Se constituyó Liga Socialista Revolucionaria

(unificada con Liga Marxista)

Los días 2 y 3 de noviembre se realizó en Buenos Aires la Conferencia de Unificación entre Liga Marxista (LM) y Liga Socialista Revolucionaria (LSR). La nueva organización adoptó el nombre de Liga Socialista Revolucionaria (unificada).

En el cuadro de crisis, dispersión y disgregación de la militancia de izquierda, valoramos esta unidad que plasma en la realidad -así sea en una escala pequeña- una tendencia opuesta al fenómeno centrífugo predominante como mínimo desde hace ocho años. El estallido del PC por un lado y las sucesivas rupturas del MAS por el otro, han dado lugar a la continua aparición de diversos agrupamientos. En ese contexto se ubica la formación de Liga Socialista Revolucionaria (en 1992) y de Liga Marxista (en 1993), surgidas de la crisis del MAS. Otros partidos (el PO y corrientes guevaristas, por ejemplo) también han sufrido escisiones. Existen innumerables grupos o “centros” de militantes que editan boletines, al tiempo que se habla de la necesidad de detener el fraccionamiento, de confluir. Pero en la práctica, no se hacen más que intentos por demostrar que la unidad de los revolucionarios no es posible.

Tanto la ex LSR como la ex LM, se conformaron como organizaciones en ruptura con una práctica política de décadas de claudicaciones ante el estado burgués, de abandono de la estrategia de la dictadura revolucionaria del proletariado, de sistemático confundir las fronteras de clase, que llevaron a sucumbir en una completa adaptación ideológica y política al reformismo (tanto de origen stalinista como nacionalista burgués). Todo este desvío político fue necesariamente acompañado por una metodología fuertemente burocrática en la vida interna de las organizaciones tradicionales, así como por una relación sectaria con el movimiento de masas, aunque se la recubriera con lenguaje y actitudes de corte populista, de asimilación a lo más atrasado de la conciencia obrera. Sectarismo y oportunismo como dos caminos que llevan al mismo punto reformista, reactualizaron la permanente pelea planteada desde los orígenes mismos del marxismo, entre reforma y revolución.

La unidad alcanzada hoy está íntimamente relacionada con estos orígenes. Pero por sí solo, siendo esto necesario no era suficiente para conformar una organización común. Hubo también la conciencia plena de que el fracaso de aquellas organizaciones, no hacía más que reafirmar la necesidad de la organización de los marxistas revolucionarios en partido de combate, determinada por el carácter de su objetivo histórico: la pelea por el poder. Es por eso que nuestro punto de referencia está dado por la experiencia más rica alcanzada en toda la historia de la clase obrera mundial, la de la revolución de Octubre y la posterior conformación de la Internacional Comunista. Esto para nada significa la autoproclamación de “el partido”, sino la pelea por su construcción, como fruto de uniones, rupturas, reagrupamientos, reconociendo la realidad viva de la existencia de miles de revolucionarios dispersos en múltiples agrupamientos. De esto se desprendía, inevitablemente, la necesidad de iniciar un debate fraterno y serio, para avanzar en la confluencia del socialismo revolucionario sobre la base del método marxista y la experiencia leninista de construcción de partido.

En primer lugar, hemos considerado la confluencia entre las organizaciones como un proceso. Esto significa que no es posible resolverla con maniobras, con golpes de efecto o con virajes bruscos, tan teatrales como ineficaces. Mucho menos con aparatosas “conferencias”, en las cuales alguna organización busca “deglutir” a las menores. Por lo general, sólo constituyen actos de autoproclamación “partidaria”, que desgastan a los activistas que participan en ellas de buena fe, creyendo que se busca una clarificación genuina y franca.

Un proceso de unificación significa una evolución contradictoria, en la que cada participante es capaz de criticar y superar sus errores y aportar al enriquecimiento común de la teoría, la política y la organización, sin las -¡tan usuales como estúpidas!- pretensiones de “hegemonía” o de resguardar deslucidos prestigios de dirigentes. Casi dos años de discusiones y trabajo en común fueron cimentando la Conferencia de unidad de nuestras organizaciones.

Hemos tratado de avanzar apoyándonos en el método marxista, que reivindica la unión de la teoría y de la práctica y que se asienta en la crítica, no sólo de la sociedad, sino también de la propia práctica, para comprender y superar los errores de nuestra anterior militancia. No pretendemos haber terminado la tarea, pero queremos contraponerla a dos actitudes que impiden avanzar:

- Reivindicación dogmática de todo lo actuado, que sólo augura un futuro de fósiles a las organizaciones que persistan en ella.

- La segunda actitud, aparentemente más “amplia” y “progre”, es igualmente perniciosa, porque se refugia en el escepticismo o el agnosticismo “posmoderno” del “no sabemos nada”, “no podemos afirmar nada”, etc. Este es el atajo más corto para “irse a casa” o para empantanarse añorando un pasado glorioso... ¡de la izquierda oportunista!

Frente a esto intentamos la recuperación de concepciones y programas que quedaron sepultados bajo la montaña de falsificaciones que produjo la reacción stalinista en el seno del movimiento comunista internacional. Por eso pudimos avanzar en la crítica al nacionalismo burgués, a la postración de la izquierda ante el estado capitalista, ante la educación impartida por él, ante el electoralismo oportunista, etcétera.

La crítica debe combinarse con una sólida teoría revolucionaria, y una escrupulosa atención a la realidad.

En lo que respecta a la teoría, hemos seguido el consejo de Lenin: “no se puede superar un error si no se va hasta sus raíces teóricas”. En segundo término, la militancia revolucionaria debe estar inspirada en el marxismo

como “guía para la acción”. Sin intervención y acción el marxismo es algo seco, muerto.

En tercer lugar, hemos procurado seguir con la máxima atención las nuevas elaboraciones del marxismo mundial, a los efectos de nutrirnos con todo aporte que entendamos útil para el rearme de la estrategia revolucionaria. Somos conscientes de las limitaciones de la elaboración posible en un país marginal como la Argentina, lo que hace doblemente frágiles a las organizaciones que elijan vivir encerradas en verdaderos ghettos.

Pero los aportes teóricos a su vez están al servicio del estudio de la realidad, y se enriquecen con ella. Uno de los problemas más graves que sufrimos en la izquierda fue el permanente desprecio por los datos objetivos, reemplazados por las más febriles lucubraciones... que invariablemente dieron como resultado un permanente drenaje de militantes hacia el escepticismo y la frustración.

De la combinación del análisis teórico y del método materialista resulta un optimismo revolucionario basado sobre el estudio de las tendencias más profundas del capitalismo y de la lucha de clases, y que hemos tratado de plasmar en el documento que se publica en este número de Debate Marxista (ver pp. 10-25). Pero muy especialmente hemos dejado “abiertos” muchos problemas, señalando que necesitamos más estudios empíricos y teóricos, y que debemos estar dispuestos a cambiar cuanto sea necesario “para que la vida no nos tome distancia” -como decía Lenin-, para que la teoría no se convierta en “algo acabado e intangible”.

Sin embargo la teoría, el estudio de la realidad y la crítica no se podrían articular en forma revolucionaria si no estuvieran contenidos en una práctica militante diaria, en las luchas de nuestra clase y de la juventud por sus reivindicaciones y contra la ofensiva burguesa en curso. Por eso mismo, a la par que avanzamos en la mutua clarificación, encaramos actividades e intervenciones políticas conjuntas como LSR y LM en acontecimientos de la lucha de clases. Volantes y declaraciones, intervenciones orales y agitación y, finalmente, la redacción del periódico y la revista, consolidaron estos casi dos años de clarificación y discusión. Esto marca una diferencia sustancial con muchos “grupos de discusión”, que hoy abundan en la izquierda y son incapaces de dar pasos concretos con vistas a la militancia organizada. Faltos de actividad revolucionaria, también ellos sucumben a las presiones ideológicas, políticas y sociales del medio en que se mueven.

Pero, y esto es lo fundamental, para nosotros las discusiones, los enriquecimientos teóricos, tienen un norte: formar un partido de revolucionarios para luchar por el poder, por la dictadura del proletariado y la sociedad comunista mundial. Este criterio general es decisivo para orientar los esfuerzos, y para afirmar la voluntad de organizarnos frente a los cantos de sirena de la adaptación “democrática” que todo lo infecta y que a cada paso invita a los militantes a “irse a casa a reflexionar”, porque “se cayó el muro y la historia terminó”. La teoría y la práctica militante sólo fructifican en estrategia revolucionaria si están imbuidas de un criterio de clase, de un “punto de vista” comunista.

Tener presente ese objetivo es esencial también para superar los problemas que surgen cuando confluyen distintas organizaciones. Si algo estorba a cada rato la búsqueda del rearme revolucionario y las discusiones fraternas son las pequeñas miserias de aquellos que anteponen sus intereses sectarios, que permanentemente “crean un mundo” de nimiedades con tal de justificar sus círculos de amigos, que son incapaces de reconocer un error o de entablar una discusión porque tienen miedo de perder sus dogmas. “Somos hombres de organización” les recordaba Lenin a personajes similares. Esto es, somos gente que quiere avanzar en la unión de los revolucionarios, no de palabra sino de hecho, porque es necesaria como el agua para vivir si queremos vencer en la lucha contra la explotación capitalista y su estado.

En las tesis sobre “Qué tipo de partido queremos”, que publicamos a continuación, encontrarán los lectores un intento de síntesis entre la centralización que debe tener una organización de combate y revolucionaria, y su imprescindible democracia. Fundamentalmente se trata de comprender el centralismo democrático como una construcción cotidiana, que correrá a la par del desarrollo y fortalecimiento de la organización. No habrá posibilidad de superar la dispersión actual en la medida en que no se revisen los métodos tradicionales y no se abran canales para la expresión de todos los revolucionarios.

En definitiva, el proceso de confluencia de las organizaciones es una totalidad en la que cada uno de los momentos que la constituyen juega un rol esencial. Al faltar alguno de ellos sobreviene la adaptación oportunista al reformismo y al conciliacionismo burgués. No se trata de alguna “receta”, porque lo que se necesita es revisar profundamente los métodos, las formas con que se está abordando la crisis de las organizaciones. En este sentido insistimos en poner a discusión nuestra experiencia.

Sabemos que son muchos los problemas que enfrentamos. Por eso lo más importante es rescatar el método con que hemos llegado a este punto y que nos permitirá avanzar. En este sentido esperamos la crítica fraterna y revolucionaria de otros compañeros que comparten estas mismas preocupaciones.

Estamos convencidos de que esta unificación no significa la suma aritmética de ambas organizaciones, sino que da nacimiento a una cualidad distinta y superior a cada una de ellas por separado, sintetizando lo mejor de las ex LSR y LM, y contrapesando en la organización unificada, sus aspectos más débiles.

Por último, digamos que este paso adelante no implica que consideremos a Liga Socialista Revolucionaria (unificada) como el “embrión” de cuyo desarrollo lineal nacerá un día el partido marxista. Seguimos apostando a la voluntad de confluencia revolucionaria de militantes, grupos y organizaciones. Por eso insistimos en poner a discusión nuestros materiales, y al mismo tiempo alentamos todo avance conjunto en la lucha de clases cotidiana.