Evolución y sexualidad, una crítica

Daniel Gluschankof

En el número 5 de Debate Marxista Pablo Ben publicó un artículo sobre la evolución de la sexualidad humana basado en el libro The Sex Contract de la norteamericana Helen Fisher. El trabajo busca, correctamente, demostrar, contra la moral tradicional y la Iglesia, que la particularidad central de la sexualidad en el ser humano: su gran separación de la función reproductiva, es un producto de la evolución. Lamentablemente el artículo tiene varios errores de forma y, sobre todo, de fondo, éstos últimos originados en las posiciones de Fisher. En esta crítica nos centraremos en los segundos, los que se basan en las concepciones sociobiológicas y, sobre todo, darwinistas culturales, muy de moda actualmente en los Estados Unidos.

Los antepasados de los humanos

Hay elementos que apuntan hacia la superficialidad del libro de Fisher, en particularidad a los datos ofrecidos y a la falta de fundamentación de las afirmaciones. Por ejemplo la sección Sobre el proceso de hominización comienza con una referencia al Dryopithecus y a partir de allí practicamente se lo identifica con los antepasados directos de los humanos que evolucionaron en la sabana. Es cierto que en la nota 7 se ponen ciertos reparos y que podría entenderse que la utilización del término "dryopithecus" lo es como abreviatura de la expresión "los antepasados directos de los humanos que evolucionaron en la sabana". Sin embargo en ciencia hay términos que tienen un significado preciso y no podemos cambiárselos arbitrariamente sin razones de peso. Teniendo en cuenta la falta de fósiles de ese antepasado, los estudiosos de la evolución humana hablan de "los antepasados directos de los humanos que evolucionaron en la sabana" y no le dan un nombre particular. Además los datos más modernos que se tienen sobre las fechas de divergencia entre los grandes monos actuales y los humanos son bastante diferentes de las que se pueden inferir a partir del artículo. Para el paleoantropólogo francés Yves Coppens1 hace aproximadamente ocho millones de años se separan, de un antecesor común desconocido, las líneas que daran lugar al chimpancé y al bonobó por un lado y a los humanos por el otro. A partir de ese momento los fósiles más antiguos de nuestra línea2 (un poco más de cuatro millones de años de antigüedad) corresponden a los australopitecos y preaustralopitecos, pequeños animales con un cerebro no mayor que el de un chimpancé, que ya caminaban perfectamente erguidos y de los que no consta la utilización de herramientas ni la caza.

El artículo de Ben, siguiendo a Fisher, está lleno de especulaciones noveladas, sin ninguna justificación, de cómo debían vivir los "dryopithecus". Por ejemplo en el segundo párrafo de la segunda columna de la página 30, luego de la descripción idílica del medio ambiente podemos leer:

En este contexto, se encontraban grupos de Dryopithecus que habitaban espacios comunes, aunque no defendieran este territorio. Se desplazaban por él regularmente convergiendo en grupos cuando la comida era suficiente y separándose cuando era escasa. Las madres alimentaban a sus infantes, pero salvo esta excepción cada animal se alimentaba a sí mismo. No se pensaba o no se necesitaba compartir. (itálicas en el original).

Las madres (...) a medida que las crías crecían les enseñaban cómo encontrar el lugar donde las tortugas dejaban sus huevos y cómo cazar jóvenes lagartijas. Durante años el infante la seguiría a través de los árboles, comiendo nueces, moras y ramas nuevas. (...) ella era tan fuerte como el macho de la especie, aunque éste no tenía ninguna obligación con respecto a su hijo.

¿De dónde podemos saber que los "dryopithecus" no defendían su territorio? Sabemos que los chimpancés lo hacen (cf. pág. 31, cuarto párrafo, referencia de Goodall). ¿Cómo sabemos que no se compartían los alimentos? ¿Qué nos hace asegurar que esos animales comían huevos de tortugas y lagartijas y que no eran esencialmente vegetarianos o que comían ramas nuevas (los chimpancés no lo hacen)3. ¿Por qué podría ser que la hembra fuera tan fuerte como el macho cuando en todos los primates superiores (vivos y fósiles) el macho es más fuerte y más grande? ¿Qué tiene que ver que ella fuera tan fuerte como él con el hecho que él no tuviera obligaciones con respecto al hijo común?.

Luego de las descripciones de paisajes que Fisher parecería haber visto personalmente, este tipo de afirmaciones sin fundamento se ve coronado con una frase que parece sacada del relato bíblico de la expulsión del paraíso terrenal:

Estas son entonces las claves de la vida de nuestros primeros antepasados. Fueron expulsados de su universo poblado de árboles y hojas, tuvieron que habitar el suelo cuando el clima cambió ...

Dos errores metodológicos

Siguiendo con las especulaciones sobre el modo de vida de nuestros antepasados más primitivos, Fisher utiliza como modelo la sociedad de los !Kung, cazadores-recolectores del desierto de Kalahari. Por más que esta sociedad (no tribu) viva "como en la edad de piedra", se trata de seres humanos perfectamente modernos, en nada más comparables con los homínidos de hace ocho millones de años que Fisher o cualquiera de sus lectores. Este tipo de error se basa en un punto de vista racista, muy en boga a fines del siglo pasado, cuando se ponía al negro como intermedio entre el mono y el humano moderno (es decir blanco). Hay que tener en cuenta que tanto los !Kung como cualquier otra sociedad "primitiva" de Africa, Nueva Guinea o el Amazonas, tienen una evolución cultural de decenas de miles de años luego de siete u ocho millones de años de evolución biológica y cultural a partir del antepasado común del hombre y el chimpancé. Especular sobre la similitud del modo de vida de éstos y de aquéllos no tiene, por lo tanto, ningún sentido. Por si este argumento no bastara, podemos agregar que la organización social de las pocas sociedades primitivas que quedan presentan suficientes diferencias como para no poder extrapolar la de aquellos antepasados lejanos. Más adelante volveremos sobre la evolución cultural.

El error simétrico consiste en tomar como modelo a los babuinos (no babones), monos bastante alejados evolutivamente tanto de los humanos como de los chimpancés, para explicar que "como lo hacen hoy las pequeñas agrupaciones de babones (sic) en Kenia, los protohominidos deben de haber aprendido a viajar en grupos mientras circulaban por estos espacios arbolados". Y, tratando de explicar las ventajas de la posición erecta para marchar se sigue que "De este modo los protohomínidos eran capaces de sobrevivir en la sabana del mismo modo que lo hacen hoy los babones (sic) en Kenia". Pero, como todos quienes hayan estado en un zoológico lo saben, los babuinos caminan perfectamente en cuatro patas (muchos mejor que los gorilas y chimpancés), por lo que no pueden servir como modelo o explicación de las ventajas, desventajas o particularidades de la posición erecta de los protohomínidos.

Sobre la bipedia (no bipedalismo)

Igualmente en el artículo se hacen afirmaciones gratuitas sobre la relación casi inmediata entre el caminar en dos patas y el cazar y cargar alimentos y herramientas:

La teoría más popular es que nuestros primeros antecesores se pararon para cazar y de este modo poder alimentarse. Sólo recientemente los científicos han descubierto la relación existente entre cargar, compartir y caminar. En la actualidad es convencional decir que los protohomínidos se pararon y caminaron para cargar alimentos a un campamento base y compartir con sus compañeros.

y más adelante

De este modo, pequeños grupos de protohomínidos encontraron más ventajoso llevar los alimentos a un lugar más seguro como el sitio donde habían dormido la noche anterior, allí podrían comer en paz. Cuando comenzaron a pasar días y noches fue esencial transportar herramientas, armas y comida y para eso era necesario caminar sobre dos patas.

Ahora bien, no hay ninguna evidencia que los australopitecos o preaustralopitecos más antiguos, los más primitivos antepasados (o en todo caso muy próximos, evolutivamente, de esos antepasados) de los humanos, quienes ya caminaban perfectamente sobre los dos pies, hayan funcionado con campamentos base y menos todavía que hayan empleado (de su transporte ni hablar) herramientas o armas.

El tono de las afirmaciones de Fisher es absolutamente teleológico, es decir que los prehomínidos aprendieron a caminar sobre los pies para algo, lo que se repite cuando se dice que Los protohomínidos deben de haber comenzado a coordinar sus esfuerzos, especialmente si la recompensa era prometedora.

Hay que tener claro que los cambios evolutivos de todo tipo son siempre productos de ciertas circunstancias y nunca aparecidos para ciertas cosas que todavía no existían. Por ejemplo, un caso extremo de esta teleología sería decir que la flexibilidad y precisión de los movimientos de las manos de los seres humanos se dieron para realizar obras de arte u operaciones de cirugía neurológica.

Lo que hay que comprender es que la postura erecta es a la vez causa y consecuencia de la liberación de las manos para la marcha. A partir de haber salido de lo más denso de la selva, como lo dice el artículo, se debe haber dado una selección a favor de los individuos capaces de permanecer más tiempo y caminar más efectivamente sobre los dos pies. Estos individuos pudieron empezar a usar sus manos más libremente para agarrar presas o atacarlas mientras marchaban. Pero esta nueva capacidad posiblemente les haya permitido (y hasta obligado a) aventurarse a terrenos más abiertos donde la selección natural ajustó más la doble capacidad de caminar erguido y utilizar las manos independientemente y, a la larga, el uso de herramientas, el trabajo y el arte. Visto a posteriori podría parecer que la selección se dio para obtener esos resultados. Sin embargo hay que entender que la selección es ciega con respecto al futuro y que a su vez ésta se da en medio de una interacción permanente entre el animal y su medio, dándose entre ellos una influencia mutua. Refiriéndose al desarrollo de la mano humana (muy ligado al de la bipedia), Engels explica cómo ésta es causa y producto del trabajo4.

Sobre la sexualidad de los monos

El núcleo de las afirmaciones de Fisher gira alrededor de que la sexualidad humana no tiene nada que ver con la de los otros primates. Por ejemplo ella dice que sólo las hembras humanas tienen relaciones sexuales durante todo el ciclo sexual, que sólo en los humanos la forma privilegiada del coito es cara a cara, que "es peculiar que la hembra humana experimente orgasmos"5, que el sexo en los humanos, a diferencia de los otros monos, está primariamente relacionado con el compartir los alimentos. A todo esto responde el especialista en comportamiento de los primates Franz de Waal:

Porque el autor [Fisher] cree que esas características son unicamente humanas, ella debe ignorar el comportamiento del bonobo, al cual una buena parte de su teoría parece aplicable6 7.

El bonobó es el mal llamado chimpancé pigmeo, cuya línea evolutiva, según de Waal, se separó de la del chimpancé hace unos tres millones de años. Esta especie se caracteriza, a nivel sexual, por un período de receptividad sexual de la hembra de 2/3 a 3/4 de su ciclo8, aunque su vida sexual no se interrumpa durante el tercio o cuarto restante; las prácticas homosexuales son frecuentes entre los machos y frecuentísimas entre las hembras; las situaciones de conflicto actual o potencial, en particular en lo que hace a la distribución de los alimentos, tienden a resolverse por la vía sexual; el pene es más grande que el de los humanos aunque la masa corporal de aquéllos sea, en promedio, entre la mitad y dos tercios de la nuestra.

En principio, se podría pensar que todo esto no es más que anecdótico, que por vías evolutivas distintas dos especies llegaron a tener características sexuales similares. Así como por ejemplo los murciélagos y las palomas tienen alas, a nadie en su buen juicio se le va a ocurrir que sus antepasados comunes tuvieran alas, de la misma manera podría ser que la sexualidad del antepasado común de los humanos, bonobós y chimpancés fuera esencialmente como la de estos últimos y no como la de los primeros. Esta diferencia no es académica, sino que de un lado afirmaría que la sexualidad humana es "moderna", consecuencia de la especificidad humana de caminar en dos patas y hasta de la inteligencia, y del otro que se trata de un carácter primitivo del cual el chimpancé evolucionó alejándose.

Si bien hoy día no tenemos respuesta a este problema , ya que no se han encontrado fósiles del antepasado común de humanos, bonobós y chimpancés y aunque se encuentren sería muy difícil que ellos nos dijeran algo sobre su vida sexual, hay algunos elementos que harían pensar que el bobobó es lo más parecido hoy día a aquel antepasado común. Por ejemplo los bonobós viven en terrenos y bosques mucho más húmedos que el habitat de los chimpancés, y ése sería lo más parecido a la selva húmeda donde vivían los antepasados comunes. En estas selvas los bonobós muchas veces deben caminar por terrenos inundados y arroyos (los chimpancés no soportan el agua), lo que hacen fácilmente en dos patas y esta manera de caminar también la emplean muchas veces en tierra. El canal vaginal de las bonobós apunta hacia adelante como el de las humanas y del resto de su vida sexual ya dijimos algo. Sin embargo los bonobós no forman parejas y en sus bandas las relaciones privilegiadas son entre hembras (en el caso de los chimpancés lo son entre machos). Por otro lado, en ciertos aspectos los bonobós se diferencian más de los humanos que los chimpancés, por ejemplo los pies de aquéllos casi no se diferencian de las manos y, al contrario del caso de los chimpancés, no hay testimonios de la utilización de herramientas primitivas por parte de los bonobós. De todos modos, lo más importante aquí es comprender que entre los monos más cercanos al hombre: bonobós, chimpancés y gorilas, se dan tres modelos de organización social y de vida sexual bastante diferentes, por lo que elegir el de los chimpancés como el de nuestros lejanos antepasados, sobre todo frente al modelo bonobó, no puede ser más que el producto de un prejuicio o, en todo caso, de una crasa ignorancia.

¿Es el hombre "primitivo" moderno un modelo?

Ya que, en última instancia, la sexualidad de los monos antropomorfos nos plantean más preguntas que respuestas sobre la de nuestros antepasados, podemos preguntarnos qué sabemos sobre la vida sexual de los humanos más primitivos. Como dijimos más arriba a propósito de los !Kung, el problema que se presenta es que la más "primitiva" sociedad que podamos estudiar hoy en día (o de la que haya referencias escritas o tradicionales), es perfectamente moderna a nivel evolutivo. Sin embargo, si el estudio del modo de vida de estas sociedades no muestra que su sexualidad sea la propuesta por Fisher para toda la línea humana desde nuestros antepasados de hace varios millones de años hasta la actualidad, la hipótesis de la autora debe quedar totalmente descartada9.

Ya Engels10, citando al antropólogo norteamericano Morgan se refiere a la familia punalúa, que parece que existía todavía en algunas islas del Pacífico en tiempos históricos y que, interpretando los sistemas de parentesco de muchos pueblos, parece haber existido antiguamente en muchos otros lugares.

Según la costumbre hawaiana, cierto número de hermanas carnales o más lejanas (es decir, primas en primero, segundo y otros grados), eran mujeres comunes de sus maridos comunes, de los cuales quedaban excluídos los hermanos de ellas (...). Éste es el tipo clásico de una formación de familia que tiene una serie de variaciones, y cuyo rasgo característico esencial era: comunidad recíproca de hombres y mujeres en el seno de un determinado círculo de familia (...)

Este tipo de familia también habría sido constatado por César en su Guerra de las Galias. Por otro lado existen sociedades "primitivas" como las de Nueva Guinea donde, dentro del grupo se dan las familias nucleares relativamente estables. El resultado es que seguimos en nuestra ignorancia sobre la forma de organización social y sexual de nuestros antepasados de hace cuatro o cinco millones de años. ¿Era la de los bonobós y la familia punalúa que luego en algunos casos se modificó como consecuencia del desarrollo diferencial de algunos grupos humanos? ¿Era acaso la familia nuclear dentro de una comunidad o la horda indiferenciada? Lamentablemente no tenemos respuesta, todo lo que podemos decir es que ni los datos que tenemos sobre nuestros "primos" antropoides ni los que vienen de las sociedades "primitivas" sustentan la hipótesis de Fisher.

Si bien la autora no es explícita en este sentido, podríamos interpretar que con su "contrato sexual" ella no hace sino justificar la familia nuclear moderna: la mujer se queda en la casa cuidando de ella y de los hijos comunes mientras que el marido trabaja afuera todo el día para mantener a la familia y recibe su compensación con los favores sexuales que le brinda la mujer.

Sociobiología y darwinismo cultural

La teoría de Fisher se inscribe dentro de la corriente, muy a la moda en los círculos académicos norteamericanos, del "darwinismo cultural". Esta corriente pretende explicar todos y cada uno de los aspectos del comportamiento humano como producto de la selección natural. Aunque, aparentemente diferente, el darwinismo cultural hunde sus raíces en la sociobiología, originada en Inglaterra en la década del '70. Sus mentores pretendían encontrar genes para cada uno de los comportamientos de no importa que especie, desde las bacterias hasta los humanos. Sin embargo, aunque los humanos seamos parte del mundo natural y del reino animal, nuestros comportamientos no son, salvo excepciones, producto de programas rígidos fijados en nuestros genes, sino producto de nuestras decisiones (conscientes o inconscientes) limitadas por condiciones biológicas y sociales. Por lo tanto, pretender comparar las especies de hormigas "esclavistas" con las sociedades esclavistas humanas o los pájaros que matan a la mitad de sus crías con los casos de infanticidio humano o la violación en los patos salvajes con la que se da en nuestras sociedades11, no pasa del nivel de analogías sin ningún valor científico.

La década del '90 encuentra al darwinismo cultural como sucesor de la sociobiología. Ahora ya no se pretende encontrar un gen para cada comportamiento ni equiparar ciertas conductas humanas con las conductas análogas en los animales. Se trata, en cambio, de dar una explicación, vía selección natural de cada una de las particularidades del comportamiento humano. Aquí no vamos a abundar con los ejemplos de esta posición, ya que la teoría de Fisher nos alcanza. Para ella la familia nuclear con el hombre que trabaja afuera y la mujer que cuida la casa y los hijos es un producto de la evolución. Ella fundamenta sus afirmaciones sobre un desarrollo evolutivo plausible y éste es el método de todos los darwinistas culturales. Pero que un desarrollo sea plausible, es decir, no contradictorio y a grandes rasgos posible dentro de las condiciones en las que se debió haber dado, no significa que se haya dado efectivamente. Ya vimos que no sólo no hay ningún dato objetivo que confirme las tesis de Fisher, sino que los que existen se orientan más bien a refutarlas.

Otra falacia de Fisher y los darwinistas culturales, que ya mencionamos antes, es el pretender que toda adaptación que permite (u obliga) ciertas cosas hoy en día, se dio por presiones evolutivas ligadas a esas cosas. Como ya dijimos, la mano del cirujano neurológico no es un producto de la selección natural que dejaba de lado a los monos incapaces de operar dentro de las cabezas de sus congéneres, ni el cerebro del filósofo especulativo fue seleccionado liquidando a los monos incapaces de pensar sobre el ser y el devenir. Cada órgano y ciertas conductas primitivas son producto de presiones evolutivas locales que permiten cumplir más eficientemente ciertas funciones que ya se venían cumpliendo. Sin embargo, a lo largo de la evolución, muchos órganos y actividades que cumplían cierta función primaria comenzaron a tomar ciertas funciones secundarias que con el tiempo llegaron a ser indispensables. Por ejemplo las plumas de los pájaros originalmente cumplían sólo la función de aislar térmicamente al animal y luego, sin perder esa función, pasaron a ser indispensables para el vuelo, que no existía cuando los primeros antepasados de los pájaros comenzaron a desarrollar su plumaje. Volviendo al tema de la sexualidad, siguiendo los estudios de de Waal sobre los bonobós podríamos proponer que la sexualidad humana, antes de la civilización, también cumplía una función esencial en las relaciones sociales del grupo donde la distribución de comida y el cuidado de los niños eran dos de los aspectos. Esto explicaría que los humanos puedan tener relaciones sexuales no importa cuando ni con quien y en particular la homosexualidad.

Una de las consecuencias de las posiciones de los sociobiólogos y darwinistas culturales es que el ser humano no puede nada contra su naturaleza. En el propio artículo se citan las palabras de Cristopher Wills:

(...) estamos precisamente tan sujetos a las leyes evolutivas como lo están los microbios y las ratas.

Sin embargo eso no es cierto. Los humanos podemos cambiar y cambiamos los criterios "naturales" de la selección. Mientras que hace algunas decenas de miles de años la selección liquidaba sin piedad a los miopes, rengos, débiles, obesos, etc., hoy día nada de eso es un obstáculo para vivir en sociedad y reproducirse. Desde hace no más de diez mil años -menos del uno por ciento del tiempo de existencia hasta el momento del género Homo- la evolución humana ha pasado a ser esencialmente cultural (es decir social) y no biológica. Los tiempos históricos son mucho más cortos que los biológicos. Así como no hay ninguna diferencia física entre nosotros y los cazadores paleolíticos que recorrían el viejo mundo en las épocas de las glaciaciones hace treinta mil años, hay una diferencia cultural (en un sentido amplio) enorme con nuestros antepasados medievales.

Por lo tanto pretender explicar un aspecto tan esencial de la vida social humana como es la sexualidad sólo por la evolución biológica es amputarla de su carácter social y, en última instancia, termina haciendo eco a aquéllos que pretenden explicar la explotación capitalista, ya presente en las hormigas, por la selección natural.

Quiero que quede claro que no niego la importancia de la evolución y de las determinaciones biológicas en nuestro comportamiento. Sin duda el hecho (producto de la evolución) más importante en la historia de la humanidad, ha sido el desarrollo de un cerebro con capacidades de asociación, acumulación y abstracción inéditas en cualquier forma de vida previa en nuestro planeta. Es este desarrollo del cerebro el que nos da una flexibilidad enorme en nuestras conductas (todo lo contrario de lo que afirman los darwinistas culturales), el que permite variaciones en la organización social y en las relaciones entre individuos impensables en cualquier otro representante del reino animal, inclusive en los primates más cercanos a nosotros. Esto, junto con las limitaciones que nos imponen nuestras características físicas explica sólo el sustrato sobre el que se basa el funcionamiento de una especie (la nuestra) esencialmente social y cuyo desarrollo y conductas (incluyendo en el aspecto de la vida sexual) se explican fundamentalmente por esa propia vida social.


Recuadro sobre la inteligencia de los chimpancés



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NOTAS

Nota 1

East side story: the origin of Humankind, Scientific American, mayo 1994.

Nota 2

En este sentido nos referimos a los representantes de la familia Hominidae, la que actualmente está compuesta únicamente por el género Homo y la especie Homo Sapiens, pero que hasta hace unos dos millones de años incluía a los australopitecos, "primos" nuestros más cercanos que todos los grandes monos actualmente existentes.

Nota 3

Si se encontraran esos antepasados de los humanos, el estudio del modo de desgaste de sus dientes daría una indicación bastante precisa de su alimentación pero, como hemos dicho en el texto principal, esos fósiles no se han encontrado y, entre las diversas especies de preaustralopitecos, australopitecos y homo habilis, el tipo de alimentación varía demasiado para inferir el que se dio en el antepasado común. Por otro lado, como muestra de la desprolijidad del libro de Fisher, la mora es una fruta de clima templado y no crece ni creció en el Africa tropical.

Nota 4

F. Engels, El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, en Obras Escogidas de Marx y Engels, Akal, Madrid, 1975.

Nota 5

Esta afirmación es contradicha por la propia autora quien también dice que "todas las hembras de los primates tienen clítoris y por lo tanto orgasmos"

Nota 6

F. de Waal, Peacemaking among primates, Harvard University Press, 1989, p. 211.

Nota 7

Luego de la publicación del libro de de Waal, H. Fisher escribió un nuevo libro, Anatomy of Love, Norton and Company, New York, 1992, donde se incorpora la sexualidad del bonobó.

Nota 8

El ciclo de las bonobós es de sesenta días, lo que contradice la afirmación de Fisher de que todas las hembras de los antropoides tienen un ciclo mensual, mostrando, por si todavía hiciera falta, la improlijidad y superficialidad de la autora.

Nota 9

Las especulaciones al estilo Fisher son no sólo inútiles sino contraproductivas para comprender cualquier aspecto de la evolución.

Nota 10

F. Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, Editorial Claridad, Buenos Aires, p.43.

Nota 11

Éstos son algunos de los ejemplos que se encuentran en la literatura sociobiológica.