Tendencias actuales del capitalismo y las premisas de la revolución socialista

En lo que sigue presentamos algunos elementos básicos de las tendencias de la economía capitalista y la concepción sobre las premisas materialistas de la revolución socialista, que nos diferencian radicalmente de las corrientes de izquierda en la Argentina. Lejos de pretender un trabajo acabado, queremos plantear coordenadas que orienten renovados estudios y debates a partir de los puntos tratados. Asimismo el presente documento será punto de discusión en una Conferencia a realizarse en los primeros meses del año próximo.

OCTUBRE DE 1996

I. Tendencias actuales del capitalismo

1. El largo período de crisis capitalista y la época histórica

Desde hace casi un cuarto de siglo el mundo capitalista está sumergido en una larga fase de tónica depresiva; a fines de los sesenta las tasas de crecimiento en los países desarrollados comenzaron a desacelerarse, y en 1974- 75 y en 1979-82 se vieron las primeras recesiones, sincronizadas en los países desarrollados, desde el fin de la segunda guerra. Las tasas de desocupación saltaron en casi todos los países avanzados a dos dígitos, y los cierres y reestructuraciones empresarias se extendieron. Progresivamente la crisis se mundializó, provocando que dos continentes, América latina y Africa, cayeran en la depresión económica durante la década de los ochenta. Mientras que en la década de los sesenta la economía del mundo capitalista crecía a una tasa del 4,9% anual, en los setenta el crecimiento fue del 3,8% anual. En los ochenta la tasa siguió cayendo, 2,7%, y en los comienzos de los noventa se ubicaba en una tasa promedio del 1%. A mediados de esta década la economía se ha recuperado (crecimiento mundial del 3,5% en 1995 y 1996); esto indica una recuperación cierta, debida en particular al fuerte crecimiento de los países asiáticos (más del 8% anual). Sin embargo los países capitalistas adelantados tienen, por ahora, tasas de crecimiento mucho menores (el 2% entre 1995 y 1996) y sus economías están sobre una inmensa -y creciente- montaña de endeudamiento.

La variable clave del desarrollo económico, la inversión, sigue sin recuperarse en los países adelantados. Mientras que en la década de los setenta la inversión (promedio para el grupo de los diez países más desarrollados) representaba el 24% del pbi, en la primera mitad de los noventa era del 19%.

La causa central de la caída de la inversión es la erosión de la rentabilidad de los capitales, provocada a su vez por el largo período de boom de posguerra y el consiguiente crecimiento relativo del capital fijo sobre el trabajo humano. Esta caída tendencial de la tasa de ganancia permite explicar lo prolongado de la crisis y los movimientos del capital para superarla.

Pero es necesario situar este largo período en el marco general de la era imperialista, entendida ésta como la época del capitalismo de la expansión y consolidación internacional del capital monopólico (en realidad oligopolios). A consecuencia de esa expansión internacional del capital, para asegurarse zonas de influencia, abastecimientos, mercados, proteger sus inversiones, existe un inevitable impulso a la violencia, a la reacción política, a la intervención militar, a la ingerencia y presión, no sólo sobre los países atrasados, sino también entre los países adelantados. Sin embargo el largo período de desarrollo capitalista de posguerra, en que no existieron conflictos armados interimperialistas, puede ocultar este carácter general de la época imperialista, por lo cual debemos ubicar ese desarrollo en su justa perspectiva histórica.

En primer lugar, el crecimiento capitalista de posguerra se produjo luego de que el mundo se precipitara en la más terrible de las crisis y conflictos armados interimperialistas. Desde 1914 a 1945 hubieron dos guerras mundiales -sólo en la última se cuentan más de 45 millones de muertos- y la Gran Depresión de los treinta. Como sucede con toda crisis, este estallido de las contradicciones, lejos de ser un accidente o una perturbación pasajera, fue la manifestación de la esencia del sistema social existente: la guerra despiadada del capital contra el trabajo y de los capitales y estados entre sí. El nazismo y el fascismo, la movilización hacia la guerra, el engaño y la represión de los Frentes Populares, estuvieron al servicio de derrotar y disciplinar al movimiento obrero y a las masas para restablecer los beneficios. A su vez, los estados imperialistas, aliados a sus monopolios, desarrollaron políticas proteccionistas y se embarcaron en incesantes aventuras militares. El proteccionismo y las guerras comerciales -acompañadas del racismo y la xenofobia-, y más claramente las guerras mundiales, buscaron preservar a los capitales de las devaluaciones y de la crisis y decidir las nuevas zonas de influencia y las hegemonías imperialistas.

La guerra, la destrucción masiva de las fuerzas productivas, la caída de los salarios y las condiciones de vida de las masas, constituyeron el precio para que pudiera reanudarse la acumulación capitalista en la posguerra y para que asistiéramos a la política de “internacionalismo” y al multilateralismo de posguerra, impuestos por la supremacía diplomática, militar, comercial, industrial, monetaria y financiera de los Estados Unidos.

Sin embargo la fuerte acumulación de capital que se produjo sobre estas bases y su internacionalización provocaron dialécticamente la recreación de nuevos centros de acumulación, con Alemania y Japón a la cabeza, y la erosión de la hegemonía norteamericana. Mientras que en 1960 el pbi de los Estados Unidos representaba aún el 40% del pbi mundial, en la actualidad es el 21%, y su parte en el comercio mundial pasó del 25 al 13%.

Una vez más, con el desarrollo de la crisis, resurgen las presiones y los choques competitivos entre los imperialismos, aunque con modalidades y ritmos distintos a los de la anterior depresión. A partir de los ochenta asistimos al resurgimiento de las amenazas proteccionistas y choques comerciales, acompañados de presiones interimperialistas y conflictos. Los acuerdos y rondas del GATT (hoy Organización Mundial del Comercio) apenas disimulan esta tendencia; el renacimiento de la xenofobia y el racismo son expresiones del mismo fenómeno.

Son ejemplos las disputas comerciales entre Japón y Estados Unidos, y los conflictos intraeuropeos. En este último caso, al tiempo que se renuevan las declaraciones y promesas de cooperación y solidaridad, los portugueses rechazan las importaciones textiles de la Comunidad, los alemanes el carbón de Polonia, los agricultores franceses las carnes europeas, etc. Las disputas intraeuropeas, a su vez, están “sobredeterminadas” por la cuestión del futuro rol de los Estados Unidos y su posición frente al fortalecimiento alemán, que entra en conflicto con la hegemonía de Estados Unidos en el Viejo Continente (su principal terreno de inversiones y socio comercial). El proyecto de fuerzas francoalemanas; las manifestaciones de sectores del alto mando alemán sobre el nuevo rol que debería jugar su país como policía del mundo; los cuestionamientos europeos al rol de la OTAN; la delantera que tomó Alemania en el financiamiento de Rusia, son algunas manifestaciones de las nuevas fuentes de tensión con Estados Unidos y explican el boicot de este país a los esfuerzos de unidad europea. Sectores muy importantes -y crecientes- de la burguesía norteamericana ven con desconfianza una mayor integración europea bajo hegemonía del Bundesbank, que podría debilitar aún más al dólar en su rol de moneda internacional.

Por otro lado los choques comerciales entre Estados Unidos y Japón están lejos de solucionarse, y se suman a las disputas en torno al rearme japonés, la carrera competitiva de los Estados Unidos con Japón en China y hasta las quejas de los estadounidenses sobre la “colonización” industrial de las empresas japonesas de su país.

En todos lados los capitales recurren nuevamente a los estados para resguardar sus cuotas de mercado, de aprovisionamiento, en una palabra, para defenderse de la desvalorización. Estados Unidos sobre el NAFTA y los mercados regionales de América latina, Medio Oriente y zonas de Asia y Africa; Japón sobre el sur este asiático; Alemania hacia Europa del Este, son los ejes de las nuevas conformaciones de zonas influencia (a las que podemos agregar otras como la de Francia sobre las zonas africanas francófonas), apoyadas sobre los aparatos militares. El viejo liderazgo indisputado de los Estados Unidos ya no vuelve; Bush proclamó, al finalizar la guerra del Golfo, un “Nuevo Orden Mundial” bajo hegemonía de los Estados Unidos, pero al poco tiempo se comprobó que Japón y los europeos seguían sus políticas independientes. Al mismo tiempo que el enorme déficit presupuestario impulsa a la burguesía y políticos de Estados Unidos a exigir de sus aliados imperialistas mayor participación en el papel de “policías del mundo”, temen el ascenso del militarismo japonés o alemán que ese mismo militarismo puede provocar.

Si bien no está planteada en un plazo cercano una nueva guerra interimperialista, y si bien Alemania o Japón no pueden actuar como gendarmes al nivel planetario que lo hace hoy Estados Unidos, es clara la tendencia a la agudización de los conflictos y roces interimperialistas, particularmente por las “zonas de influencia” en los territorios que reconquista el capital. Un ejemplo lo brinda la desintegración de Yugoslavia. Alemania, apostando a convertir a Croacia y Slovenia en partes de su nueva esfera de influencia, y los Estados Unidos, por otra parte, buscando su porción en Macedonia y Bosnia, y boicoteando todo intento de intervención europea bajo conducción alemana. Otros casos ilustrativos son los choques en torno a las sanciones económicas de Estados Unidos a Cuba o Irak.

La razón más profunda de este cuadro está en que no es posible el “super imperialismo” pacífico con el que especuló Kautsky. El capital no puede existir si no es en la forma de los “muchos capitales” en guerra constante. La concentración y centralización de capitales no anula la competencia, como pensaron muchos marxistas. Por el contrario la competencia se hace más aguda y sus consecuencias más devastadoras, precisamente porque entran en combate enormes fuerzas centralizadas.

El sueño del idílico mundo capitalista es desmentido por la realidad de los más de 20 millones de muertos (algunos elevan la cifra a 30 millones) que se produjeron en todas las guerras locales, coloniales, intervenciones militares imperialistas, en el medio siglo transcurrido desde el fin de la Segunda Guerra hasta la caída del Muro de Berlín. Esto sólo bastaría para refutar la apologética burguesa; los datos más recientes también desmienten la tesis sobre el “fin de la historia” y el imperio tranquilo y “aburrido” del libre mercado y el capital, que se proclamó en 1989. Desde entonces hemos visto guerras como la del Golfo, la ex Yugoslavia y genocidios como en Ruanda, que ocasionaron cientos de miles de muertos y otros cientos de miles de mutilados. Pero además están las decenas de conflictos “tapados”, que no llegan a las primeras planas de los diarios. Por ejemplo, en 1993 la ONU informaba que en Angola estaban muriendo por día alrededor de 1.000 personas a causa de la guerra. Los datos globales indican que sólo desde la caída del muro hasta 1992 58 países tuvieron algún tipo de conflicto armado. Desde el fin de la Segunda Guerra hasta los comienzos de los noventa se habían registrado en el mundo 145 guerras. Lejos de la “igualación de oportunidades y desarrollo” que promete la globalización, los países dependientes y semicoloniales sufren toda clase de agresiones, presiones militares, diplomáticas, bloqueos, presiones económicas, etcétera.

Además millones de personas se han convertido en refugiados, un inmenso drama humano en este mundo de “orden y paz” post guerra fría. En total, hacia fines de 1992 se consideraba que había 19 millones de refugiados en el mundo, y otros 24 millones de personas habían abandonado sus hogares y se habían convertido en refugiados en sus propios países.

2. Centralización e internacionalización del capital

Los largos períodos de acumulación débil y crisis como el actual constituyen, en lo esencial, “inmensas revoluciones en el valor”, que impulsan reestructuraciones globales de los capitales productivos e implican el cierre de empresas y agudos procesos de centralización del capital. El período iniciado en los setenta provocó cambios a nivel de las relaciones inter capitalistas y en la división internacional del trabajo.

A lo largo de estos años se acentuó cualitativamente el proceso de centralización. A la gran ola de fusiones de mediados de los ochenta le sigue la actual. Sólo en los Estados Unidos en 1995 se movieron 500.000 millones de dólares en estas operaciones, y este año se va camino a superar esas cifras en más de un 25%. El proceso de concentración provocó que desde 1982 a 1992 las 370 mayores empresas aumentaron su participación en el pbi mundial del 24,2% al 26,8%, y la tendencia sigue creciendo.

Contra el mito difundido por la ideología burguesa, que la gran corporación tendía a desaparecer, suplantada por la pequeña empresa (el supuesto posfordismo), la gran empresa sigue siendo clave en el modo de producción capitalista de hoy. Un gigante como la GM tiene ventas anuales que superan el pbi de un país gigante como Indonesia; si tomamos las 100 más grandes empresas del mundo, la última de ellas tiene ventas anuales que superan el pbi del Uruguay, por ejemplo. Se calcula que 370 empresas concentran hoy el 25% de los activos productivos del planeta. Las grandes empresas de los países imperialistas siguen concentrando el liderazgo absoluto en materia de tecnología, de control de los recursos naturales; unidas a los bancos controlan los flujos fundamentales de capital dinero; en combinación con sus estados, tienen la primacía absoluta en el terreno del armamento de alta sofisticación; en el terreno de la cultura, dominan sin disputa los medios de comunicación.

Este desarrollo de las corporaciones les ha permitido tomar a su cargo sectores de la producción que hasta hace poco estaban a cargo del estado, dadas las inmensas inversiones de largo plazo que demandan. La crisis impulsa a establecer los criterios de la rentabilidad también para las empresas estatales; las privatizaciones someten más completamente a la ley del valor a sectores e industrias. De esta forma, la contradicción entre apropiación privada y producción socializada se agudiza.

Junto a la concentración y centralización de los capitales se ha dado un renovado impulso a la internacionalización de la economía. El comercio mundial aumenta a un ritmo más rápido que la producción mundial. Pero más todavía crece la exportación de capitales. La inversión directa extranjera creció en los últimos diez años 5 veces más rápido que el comercio mundial y 10 veces más rápido que la producción total en el mundo. En el marco de una competencia cada vez mayor, los capitales se lanzan en busca de mano de obra barata, de oportunidades de “tragarse” a los peces chicos (fusiones, compras de activos depreciados, etc.). Hoy las fuerzas productivas rebasan con mucho exceso las fronteras nacionales y, si bien es posible que su desarrollo no permita integraciones industriales a nivel internacional (por lo menos para la mayoría de las ramas), se están concretando a niveles regionales.

La internacionalización del capital ha dado impulso a la profundización de las relaciones capitalistas. Uno de los fenómenos más remarcables en este sentido se da en Asia del este, zona que alberga al 56% de la población mundial. Entre 1983 y 1992 Corea del Sur tuvo una tasa de crecimiento anual del 9,6%. Tailandia el 8,3%, Singapur, Hong Kong y Malasia superiores al 6% e Indonesia del 5,7%; a esto se suma el crecimiento de China, en proceso de transformación capitalista. Este crecimiento abre campos de inversión y mercados para el capitalismo occidental, y sus consecuencias y dinámica deberán ser motivos de mayores estudios.

Al hacerse cada vez más mundializada la economía y la competencia, se renuevan las presiones por aumentar la explotación. Todos procuran hacerse de “nichos” en el mercado, para insertarse en la nueva división internacional del trabajo que se está configurando. La consigna de la hora es “bajar costos para competir, para exportar”; bajar costos implica impulsar más y más la transferencia de valor desde el trabajo al capital. Por supuesto, desde un punto de vista económico general, la “solución” burguesa de que cada país tenga un excedente exportador es, por naturaleza, contradictoria. ¿De dónde vendrá la demanda mundial si cada país trata de tener superávit mundial? Esto sólo es posible mediante una gigantesca transferencia de dinero a los países imperialistas acreedores, lo que de todos modos agudizará las rivalidades, la competencia y la búsqueda desesperada de bajos salarios para hacerse de esos saldos destinados a pagar las deudas.

3. La extensión del capitalismo en el este de Europa y China

Contra las creencias de gran parte del trotskismo, a la caída de los regímenes stalinistas se cumplió la previsión de Trotsky realizada en los treinta: si el derribo de la burocracia no era dirigido por el marxismo revolucionario, inevitablemente se extenderían las relaciones capitalistas, amparadas por los gobiernos y Estados restauracionistas (ver La revolución traicionada).

El estado que defendía los intereses de la burocracia se transformó, al igual que esta última se transformaba en clase capitalista -esto es, propietaria de los medios de producción. El estado dejó de defender la propiedad nacionalizada para pasar a ser impulsor de las privatizaciones y de la extensión de las relaciones capitalistas. Esto fue posible sin que -en general- ocurrieran grandes convulsiones porque se trataba de un estado, un partido comunista y unas fuerzas armadas y policiales que defendían la apropiación del excedente por parte de la burocracia. El atesoramiento de reservas monetarias y la proliferación de formas avanzadas protocapitalistas de acumulación y explotación por las diversas ramas de la burocracia (partidaria, tecnocrática y administrativa, militar, etc.) en los últimos años de los regímenes stalinistas marcaban la tendencia a transformarse en clase capitalista plena, lo que fue posibilitado por el cambio en el estado ocurrido entre 1988 y 1990. Por este motivo se pudo pasar de un estado al servicio de las formas de explotación burocráticas a un estado al servicio del desarrollo franco del conjunto de los mecanismos de explotación capitalistas. Este cambio político se vio también reflejado en las cifras sobre la relación entre la participación del sector estatal y privado en las economías.

En el centro de Europa el sector privado ha pasado de producir menos del 15% del pbi a más del 60% en unos tres años. Ya en 1992 las firmas privadas polacas producían entre el 40% y el 45% del pbi; mientras la producción de las firmas estatales decrecía, la de los sectores privados aumentaba a una tasa del 25% anual; de prácticamente cero, la producción privada polaca había pasado a proveer -en sólo 2 años- el 25% de la producción industrial y a tener el 27% de la fuerza de trabajo (excluyendo a la agricultura). En Checoslovaquia, que había partido de la casi nula participación del sector privado en el pbi, a fines de 1992 éste producía más del 45% del ingreso nacional. En Hungría también superaba el 40%, y hoy el 70% está en manos privadas.

En Rusia ya en 1994 se habían privatizado 100.000 empresas estatales. Las grandes privatizaciones se combinan con el crecimiento de burguesía media; en 1995 las más de 900.000 pequeñas empresas de Rusia (definidas como las que tienen menos de 200 empleados) proveían el 9% del empleo total; en Checoslovaquia el 37% y en Polonia el 23%.

Esta irrupción de las relaciones capitalistas provocó un cambio dramático en los niveles salariales y de vida de las masas y el aumento vertiginoso de la desocupación, que era desconocida en los viejos regímenes. Además, a diferencia de lo que sucede en China, no hay una afluencia masiva de inversiones en Europa del este (salvo en Alemania oriental), debido a la mala infraestructura, la inestabilidad política, incluso a la desconfianza ante una clase obrera que posiblemente no esté aún disciplinada a las exigencias del capital. En los tres años que siguieron a la caída del stalinismo sólo habían llegado capitales por 11 mil millones de dólares a todo el este europeo; al mismo tiempo, se calcula que de Rusia fugaron unos 400 mil millones de dólares. Sólo la extrema depreciación de los viejos activos estatales está comenzando a animar las inversiones en Rusia.

Por supuesto las privatizaciones de empresas en sí mismas no solucionan nada. Una vez privatizadas deben competir, cargadas de deudas y con baja productividad. Por lo tanto muchas siguen dependiendo de subsidios estatales, lo que fomenta la inflación y la crisis fiscal; su destino final es el cierre.

La existencia de empresas y negocios en relación parasitaria con respecto al estado, las posibilidades de apropiarse de los viejos activos estatales y las presiones por “hacerse de mercados”, alimentan también las formas extra económicas de acumulación por parte de mafias y sectores ligados al estado. Se trata de fenómenos muy propios de la acumulación capitalista en su fase de consolidación, que generan temores y tensiones en el capitalismo occidental, (especialmente por el control de los arsenales nucleares y el comercio clandestino de armas de alta tecnología).

La restauración capitalista plantea además con agudeza la cuestión del papel que jugarán estos países en una futura división internacional del trabajo y de los términos en que se relacionarán con uno u otro imperialismo. La guerra de Yugoslavia, por ejemplo, es un producto de las insalvables contradicciones entre los sectores restauracionistas para hacerse de mercados nacionales. La guerra en Chechenia es otro ejemplo de lo que decimos. El conflicto se deriva muy directamente de las tensiones y choques por el futuro control sobre las grandes reservas de petróleo de la zona del Caspio (y en especial sobre los oleoductos y las zonas que atravesarán); Kazajstán, Azerbaiján y Turkmenistán están en el centro de estos choques que involucran también a Rusia, Turquía (país que podría considerarse un “sub imperialismo” en la región) e Irán y al imperialismo.

Los ideólogos y políticos burgueses proclamaron, a la caída de los regímenes stalinistas, que venía definitivamente el paraíso capitalista. Millones de trabajadores creyeron en la posibilidad de tener “estados de bienestar” y “capitalismo humano”. Hoy, ante las pavorosas experiencias que se viven, los apologistas del capital dicen que esto no es el capitalismo. Nosotros decimos que esto es el capitalismo, el capitalismo de carne y hueso, exudando violencia, expandiendo hambre y desocupación para millones y concentración de riqueza para unos pocos. Como dicen muchos observadores, ahora hay mercancías en las tiendas, pero sólo una minoría las pueda comprar.

En Rusia reaparecieron -desde los tiempos del zar no existían- la difteria, el cólera la malaria y la peste bubónica. Las causas son falta de alimentación, de medicina, de servicios sanitarios. En 1993 se reconocía, por ejemplo, que el promedio de los rusos tenían el 20% menos de calorías y el 40% menos de vitaminas que las necesarias. Alrededor del 60% de los niños sufrían de dermatosis alérgicas, disentería, desórdenes gastrointestinales diversos. Sólo menos de un tercio de los niños se mantenían sanos durante el primer año de vida. Al mismo tiempo por todos lados surgen los nuevos ricos, se ve la ostentación de los viejos burócratas devenidos en capitalistas y los negociados fabulosos.

Los ritmos, las formas en que estos hechos incidirán en la conciencia de las masas, es algo sobre lo que tenemos muy pocos elementos de juicio. De todas maneras encuestas realizadas en Alemania oriental en 1993 mostraban que para la mayoría de los habitantes era incomprensible que no estuvieran asegurados el trabajo y la vivienda, o que hubiera criterios de mercado y propiedad privada en educación y salud; una mayoría sostenía que en el viejo sistema había “cosas rescatables”, si bien no querían volver a él. En Rusia los campesinos no entienden razones con las privatizaciones; los habitantes de las ciudades expresan su desencanto con el capitalismo, si bien manifiestan no querer volver al pasado stalinista.

Por otras vías y formas, las relaciones capitalistas también se han extendido en China a lo largo de los últimos 15 años, aunque mediadas por formas transicionales híbridas. Debemos aclarar, que todas las apreciaciones que aquí hacemos en torno del proceso en curso en China, no son más que elementos de aproximación a una realidad extremadamente compleja y que abarca a un quinto de la población mundial, por lo cual debemos ser extremadamente cuidadosos en su estudio y análisis y no inclinarnos a sacar conclusiones apresuradas, ya que todos los cambios que se operen en su seno conforman por sí solos una realidad con incidencia mundial. No obstante, queremos señalar aquí algunos elementos para aportar al estudio y la discusión sobre ese complejo proceso en curso.

La tierra sigue siendo estatal, a pesar de que está distribuida entre las familias, y progresivamente se apunta a su privatización. Las empresas colectivas -en la industria y el comercio- tienen formas de propiedad variables, desde cooperativas obreras a las “joint ventures” con empresas extranjeras y empresas privadas, pero siempre ligadas a autoridades locales. A ello se suman las empresas privadas, individuales o extranjeras, las de crecimiento más rápido. En 1994 el sector privado ya proveía el 19% del producto industrial, y las empresas colectivas (muchas de ellas en realidad privadas) el 41%. Las inversiones extranjeras están superando los 25 mil millones de dólares anuales, y producen crecientemente para el mercado interno. De todas formas es un problema teórico, a estudiar y debatir, precisar el carácter de clase del estado chino en la actualidad; la cuestión de si es un estado capitalista debe resolverse en relación a la política que se siga desarrollando con respecto a la relaciones de propiedad, muchas de ellas híbridas y en transición (lo mismo podemos decir con respecto a Vietnam).

A pesar de la espectacularidad de los índices de crecimiento económico de China durante los últimos 15 años (10% anual), los problemas y contradicciones no dejan de desarrollarse. Las diferenciaciones sociales en el agro se acentúan, y a mediano plazo asoman los problemas de la creciente desertización de las tierras, tema particularmente grave en un país con apenas el 8% de la tierra arable. La escasa rentabilidad de las empresas estatales plantea la necesidad de un ataque del capital a ese sector, lo que ocasionará conflictos. El crecimiento desigual entre los sectores y regiones, las rivalidades competitivas entre comunas y localidades y el gobierno central, la persistencia de las presiones inflacionarias, son indicios de que en esta inmensa zona del Asia se están acumulando profundas tensiones. No es casual que el imperialismo considere el “problema chino” como uno de los más importantes que tiene por delante.

Tal vez el símbolo más chocante de este inmenso giro hacia la inserción en la economía capitalista de estos países lo brinde Vietnam, bandera de la lucha y victoria antiimperialista durante los sesenta y setenta. Luego de casi una década de “tratamiento” con medidas capitalistas y de intentos de competir en los mercados mundiales, la mitad de la población -según datos del Banco Mundial de 1995- está en la pobreza, y un cuarto de los vietnamitas no pueden disponer de las calorías mínimas suficientes, aun si dedicaran el total de sus ingresos a la alimentación.

4. Crecimiento y globalización del capital financiero y especulativo

Las presiones del capital imperialista se agudizan por la extrema movilidad y fuerza que adquirió el capital monetario. Ya Marx había advertido que durante las crisis se produce la escisión y oposición entre la forma monetaria y productiva capital. Esto sucedió en la última crisis. Parte del capital se retiró de la esfera productiva y se mantiene “líquido” o en activos financieros, beneficiándose de las dificultades que enfrenta el capital comprometido en el ciclo de negocios, del endeudamiento creciente y general (que incluye la esfera estatal) y de la suba de las tasas de interés que ello acarrea. Sólo en la última década la suma total de los activos financieros aumentó 2,5 veces más rápido que el producto bruto de los principales países capitalistas; las tasas de interés (para los países desarrollados) pasaron de un promedio del 0,8% anual en la década de los sesenta a tasas que oscilan entre el 4,5 y más del 6% en los últimos diez años.

Este crecimiento estuvo acompañado de su globalización. La liberalización de los mercados permitió que una fracción muy importante de esos ahorros líquidos del capital se incorporaran a los flujos financieros mundiales. Mientras que en la fase del boom de posguerra se internacionalizó esencialmente el capital productivo, hoy asistimos a una poderosa internacionalización del capital dinero. Se trata de la redición, a escala gigantesca, de la internacionalización del capital financiero que habían registrado los marxistas a comienzos de siglo. Sólo en los principales mercados de cambio se hacen operaciones diarias por valores superiores a 1,3 billones de dólares, más del 4 veces el producto bruto de un país como Argentina, y una cifra superior a todas las reservas en divisas acumuladas por los principales bancos centrales del mundo. Las operaciones diarias en bonos y títulos superan los 700.000 millones de dólares. Estos flujos gigantescos de capital que se desplazan entre los mercados en búsqueda de rápidas ganancias, imponen el poder del dinero y la lógica del capital a todos los gobiernos.

En este marco tienen especial relevancia las deudas de los países atrasados. Las deudas externas aumentaron en los últimos 10 años (hasta 1995) más del 55% para el conjunto de los países atrasados; la cifra global supera 1,6 billones de dólares. En términos de las exportaciones de bienes y servicios, la deuda representaba el 96% en 1981 y el 123% en 1992; en términos de pbi, el peso de la deuda se mantiene aproximadamente igual, en el 28 a 29% del pbi. Entre 1982 y 1991 los países atrasados pagaron por intereses 357.000 millones de dólares por préstamos exteriores privados, y 156.000 millones por préstamos de gobiernos y organismos oficiales.

El mecanismo de endeudamiento creciente actuó como una poderosa palanca de internacionalización de la crisis capitalista. La extracción de plusvalía a través de la deuda acentuó la dependencia con respecto a los mercados mundiales, obligó a las aperturas económicas y las privatizaciones a partir de las crisis de las balanzas de pagos. Es cierto que la explosividad de la deuda (peligro de crack generalizado) se atenuó con relación a mediados de la década de los 80 (bajó el porcentaje de deuda con respecto a exportaciones y pbi). Pero esto se logró en gran medida porque los poseedores de títulos se hicieron de los activos estatales por medio de las privatizaciones, a lo que se agregó una leve baja de las tasas de interés. Hoy, sin embargo, la carga de la deuda tiende a agravarse nuevamente. Las corridas bancarias y financieras, como sucedió en México, se saldan con nuevas montañas de deudas, la garantía de más activos estatales y con mayores “ajustes” sobre las masas y los trabajadores.

Otra faceta del endeudamiento es la deuda de los estados, que tendió a subir en todos los países. La caída de la recaudación, debida a la crisis, junto al aumento de las presiones por subsidios a los capitalistas, al crecimiento de los pagos por seguros de desempleo, gastos militares y represivos, llevaron a crisis fiscales generalizadas, de manera que cada vez más los estados contraen deudas para pagar deuda. Por eso, y a pesar de toda la alharaca neoliberal, después de más de una década de aplicación de las recetas reaganianas la deuda bruta pública de los Estados Unidos superaba el 68% de su pbi en 1995.

Estas evoluciones explican el crecimiento del capital especulativo y parasitario, y la inflación de los capitales ficticios. La recuperación de la economía norteamericana de los ochenta literalmente “nadó” en un mar de deudas, públicas y privadas. En los noventa la deuda privada de las empresas no dejó de crecer. Las economías de otros grandes países reposan también en una montaña de deudas, lo que abre el interrogante de hasta qué punto el crecimiento de los beneficios y las alzas bursátiles no están aupadas en este endeudamiento. Por ejemplo, el auge de la bolsa en Japón -hasta 1991- estuvo impulsado por un boom de créditos destinado a la compra masiva de propiedades y acciones, que a su vez actuaban como colaterales de los créditos que se tomaban para comprar más propiedades y acciones. El resultado, como no podía ser de otra manera, fue el crack bursátil, financiero e inmobiliario de 1992.

Movimientos especulativos de este tipo se repiten en todas las economías capitalistas. Por eso los peligros de derrumbe de esta montaña de capital inflado son tema de preocupación y comentario cotidiano de los medios especializados. Los bancos no son “todopoderosos”, su poder termina allí donde los préstamos comienzan a flaquear por las dificultades que encuentra la reproducción capitalista. A comienzos de año, los 21 principales bancos japoneses anunciaron la creación de un fondo de 86 mil millones de dólares en previsión de pérdidas por malas deudas. En 1985 la banca internacional debió socorrer a México con 40 mil millones de dólares para impedir un crack mundial. En Francia el rescate del Crédit Lyonnais tuvo que ser asumido por el estado; en Suecia, Finlandia y Noruega los estados tuvieron también que socorrer al sistema bancario, ante el riesgo de caída. En Brasil se destinaron recientemente 6.500 millones también a salvar bancos. En Estados Unidos, el quiebre de las instituciones de ahorro y préstamo requirió del Estado 150 mil millones de dólares para cubrir a los ahorristas. Los desastres a partir de las especulaciones con los “derivados” de grandes firmas como la Kashima Oil (Japón) o Baring (Inglaterra) agregan más factores al riesgo del crack. No sin razón las revistas especializadas hablan del “riesgo sistémico”, esto es, del peligro de que una caída súbita e inesperada de uno o varios grandes bancos dispare un colapso de tipo dominó a través de todo el sistema bancario de algún país, y de allí las ondas se harían sentir tanto en Wall Street como en Hong Kong o San Pablo.

5. Ofensiva sobre el trabajo, proletarización y crisis social

La contrapartida de la explosión del capital especulativo es la precarización completa del empleo, la ofensiva sin pausa sobre el trabajo, para arrancar más y más plusvalía que irá a alimentar los circuitos del capital. En la base de toda crisis se encuentra la inmensa presión por transferir valor desde el trabajo hacia el capital, esto es, la guerra abierta por la desvalorización del trabajo en aras de restablecer la valorización del capital. Este es el punto central que no entienden las corrientes izquierdistas que piensan que el ataque a los trabajadores se frena derrotando un plan económico o un gobierno, y no apuntan al sistema de propiedad privada y al estado que lo defiende. Lo fundamental es ver la globalidad de esta ofensiva, que apoyan todos los gobiernos capitalistas de todos los colores y signos.

La desocupación constituyó un arma fundamental en manos del capital para imponerse y derrotar la estrategia reformista del movimiento obrero. A lo largo de esta larga crisis, después de cada recesión el desempleo se mantuvo a niveles más altos que en la fase anterior; hoy la desocupación en el mundo capitalista adelantado es de 38 millones de personas, y entre 800 y 900 millones en los países atrasados. Países que se caracterizaron por índices muy bajos de desempleo durante la posguerra, como Suecia y Japón, lo ven ahora aumentar rápidamente. Las causas son la falta de inversiones expansivas de la infraestructura productiva y en construcciones, y las constantes inversiones racionalizadoras, que reemplazan mano de obra por máquinas. Aun si el capitalismo retomara ritmos de inversión mucho mayores, existe bastante consenso en afirmar que la desocupación seguirá siendo muy alta y a largo plazo.

El capital impulsó la caída de los salarios reales en prácticamente todos los países. En aquellos lugares en que todavía el salario no cayó decisivamente (como en Alemania), se está agudizando la “huelga de inversiones” y las presiones y ataques sobre los trabajadores. En los países adelantados, las fusiones empresarias y las reestructuraciones siguen operando a toda marcha, provocando más despidos y mayor ofensiva sobre los trabajadores. En Estados Unidos sólo en la primera mitad de 1996 se produjeron 170 mil despidos por reestructuraciones empresarias. Los salarios de los trabajadores menos calificados bajaron en los Estados Unidos, desde 1973 hasta 1993 casi un 38%. Tendencias parecidas pueden detectarse en muchos otros países adelantados. En muchos países atrasados los salarios descendieron incluso por debajo del valor mínimo de reproducción de la fuerza de trabajo; en estos casos podemos hablar de “superexplotación”, los trabajadores están cayendo en la más completa degradación física y moral.

Junto a la caída de los salarios se imponen cambios profundos en los lugares de trabajo: los métodos toyotistas, la flexibilización, etc. La precarización del trabajo es otra característica; en los Estados Unidos, en el último cuarto de siglo, el número de trabajadores a tiempo parcial pasó del 6% al 13% de la fuerza laboral. Lo mismo se ve en Europa y Japón. Se perdieron conquistas sociales en prácticamente todos lados (salud, educación, jubilaciones, etc.). En los países capitalistas adelantados tienden a desaparecer los viejos sectores de la “aristocracia obrera”, base social del reformismo imperialista. De conjunto asistimos a una homogeneización “hacia abajo” de las condiciones salariales y laborales en el mundo capitalista.

Es muy significativa la crisis del “modelo sueco”, meta dorada de todos los reformistas del mundo; también allí la internacionalización de las tendencias en curso se manifiesta en el aumento de la desocupación, la pérdida de las viejas conquistas y de la seguridad social, etcétera.

Pero la crisis y la internacionalización del capital operan también como un poderoso


factor de proletarización creciente. A la par que el capital expulsa mano de obra y recrea un ejército de desocupados a nivel mundial, enormes masas se proletarizan y se incorporan al ejército obrero. En muchos países se asiste al crecimiento relativo de la mano de obra femenina bajo relaciones capitalistas; por ejemplo, en los Estados Unidos en 1940 las mujeres casadas que vivían con sus maridos y trabajaban por un salario representaban menos del 14% de la población femenina, pero en 1980 constituían casi la mitad.

El caso más notable de crecimiento del proletariado industrial en los últimos años se registra en Asia del este. La clase obrera industrial de China hoy es mayor que toda la fuerza laboral de los Estados Unidos. Desmintiendo las tesis sobre el “fin del proletariado” (tesis mediante la cual se pretende justificar la caducidad del marxismo) la clase obrera ha crecido a nivel mundial. He aquí algunos ejemplos: el empleo en la manufactura creció en Turquía un 65% entre 1960 y 1982, el 179% en Egipto entre 1958 y 1981, el 623% en Tanzania entre 1953 y 1981, el 212% en Brasil entre 1970 y 1982, y el 2.500% en Corea del Sur entre 1956 y 1982. El autor que proporciona estos datos (Callinicos) concluye en que “a escala mundial hay ahora más trabajadores en la industria que en cualquier momento de la historia”.

Pero la proletarización no actúa sólo en el sentido cuantitativo, sino también “cualitativo”; esto es, avanza la subsunción de masas asalariadas al capital, como lo demuestran las condiciones de trabajo cada vez más sometidas a su imperio de los empleados de comercio, bancarios, administrativos, etc., en todos los países capitalistas. Por eso, y considerando también parte de la clase obrera a todos estos sectores, podemos concluir que en la mayoría de los países adelantados los asalariados sometidos al capital constituyen más del 80% de la población económicamente activa.

Por otro lado, la internacionalización de la economía trajo consigo la multiplicación de las migraciones en masa de mano de obra, en particular de países del llamado “tercer mundo” hacia Europa y Estados Unidos, con la consiguiente diversificación étnica de la clase obrera de los países industrializados.

La proletarización también avanza en el campo. La acumulación e internacionalización del capital han dado lugar a desarrollos capitalistas del agro en extensas zonas del mal llamado “tercer mundo”. Si bien está discutido hasta qué punto se operó la “descampenisación”, parece un hecho verificado que en extensas zonas de América latina y Asia, y hasta cierto punto Africa, se avanzó mucho en este proceso. Se comprueba la entrada de grandes empresas, con cadenas de industrialización de insumos y productos y comercialización en los mercados mundiales; la proletarización -encubierta o no- de franjas campesinas, junto a la introducción de tecnologías y nuevas formas de organización de las explotaciones, con tendencia a privilegiar las explotaciones más grandes y típicamente capitalistas. Así se verifican pasos hacia la diferenciación campesina, junto a la proletarización y semiproletarización, que en muchos casos comprende la formación de masas de trabajadores itinerantes, super explotados por el capital. Al mismo tiempo se verifica -por lo menos en muchos sectores de América latina- la persistencia y aun recomposición de sectores campesinos bajo las formas de minifundios, explotados por el capital agroindustrial y comercial. Sobre la base de estas líneas de desarrollo tendencial, es necesario profundizar el estudio de las formas y dinámicas concretas y las implicancias en la lucha de clases en el campo.

La tendencia a extender y acentuar la contradicción capital / trabajo no implica que la clase obrera está sola y que no necesita aliados en la revolución. Junto a los sectores campesinos empobrecidos está el crecimiento de las masas de pobres urbanos, con inmensos sectores pequeño burgueses oprimidos por el capital. Es un hecho registrado en Asia, América latina y Africa que la modernización capitalista de la agricultura y la intensificación del éxodo rural aceleraron el proceso de urbanización, que crece exponencialmente. Ya a mediados de los años ochenta el 42% de la población mundial era urbana, a pesar del inmenso peso campesino de China e India, y el proceso continúa en los países del llamado “tercer mundo” (acerca del significado histórico de este proceso, ver infra).

En los inmensos cinturones de miseria de las grandes ciudades se agrupan hoy masas empobrecidas, que no pueden acceder a un puesto de trabajo mínimamente estable, y que incluyen trabajadores autónomos, semi asalariados, junto a los desocupados, marginados, lúmpenes, etc. Combinados o junto a ellos están los millones de vendedores ambulantes, de pequeños artesanos domésticos, de pequeños comerciantes, etc., que constituyen una masa de aliados potenciales de la lucha revolucionaria.

Esto es, por supuesto, sólo un esbozo para ubicar los muchos problemas por estudiar. Entre ellos, las nuevas formas de explotación fabril, los modos en que opera hoy la reproducción de la fuerza de trabajo, la incidencia del ejército de reserva, y las nuevas dinámicas de las luchas urbanas y su relación con el programa de la revolución socialista.

Es importante comprender que esta ofensiva del capital sobre las masas, en el marco de este largo período de tónica depresiva, constituye la base material de los grandes cambios sociales, políticos e ideológicos. Si bien los países capitalistas avanzados no conocieron un quiebre económico de las proporciones de los treinta, globalmente el período abierto a partir de los setenta dio lugar a la reaparición de la pobreza y miseria masiva en los ochenta y los noventa características de las grandes crisis. Las cifras de pobreza y miseria de los países atrasados no llaman hoy la atención, pero lo significativo es su crecimiento en los grandes países adelantados. Los miles de personas sin techo y de mendigos en las calles de las ciudades más ricas del mundo, como Nueva York o Londres, son elocuentes; hoy se considera que los índices de miseria de Harlem, barrio de Nueva York, son comparables con alguno de los estados más pobres de la India. En Estados Unidos 40 millones (más del 15% de la población) viven en la pobreza, 14 millones de niños pasan hambre o corren el riesgo de ser desnutridos. Sólo en Europa hay 55 millones de pobres. El crecimiento de la inseguridad y del temor a la pérdida del trabajo, la desaparición de las formas de vida ligadas a la época “dorada” del capitalismo de posguerra, llevaron al crecimiento de la violencia de todo tipo. En Estados Unidos uno de cada 169 ciudadanos está en la cárcel. En todos los países capitalistas avanzados, los jóvenes manifiestan masivamente que no esperan ningún progreso ni mejora, aun cuando terminen sus estudios. Los medios más “respetables” del establishment registran la caída del “viejo sueño americano” junto al aumento del desempleo y la debilidad del crecimiento.

Las ideologías del individualismo despiadado, del “sálvese quien pueda”, la droga y el alcoholismo masivos, también son fenómenos típicos de las épocas de depresión económica. También lo es el renacimiento de ideologías nazis entre los jóvenes desocupados y sin perspectivas de Alemania, Francia o Estados Unidos.

No queremos hacer aquí un recuento exahustivo, sino destacar hechos que están mostrando similitudes muy profundas con otros grandes períodos de depresión económica del capitalismo, y que posiblemente son tanto o más significativos que las frías cifras sobre inversión o crecimiento. Una expresión política de esta situación es la caída del apoyo electoral a los partidos tradicionales, incluso a aquellos de la oposición a gobiernos desacreditados; especialmente significativa es la caída de los socialdemócratas, los máximos difusores de la idea del progreso sin fin del capitalismo y del bienestar de las masas que traería aparejado. Como anota Hobsbawn, desde la depresión de los treinta “no se había visto nada semejante al colapso del apoyo electoral que experimentaron, a fines de los ochenta y principios de los noventa, partidos consolidados y de gran experiencia, como el partido Socialista en Francia (1990), el partido Conservador en Canadá (1993) y los partidos gubernamentales italianos (1993). En resumen, durante las décadas de crisis las estructuras políticas de los países capitalistas democráticos, hasta entonces estables, comenzaron a desmoronarse. Y las nuevas fuerzas políticas que mostraron un mayor potencial de crecimiento eran las que combinaban una demagogia populista de con fuertes liderazgos personales y la hostilidad hacia los extranjeros”. En Estados Unidos un desconocido como Perrot pudo amenazar al bipartidismo simplemente porque se vota “contra”. Un alto ejecutivo de una de las más grandes empresas energéticas del mundo reconocía en la última cumbre de Davos que “si las empresas no encaran los desafíos de la pobreza y del desempleo, las tensiones se incrementarán entre los poseedores y los desposeidos, habrá un aumento considerable del terrorismo y de la violencia”. El problema es que la misma lógica capitalista de salida a la crisis lleva al aumento de la pobreza y el desempleo.

Es precisamente esta conjunción de la extensión y profundización de la contradicción entre el capital y el trabajo, por un lado, y la crisis y miseria, la que constituye la base material creciente sobre la que se asienta el programa y la propaganda por la revolución obrera y comunista.

6. Dominación imperialista, dependencia y semicolonización

La internacionalización del capital y las constricciones que impone la exacerbación de la competencia han quitado base a las política nacionalistas keynesianas, y a las posibilidades de intervención y regulación económicas de los Estados. Ello explica en última instancia el fracaso de los socialismos “nacionales”, de los desarrollos autárquicos con que soñaron sectores de las burguesías nacionales. Las burguesías de los países atrasados se entrelazan con el capital financiero, beneficiándose de la extracción de plusvalía en el plano mundial. En la década de los setenta y ochenta colocaron inmensas sumas a interés en el extranjero; esas salidas de capitales fueron financiadas por los mismos préstamos exteriores que endeudaban a sus países. De esta forma estos sectores no sólo participan de la explotación del proletariado de los países adelantados, sino también de la extracción de plusvalía a los trabajadores de sus países por el capital financiero internacional. Este entrelazamiento con el capital globalizado constituye el fundamento material para explicar el quiebre de los nacionalismos burgueses que florecieron con la caída del mercado mundial posterior a la crisis de los treinta. En esta unidad en la explotación se constata la unidad de clase de la burguesía mundial contra el proletariado. La misma unidad se ve en las alianzas entre burguesías locales y de los países imperialistas para invertir en las privatizaciones e impulsar políticas contra la clase obrera.

Tampoco se sostienen los proyectos del “nuevo orden internacional” y del desarrollo “armónico y solidario” del “tercer mundo”. La independencia nacional desde el punto de vista económico es una utopía bajo la conducción de la burguesía y en el marco de su sistema de explotación. Los intentos de desarrollo autárquicos (en los años en que las fuerzas productivas estaban menos internacionalizadas) se hicieron, la mayoría de las veces, a costa del atraso tecnológico, la descapitalización de los países atrasados (como sucedió en la Argentina de los años cuarenta), y terminaron en crisis agudas, comerciales y financieras, expresadas en los déficits de las balanzas de pagos. De conjunto, esos desarrollos sólo prepararon las condiciones para la inserción de los países atrasados en el mercado mundial en condiciones de renovada dependencia y de super explotación de los obreros y de las masas empobrecidas.

La internacionalización de la economía refuerza aún más, si es posible, la idea central del marxismo revolucionario: la revolución proletaria en ningún país puede apuntar a la autarquía económica como meta; ésta sólo puede existir por un período, al estilo de “fortaleza sitiada”. Aun el no pago de la deuda externa, después del triunfo de una revolución proletaria, dependerá de la correlación de fuerzas entre las clases a nivel internacional. Y el desarrollo económico (sostenido) del país atrasado sólo podrá lograrse con la internacionalización de la revolución socialista. Pensar lo contrario es recaer en la vieja tesis del “socialismo en un sólo país”, con el agravante de que hoy existen todavía menos posibilidades de ello.

A partir de estas conclusiones debemos replantear el problema de la dominación imperialista y de la dependencia. Debemos reconocer que en este aspecto el marxismo tiene un considerable retraso en relación a los desarrollos que ha experimentado el capitalismo. Concretamente, las teorías de la dependencia, que florecieron en los años sesenta y setenta, se demostraron estériles para dar cuenta teórica de lo sucedido, por lo menos en países como Argentina, Brasil, Corea del Sur, etc. La visión que suplantaba la contradicción de clase por la explotación de regiones y/o países pobres por países ricos, las explicaciones de la explotación por el mercado, la afirmación de que las burguesías nacionales eran simplemente “lumpen burguesías” y que no existía acumulación en los países atrasados, en fin, el cuerpo teórico que ha servido de base a la mayoría de las corrientes de izquierda, debe ser criticado y superado. La tesis central de todas estas posiciones fue el “estancamiento permanente” de los países atrasados. Sin embargo los hechos son que la mayoría de estos experimentaron desarrollos en sentido cada vez más capitalista; por este motivo hoy ya no tenemos, como sucedió hasta muy entrado el siglo 20, la relación países imperialistas (capitalismo)/países atrasados (precapitalismo en su mayoría), sino entre países imperialistas y dominados, pero todos capitalistas. Al mismo tiempo la homogeinización de las relaciones capitalistas no implica el achicamiento de las desigualdades. Lejos de disminuir, la diferencia de los ingresos per cápita entre los países industrializados y los países en desarrollo se triplicó entre 1960 y 1993, pasando de 5.700 dólares a 15.400.

Esto obedece a la misma dialéctica de la internacionalización (ya advertida por Hilferding y Lenin en la época de expansión colonial del imperialismo), porque el capital se expande por el planeta en cuanto capital, y por lo tanto desarrolla capitalismo, aunque éste sea dependiente y dominado, y con ello en cierto sentido “iguala” y también acentúa las diferenciaciones y contradicciones. En este marco las burguesías nacionales, por lo menos de los países atrasados más significativos, establecieron sus propios Estados nacionales, formalmente independientes, desde los cuales negocian los términos de su inserción en el mercado mundial. Desde el punto de vista histórico se puede decir que las tareas burguesas, democrático-nacionales, han sido cumplidas en países como Argentina o Brasil.

Pero además es necesario superar el terreno de las generalizaciones en que se incurrió en los estudios de la dependencia y otros. Las diferencias entre los países atrasados generan dinámicas y formas distintas de desarrollo e inserción en el mercado mundial. Ya antes de que comenzara esta crisis era posible distinguir varios tipos de desarrollos de los países atrasados: los que se basaban en la exportación de productos primarios, casi sin estructura industrial; los exportadores de petróleo; los que siguieron un esquema de sustitución de importaciones, sustentado en exportaciones primarias; los que desarrollaron la economía en base a crecientes exportaciones industriales (Corea del Sur) y los países relativamente fuertes, que siguieron un esquema de industrialización sustitutiva de importaciones bastante desarrollado, complementado con exportaciones industriales (India, México, Brasil). A su vez, entre cada uno de estos tipos existieron casos intermedios, transiciones, etc. En cada caso varían las relaciones con el imperialismo, así como las reestructuraciones industriales que están experimentando en busca de insertarse en la nueva división internacional del trabajo.

Es necesario avanzar también en el estudio de cuál es la categoría precisa de dependencia que podemos establecer para países como la Argentina. En la ex LM se utilizaba la categoría de país “dependiente” (usando este calificativo ahora en el sentido en que lo usó Lenin), para subrayar el hecho de la independencia política formal; en la ex LSR se utilizaba el término “semicolonial”, para destacar también los lazos de dependencia política y militar con respecto al imperialismo. Tal vez la línea de avance en el estudio y clarificación de los problemas esté en precisar la dialéctica entre independencia política formal y diversos grados de sujeción financiera, militar, diplomática y política con respecto al imperialismo, y a partir de allí precisar qué categoría describe mejor esa situación.

7. Perspectivas

Si bien por ahora no se ven signos de que el capitalismo haya logrado iniciar otra fase de crecimiento sostenido, como sucedió después de 1945, (aunque algunos sostienen que ya se inició ese ciclo), no podemos descartar que las reestructuraciones en curso, la ofensiva sobre los trabajadores y la extensión del capital en el este de Europa y en China terminen por abrir una nueva fase de expansión.

La teoría marxista de la tasa de ganancia decreciente nos ha demostrado que la crisis es una necesidad del sistema -no una mera posibilidad- producto del mismo desarrollo contradictorio de las fuerzas productivas. Por eso mismo sabemos que las crisis no pueden ser eludidas por la acción de los Estados y de los “planes” económicos. De allí se derivan importantísimas consecuencias tácticas y estratégicas para el movimiento obrero y revolucionario; en particular, que no puede haber una salida concertada de la crisis, favorable a los trabajadores, impulsada por la mejora de los salarios y el nivel de vida de los trabajadores. El capital sólo puede resolver la crisis a costa de imponer enormes sacrificios y penalidades a las masas.

Pero al mismo tiempo, la teoría y la experiencia de la historia nos muestran que, si los explotados no logran encontrar la salida de la revolución proletaria, el capitalismo terminará por restablecer las condiciones adecuadas para la acumulación. Estamos muy alejados de la teorías de las crisis “sin salida” o “permanentes” del capitalismo.

De todas maneras un nuevo crecimiento más o menos sostenido del capitalismo a nivel mundial seguramente se acompañará de muy altos niveles de desempleo y extensas zonas del planeta sumidas en la postración. Tendencialmente los mecanismos de recuperación del sistema deben operar sobre regiones más vastas donde la desocupación se ha extendido profundamente. Y antes de que se conozca un nuevo período de expansión sostenida es muy factible que se produzca un nuevo “crack” financiero, de amplias consecuencias sobre las inversiones y el empleo.

No podemos decir en qué lapso, ni determinar los ritmos del proceso, sí ubicar por ahora las tendencias y los cursos probables de desarrollo. Precisar mejor las perspectivas dependerá de mayores estudios que todavía están por realizarse. Uno de los problemas más grandes es precisar la dinámica de los países atrasados y su relación con el imperialismo.

8. Ubicación de la crisis de acumulación argentina

Estos procesos mundiales son esenciales para ubicar la situación y las premisas materiales de la futura revolución en Argentina.

La crisis de acumulación en Argentina, iniciada a mediados de los setenta, marcó el fin del desarrollo basado en la industrialización orientada a la sustitución de importaciones, y con ello el fin de un modo de intervención estatal en la economía y de relaciones entre el capital y el trabajo, mediadas por el sindicalismo y el movimiento peronista. Para adaptar al país a la nueva división internacional del trabajo que se imponía, la clase capitalista debía acabar con la fuerza del movimiento sindical, con su poder de defensa reivindicativo. El gran objetivo era acabar con los salarios argentinos relativamente altos -para el promedio de los países atrasados-, y con la fuerte estructura de delegados y sindicatos que dificultaba el disciplinamiento a fondo de los trabajadores, a los efectos de hacer “competitiva” la mano de obra en el mercado mundial; avanzar en la imposición de la ley del valor, pasando a los monopolios las empresas estatales y disciplinar al movimiento obrero mediante los mecanismos clásicos -del capital- de la desocupación y la apertura comercial, combinada con la represión abierta, militar y policial, sobre el activismo político y sindical.

Las tendencias en marcha en el país - centralización de capitales, ataque global a la clase obrera, apertura comercial, integración al Mercosur- se inscriben entonces en las transformaciones mundiales en curso, y constituyen la explicación última del giro desde el peronismo “histórico” al menemismo.

Vista en la perspectiva histórica, podemos decir que la relación de dependencia de la Argentina con respecto al imperialismo ha ido variando a lo largo del siglo. A la dependencia comercial y financiera (esta última destinada a las inversiones en servicios públicos, la primera con respecto a la colocación de las exportaciones agrarias), que se prolonga hasta los años cuarenta, le siguió en los cincuenta y sesenta una profunda dependencia tecnológica y de las inversiones imperialistas destinadas al mercado interno. Esta dependencia tecnológica y entrada de inversiones fue la vía por la cual la burguesía argentina trató de salir del atraso tecnológico (crecimiento extensivo) en que se había sumido bajo la relativa autonomía económica del período peronista. En la actualidad se agrega la dependencia financiera, vía mecanismos de deuda, y el refuerzo de la dependencia tecnológica, dado el desarrollo de las nuevas tecnologías.

Estas evoluciones a lo largo del siglo demuestran que el desarrollo de la burguesía argentina se hizo a la sombra y el amparo del imperialismo (como subsidiaria de sus mercados, patentes, tecnología) y que esta tendencia no deja de profundizarse a partir de la globalización de la economía. El desarrollo de empresas estatales nunca cuestionó seriamente esta relación; por el contrario, estuvo más al servicio de fomentarla que de minarla. Incluso durante el período de desarrollo más autónomo del país -en la década del cuarenta- fueron características de esas empresas el atraso, los negociados y el fraude en beneficio de la burocracia estatal y sindical, además de los enormes beneficios que obtuvieron las empresas imperialistas en su rol de proveedoras de las empresas estatales (por ejemplo Siemens como proveedora de Entel).

Hoy la imbricación del capitalismo argentino con el imperialismo alcanza nuevas cotas: a la sujeción financiera a los mercados de capitales y de deuda, se suma la profunda asociación de grandes capitales argentinos con el imperialismo para avanzar en las reestructuraciones empresarias, proveerse de tecnología e implementar programas de super explotación de los trabajadores. Además, existen inversiones argentinas en el exterior, financieras y directamente implicadas en la extracción de plusvalía, lo que acerca todavía más los intereses del capital argentino a los intereses del capital mundial. Esta asociación no excluye, por supuesto, la existencia de roces y antagonismos, pero éstos no cuestionan la dirección ni naturaleza más general del proceso.

Insistimos en que estos lineamentos sólo plantean con más agudeza la necesidad de estudiar los cambios que se están operando en la estructura productiva y social, y ver cómo ésta se insertará en la economía mundial. Tenemos que seguir cuáles son los sectores dinámicos hacia los que se están orientando las inversiones, qué posibilidades tienen de encontrar mercados internacionales; qué significa la entrada de capitales extranjeros en el campo, minería y el desarrollo petrolero, a la par que continúa la desindustrialización de otras ramas; qué significado tienen reestructuraciones que se están produciendo en las provincias; qué cambios se produjeron en el agro (en particular en la pampa húmeda); cómo se integra la estructura productiva argentina en el Mercosur y qué significado tiene desde el punto de vista político. Esto debe ir acompañado del estudio de los cambios operados en la composición de la clase obrera, los fenómenos de crecimiento del trabajo precario, de disgregación de sectores importantes y crecimiento de la marginalización.

II. Las bases materiales de la revolución socialista están más maduras

El desarrollo de las fuerzas productivas bajo el capitalismo no es otra cosa que el desarrollo de sus contradicciones objetivas. Fundamentalmente, de la contradicción entre el trabajo y el capital, entre la producción social y la apropiación privada. Hemos visto cómo el mismo desarrollo del capital, la extensión de las relaciones asalariadas, crea ejércitos de proletarios cada vez mayores. La proletarización, la extensión de las relaciones capitalistas, el desarrollo de las fuerzas productivas que implica la acumulación, generan las condiciones objetivas, sociales, para la revolución proletaria. Las crisis, los derrumbes periódicos del sistema son, por otro lado, el “llamado” más claro de las mismas circunstancias objetivas a acabar con este sistema.

Es necesario comprender esta dialéctica y debemos estudiarla y profundizar en ella, porque hay que superar visiones unilaterales que tuvimos en la izquierda. Por una parte, es un error sostener que hubo un estancamiento permanente del capitalismo desde principios de siglo. Pero también es un error pensar que el desarrollo del capitalismo es indefinido, y que las crisis sólo son momentos de reequilibrio y rectificación de desajustes.

Aquellos que sólo ven estancamiento del capitalismo, deberían postular que la maduración de las condiciones para la revolución se dan sólo con la pauperización absoluta y el crecimiento de la miseria en forma lineal. Pero el aumento de la miseria en sí misma nunca crea condiciones socialistas; a lo sumo puede ocasionar estallidos de desesperados. Y aun en el caso de que se produjera una revolución, ésta socializaría el hambre, no fuerzas productivas gigantescas.

Por el contrario, nosotros pensamos que la posibilidad del socialismo es algo actual, pertenece a la misma realidad del capitalismo. Por eso Marx y Engels decían que las condiciones del socialismo son creadas por el mismo desarrollo del capitalismo; las posibilidades de superar al capitalismo no son imaginarias, sino que se manifiestan enraizadas en el mismo sistema, están presentes hoy en las gigantescas fuerzas productivas mundializadas, y en el desarrollo de las necesidades materiales que ellas mismas generan. La visión sobre el estancamiento y retroceso permanente del capitalismo es una recreación, apenas “aggiornada”, de las viejas tesis del socialismo utópico. En última instancia, se trata de una visión profundamente pesimista -y no materialista- de las perspectivas de la revolución socialista.

Los marxistas que sostuvieron que las fuerzas productivas estaban estancadas desde 1914 (o desde 1930) no pudieron “registrar” los enormes cambios que se producían en el mundo después de la Segunda Guerra mundial, especialmente el proceso de reducción del campesinado y crecimiento de las ciudades industriales. Esto significa perder toda perspectiva histórica de lo que sucedía (lo que tiene importantes consecuencias políticas en la propaganda y la acción de los partidos revolucionarios).

Hobsbawn señala con justeza que “para el 80% de la humanidad la Edad Media se terminó de pronto en los años cincuenta; o tal vez sintió que se había terminado en los años sesenta”. Por primera vez la población campesina pasaba a ser minoritaria. Como dice este mismo autor, tengamos presente que desde el Neolítico la mayoría de los seres humanos había vivido de las actividades agrícolas y ganaderas. En los años cincuenta y sesenta la población campesina se reducía sustancialmente en todos los países capitalistas adelantados, e incluso en los menos avanzados, como España y Portugal; por ejemplo el campesinado español pasaba de ser algo menos de la mitad de la población en 1950 a menos del 15% en 1980.

Pero también el campesinado se redujo en los países de América latina, Africa y Asia. Ya en los años setenta no había ningún país de América latina en el cual el campesinado no estuviera en minoría (fuera de los pequeños estados de Centroamérica y Haití). Lo mismo sucedió en países islámicos occidentales (Argelia, Túnez, Marruecos, Siria, Irak, Irán); incluso en la India y Bangladesh el campesinado está en rápido declive, al igual que en los ochenta ya era minoritario en Malasia, Filipinas e Indonesia, y también en los países industrializados del Extremo Oriente como Corea del Sur y Taiwan. Hemos visto cómo estos cambios fueron acompañados de la creación de enormes ejércitos proletarios, así como de enormes masas de marginados y desocupados. Se verifica así el pronóstico de Marx acerca de las consecuencias del desarrollo capitalista, y consecuentemente el avance de las condiciones para la revolución socialista.

Pero por otro lado, aquellos que sólo ven crecimiento del capitalismo y consideran a las crisis como meros desajustes y desequilibrios momentáneos (los regulacionistas, los posmarxistas, etc.), sueñan con el amortiguamiento progresivo de las contradicciones y de los antagonismos sociales que de ellas derivan, y terminan rechazando y renegando de la lucha de clases, precisamente en el momento en que la contradicción capital / trabajo se hace más profunda y generalizada. Por esto mismo no pueden comprender lo que sucede, entretienen a sus seguidores con las fantasías del capitalismo “humano” y objetivamente llevan agua al molino de la ideología burguesa.

Por el contrario, los marxistas vemos en el mismo desarrollo del capital el desarrollo de sus contradicciones, que estallan y se desnudan en las crisis. En esto no hay nada parecido al reequilibrio “cibernético” de que nos hablan los reformistas. Se trata de un verdadero “derrumbe” del sistema, que verifica la tesis esencial del marxismo sobre el destino capitalista.

Pero a su vez, si las masas no acaban revolucionariamente con el sistema capitalista, éste puede restablecer las condiciones adecuadas de valorización del capital, a costa de enormes padecimientos de las masas, choques sociales, revoluciones, guerras, hundimientos de países, como sucedió ya en el período que va de 1914 a 1945.

Es importante entender que esta dinámica va “en espiral”. La crisis iniciada en los setenta por primera vez impone una lógica de acción unificada al capital a nivel mundial y por primera vez los efectos de la crisis se prolongan por décadas a lo largo de todos los países y continentes. En prácticamente todos lados se están siguiendo las mismas pautas generales de “ajuste”. En este sentido decimos que esta crisis es más abarcativa, más “mundial”, que la de los años treinta, a pesar de que no tuvimos guerras interimperialistas (recordemos sin embargo los millones de víctimas cobrados por las decenas de guerras locales y regionales) y que la crisis del treinta fue más profunda en los países desarrollados. Cada vez hay más fuerzas productivas comprometidas en el derrumbe periódico del sistema. Y la salida de la crisis, la nueva acumulación, implica más sectores proletarizados, más concentración del capital, más mercados, de manera que la siguiente crisis será más abarcativa, tendencialmente, que la anterior. Por este motivo decimos que, también tendencialmente, las condiciones materiales para la revolución socialista son más maduras, no menos, como sostienen los “post” marxistas y variantes por el estilo.

La visión del marxismo del proceso es por lo tanto profundamente dialéctica. Junto al crecimiento de la desocupación, enormes masas se proletarizan y se incorporan al mercado mundial. Junto al pauperismo y al embrutecimiento más completo a que el sistema somete a millones, el capital entrena a otros muchos millones de jóvenes, que a su vez no encontrarán puestos de trabajo. Por todos lados el desarrollo del sistema muestra el desarrollo de las contradicciones. A la par que vemos los más grandes desarrollos de la técnica, del poder del hombre para transformar la naturaleza, a la par que incluso en esta época de crisis estructural del capitalismo, surgen grandes obras de la ingeniería y de la ciencia, enormes zonas del globo se hunden en la más completa postración y miseria, cientos de millones de seres humanos no tienen satisfechas sus necesidades más básicas, miles de niños mueren por hora de hambre y enfermedades derivadas de la miseria. Hoy el mundo produce los alimentos suficientes para satisfacer los requerimientos básicos de la gente, y una planificación de acuerdo a las necesidades sociales, podría producir con muchísimo exceso por encima de esos requerimientos.

Pero más de 700 millones no tienen acceso a comida suficiente para satisfacer sus necesidades más básicas. A pesar de que la producción de alimentos aumentó en los países en desarrollo (casi un 35% desde 1980), alrededor del 40% de las mujeres en estos países tienen bajo peso o son anémicas; 200 millones sufren de falta de iodo. De acuerdo a las estadísticas de la ONU, que considera “pobres” a quienes ganan menos de 1 dólar por día (!?), más de 1.100 millones de personas viven debajo de ese nivel. Esto significa casi el 50% de la población de Africa subsahariana, más del 11% de Asia del este, casi el 50% del sur de Asia, más del 25% de América latina. Los déficits netos de alimentos en los países atrasados han comenzado a crecer de nuevo en la mitad de los noventa, como lo demuestra el crecimiento de las importaciones de cereales. El hambre vuelve a amenazar a muchos más millones que viven en el límite del hambre. La miseria y el pauperismo se extienden ahora en los países del este de Europa. La polarización social se incrementa (siguiendo las tendencias descubiertas por Marx): según la ONU, las 358 personas más ricas del planeta tienen ingresos equivalentes a los 2.400 millones más pobres, esto es, el 40% de la población mundial.

Pero el derrumbe del sistema, las catástrofes y padecimientos a que somete a las masas, no se comprueba sólo en las cifras terribles del “tercer mundo” o de las zonas del este de Europa, donde se extienden las relaciones capitalistas. Posiblemente más significativo (y explosivo) sea la creciente “latinoamericanización” de muchos países adelantados, la pobreza y marginación creciente en los países avanzados, a la que hicimos referencia antes. Así, mientras nacen fuerzas productivas y científicas “que jamás sospechara época alguna de la pasada historia”, “existen síntomas de decadencia que sobrepasan en mucho los horrores registrados en las postrimerías del Imperio Romano”.

Estas palabras, con las que Marx describía el capitalismo del siglo 19, cobran hoy multiplicada actualidad. Nunca como antes, “al mismo tiempo que la humanidad domina a la naturaleza, el hombre parece volverse esclavo de otros hombres o de su propia infamia”. Al mismo tiempo que las comunicaciones conectan a algunos millones de seres humanos a la maravilla de la Internet, la mitad de la población mundial en su vida hizo siquiera una llamada telefónica. Al mismo tiempo que la ciencia posibilita realizar operaciones quirúrgicas por computadora, no existen los remedios más simples para cientos de millones de seres humanos y 2.000 millones de personas sufren de enfermedades que son prevenibles.

Esta contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y la decadencia y postración más absoluta que implica su uso capitalista, esta contradicción insalvable, es la premisa material del programa de la revolución socialista. Es la misma dialéctica que impulsa la mundialización del mercado, agudizando todos los antagonismos que emanan de la contradicción entre el capital y el trabajo.

Es fundamental entender que el programa del marxismo no es atenuar las contradicciones, en busca de un pasado tan idealizado como imposible de recuperar. Como decía Marx, la salida de la contradicción está en su mismo desarrollo, no en detenerla. Esta es una diferencia fundamental que nos separa de todos los “socialismos verdaderos”, “socialismos románticos”, populismos y demás variantes pequeño burguesas. Los programas y objetivos de esos “socialismos” pequeño burgueses son sólo utopías reaccionarias en el más estricto sentido del término. Es, en última instancia, la vuelta al socialismo utópico, que sólo veía males en el sistema existente y sólo podía oponerle un mundo sacado de su imaginación. Frente al avance del monopolio, los marxistas no defendemos la vuelta atrás, hacia la pequeña propiedad, sino el avance hacia la revolución socialista, la socialización de las fuerzas productivas concentradas. Frente a la internacionalización del capital, no defendemos el proteccionismo burgués, sino el internacionalismo socialista. Frente al avance de la automatización no queremos la vuelta a la manufactura, porque atacamos el uso capitalista de la máquina y postulamos que debe estar al servicio del hombre, socializándola.

La doctrina marxista es profundamente opuesta a la ideología pequeño burguesa “socialista” que ha inficionado las concepciones de toda la izquierda en la últimas décadas. Sostenemos que el mismo capitalismo crea sus futuros enterradores y genera las premisas materiales para que la humanidad pueda socializar las riquezas producidas. Cuando el capital penetra en nuevas ramas de la producción, cuando proletariza nuevos contingentes en Asia y los incorpora al mercado mundial, etc., el romántico pequeño burgués no atina más que a llorar el “paraíso” perdido. El marxista, sin dejar de denunciar las atrocidades diarias del capital, señala el camino futuro del socialismo que prefigura el mismo desarrollo capitalista. Nuestro programa se basa en esta concepción materialista, que ve en el mismo desarrollo del sistema las bases materiales y sociales para su superación revolucionaria. La propaganda y la agitación de los marxistas revolucionarios tratan de mostrar a las masas estas llagas vivas de las contradicciones del sistema, para orientar la salida hacia la dictadura del proletariado.