SUPERAR LOS VIEJOS METODOS EN LA MILITANCIA Y LA ORGANIZACION

La organización del partido revolucionario está en el centro del debate sobre el rearme del marxismo. El desarrollo de la lucha de clases y la crisis de la izquierda ha generado una aguda necesidad de estudiar y discutir el tema; no es extraño entonces que hoy la cuestión se discuta en muchísimos círculos de compañeros, preocupados por la extensión que adquirieron las prácticas burocráticas y la constancia con que se aplican. Es que incluso nuevas organizaciones, surgidas de escisiones precipitadas por las formas bárbaras de resolver diferencias, y que prometen superar esos males, al poco tiempo se encuentraron aplicando en su seno la misma medicina que recibieron en sus partidos originarios. Pareciera que la izquierda está condenada a reproducir al infinito esos métodos. La urgencia de discutir el tema se acrecienta porque es un elemento de desconfianza que ayuda a que no encuentren un norte las jóvenes generaciones que se van incorporando a la lucha en forma más o menos esporádica.

El objetivo de este artículo es aportar al debate para contribuir a superar este panorama, profundizando en la crítica a la organización burocrática y en especial, tratando de ponerla en relación con la orientación política y programática. Sobre la base de esta crítica, proponemos algunas pautas orientadoras para la construcción de otro tipo de organización revolucionaria, que rescate las mejores tradiciones del marxismo y del bolchevismo (sobre el partido bolchevique, ver artículo en este número de Debate Marxista).


Una espiral infernal

Comunmente existen dos errores simétricos en el tratamiento de la organización. El primero es considerar que el método es un derivado mecánico y pasivo de la política y del programa; se piensa que si la política y el programa son correctos, el método necesariamente lo es, de manera que nada hay que discutir al respecto. Con esta óptica, en muchos partidos de izquierda, cuando una oposición interna cuestiona los métodos, la respuesta clásica es que «éstos no se pueden discutir independientemente de la política».

La falacia de este razonamiento se advierte fácilmente apenas exploramos la lógica que la anima: suponiendo que en un partido la política es oportunista (por ejemplo, pequeño burguesa o capituladora a la burocracia), si los métodos son un derivado de ella, estarán viciados e impedirán corregir la política. En una palabra, se razona en círculo -la política equivocada determina métodos erróneos y burocráticos de elaborar la política, por lo tanto la política no se puede enderezar- y la única salida que queda es la escisión. Esto explica por qué, con este razonamiento, en muchas rupturas de los partidos de izquierda todo el mundo aduce que las diferencias son «políticas», pero en los hechos se rompe a partir de brutales cuestionamientos y peleas en torno al método. Los que defienden esta postura olvidan que el régimen interno y el método constituyen el fiel de la balanza que permite medir, para mantener, corregir o cambiar, la política del partido y su relación con el movimiento de masas.

El segundo error, muy común, es simétrico al primero, y consiste en considerar que la organización partidaria es completamente independiente de la orientación política, y que se lo puede tratar y corregir en lo fundamental sin modificar a ésta.

En el fondo ambas posiciones, aunque opuestas, comparten la concepción de considerar a la organización como un «en sí», cuando en realidad se trata también de una forma de la orientación política e incluso del programa, porque conecta con las concepciones más esenciales sobre la sociedad y la revolución. ¿Quién puede decir que la «forma organizativa» del soviet o de la dictadura del proletariado, por ejemplo, no es un problema político y programático? Lo mismo sucede con la organización partidaria. El error de los enfoques comentados estriba en abordar en forma no dialéctica la relación entre organización y orientación política. El análisis marxista exige que cada uno de estos momentos sea tomado en su interrelación con los otros. Hasta cierto punto el método es política «concentrada», pero también conserva determinada independencia, que autoriza a un tratamiento relativamente autónomo. Por este motivo, en los trabajos más elaborados del marxismo clásico sobre el problema de organización -como el ¿Qué hacer? de Lenin- el tema se discute en íntima conexión con las orientaciones estratégicas -en particular con la relación que el partido establece con el movimiento de masas-, pero también es examinado hasta cierto grado «en sí». Dicho en lenguaje dialéctico, la forma (el método) hasta cierto punto traspasa al, y «es», contenido (político), pero al mismo tiempo se distingue de éste.

Esta relación se puede comprender claramente cuando se ve desde una perspectiva histórica la manera en que política y método fueron deslizándose hacia el oportunismo y degradándose en el movimiento comunista, hasta el punto de no quedar rastros ni de la política revolucionaria ni de las formas de la democracia obrera. Los crecientes rasgos burocráticos en el Partido Comunista de la URSS (denunciados ya por Lenin en sus últimos años de vida) impidieron la elaboración de una línea política correcta; la Internacional y el partido comenzaron a dar «bandazos» a izquierda y derecha, y la línea política a divergir crecientemente del curso de la lucha de clases. Esto llevó a que los métodos crecientemente empeoraran, porque era la única forma de «cerrar» las líneas divergentes. Trotsky ha realizado un análisis magnífico de esta dialéctica: las derrotas de la revolución mundial modificaban la actitud de la clase obrera (reducción de las esperanzas, escepticismo, cansancio y desconfianza en sus propias fuerzas) y esto afianzaba a la burocracia, expresión de las presiones de otras clases en el seno del partido y del estado 1. De allí que crecientemente se impusiera el ahogo del pensamiento y de la crítica, a la par que se afianzaba la orientación oportunista. En 1929 Trotsky escribía:

Durante cinco años el proletariado vivió oyendo repetir la fórmula bien conocida: «Prohibido razonar; los de arriba son más inteligentes que tú y deciden». Esto hizo nacer, al principio, la indignación; más tarde la pasividad y después todo el mundo aprendió a encerrarse en sí mismo, a replegarse desde el punto de vista político (Trotsky, 1974, 70).

De esta forma se fueron introduciendo algunas características, rasgos, que luego adquirirían carta de ciudadanía en prácticamente todas las organizaciones de izquierda. Pero lo importante es destacar la relación que se establece entre método y línea política. En una organización en la que no se elabora colectivamente, en la que «los de arriba» piensan por todos y se pierde contacto con las bases obreras, es imposible mantener una línea política justa:

No puede concebirse una línea política justa como sistema si no se siguen métodos justos para trazarla en el partido y hacerla aplicar. Si en alguna cuestión, bajo la acción de ciertas presiones, la dirección burocrática llega incluso a descubrir la traza de la línea justa, no existe ninguna garantía de que se la seguirá verdaderamente y de que no se la abandonará de nuevo al día siguiente (ídem, 73).

Aquí Trotsky ubica la importancia y autonomía relativa que tiene el método, pero al mismo tiempo no deja de advertir que:

las cuestiones de organización son inseparables de las del programa y de la táctica (ídem, 219).

Progresivamente entonces se va estableciendo una dialéctica imparable, entre los polos, método - orientación política. Primero se trata de «desviaciones» burocráticas de funcionarios, a lo cual vienen a sumarse otras «desviaciones especiales» como «falsedad, engaño, duplicidad, peculiares de la democracia burguesa» (ídem, 75). Ya estos procedimientos habían sido desconocidos en el viejo movimiento revolucionario, pero hacia fines de los años veinte Trotsky anotaba la aparición de nuevos rasgos (¡muchos de los cuales nuestros lectores encontrarán familiares!):

... abusos de poder inadmisibles y monstruosos ... la aplicación en la discusión de procedimientos de los que habría podido enorgullecerse un partido burgués y fascista, pero no un partido proletario (formación de equipos especiales de combate, silbidos por orden, oradores arrojados de la tribuna y otras infamias semejantes); en fin, y sobre todo, la carencia absoluta de camaradería y de buena fe en las relaciones entre los funcionarios y los miembros del partido (ídem, 75).

En los años treinta, y en consonancia con el afianzamiento de la política stalinista de pacto con el imperialismo y el estrangulamiento de la dictadura del proletariado, esa «carencia absoluta de camaradería y de buena fe» degenerarían cualitativamente hasta llegar a los campos de concentración, la tortura y fusilamientos masivos contra los opositores revolucionarios e incluso contra sus propios partidarios caídos en desgracia.


Métodos en los partidos a la izquierda del stalinismo

Sin llegar a los extremos anteriores, es indudable que la crítica a los métodos burocráticos abarca también a las organizaciones que se proclamaron anti stalinistas, particularmente a los partidos trotskistas. Es altamente revelador de la situación de la izquierda el proceso que sufrió este movimiento, que surgió como antítesis y en lucha contra la burocracia dentro del comunismo, porque demuestra hasta qué punto la reacción stalinista inficionó a toda la izquierda revolucionaria (y por este medio ésta se hizo eco de las presiones nacionalistas y burguesas más generales). Si bien los trotskistas nunca aplicaron campos de concentración o asesinaron a sus opositores, sí encontramos en la mayoría de los partidos que se reclaman de la Cuarta Internacional rasgos y características que Trotsky describía en el partido Comunista ruso a mediados de los veinte: falta de compañerismo, difamaciones, trabas en las discusiones y en la publicación de críticas opositoras, deslealtad, culto a la «infalibilidad» del líder, etc.

Ya en los años treinta Trotsky se quejaba de que las secciones de la Oposición de Izquierda no habían roto totalmente con ese «cierto veneno» (expresión de Trotsky) heredado de la Internacional Comunista, plasmado en «las luchas fraccionales exacerbadas, combates de cliques y el escarnio de la práctica democrática» (Broué, 1988, 814). En 1931, a propósito de las interminables peleas entre los grupos de su movimiento, plagadas de calumnias y bajezas, Trotsky admitía que esos métodos «no tienen nada en común con el régimen de una organización proletaria revolucionaria». En el mismo escrito se queja de que obreros alemanes inteligentes toleren «la deslealtad y el absolutismo en su organización», y que «los elementos fundamentales que a mí me parecen elementales para un revolucionario proletario no encuentran ningún eco entre ciertos dirigentes...» (citado por Bruoué, 1988, 682).

Lamentablemente, después de la muerte de Trotsky ese «cierto veneno», en lugar de eliminarse, se mantuvo y afectó decisivamente la elaboración política y la capacidad de análisis de la Cuarta Internacional, debilitando las reservas teóricas y políticas para resistir las presiones de las clases enemigas. La situación económica (crecimiento del capitalismo en la posguerra) y sociales (retroceso del proletariado en los grandes países industriales) constituyeron condicionantes de una evolución crecientemente oportunista. A su vez ésta reactuó sobre el método, provocando un progresivo deterioro de ambos. En este proceso se afectaron también decisivamente las relaciones del partido con las masas, lo que a su vez accionó sobre método y programa. En última instancia se tiene una totalidad en que cada momento es a la vez causa y efecto de los otros.

De esta manera, cuando se precipitó la crisis, este cuadro general impidió que se pudiera establecer una discusión que, por lo menos, mereciera el nombre de «debate entre camaradas». «Aquel cierto veneno» del que hablaba Trotsky se había transformado en procedimientos «naturales y habituales» en las organizaciones. Muchos lectores, ex militantes de organizaciones trotskistas, podrían llenar páginas y páginas de episodios aberrantes. Estas prácticas han dado como resultado que hoy una inmensa cantidad de compañeros se encuentren moralmente destrozados. Esto no se debe sólo a las derrotas políticas e ideológicas que sufrió la izquierda; éste es un factor en la actual desmoralización, pero ésta ha sido potenciada por la forma en que se «liquidaron» diferencias. A este respecto podemos decir que la obra estuvo bien cumplida, porque se llevó hasta las últimas consecuencias lo que siempre fue el propósito explícito de estos procedimientos contaminados de stalinismo: quebrar a los militantes «enemigos», procurar que abandonaran todo intento de cambiar a la sociedad.

El rearme del movimiento marxista exige revertir esta dialéctica infernal entre método y contenido, atacando de lleno y simultáneamente ambos planos, para generar una dinámica exactamente opuesta a la descrita: un método sano debe ayudar a establecer nuevas bases teóricas y programáticas del marxismo, y éstas a reforzar y profundizar en una organización en la que impere el centralismo democrático.


Una relación externa y burocrática del partido con las masas

La organización revolucionaria está estrechamente conectada al vínculo que el partido establece con el movimiento de masas; la manera de concebir esa relación condicionará decisivamente las formas organizativas. Por eso no es casual que desde los mismos orígenes del marxismo (ver por ejemplo La sagrada familia), pasando por los trabajos de Lenin sobre el partido, esa relación entre los revolucionarios y las masas haya atravesado la problemática de la organización. Más en general, en esto está implicada la conexión que el partido establece con la sociedad en la que está inmerso y a la que busca transformar.

Es importante tener presente que el marxismo no es una mera teoría, porque por naturaleza está destinado a interpelar a la clase obrera, a los efectos de encarar la acción revolucionaria. Nada más lejos que el «monólogo», porque la misma respuesta de las masas y la experiencia de la lucha de clases es parte de su objeto teórico y de elaboración. Por eso Lenin insistía en que «la teoría adquiere su configuración definitiva en el contacto con el movimiento de masas».

Sin embargo los partidos de izquierda establecieron una conexión «externa» al movimiento de masas a partir de concebirla como «agitación de consignas» y «campañística» 2. Esto se nutrió posiblemente de concepciones tácticas específicas 3, pero se desarrolló a partir de la consolidación de los métodos burocráticos y los errores de análisis y de política. Una creciente divergencia entre el curso real de la sociedad y de la lucha de clases por un lado, y de los análisis y estrategia del partido por el otro, sólo puede ser «cerrada» con una metodología crecientemente burocrática y «agitativista» de acercamiento al movimiento de masas. Con el tiempo esa orientación suplantó incluso el análisis y el estudio de la realidad objetiva, hasta el punto que determinadas caracterizaciones se convirtieron en temas de agitación 4. De allí que la relación «campañística» del partido con las masas fuera funcional a organizaciones que perdían la brújula del análisis marxista, y haya sido adoptada, en definitiva, por prácticamente todas las organizaciones de la izquierda. Es la forma de imponer «desde arriba», de manera mecánica, una política que no resiste la crítica científica revolucionaria.

Los partidos de izquierda que tienen una idea agitativista y campañística de la actividad política, conciben la relación con las masas como la de «Mesías-rebaño», como un monólogo. Es una concepción según la cual el partido se ubica en el plano del «educador» de una masa «maleable» 5, y donde la política y las consignas no se elaboran teniendo en cuenta todas las instancias -la teoría, las relaciones con el conjunto de las clases, la educación revolucionaria y el diálogo y elaboración junto a la vanguardia-. Por eso el papel de la teoría marxista y de la lucha ideológica se reduce al mínimo. De la misma manera el monólogo del partido -unido a la falta de discusión interna- «libera» a la dirección de la presión viva de los militantes del partido y de lo más avanzado de la clase, reforzando entonces las presiones de las clases no proletarias y factores como el subjetivismo e impresionismo en los análisis. Todo esto reactúa sobre lo político, dando alas al oportunismo y reforzando el burocratismo y el pragmatismo. Estos elementos potencian la divergencia entre el movimiento de masas y la política del partido, lo que refuerza aún más el «campañismo».

Carente de brújula, por lo general los dirigentes tratan de superar la falta de política y de crítica marxista con medidas administrativas y maniobras tácticas que, en ese marco, sólo potencian los problemas.

Por supuesto, las tácticas y maniobras en determinado momento son útiles, incluso imprescindibles para avanzar y luchar por el poder. Pero el problema es cuando se convierten en fin en sí mismo. Cuando al monólogo del partido se le agrega una interminable serie de «bandazos» determinados por consideraciones tácticas, se profundiza el administrativismo burocrático, la despolitización del partido y la utilización en los hechos, de la militancia como «masa de maniobra» 6. Todo esto impulsará más y más el burocratismo y acentuará la pendiente hacia el oportunismo y el desprecio de la teoría. Como dice Trotsky, «la teoría deja de ser instrumento del conocimiento y de la previsión» para convertirse «en un útil técnico de la administración» del partido (Trotsky, 1974, 22). Entonces, la máxima clásica del revisionismo, «el movimiento es todo, el fin nada», comienza a imponerse y el objetivo del marxista, que es la lucha por la independencia de clase, la toma del poder y la dictadura del proletariado, deja de guiar su accionar.


Sectas y oportunismo

Naturalmente en esta práctica la democracia interna se restringe «de hecho», porque la discusión teórica y política en el partido y la del partido con la vanguardia, no sólo no son necesarias, sino un estorbo. De allí deviene un tipo de organización «cerrada», donde lo poco y accesorio que se discute -en general en ciertas instancias de dirección, además- se discute estrictamente en su seno, porque cuando «se sale», se lo hace «como un solo hombre», a «golpear con la consigna». Allí no existe intercambio vivo con el movimiento de masas ni menos con los obreros avanzados. Cuando los pequeños partidos de izquierda se dirigen a los conflictos, hacen lo que criticaba Marx: llegan al movimiento de masas a decirle: «cesa tus luchas, yo te traigo la receta de cómo luchar» 7. Este partido es inmune a la crítica del exterior, especialmente de los activistas y elementos más avanzados de la clase, ni percibe los problemas, debates y contradicciones fundamentales que atraviesan la lucha de clases y la sociedad en general. Por supuesto, de a poco se cierra a todo estudio, crítica o aporte elaborados en cualquier ámbito ajeno al estrecho horizonte partidario, y naturalmente, ajeno también a una real discusión democrática interna.

De esta manera la organización adquiere características de secta. Es importante notar que el carácter de secta no está dado por el número de militantes. Marx y Engels estuvieron aislados durante muchos años, y no constituyeron una secta, y por otro lado, partidos con miles de miembros pueden ser gigantescas sectas. Por ejemplo, una organización que no se nutre de los avances de las ciencias; que es inmune a los desarrollos de la lucha de clases y es capaz de mantener, contra viento y marea, una caracterización o un análisis que no tienen asidero real; que sólo se dirige a las masas tratándolas como rebaño de estúpidos, es una secta con todas las letras, así sea capaz de llenar un estadio de fútbol con entusiastas partidarios. Sus vínculos sociales están cortados; en esencia es un organismo muerto, que crece organizativamente pero sin consecuencias político-revolucionarias serias.

De esta manera se tiene el crecimiento de un aparato que llega a ser la meta prioritaria de la actividad, no de un partido marxista. El partido se convierte en un fetiche, en un fin en sí mismo -manifestación extrema de la externalidad que adquiere con respecto a la clase obrera-, lo que se plasma en que ya no cuentan los avances de la conciencia de las masas como medida del éxito, sino los logros organizativos -del aparato- del partido. Por ejemplo, en la evaluación de una táctica política, cuenta más el crecimiento cuantitativo del partido, que los avances en la clarificación y la conciencia de las masas. El crecimiento del aparato como fin en sí mismo está por sobre toda otra consideración, alimentando el oportunismo político, y éste el crecimiento burocrático 8.

Este proceso desemboca en una dicotomía abismal entre el partido y las masas, y en este sentido decimos que el partido es completamente «externo» a la clase obrera, aun cuando gane obreros. A lo sumo la clase obrera es un telón de fondo que «ilustra» la táctica; los activistas son considerados meros receptores pasivos, a los que es muy difícil entusiasmar porque no pueden crear, porque no pueden participar realmente. Para colmo, cuando el partido se encuentra con gente de vanguardia que cuestiona, que plantea problemas, que tiene iniciativas propias, no los puede tolerar porque desvían del monólogo determinado por «la» consigna.

Sin embargo, las contradicciones entre el curso de la secta y el curso de la vida no dejan de incidir en las conciencias de los militantes, y de allí los procedimientos internos por medio de los cuales el partido busca cerrarse más y más a todo cuestionamiento perturbador. Por eso en todas estas organizaciones encontraremos verdaderos rituales internos, que incluyen el culto -casi religioso- a determinados personajes -vivos o muertos-, la elaboración de códigos accesibles sólo para los iniciados. Es notable cómo se reproducen ciertos rasgos de estas organizaciones a lo largo de la historia. En los viente Trotsky señalaba que «el régimen burocrático es formulista, la escolástica es la fórmula apropiada para él» (Trotsky, 1974, 25). Por eso los «manuales», el encasillamiento de la teoría y del pensamiento vivo en fórmulas, en dogmas, el hábito de pensar en base al «principio de autoridad» 9, etc., es casi una regla de las sectas. De esta forma se «prepara» a la militancia para sostener una actitud cerril ante todo cuestionamiento. Gracias a toda esta parafernalia, y a la dialéctica propia que toma la organización, puede entenderse que verdaderos disparates -por ejemplo, sostener que a mediados de los ochenta existía una insurrección de masas en el mundo, o que la clase obrera podía tomar el poder en Argentina en 1990- hayan sido sostenidos y defendidos con convencimiento y pasión por miles de honestos e inteligentes militantes de organizaciones de izquierda. No se trata de «culpas», si no de comprender cómo se pueden generar determinados microclimas, amparados en una supuesta «teoría científica», que se desarrollan amparados en las murallas burocráticas.

La otra cara de esta externalidad sectaria del partido (y que la complementa dialécticamente) consiste en que la organización termina por mimetizarse, política e ideológicamente, con las concepciones atrasadas de la población en general. Nunca se insistirá lo suficiente en que sin teoría revolucionaria es imposible resistir las presiones ideológicas de la burguesía y de la pequeña burguesía. El mismo partido siente la necesidad de romper el aislamiento -¡que el mismo crea y sufre!- y eso impulsa el seguidismo oportunista a la conciencia atrasada (por ejemplo, haciéndose tan nacionalista como las masas, o callándose ante sus prejuicios burgueses tales como el racismo, etc.). En una palabra, «cede al espontaneismo» (ver artículo sobre concepción de partido en Lenin). Y en este sentido el partido se hace tan «interno» que desaparece como vanguardia. Ambos polos, el ser un ente absolutamente externo y el comportamiento acomodaticio a la conciencia atrasada, se alimentan mutuamente, y a su vez reactúan empeorando los métodos de organización, acentuando el burocratismo. Con este esquema incluso la proletarización (militantes de la pequeña burguesía que entran a trabajar en fábricas) no proletariza al partido ni le permite romper el aislamiento. A lo sumo educa a obreros individuales en las características de la secta. El partido se mueve entonces en una dualidad insalvable entre su propia existencia como organización y el movimiento de masas, dualidad que inficiona toda su práctica.


Partido «atomístico» y bonapartismo

El militante refleja esta dualidad, hasta en su vida cotidiana, y también lo hace la organización de conjunto. Efectivamente, la dualidad anterior tiene su correlato interno en la división dirección (que piensa) - base (que milita «prácticamente»), en la dicotomía teoría/práctica, trabajo intelectual/trabajo manual, comprensión/militancia basada en la apelación moral. De esta forma todo aparece atomizado, desarticulado en lo esencial, lo que se refleja agudamente en la relación entre la dirección y la base. La primera se hace completamente «externa» a la base, porque «baja» la línea, mientras la militancia a lo sumo actúa en su adecuación o rectificación (en el mejor de los casos).

Este tipo de partido demanda una militancia acorde. De conjunto el partido discute poco o directamente no discute teoría o política, porque la primera consigna de la dirección hacia la base es «yo pienso por vos». Esto es caldo de cultivo de las prácticas burocráticas: la despolitización llega a tal punto, que hasta cuando se convoca a un Congreso, no hay recursos teóricos ni políticos para resolver las diferencias con métodos marxistas.

De hecho esa división se reproduce también en el Comité Central y el Comité Ejecutivo y el Secretariado, los núcleos más pequeños que ejercen de facto la dirección, ya que la teoría apenas actúa de «telón de fondo» o justificativo retórico. La dirección no es vanguardia teórica, y la relación con la base la da nuevamente el vínculo de la consigna, de la agitación; la dirección «agita» entre la militancia la consigna de la hora, tal como lo hace la dirección de un partido burocrático típico (el maoismo explícitamente dirigía al partido mediante consignas, la dirección del MAS y de partidos del mismo tronco también se vinculaban con la militancia, en el trabajo cotidiano, por este medio).

La doctrina marxista es entonces un barniz que no atañe a la centralización de la actividad y del partido. De allí que el centralismo se convierta en una serie de reglas -un reglamento- burocráticas destinadas a garantizar formalmente la «unidad en la acción» en las campañas. De esta forma se desarrolla un partido «atomístico», a pesar de su aparente homogeneidad en el discurso. Es un partido atomístico porque la unidad se logra por agregación externa de sus miembros: unidad en torno a un programa y a una serie de fórmulas rituales (por ejemplo, «somos socialistas», «luchamos por la democracia obrera», etc.) y más esencialmente, unidad en torno a la agitación de frases. Así «se transforma una unidad viva en una interdependencia mecánica». La «unidad mecánica» (utilizamos una expresión de Hegel), sólo se puede sostener, en una organización social como el partido, mediante métodos burocráticos. Y el impulso siempre vendrá de la dirección (convertida en verdadero «primer motor» del partido, en el sentido más aristotélico del término), porque el automovimiento, la iniciativa de las bases está reducida siempre a las adecuaciones tácticas más superficiales.

Carentes de una unidad profunda, comunista, la organización burocrática reproduce los vicios de la sociedad burguesa. En esencia, esta estructura y funcionamiento reproduce la alienación social: los militantes crean una organización que en realidad no les pertenece, porque están profundamente divididos por el trato, la incomprensión y la falta de debate. Todo pensamiento propio que se aparte de la campaña oficial de turno pasa a ser sospechoso de «intelectualismo charquero» e indudable expresión de «tendencias pequeño burguesas individualistas». En nombre de los principios del colectivismo «comunista» se condena toda iniciativa personal o de grupo que vaya más allá de la instrumentación práctica de la campaña de turno. Todo cuestionamiento es sospechoso de «individualismo pequeño burgués» o «intelectualismo pequeño burgués», aunque paradójicamente este funcionamiento sea acompañado por el individualismo y competencia más despiadadas (disimuladas bajo el nombre de «emulación socialista») y la lucha por «inflar» los éxitos personales de cada «dirigente» (al mejor estilo de todas las burocracias, entre ellas la stalinista).

Pero esa unificación externa de los militantes nunca es suficiente para resistir las presiones de clase, las tensiones que se originan en su seno, los cuestionamientos periódicos. Incluso la falta de relación camaraderil da lugar al constante surgimiento de camarillas, de rencillas y fricciones, ocasionadas por la misma práctica política de maniobras y tacticismo. Por eso el coronamiento más natural de esta estructura (con tendencias profundamente centrífugas en su seno) es el surgimiento de líderes que ejercen una función auténticamente «bonapartista» en cada pequeña organización. El líder (una especie de «secretario general» o «responsable político máximo») se rodea de una aureola de infalibilidad -cuidadosamente cultivada por la habitual corte de aduladores- que crece en la misma proporción en que la secta se desconecta de todo cuestionamiento y crítica social. Por eso jamás se va a escuchar de boca del líder una verdadera autocrítica, a no ser referencias remotas a un vago pasado de errores muy superficiales, en una trayectoria extraordinaria. Mucho menos vamos a encontrar algún debate o intercambio de opiniones en que el líder supremo reconozca la razón a un crítico; en estas organizaciones eso equivaldría a un «atentado» contra la organización.

En algunos casos se llega a reproducir las mecánicas de conducción del bonapartismo burgués; por ejemplo, en algunos partidos el «responsable máximo» tiene un manejo completamente personal -y secreto con respecto al resto de sus compañeros de dirección- de las finanzas, y opera «maniobrando» entre diferentes alas y camarillas, lanzando unas contra otras y actuando de «juez» entre ellas. No es de extrañar que en este cuadro todo intento de clarificación de posiciones entre o en las pequeñas organizaciones sucumba en un infierno de desconfianzas, pequeñas miserias políticas y hasta rencores personales. Y por supuesto, no existe líder que pueda impedir la periódica ruptura de grupos que casi invariablemente repetirán las generales de la ley.


La brutalidad en las relaciones

En esta estructura general no queremos dejar de criticar un aspecto que muchas veces se pasa por alto: la brutalidad de las relaciones que se establecen entre los militantes. Es una brutalidad que muchas veces se viste de ideología «obrerista», con discursos del estilo de «discutimos fuerte porque somos proletarios», pero en realidad apenas sirve de taparrabos a la falta de cultura (marxista y en general), a los tratos burocráticos y al ahogo de las discusiones. Tal vez un punto extremo de este trato desconsiderado, y hasta cruel, se evidencie en la forma en que las organizaciones de izquierda «arreglan» sus diferencias a cadenazos y cachiporrazos, con total desprecio de la generalizada adversión que provocan hoy esos hechos, y hacen alarde de esos procedimientos como si fueran la quintaesencia de la democracia «socialista». Para estos grupos, las críticas esos procedimientos sólo puede venir de «renegados mencheviques», que no comprenden «la dureza de la lucha de clases proletaria». De allí se abren las puertas, de par en par, a la glorificación de la incultura, de los métodos deshonestos, de la falta de respecto al camarada. Es difícil disimular la importancia de estos criterios que terminan conformando -ideológica y políticamente- al militante «aparato». No es casual que Lenin, quien desplegó en sus últimos años una intensa batalla contra Stalin en el terreno de la organización, haya recomendado al partido sacar del medio al secretario general por el trato «rudo y brutal» que tenía para sus camaradas10. Trotsky decía que Lenin

... se crispaba de indignación cada vez que sabía que un comunista que tenía poderes trataba a sus subordinados con injusticia consciente o brutalidad. Puso al partido en guardia contra la brutalidad de Stalin, no contra la rudeza exterior, inofensiva, sino contra la brutalidad moral, interior, que es hermana de la perfidia y que se convierte, cuando se dispone del poder, en un elemento terrible de destrucción del partido (Trotsky, 1974, 74).

Luego, comentando el Testamento de Lenin, Trotsky explicaba que una de las principales condiciones del éxito bolchevique había sido «la unidad y solidaridad del grupo gobernante», donde existían militantes -como Sverdlov- que trabajaban denodadamente por hacer equipos, por fomentar la camaradería, por «limar conflictos», porque

el secreto de su arte era simple; se guiaba por los intereses de la causa y sólo por ellos. Ningún obrero del partido sentía temor alguno de que desde lo alto del aparato del partido se deslizaran intrigas. La base de la autoridad de Sverdlov era la lealtad (Trotsky, 1983, 32).

En el seno de la Oposición de Izquierda Trotsky insistiría con estos criterios al recomendar a sus partidarios «dulzura y paciencia» en el trato de las diferencias entre camaradas, cansado de ver la forma en que ya se debatía en las filas de la Oposición.

Si traemos a colación estas enseñanzas es para que el lector que haya actuado en alguna de las organizaciones usuales pueda medir todo el abismo que media entre estos criterios de Lenin y Trotsky y lo que reina hoy. Es muy significativo que cuando reprochamos a militantes de partidos la brutalidad del trato, nos respondan exactamente lo mismo que dijeron los partidarios de Stalin cuando recibieron la crítica de Lenin: «No importa, no tememos la rudeza, todo nuestro partido es rudo, proletario» (citado por Trotsky, 1983, 25). Estamos ante problemas vitales, decisivos para la revolución y la misma dictadura. En ésta, como dice Trotsky, «toda desviación burocrática y toda falsedad repercuten inmediatamente en el conjunto de la clase obrera» (Trotsky, 1974, 74). Lo mismo podemos decir del partido. La verdadera democracia proletaria, revolucionaria, no se podrá garantizar con ninguna fórmula ni estatuto si no se cambian de raíz los criterios hoy imperantes.


Por una concepción basada en el partido leninista

La superación de esta situación puede lograrse a partir de la confluencia de dos vertientes: la crítica a fondo de lo existente y el rescate, superador, de las mejores tradiciones del marxismo revolucionario. Estamos ante una lucha a encarar conscientemente contra todas estas lacras, contra la brutalidad emanada del medio burgués -despiadado, competitivo- en que está inmerso el partido.

En otro artículo de este número de Debate Marxista se analiza la concepción de partido basada en las ideas de Lenin. Aquí destacamos algunos aspectos orientadores de lo que buscamos: un partido que lucha por ser vanguardia del movimiento obrero, que no ceda al espontaneismo y a las ideologías de los «amigos del pueblo», pero que al mismo tiempo trata de fusionarse -«hasta cierto punto»- con las masas y da forma definitiva a sus elaboraciones en ese contacto estrecho. En fin, una organización de cuadros, de los elementos más activos de la clase, centralizada democráticamente, única capaz de dirigir la lucha por el poder y la dictadura del proletariado.

Llegar a este tipo de partido debe ser, por supuesto, una meta, una ambición. No podemos decir: tenemos este objetivo e inmediatamente disponemos los medios para lograrlo. Debemos ver esta concepción de partido y de relación con las masas como una pauta orientadora de nuestra actividad, como una guía, para ir construyendo de a poco, para ir avanzando a través de muchas rectificaciones hacia ese ideal, ideal que a su vez tampoco permanecerá inmutable, porque también se irá definiendo con más precisión en el proceso de desarrollo. O sea, no se trata tampoco de un criterio aristotélico de «la idea final que nos guía», sino que esta misma idea se irá concretando y completando en el curso de su realización y plasmación.

Es necesario avanzar delimitándose tanto de los que abogan por una organización sin centralismo, como de los que caen en el centralismo burocrático. En última instancia, la descentralización extrema -en nombre de la «democracia»- termina anulando toda democracia, y la centralización extrema, no sólo anula la democracia, sino también acaba con las posibilidades de centralización. Es otra manifestación de la ley dialéctica que dice que todo fenómeno, al desarrollarse hasta el final, se convierte en su contrario; dicho con otras palabras, es necesario observar la medida -y ésta es «la verdad de la cualidad»- en que se desarrollan estos dos polos.

De acuerdo a lo planteado antes, para avanzar en la construcción de una organización revolucionaria, hay que reformular el trabajo político, a partir de la crítica en los planos de lo político y de la organización, antes señaladas.

A partir de esa doble ruptura, es necesario también replantear toda la relación del partido con el movimiento de masas.

En este plano, cuando Lenin decía que las polémicas internas del partido debían salir a la luz del día para que los trabajadores opinaran, estaba dando una concepción de organización muy distinta a la que estuvimos acostumbrados a ver en la izquierda. También cuando afirmaba que «el marxismo aprende, si así puede decirse, de la práctica de las masas y nada más lejos de él que la pretensión de enseñar a las masas formas de lucha inventadas por "sistematizadores" encerrados en sus gabinetes» (Lenin, 1969, 220-1). Con estos criterios era natural que los obreros de Petrogrado de fuera del partido tomaran posición acerca los debates sobre la toma del poder en 1917 que se desarrollaban dentro del Comité Central de los bolcheviques, y presionaran al ala vacilante.

No se trata de «poner el oído» a las masas para detectar sus inquietudes -a la manera de como lo hace una empresa de marketing-; éste es un aspecto completamente secundario de la cuestión (y el único que reconocen los partidos burocráticos cuando «van a escuchar a las masas»). Debemos llevar los problemas del marxismo a las masas y primero a los trabajadores de vanguardia (explicándolos de la forma más popular posible) para que ellos hagan oir sus opiniones, para que entre todos se eleve la teoría y la política marxista. Entonces la crítica se hace «estructural», intrínseca al desarrollo de la organización partidaria y ya no se trata de un «bajar línea» sino de una verdadera discusión, que se realiza en un punto de fusión/diferenciación, precisamente donde el partido, sus militantes, se ponen en contacto con la clase obrera y luchan políticamente por desarrollar el programa y la política del marxismo. En este sentido es vanguardia, es centralizador político de las luchas, pero también, hasta cierto punto se funde con las masas, porque son éstas -y los activistas- las que también elaboran, de manera que las consignas de organización y lucha salen «sin que muchas veces se sepa quién las lanzó» (Lenin).


Una nueva militancia

Esta relación con el movimiento de masas exige otro tipo de relaciones entre los militantes y otro tipo de militancia a los conocidos. El papel del militante como artífice de ese proceso demandará una alta dosis de estudio y de iniciativa. De lo contrario es imposible conformar esta actividad. Por eso es vital la concepción leninista de partido de militantes conscientes, de cuadros. De allí también que Lenin sintetizara muchas veces la «fórmula» de militancia con las palabras del gran revolucionario alemán, Liebknecht: «estudiar, propagandizar, organizar» (fórmula por otra parte, totalmente desconocida por las organizaciones «ad usum»). La articulación de estas tres actividades encierra, en sí, toda una concepción de partido, de democracia y de actividad política hacia las masas.

Efectivamente, un partido de cuadros, de los elementos más conscientes, es un partido en el que todo el mundo puede desplegar sus iniciativas, sus energías, y al mismo tiempo es centralizado, y con alta disciplina en la acción. Un partido en el que cada compañero «estudia, propagandiza y organiza» y sabe que todos esos «momentos» son vitales para vertebrar esa totalidad que se llama militancia.

Esto corresponde al proyecto más profundo del comunismo: que cada compañero se desarrolle, sin por eso caer en el individualismo anarquista (en realidad el individualismo anarquista permite un desarrollo menor de la individualidad, porque ésta se desarrolla a través de la más amplia sociabilización). Lograr una organización que sea una verdadera «unidad concreta», esto es, una unidad que contenga la riqueza de lo particular, de los desarrollos individuales, de las discusiones más ricas de los equipos: ése es el objetivo.

Nuestro planteo es parte esencial del marxismo, entronca con las bases constitutivas de su proyecto revolucionario. Decía Marx en la «Introducción» a la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel:

La crítica no arranca de las cadenas las flores ilusorias para que el hombre soporte las sombrías y desnudas cadenas, sino para que se desembarace de ellas y broten flores vivas. La crítica de la religión desengaña al hombre para moverlo a pensar, a actuar y moldear su realidad como hombre desengañado que ha entrado en razón, para que sepa girar en torno a sí mismo como a su verdadero sol (Marx, 1987, 492).

Hoy hacemos la crítica a la religión de las sectas de izquierda (que fetichizó un tipo de organización burocrática stalinista a la que llamó «centralismo democrático») con el objetivo de mover a todo el mundo «a pensar, a actuar y moldear su realidad», para que cada uno «sepa girar en torno a sí mismo como a un verdadero sol». Este es un llamado a operar una verdadera «revolución» interna en cada uno, en los militantes y en los equipos. Todo el problema de la organización, de lo que queremos construir, gira en torno a la comprensión de este punto. La centralización de las actividades solo puede concebirse -en un sentido comunista militante- a partir de esta premisa. Queremos y necesitamos una férrea unidad y centralización (repitiendo a Lenin, «somos hombres de organización»), pero deberá ser una unidad que se asiente en la comprensión profunda de la teoría, el programa y la estrategia marxista. La famosa unidad del «golpear como un solo puño» será menos ruidosa, pero tendrá un contenido más esencial. La centralización del partido deberá partir de la comprensión de su necesidad dado el carácter centralizado del capital y del Estado.

De esta forma la organización será verdaderamente de los militantes. Entonces cada militante no será la reproducción del aparato partidario en pequeño, sino un ser que activamente podrá ligarse de pleno a las masas sin por ello mimetizarse ideológica y políticamente.

El primer paso hacia estas metas es romper con el ahogo burocrático del debate y del estudio que existe en las organizaciones pseudo leninistas. En este sentido, un elemento clave es la libre circulación de materiales políticos, el estímulo a la crítica marxista. Dado que la base de toda democracia es la disposición de información, planteamos un giro de 180º en este respecto: las discusiones de la dirección -salvo las que afecten temas de seguridad- deben ser conocidas por la militancia, para que cada cual pueda hacerse una composición de lugar, conocer los argumentos, opinar, profundizar. No sólo debe existir el derecho a la circulación de documentos y trabajos políticos, sino que debe estimularse su difusión, y más aún si son críticos a tal o cual posición del partido. Sobre este clima de construcción partidaria, podrán hacerse congresos y conferencias democráticos; cuando la militancia está despolitizada, aunque se hagan congresos anuales, con derechos a tendencia (como proclaman muchos estatutos, que de todas formas nunca se cumplen), no existe real democracia.

Todo esto desarrollará personalidades revolucionarias, cuadros capaces de decidir, de tomar iniciativas. Nuestra meta es lograr que cada uno se mueva, piense, cuestione todo, es decir, hacemos nuestra la meta que Marx proponía a la actividad crítica. Nuestra crítica teórica y política a los partidos existentes estuvo guiada por esa concepción, por esa confianza en el papel liberador que la crítica puede ejercer sobre las conciencias. Hoy tratamos de elevarlo al terreno de la organización. Sobre estos cimientos se podrá ir forjando una organización de cuadros, en la que la democracia interna no sea una mera declamación. En última instancia, significa trasladar el llamado que hace el marxismo a las masas, a tomar sus destinos en sus propias manos, al plano de la construcción partidaria. Si decimos que «la liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos», debemos aplicar este criterio en forma multiplicada a la organización que pretende agrupar a lo mejor de la vanguardia. Si no confiamos en lo que puedan hacer muchos militantes preparados en la teoría y en la política marxista, desarrollando sus criterios y sus actividades, buscando despertar a su vez la crítica en las masas, entonces la lucha por el socialismo es una utopía y estaremos obligados a admitir que la burocracia es una necesidad. Claro que esta conclusión pesimista sólo es posible a costa de que nos ubiquemos -como pequeña minoría- en el círculo de los elegidos por la historia.


Bibliografía

P. Broué (1988): Trotsky, Fayard, Paris.

C. Marx (1987): Escritos de juventud, FCE, México.

V.I. Lenin (1969): La guerra de guerrillas, tomo 11 Obras Completas, Cartago, Buenos Aires.

L. Trotsky (1974): Stalin, el gran organizador de derrotas, Yunque, Buenos Aires.

L. Trotsky (1983): El testamento de Lenin, Yunque, Buenos Aires.



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Notas

Nota 1

Sobre el burocratismo como producto de la divergencia entre la línea política y el curso de la lucha de clases, escribe:

«El origen principal del desarrollo del burocratismo en el partido comunista de la URSS y en la Internacional comunista es el alejamiento cada vez mayor entre la línea política de la dirección y las perspectivas históricas del proletariado.

A medida que disminuía la coincidencia entre esas dos líneas políticas, los acontecimientos refutaban cada vez más la de la dirección, que era cada día más difícil aplicar con los métodos normales del partido, a la luz de la crítica, y cada vez más necesario se hacía recurrir a imponerla desde arriba, por procedimientos mecánicos e incluso de gobierno» (Trotky, 1974, 24).

Nota 2

Con este término queremos significar que el diálogo con la periferia y las masas se lleva a cabo, principalmente, mediante las campañas agitativas, en torno a consignas políticas y/o de actividades. Estas últimas pueden abarcar el juntar dinero, convocar a un acto partidario, llamar al voto en las elecciones. Las primeras también tienden a destacar una o dos consignas políticas, que se agitan insistentemente, como «consigna solución»; por ejemplo, «no pagar la deuda externa». Los partidos trotskistas llevaron al extremo esta concepción.

Nota 3

La idea de agitar insistentemente una o dos consignas tuvo su origen, hasta donde sabemos, en Lasalle. Fue criticada por la Tercera Internacional bajo conducción de Lenin. De todas maneras esta metodología se potenció a partir de las políticas oportunistas y de los métodos burocráticos que las acompañaron.

Nota 4

Trotsky notaba, en los veinte, cómo el stalinismo daba la espalda a la situación objetiva y suplantaba «el análisis de los acontecimientos por una fórmula de agitación» (Trotsky, 1974, 39); aunque en el movimiento trotskista también se terminó suplantando el análisis y estudio por «fórmulas de agitación».

Nota 5

Marx critica esta posición en la tesis tercera sobre Feuerbach: «La teoría materialista del cambio de las circunstancias y de la educación olvida que las circunstancias las hacen cambiar los hombres, y que el educador necesita, a su vez, ser educado. Tiene, pues, que distinguir en la sociedad dos partes, una de las cuales se halla colocada por encima de ella.

La coincidencia del cambio de las circunstancias con el de la actividad humana o cambio de los hombres mismos, sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria" (Marx, 1985, 666; énfasis nuestro). La raíz de la concepción dialéctica, que concibe al partido en interrelación activa con el movimiento de masas y revolucionario, y a ambos -partido y movimiento- como momentos de una totalidad en transformación, encuentra en este pasaje de Marx su base filosófica más profunda.

Nota 6

Trotsky realizó una extraordinaria crítica a esta concepción de la "maniobra táctica" con la que el stalinismo en los veinte ayudó a aupar a los nuevos burócratas, al tiempo que desorientaba a la clase obrera. Trotsky sostuvo que la maniobra tiene sentido cuando existen fuerzas para realizarla (y por lo tanto tiene un papel muy secundario en los partidos pequeños y sin influencia) y cuando, además, juega un rol subordinado con respecto a la estrategia. En el mismo sentido protestaba contra los «maestros de la maniobra» que consideraban al partido «un instrumento dócil» y no «un útil consciente que obra por sí mismo» como «expresión suprema de la acción del proletariado», lo que obliga a que el partido comprenda claramente el fondo y el contenido político de cada maniobra (ver Trotsky, 1974, 201 y siguientes).

Nota 7

Nos referimos a la carta de Marx a Ruge, de setiembre de 1843:

"No comparecemos, pues, ante el mundo en actitud doctrinaria, con un nuevo principio: ¡he aquí la verdad, postraos de hinojos ante ella! ... No le diremos: desiste de tus luchas, son cosa necia; nosotros nos encargaremos de gritarte la verdadera consigna de lucha. Nos limitaremos a mostrarle por qué lucha, en verdad, y la conciencia es algo que tendrá necesariamente que asimilarse, aunque no quiera" (Marx, 1987, 459).

Nota 8

En su crítica al partido Comunista alemán, Trotsky también atacó esa fetichización del partido, derivado natural de la crisis de las relaciones de la organización con las masas: «Dada la debilidad del partido Comunista en las empresas y sindicatos, su crecimiento numérico no resuelve nada. En una nación conmocionada por la crisis ... un partido de extrema izquierda puede encontrar decenas de millares de nuevos prtidarios, especialmente si todo el aparato del partido, metido en una carrera competitiva, está exclusivamente vuelto hacia el reclutamiento individual. Lo decisivo son las relaciones entre el partido y la clase. Un obrero comunista elegido para un comité de fábrica o la dirección de un sindicato, tiene más importancia que millares de nuevos miembros, reclutados aquí y allá, que entran hoy en el partido pra dejarlo mañana» (Trotsky, 1980, 163; énfasis agregado).

Nota 9

Esto es, en base al argumento de «tengo razón porque lo dijo Marx, Lenin o el padre fundador de la organización». Para esto es necesario habituar a la militancia a la idea de que el marxismo es un largo recitado de citas, no una guía para la acción.