CRISIS Y ASAMBLEA CONSTITUYENTE

A propósito de la política de la izquierda

 

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a crisis política que ha estallado a partir de las denuncias de sobornos en el Senado ha reflotado la propaganda -“clásica” en el movimiento trotskista- por una Asamblea Constituyente (en adelante AC). En un texto de amplia difusión el Partido Obrero explica que “la envergadura de la crisis exige, objetivamente, la AC electa que reorganice política, nacional y socialmente al país”. Esa AC debería hacer que “la Nación tome en sus manos el manejo de los recursos estratégicos, previsionales y financieros fundamentales”, parar el saqueo de los usureros internacionales, derogar toda la legislación antiobrera de las últimas décadas, y elevar sustancialmente las condiciones de vida y de trabajo de los explotados. El Movimiento Socialista de los Trabajadores también se ha pronunciado por una AC. Vilma Ripoll, en un artículo aparecido en Página 12, sostiene que la AC sería una salida política a la crisis; que a su vez considera una oportunidad para la intervención de los trabajadores. El Partido de los Trabajadores Socialistas también pide una AC. 

     En este artículo nos proponemos discutir la conveniencia de la consigna de AC, tanto en lo que respecta a su capacidad de movilización, como en lo que hace a su rol “educativo” de la conciencia socialista. El hecho de que dos de las fuerzas que lograron representación en la Legislatura porteña reclamen la AC está marcando la importancia de plantear un debate sobre este asunto. Estamos ante propuestas que, en nuestra opinión, son muy perjudiciales para la lucha por la independencia política de la clase trabajadora, pero que son escuchadas por un amplio sector de la militancia. Accesoriamente, plantearemos algunas cuestiones sobre la naturaleza y gravedad de la crisis política.

    

Algunas consideraciones históricas

 

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a consigna de AC tiene una larga tradición en los partidos que pretenden inspirarse en las enseñanzas de Lenin y del partido bolchevique ruso. Es que los socialistas rusos utilizaron ampliamente la consigna de AC en su lucha contra el zarismo; luego fue incorporada a los programas de los Partidos Comunistas que luchaban contra dictaduras -por lo menos en las primeras décadas de la Internacional- y adoptada por el movimiento trotskista hasta el día de hoy.

     A los efectos de la clarificación de los debates actuales, son necesarias algunas precisiones. En primer lugar, destacar que la consigna de AC en la Rusia prerrevolucionaria sintetizaba la necesidad de acabar con el régimen político feudal y abrir el camino de la revolución democrático burguesa. Se trataba de una consigna sentida como propia por amplios sectores del pueblo ruso. Incluso la burguesía liberal hablaba de la AC, aunque en su estrategia era una carta de negociación con el régimen imperante, con vistas a una transición pactada hacia una democracia amañada. Una situación que se repetiría luego, de manera apenas modificada, en otros países y coyunturas en que estuvo planteado el paso de regímenes dictatoriales a democrático burgueses.

     En segundo término, hay que decir que, si bien todos los socialistas estaban a favor de la AC, no todos la planteaban de la misma forma. El ala reformista (mencheviques) demandaba la convocatoria de la AC al régimen zarista. El ala revolucionaria (bolcheviques), por el contrario, consideraba que la exigencia conducía a la vía muerta del “pactismo” con el régimen, y por lo tanto subordinaba -en su agitación y propaganda- la convocatoria de la AC al derrocamiento revolucionario del zarismo. En abril de 1917, cuando los bolcheviques discuten la estrategia hacia la toma del poder, la consigna juega un rol preponderante: Lenin plantea entonces que la convocatoria a una AC soberana debería ser garantizada por el poder de los Soviets de obreros, campesinos y soldados.

     En los años veinte y treinta Trotski ocasionalmente planteó la consigna de AC; por ejemplo, para China en los años veinte y treinta, cuando había triunfado un régimen dictatorial. Pero jamás convirtió a esta demanda en un comodín “todo uso”, como harían luego sus discípulos; por caso, a lo largo de las varias crisis políticas que jalonan en Alemania el camino de Hitler hacia el poder, Trotski nunca planteó la AC como salida.

     Sin embargo, lo más importante es que hacia el final de su vida incluyó la demanda de AC en el Programa de Transición de la Cuarta Internacional, ligada “a las tareas de emancipación nacional y la reforma agraria” en los países atrasados. Y aquí aparece una ambigüedad, que abriría el camino a la forma en que hoy es agitada por los partidos trotskistas. El tema es que Trotski no define que la consigna deba agitarse ligada a consignas de poder (tal como había sido el planteo de Lenin). Por el contrario, en el Programa de Transición parece inclinarse por su presentación aislada, en abstracto. Sostiene que recién a partir de una “cierta etapa de la movilización de las masas bajo las consignas de la democracia burguesa, los soviets pueden y deben surgir”1, lo cual parece encajar a la perfección en la idea de “primero agitamos la demanda sin condiciones”, y luego, en el curso de la lucha, se crearán los organismos del poder obrero. Una posición que está en consonancia con la metodología política por la que abogaba Trotski, consistente en arrancar un proceso “en escalera” hacia la revolución2.

     Los partidos trotskistas han hecho de la AC un eje de agitación ante cada coyuntura de crisis en regímenes políticos, creyendo con ello aplicar lo mejor de la tradición bolchevique y revolucionaria. De esta manera en Argentina han agitado por la AC bajo la dictadura militar (PO ha sido especialmente consecuente en esto), y en varias ocasiones desde 1983 a la fecha. Volveremos luego a las cuestiones históricas, pero por el momento analicemos qué sentido tiene plantear esta demanda en la actual coyuntura política argentina.

 

¿Para qué sirve hoy esta consigna?

 

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bservemos, en primer lugar, que ya en los noventa hubo una AC, convocada por el menemismo. En este sentido podemos decir que la consigna fue “realizada”. ¿Qué resultado favorable obtuvo la clase obrera de ello? Ninguno, absolutamente ninguno. Si ya bajo la dictadura militar la consigna de AC no movilizó, no es de extrañar que hoy no le mueva un pelo prácticamente a nadie. Tenemos entonces una primera cuestión: la consigna no tiene ningún contenido en cuanto posibilidades reales  de  movilización.  En  este  respecto  es  abstracta -esto es, está separada de las condiciones de conciencia de las masas- y su agitación sólo se puede comprender como el resultado de una copia caricaturesca de una vieja tradición revolucionaria.

     Pero en segundo lugar el planteo de AC, formulado por la izquierda como salida política progresista linda con el ridículo dada incluso la correlación electoral de fuerzas. Recordemos lo elemental. No hace todavía un año que se hicieron elecciones nacionales, en las que el predominio de las fuerzas burguesas fue abrumador. Desde entonces puede haberse dado algún trasvasamiento electoral de alguna corriente burguesa a otra. Pero no existe el menor dato de la realidad que permita suponer un cambio cualitativo del electorado hacia la izquierda. Las luchas obreras y populares están en un nivel muy bajo, las movilizaciones convocadas por la izquierda son escuálidas, en las elecciones estudiantiles no hay nada nuevo, y menos en las sindicales. Por lo tanto, si se lograra el llamado a una AC, ¿qué suponen el PO y el MST que sucedería?

     Digámoslo con todas las letras. En estos momentos una elección para una AC seguiría reflejando la amplia hegemonía burguesa, política e ideológica. A lo sumo habría un cambio dentro del espectro burgués, probablemente a favor de los candidatos que a los ojos de la ciudadanía estuvieran menos comprometidos con la corrupción. Cuestión que depende de apreciaciones de coyuntura (muy variables) y del posicionamiento de las “figuras” en los medios de comunicación. En última instancia serían elecciones dominadas por una problemática burguesa (reducir los niveles de corrupción y relegitimar las instituciones); además, se darían en condiciones de profundo retroceso de la izquierda y del movimiento obrero. El resultado no sería otro que una renovación del personal de conducción del Estado burgués, y tal vez una puesta en práctica de reformas de su conveniencia.

     Todo esto no estaría muy alejado de lo que piden sectores de la burguesía, interesados en “limpiar” la imagen del Parlamento. Cafiero lo dice en La Nación del 10 de septiembre, al proponer que renuncien los senadores y se convoquen elecciones directas. Sostiene que debiera generarse una nueva legitimidad, y que el nuevo Parlamento debiera “definir políticas de Estado”; entre ellas “un nuevo Estado”, y reformas en educación, salud, seguridad, empleo, productividad e ingreso. Cuestiones que “deberían ser las bases fundacionales de la Segunda República”. El vicepresidente Alvarez no andaría muy alejado de estas ideas.

     En definitiva, Cafiero propone el cambio a partir de la elección del Senado. El PO y el MST proponen el cambio convocando a una AC. Se puede decir que el segundo procedimiento es más democrático, en la medida en que el Senado tiene una representación muy distorsionada (el 15% del electorado elige al 50% de los senadores, aproximadamente), y la AC propuesta por PO y el MST sería con representación directa por número de electores. Sin embargo -y al margen de las diferencias de tareas que unos y otros le asignan- en lo que hace a lo “institucional” la diferencia es de grado, no cualitativa. Una AC, dominada por la burguesía, no cambiaría sustancialmente las relaciones de fuerza, ni el contenido de las resoluciones de un Parlamento como el que propone Cafiero. Dado que las consignas siempre son concretas, hay que concluir que en concreto -esto es, en las actuales condiciones sociales y políticas- la “salida” propuesta por el PO y el MST redundaría en dar más fuerza “democrática” a una solución burguesa a la crisis.

     Ante nuestra crítica algunos defensores de la consigna sostienen que hoy la crisis política es tan grave que la agitación por la AC podría desa­tar una movilización de características imparables. Un argumento encuadrado en los análisis exitistas de la situación política, que ya hemos criticado en varias ocasiones. El mismo volante del PO que citamos afirma que la actual crisis es “irreversible” (sic); esto es, sin salida.

     Esta postura es insostenible por dos razones ligadas. En primer lugar, porque las tendencias a la movilización no aparecen por ningún lado. En este respecto el MST y PO se mueven en el mundo de las posibilidades abstractas, inexistentes; por eso mismo la invocación de Vilma Ripoll a “ahora podemos ganar” no tiene el menor sustento en la realidad de la lucha de clases.

     En segundo lugar, porque mientras la clase obrera no intervenga con su movilización independiente la burguesía tendrá espacio político para digerir la crisis y hasta sacar réditos políticos de ella, con un fortalecimiento y relegitimación de las instituciones burguesas. Incluso hay experiencias de instituciones burguesas que sobreviven años y años, completamente despres­tigiadas. El ejemplo italiano es ilustrativo: durante décadas el régimen estuvo plagado de acusaciones de fraude, corrupción, influencias de la mafia, cambios de gobierno, “crisis en las alturas” (como acostumbra decir la izquierda). Pero al no encontrar la clase obrera una salida a esa situación crónica, el régimen se hizo resistente. Tal estado de cosas perduró en medio de constantes vaivenes políticos, al tiempo que la burguesía continuaba con la explotación y la acumulación. ¿Qué les hace pensar a nuestros izquierdistas que en Argentina la situación es “sin salida”? ¿O que la clase dominante no puede terminar diluyendo la crisis en los vericuetos de las instituciones, los recambios y las transformaciones “a medida”?

 

Oportunismo reformista

 

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or otra parte existe otra cuestión, más profun­da, que atañe al rasgo profundamente oportunista de la demanda de AC, tal como es formulada por el MST y el PO. Recordemos que ambos partidos apuestan a que la futura AC encare el reordenamiento de la sociedad, en una dirección favorable a los explotados. La AC que reclama la izquierda sería entonces una verdadera “palanca” de transformaciones revolucionarias. Pero este planteo escamotea la cuestión central que surge apenas se comienza a soñar, y que resumimos en esta pregunta: ¿Qué poder tendría la AC “progresista y de izquierda” para realizar semejantes cambios?

     A los efectos de la argumentación, supongamos que la presión popular arranca la AC. Supongamos también que los candidatos del PO, MST y de otros partidos de izquierda consiguen la mayoría. Sigamos suponiendo que la primera votación impuesta por la izquierda es que los genocidas de la dictadura militar vayan a la cárcel (punto de arranque para transformar el país en un sentido democrático profundo). Pero... ¿quién le pone el cascabel al gato? Bajo el gobierno de Alfonsín las sublevaciones militares impidieron incluso que oficiales comprometidos fueran a declarar a un juzgado. ¿Cómo podría efectivizar la AC de izquierda la cárcel de los asesinos? ¿Qué poder tendría para hacerlo? Las preguntas apuntan al corazón del problema: el poder. Apenas pensamos en las condiciones que deben cumplirse para que se efectivicen las medidas propuestas por la izquierda, nos damos cuenta de que es imposible una transformación profunda de la sociedad por la vía legalista. En última instancia, la experiencia de Allende en los setenta, en Chile, demostró, por fuera de toda duda, que no basta con tener una mayoría electoral para cambiar la situación.

     Pero la omisión de las condiciones de poder no es una ausencia «neutra» e «ingenua». Al hacer abstracción de esta cuestión los partidos de izquierda difunden la peor de las ilusiones. Que por vía legal, constitucional, puede avanzarse en la liberación de los explotados. Es cierto que en documentos “internos”, o en materiales de menor circulación, hablan a veces de la revolución. Pero en política valen las posiciones públicas y globales. En este respecto, el mensaje de esta izquierda es que con una AC, sin especificar quién la convoca, ni de dónde surgirá su poder, se puede realizar una transformación social profunda. A condición, por supuesto, que el pueblo vote “correctamente” (o sea, a los candidatos de PO y MST).

     Algunos nos dirán que en realidad PO y MST están haciendo una maniobra de “alto vuelo” para conseguir votos, fortalecer a los partidos y avanzar. Que para esto no hay que asustar a los electores, hay que presentarse como “moderados” y pacíficos ciudadanos, respetuosos de los canales institucionales. Si la AC es una vía contemplada por la misma Constitución Nacional, ¿qué mejor certificado de respetabilidad? Y una vez conseguidos los votos -sigue el razonamiento- explicaremos la verdad, esto es, que son necesarias la fuerza y la violencia para el cambio. Tal vez algunos compañeros sean seducidos por un camino tan sencillo y accesible para la revolución.

     Lamentamos desilusionarlos. Una revolución no se puede hacer con maniobras. No se puede propagandizar y agitar primero una línea reformista (ocultando la realidad de la guerra de clases) y luego dar un “volantazo” para girar el movimiento a la toma del poder. La siembra de ideas de hoy tiene efectos mañana. Las consignas ayudan a arraigar juicios y prejuicios, y contribuyen a la conciencia colectiva en una dirección o en otra. El mecanismo de la democracia burguesa es tal que reproduce la ilusión de que mediante el voto y las vías constitucionales es posible cualquier cambio, cualquier transformación. Por eso la burguesía no se preocupa tanto por los programas “socialistas” de las organizaciones de izquierda, sino por que “no saquen los pies del plato” del respeto a las instituciones y a la Constitución.

     Aparece así, en toda su dimensión, el contenido oportunista de la propuesta de AC formulada por el PO y el MST. Alguna vez Trotski dijo que el síntoma más claro de una situación revolucionaria es cuando los trabajadores comienzan a despreciar y a desbordar los canales legales y constitucionales. Al hacer esta profunda observación estaba advirtiendo la importancia que tienen para el dominio democrático burgués la legalidad y la constitución, el atenerse a sus límites y a sus restricciones. Por eso decía que las organizaciones de izquierda deben recordar siempre -en la propaganda y en la agitación- que no tienen ninguna esperanza de transformar profundamente la sociedad sin tomar el poder, sin destruir la maquinaria de represión que constituye el Estado burgués. Nunca los marxistas deben difundir ilusiones en que mediante el voto se va a llegar al socialismo. Pero esto es precisamente lo que hacen hoy los partidos de izquierda que están agitando por la AC.

 

De cómo convierten a Lenin en un oportunista

 

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s hora de volver sobre el argumento de “autoridad” con el que la izquierda encubre la agitación oportunista a favor de la AC.

     Como ya lo hemos adelantado, Lenin jamás planteó la consigna de AC al margen de explicar quién la convocaba, y qué poder tendría para “constituir”. El programa de los socialdemócratas revolucionarios planteaba que “sólo un gobierno provisional revolucionario, a condición de que sea el órgano de una insurrección popular victoriosa, es capaz de garantizar una amplia libertad de agitación durante la campaña electoral, de convocar a una asamblea que exprese realmente la voluntad del pueblo”3. Además precisaba que “es preciso que dicha asamblea tenga fuerza y poder”, por lo que el programa revolucionario no podía “limitarse a la consigna formal de asamblea constituyente”, sino que debía enunciar “cuáles son las únicas condiciones materiales que permitirán que dicha asamblea cumpla su misión”4.

     No se trataba sólo de plantear tareas a cumplir, sino -y punto clave- decir con qué métodos, de qué manera se llevarían adelante. La diferencia con el reformismo socialista reside en esto, no en las reivindicaciones futuras. Por eso Lenin insistía en que “es una necesidad imperiosa especificar las condiciones en que una asamblea constituyente puede convertirse en una auténtica asamblea constituyente”, ya que la burguesía liberal podía tomar la consigna y falsearla, adaptarla perfectamente a sus necesidades. Mutatis mutandi, esto es lo que ha sucedido en Argentina con la consigna. Así, cuando la burguesía terminó convocando a una AC para arreglar sus problemas, se evidenció la falta de contenido de esa agitación; la izquierda quedó “sin línea”, y tuvo que explicar de apuro que no se trataba de la “verdadera AC”. Lenin reprochaba a los socialistas reformistas que reclamaran AC al zar de Rusia. Los “discípulos” de Lenin se la reclaman al Estado actual. Los viejos reformistas rusos, al decir de Lenin, cerraban “los ojos ante el hecho de que la fuerza y el poder siguen en manos del zar” y olvidaban que “para constituir hay que tener fuerza de constituir”5. Los reformistas de hoy repiten el mismo error, en condiciones políticas aún más inapropiadas para la agitación de la consigna. ¿Cómo es posible que esta línea se quiera revestir de la autoridad del leninismo?

 

El argumento de la «presión»

 

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no de los argumentos que se utilizan para sostener la táctica de la AC es que hay que “presionar” y “exigir” a los poderes estatuidos, para que los trabajadores hagan su experiencia, y avancen hacia objetivos cada vez más elevados. Por ejemplo, se exige la AC; si ésta se convoca, se presionará para que vote determinadas leyes; si éstas se votan, se exigirá que se pongan en práctica. De esta manera, a través de una “táctica proceso”, se llegaría a niveles cada vez más elevados de actividad, en última instancia.

     Esta táctica, que también fue criticada por Lenin, ha conducido a los movimientos obreros y de masas, a lo largo de la historia, al compromiso con la burguesía y a la confusión. Es que mientras la burguesía tenga el poder, ésta siempre tendrá la posibilidad de conformar “a medias” una reivindicación democrática y por consiguiente tendrá espacio para dividir, dilatar y maniobrar, hasta de­sarticular al movimiento y aislar a la vanguardia. Es que la presión nunca se puede sostener por tiempo indefinido; la tensión termina decayendo. Por eso los marxistas deben recordar siempre que toda conquista será precaria, en tanto la clase obrera no acabe con el Estado de la burguesía y establezca su propio poder. La consigna de AC, planteada al margen de la cuestión del poder, educa en lo contrario: en la idea del avance gradual, legalista, de la táctica proceso y de la “presión” indefinida.

 

“Algo hay que decir”

 

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or todo lo argumentado la consigna de AC no resiste el menor análisis a la luz de la experiencia histórica y de la teoría marxista de la lucha de clases. Tampoco pueden presentar algún caso de logros concretos de la táctica que emplean; y ni siquiera existe la más mínima presión de masas a favor de la AC.

     Pensamos que aquí existe una lógica de hacer política de hondas raíces. Consiste en la creencia de que siempre los revolucionarios deben presentar salidas “concretas” y “prácticas” a las crisis, a fin de que sus planteos suenen creíbles. Por eso, aunque nadie se movilice por la AC, y aunque su demanda hoy dé aliento a las ilusiones legalistas, aparece a los ojos de muchos compañeros como una forma sencilla de “tener política en la coyuntura y ante la crisis”. Pareciera que de lo contrario el trabajo político no se puede concebir siquiera. Pero las “recetas prácticas” para las crisis políticas, en situaciones no revolucionarias, representan atajos inevitables al oportunismo.

     Contra estas nociones, que gobiernan la elaboración de las tácticas políticas en la izquierda, reivindicamos otra forma de hacer política, que se nutre en las enseñanzas del marxismo clásico. El contenido de la propaganda debe determinarse a partir de las necesidades de educación de la conciencia de clase (la independencia de la burguesía), y de la relación de fuerzas. Con esto en vista, la consigna podrá adecuarse, en una segunda instancia, a las posibilidades de movilización. Pero los marxistas no deben buscar “cualquier” consigna, para decir “algo”, o con el fin de movilizar en cualquier dirección. La idea de que “el movimiento es todo”, que las demandas deben lanzarse de acuerdo a sus efectos prácticos, y no determinarse por las consideraciones de la teoría crítica (la teoría de la explotación, de las clases sociales y del Estado), es la matriz de la que se nutre el reformismo.

     Digamos por último que los efectos de esta política no se limitan al movimiento de masas, porque tienen consecuencias para el propio partido que la formula. Lo que muchas veces se visualiza como una táctica provisoria adquiere dinámica propia. La militancia comienza a educarse en el método de las concesiones a la política burguesa. El filo de la crítica se pierde, y con él la organización empieza a carecer de reservas teóricas y políticas frente a las presiones del enemigo, que alaba la “moderación y sensatez” de gente que propone la vía de la constitución y  la legalidad. Casi imperceptiblemente el marxismo empieza a perder sentido. Después de todo, para exigirle al Estado burgués una AC no hace falta la teoría de Marx o de Lenin. El criterio “práctico” y el inmediatismo inficionan al partido, de manera que éste termina por no distinguir qué es “maniobra” y qué es “estrategia” (objetivos de largo plazo). Así, con el tiempo la maniobra pasa a ser estrategia, y el lenguaje revolucionario pasa a ser una letanía, una serie de fórmulas vacías, porque “en la práctica la política es otra cosa, y exige respuestas concretas”. En buena medida la crisis de las organizaciones marxistas se explica por este tipo de dinámicas.

 

1 Agrega que «tarde o temprano los soviets deben derribar a la democracia burguesa»; Programa de Transición, apartado «Los países atrasados y el programa de reivindicaciones transitorias».

2 Ver Rolando Astarita, Crítica al Programa de Transición, Cuadernos de Debate Marxista, 1999.

3 Lenin, Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, en Obras Escogidas, tomo 2, p. 32, Cartago, Buenos Aires, 1973. Enfasis en el original.

4 Ibídem, p. 31.

5 Ibídem, p. 38.