo" del Estado capitalista, que intenta legitimar sus instituciones -"autopurificadas" por la confesión- ante los ojos del pueblo y ocultar el significado social de los sucesos ocurridos bajo la dictadura. Paradójicamente, al tiempo que las luces y los flashes de la prensa se concentran en el recuerdo de las atrocidades cometidas, se percibe que ese resplandor ciega, porque el foco se queda en la superficie de los hechos y porque en el mismo acto de las autocríticas se está operando un vaciamiento ideológico de magnitud. Este se lleva a efecto presentando a lo sucedido como "excesos" o "errores". Antes los errores eran de personas, ahora, después de las autocríticas, pertenecen a las instituciones, pero el fondo del razonamiento no cambia: se trataría de "acciones equivocadas", presentadas en la perspectiva de hechos "puntuales".

Lo que se busca es fragmentar y desarticular el pensamiento, de manera que no se vean los hilos de continuidad profunda que existen entre los asesinatos de la dictadura militar y la larga historia de represión del Estado: desde los fusilamientos de peones en la Patagonia a principios de siglo y la Semana Trágica de 1919, pasando por los bombardeos a Plaza de Mayo en 1955, hasta el reciente asesinato de Victor Choque en Usuhaia. Cada caso se presenta aislado; si no se pudo atomizar cada crímen cometido por la dictadura militar, entonces se trata de que seis años de genocidio aparezcan como un gran suceso puntual, producto de lamentables "equivocaciones" de las instituciones de la época. Por ese motivo nadie habla de los antecedentes inmediatos a los crímenes de la dictadura, esto es, de la matanza de Ezeiza, de las Triple A y del exterminio sistemático de militantes obreros y populares desde 1974 a 1976, perpetrado con el guiño cómplice y complaciente de Perón e Isabel. Y tampoco se mencionan las palabras de Balbín, exigiendo (en 1975) que se acabara con la "guerrilla fabril", ni los pedidos (en aquella época) del empresariado para que se "disciplinara" a la clase obrera, porque estaba llegando a las formas más altas de autoorgani- zación de su historia a través de las Coordinadoras de lucha.

Un caso ejemplar es el de la Iglesia: ante la evidencia de que las autoridades eclesiásticas aprobaban los vuelos como forma cristiana de muerte y que los capellanes daban ánimo a los torturadores para sobrellevar sus tareas sin quebrantos espirituales, los obispos planean también su autocrítica. Pero una vez más la actitud de la Iglesia ante la dictadura no debe analizarse aislada de un largo historial, en nuestro país y en el mundo, que nos muestra a esta institución tomando parte activa en el enfrentamiento de los explotadores contra los explotados. La Iglesia argentina apoyó cuanto golpe militar hubo, impartió bendiciones a represores del pueblo, predicó y predica la resignación de los explotados para que los poderosos sigan ejerciendo su violencia cotidiana y vuelve a callar ante los crímenes que comete el Estado (¡qué dijo la Iglesia cuando lo de Bulacio, Bonino, Choque?).

En una palabra, se sacan los crímenes de la dictadura (y las acciones de sus cómplices) de su lugar en la historia y de su contexto social. Por eso se repite la cantinela de "los dos bandos" que se habrían enzarzado en una espiral de violencia "incomprensible y loca" y se fabula sobre una "cultura de la violencia" que habría aparecido de manera inexplicable, de la misma forma que en un momento hizo su irrup- ción en la vida humana el virus del Sida. No se quiere admitir que esa violencia dimana necesariamente de un Estado que debe defender el monopolio de la propiedad privada y de la opulencia frente a millones de despo- seídos, de hambrientos y desocupados. Ningún discurso podrá soldar lo que está fracturado por la existencia de relaciones de clase antagónicas, ninguna autocrítica ni confesión podrá eclipsar el abismo que existe entre ellos y nosotros.

Las autocríticas y confesiones (mal que le pese al idelismo postmoderno) dejan intactas las relaciones de fuerza esenciales, para reforzar en la superficie la impresión de que "ahora sí" se avanza en la reconciliación y la pacificación del país. De allí la pertinencia del pasaje que citamos de Carlos Marx, escrito hace más de cien años, después de otra gran masacre de la burguesía contra los que cuestionaron sus derechos de propiedad y atacaron a su Estado. Siempre, en tales momentos críticos para los explotadores, apareció, aparece y aparecerá "el salvajismo descarado y la venganza sin ley". Las aberrantes torturas y crímenes que se cometieron entre 1976 y 1983, la ausencia de otra ley que no fuera la voluntad omnímoda de los asesinos y torturadores, no fueron meros extravíos de alienados (aunque ellos mismos sí lo fueran) sino el producto lógico de una necesidad de clase. Las palabras del represor de la dictadura Saint Jean, no son sino el eterno lenguaje del Estado -"esa banda de hombres armados"- ante las rebeliones de los explotados.

De allí que discrepemos con las interpretaciones y análisis que provienen del campo "progresista". Ahora se nos habla de una nueva Argentina y se dice que entramos en la era de la "sinceridad". ¿Esto no es cierto! Con sus declaraciones Balza levantó algunos puntos en la consideración de buena parte de la burguesía y "clase media" bien pensante y democrática (la misma que no "escuchaba" los gritos de los torturados durante la dictadura!) y ayudó a la tarea de disfrazar el verdadero papel del ejército. Pero en esencia el aparato represivo sigue intacto, la máquina de matar sigue incólume y esto es lo que debe retener todo compañero revolucionario, todo obrero y luchador social. Cambió la manera de administrar los asuntos del Estado, es cierto que hoy gozamos de algunas libertades formales, pero lo permanente es que se trata, ayer como hoy, de una dictadura de clase que volverá a la violencia desnuda cuando las circunstancias lo exijan, como lo demuestran los acontecimientos recientes en Usuahia. Hoy muchos izquierdistas y progresistas están emocionados con el nuevo líder del ala "humana" del ejército, al que admiran como un heraldo de la democracia y lo contraponen a los llamados "dinosaurios", los militares que reivindican más abiertamente lo actuado por la dictadura, por haber estado al mando entonces. Pero el mismo término, "dinosaurios", es mistificador, porque pretende que estamos en presencia de una especie extinguida, que la democracia los ha cambiado; por eso se dice también que entre los oficiales jóvenes Balza es "popular". Algunas figuras del "progresismo" (Meijide) nos presentan a un general aislado entre los altos mandos, luchando por sus ideales de renovación democrática... Es la prédica del conciliacionismo, en la idea de que los oprimidos pueden confiar el monopolio de las armas a gente "purificada" por la autocrítica y el "arrepen- timiento". En el mismo sentido apuntan las autocríticas de los ex jefes guerrilleros; en ellos aflora por todos los poros la miserable psicología de quien está política y moralmente quebrado.

Por todo esto decimos que no se trata de si son cínicos e hipócritas al "autocriticarse"; esto puede ser cierto, pero entonces no salimos de la condena moral, y a nosotros nos interesa que por encima de la indignación y repugnancia que nos provoca ver tanta basura junta en los medios, sepamos distinguir y ver las relaciones e intereses de clase que defienden y expresan.

Estas consideraciones deberían también cuestionar la validez que tiene el reclamo de "juicio y castigo" de los asesinos. Miles de compañeros luchamos por esta consigna durante años. Pero los juicios de los pocos que llegaron a los tribunales dieron como resultado todavía menos condenas, y éstas -una ínfima cantidad- terminaron en los indultos. Las pocas sentencias condenatorias entonces fueron dictadas bajo la presión de una opinión pública sensibilizada ante los horrores que se conocieron, con objeto de limpiar la imagen y legitimar la continuidad del aparato represivo bajo la democracia. Pero no había ninguna posibilidad de ir mucho más allá, tratándose del Estado burgués, de su continuidad y del reconocimiento que se debía a quienes lo habían servido con tanta devoción. Las leyes de obediencia debida, de punto final, el indulto, pueden ser aberraciones completas desde el punto de vista jurídico, pero son necesidades ineludibles de este régimen social y político. Quien llora por la justicia haría bien en recordar la frase de Marx: la venganza contra los revolucionarios siempre es "sin ley".

Por este motivo es absurdo apelar a la "obligación moral, jurídica y política" (que actualizaría la confesión de Balza) "de no dejar impunes los crímenes y castigar a cada uno de sus autores" (Luis Zamora). ¿Para la burguesía el derecho de propiedad está por encima del derecho a la vida de los explotados y militantes, y ésa es su única moral! La "libertad", la "justicia" y los "derechos humanos" se interrumpen en el momento en que las posiciones de los poderosos están amenazadas, hay aquí una valla infranqueable porque es de clase y está establecida por su lógica implacable. Un revolucionario que no quiera consolarse con frases de demócratas indignados, debe explicar estas verdades elementales a las masas y no contribuir a la farsa general.

Otros planteos igualmente utópicos de la izquierda sueñan con jurados "obreros y populares" que castiguen a los asesinos. ¡Pero qué poder tendrán esos remotísimos "jurados" mientras no se destruya al Estado burgués y las armas no estén en manos de los explotados? En definitiva esa propuesta es una nueva quimera, que confunde y elude el planteo revolucionario de acabar con este Estado opresor y de clase.

Marx decía que la lucha de clases es una verdadera guerra civil, constante, a veces abierta, otras callada, pero siempre presente. Los represores de ayer tienen sus remedos en los Balza de hoy, quienes a su vez tendrán sus continuadores en otros personajes de parecida mediocridad intelectual, igual disposición anímica para reprimir y cinismo moral para disfrazar lo que hicieron. Sólo se modificarán las circunstancias que ponen en juego una u otra de estas habilidades. La única forma de que se garantice verdaderamente la democracia para la mayoría, que se acabe con la violencia sistemática contra los explotados, es acabando con el Estado capitalista y la propiedad privada, terminando con el actual monopolio del armamento por parte de una pequeña minoría y reemplazándolo por una organiza- ción del pueblo en armas.