Crítica al Programa del 26 de Septiembre

 

D

esde hace aproximadamente dos años se ha venido conformando en el ámbito internacional una agrupación llamada Acción Global de los Pueblos contra el «libre» comercio y la OMC (Organización Mundial del Comercio). Se trata de una alianza -sustentada en el desarrollo de una red mundial de movimientos de base- que se propone resistir a la globalización. La primera Conferencia de AGP se realizó en febrero de 1998, en Ginebra, y la segunda en agosto de 1999 en Karnakata, India.

     Recientemente AGP ha convocado a jornadas de movilización internacional, como repudio a la 55 Cumbre Anual del FMI y del Banco Mundial, que se realiza en Praga entre el 26 y el 28 de septiembre. Especial atención se pone a la convocatoria a un Día de Acción Global contra el capitalismo, para el 26 de septiembre. Estas acciones se inscriben en la línea de las movilizaciones que se realizaron en noviembre de 1999 en Seattle, y en abril pasado en Washington.

     La convocatoria para el 26 de septiembre ha recibido el apoyo entusiasta de partidos de izquierda de Argentina; entre ellos, el Movimiento al Socialismo, el Partido Comunista, el Partido de Trabajadores Socialistas. Otros grupos menores y militantes independientes también han decidido participar. Consideran que el programa de AGP, aun con «deficiencias», constituye un paso adelante en la tarea de reconstruir el interna­cionalismo, fomentar la solidaridad y resistir la ofen­siva del capitalismo. Incluso partidos que tienen una actitud más crítica hacia AGP -como el Partido Obrero- consideran que la jornada del 26 de septiembre es progresiva, ya que constituiría un «canal» para el combate antiimperialista. Como lo expresó un dirigente del PC, la participación el 26 de septiembre es «una cuestión de honor».

     A primera vista, y dado el consenso existente en la izquierda acerca de la necesidad de participar el 26 de septiembre, puede parecer extraño que levantemos nuestra voz para decir que el programa de AGP -que hace al contenido esencial de la convocatoria- no es progresivo para el movimiento obrero y popular, ni para la reconstrucción del internacio­nalismo y la acción socialista.

     Para explicar nuestras posiciones, comenzaremos discutiendo cuestiones generales que atañen a la crítica del marxismo al capital, y su diferencia con respecto a otras formas de anticapitalismo que han existido históricamente.

 

Crítica reaccionaria

y crítica marxista

 

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mpecemos señalando que es un error pensar que toda crítica al capitalismo es progresiva, o que abre una perspectiva social superadora. Ya en El Manifiesto Comunista Marx y Engels criticaron varios tipos de socialismos. Entre ellos, el socialismo pequeño burgués, que trataba de «defender la causa obrera desde el punto de vista de la pequeña burguesía», y denunciaba contradicciones del sistema, pero en el balance general era «reaccionario y utópico», ya que buscaba «restablecer los antiguos medios de producción y de cambio, y con ellos las antiguas relaciones de propiedad y la sociedad antigua, ... encajar por la fuerza los antiguos medios de producción y de cambio en el estrecho marco de las antiguas relaciones de propiedad, que ya fueron rotas, que fatalmente debían ser rotas por ellas».

     Otras formas de socialismo recibían una caracterización aún más dura. El «socialismo verdadero», con sus especulaciones acerca de la «realización de la esencia humana», o el «socialismo burgués», con su programa de remediar males sociales «con el fin de consolidar la sociedad burguesa», no representaban salidas progresistas para los trabajadores. A lo largo de la historia del movimiento obrero y de izquierda, se han repetido los programas del socialismo reaccionario y utópico. Su común denominador ha sido oponerse al capitalismo desde la perspectiva de volver atrás la marcha de la historia: regresar a una idílica pequeña comunidad perdida, oponerse al avance de la tecnología y de la ciencia en aras de conservar los viejos métodos de trabajo, las relaciones artesanales y pequeño burguesas. En particular, los populismos campesinos han exaltado estos ideales, resistiendo a la proletarización y a la creciente extensión de las relaciones mercantiles, que acompañaron la expansión del capital.

     Es cierto que en las décadas que siguen a la Gran Depresión estos enfoques fueron suplantados -por lo menos en los países subdesarrollados- por las estrategias de industrialización a marchas forzadas desde el estado, y el crecimiento amparado en fuertes barreras aduaneras. El desarrollismo latinoamericano de izquierda, los «socialismos nacionales» (en Africa o Asia) y movimientos de similar tenor exaltaron el desarrollo nacional autárquico y a ese fin el avance de la ciencia y la tecnología. En este cuadro, la noción fundamental y orientadora de las luchas populares fue la «liberación nacional», concebida como independencia económica. 

     Estas ideas perdieron fuerza a partir de la caída de los «socialismos reales» (regímenes burocráticos y atrasados), de los «socialismos nacionales» -burgueses y pequeño burgueses- y el fracaso del crecimiento sustentado en el Estado. Por eso, sin abandonar totalmente lo anterior, se está generando un nuevo tipo de respuesta que retoma mucho de las viejas concepciones de los socialismos criticados por Marx y Engels. En este sentido el programa de AGP es muy representativo de la nueva moda,  ya que combina, de manera apenas novedosa, elementos esenciales de esos viejos socialismos criticados en El Manifiesto Comunista. Por eso decimos que estamos ante un retroceso incluso con respecto a los programas populistas y estatistas de los cincuenta y sesenta, ya que por lo menos éstos reivindicaban el avance tecnológico y científico. Cosa que no hace AGP.

 

Programa de AGP

 

E

n lo que sigue nos basamos en la Platafor­ma constitutiva de AGP, de 1998, y en el Manifiesto aprobado en su Conferencia Global, de 1999.

     En estos documentos se establece que el punto de partida de AGP es la coordinación de los que luchan «contra la destrucción de la humanidad y del planeta por el libre mercado y construyen alternativas locales a la globalización»; el «rechazo a todas las formas de dominación» (de las cuales hace responsable al «capital transnacional»); el llamado «a la desobediencia civil no violenta»; y «una filosofía basada en la descentralización y la autonomía».

     AGP considera que el fenómeno «nuevo y más importante» en el mundo es «la aparición de los acuerdos de comercio como instrumentos clave de acumulación y control», siendo la OMC  «el vehículo preferido por el capital transnacional para imponer su gobierno económico global». Los acuerdos de libre comercio, y las instituciones que los acompañan, aumentan «el control del capital transnacional sobre los pueblos y la naturaleza, transfiriendo poder a instituciones distantes y antidemo­cráticas, excluyendo la posibilidad de un desarrollo basado en las comunidades y en las economías autosu­ficientes». Frente a esto, los gobiernos nacionales están «imposibilitados y la mayoría de las veces poco dispuestos a actuar contra los intereses del capital transnacional». AGP considera que la globalización «le quitó a los trabajadores gran parte de la capacidad para confrontar o negociar con el capital en un contexto nacional». Además, las corporaciones trans­­­­nacionales «absorben empresas nacionales, lo que típicamente produce destrucción de puestos de trabajo», y «traen productos extranjeros al país y barren gran parte de empresas locales». Denuncia igualmente la opresión de género, de los pueblos indígenas y de las nacionalidades, de los grupos étnicos reprimidos, y los ataques masivos a la naturaleza y la agricultura, a los sectores de la cultura, a la juventud y su educación; la destrucción de conocimientos tradicionales, la militarización, la discriminación de todo tipo y las políticas de migraciones de los Estados.

     Frente a estos males, AGP convoca a  respuestas locales, sustentadas en el rechazo de la tecnología y de la ciencia. Considera que «la causa principal del desempleo en los países privilegiados es la introducción de tecnologías de racionalización». Sostiene que es un error privilegiar las tecnologías de capital intensivo en detrimento de las que utilizan mucha mano de obra, ya que «esta discriminación ideológica da como resultado el desempleo, endeudamiento y, lo más importante, la pérdida de un conjunto inestimable de conocimientos y tecnologías acumuladas durante siglos». También la «biotecnología moderna» es condenada, por ser «una de las armas más poderosas y peligrosas de las corporaciones para asumir el control de los sistemas alimenticios del mundo». En una línea similar, plantea que «los sistemas de conocimiento y los métodos de producción de conocimiento tradicional son más efectivos» (que la «ciencia occidental»), «ya que se basan en la observación directa de generaciones y en la interacción con sistemas complejos no simplificados».

     Por último, propone «desarrollar una diversidad de formas de organización autónoma», que deberían «surgir y enraizar en las comunidades locales», a fin de «poner en práctica una diversidad de estrategias locales y en pequeña escala» y «defender comunidades y barrios o pequeñas colectividades del mercado global». Para esto, llama a «la acción directa democrática», basada en «la desobediencia civil no violenta a los sistemas injustos». Sostiene que éste «es el único modo posible de parar los poderes estatales y de las corporaciones». En definitiva, «sólo una alianza global de movimientos populares, con respeto a la autonomía» podría derrotar a la globalización en marcha.

 

 La negación de la ciencia

y de la tecnología

 

E

l primer aspecto que llama la atención en es­­­tos textos es su consecuencia en lo que respecta a negar y rechazar el progreso tecnológico y científico. Como la mayoría de las expresiones anticapitalistas reaccionarias, AGP considera que es la tecnología -en sí misma- la que genera la desocupación. De allí que reivindique las tecnologías de mano de obra intensivas como alternativa frente a las que son intensivas en el empleo de capital. Dicho en términos sencillos, para AGP es progresivo volver a los telares manuales, a la pala, a la hoz, y abandonar el uso de los telares automáticos, las cavadoras mecánicas y las modernas segadoras computa­rizadas.

     Como se puede apreciar, se trata de un planteo reaccionario, en la medida en que significa volver a la prehistoria del movimiento obrero. Precisamente en los siglos 17 y 18, los trabajadores que no distinguían la máquina de su uso capitalista dirigían sus ataques a las máquinas; y todavía a comienzos del siglo 19 se asistió a la destrucción en masa de máquinas en los distritos industriales ingleses (movimiento luddista). Comentando estas experiencias, decía Marx que «hubo de pasar tiempo y acumularse experiencia antes de que el obrero supiese distinguir la maquinaria de su empleo capitalista, acostumbrándose por tanto a desviar sus ataques de los medios materiales de producción para dirigirlos contra su forma social de explotación»1.

     Los marxistas no luchamos contra la tecnología «en sí». La dinámica del capitalismo está marcada por la competencia tecnológica -competencia oligopólica en la actualidad-, de manera que «la moderna industria no considera ni trata jamás como definitiva una forma existente de un proceso de producción. Su base técnica es, por tanto, revolucionaria, a diferencia de los sistemas anteriores de producción, cuya base técnica era esencialmente conservadora»2. Estas palabras, escritas en relación con el capitalismo del siglo 19, tienen hoy una multiplicada vigencia. Querer detener el avance de la automatización y el control computarizado de las máquinas, y el avance de la informática (única forma de volver a las tecnologías “intensivas en mano de obra”) es adoptar una postura conservadora, propia de los modos de producción previos al capitalismo.

     Más aún, en la concepción materialista del cambio social, el progreso tecnológico constituye la base material que permite proyectar un futuro en que los seres humanos puedan repartir riqueza, y no socializar miseria y hambre. A diferencia de los socialismos reaccionarios y utópicos, el socialismo científico considera que el desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas es la premisa de la liberación de los seres humanos de las tareas penosas y agotadoras. Para lograrlo es necesario acabar con la propiedad privada del capital y socializar los medios de producción, pero sin ese desarrollo, la abolición de la propiedad privada recrearía toda la podredumbre anterior. Es con esta perspectiva que Marx hablaba de la necesidad de desarrollar la contradicción entre el capital y el trabajo, no amortiguarla o adormecerla, o intentar volver hacia atrás el curso de la historia: «... el único camino histórico por el cual pueden destruirse y transformarse las contradicciones de una forma histórica de producción es el desarrollo de esas mismas contradicciones»3. Esta concepción es esencial en la crítica del marxismo al capital, y en la superación de la crítica utópica y reaccionaria. “Desarrollar” la contradicción no implica conciliar con el sistema de explotación, pero sí fundar la estrategia del comunismo en lo existente, en su crítica y superación; no en su negación conservadora o reaccionaria.

     Por supuesto, estas ideas no se pueden comprender si en el mundo actual no se advierten otra cosa que males, destrucción inminente del planeta, barbarización, como acostumbra afirmar la izquierda, y también AGP. Esta propaganda, absolutizada (para colmo, sin demostración científica), solo lleva agua al molino de la crítica conservadora, ya que al borde del abismo (destrucción de la humanidad por el progreso tecnológico) sería progresivo volver a la «tranquila y reposada» vida de los artesanos, al trueque y al localismo. Una visión que mistifica y oculta, por otra parte, las terribles condiciones de trabajo y de vida de las comunidades precapi­talistas. Es curioso, por lo demás, que este tipo de ensoñamientos provengan, por lo general, de intelectuales que gozan de todas las delicias de la tecnología del «primer mundo», y sólo vuelven «al bucólico pasado» en ocasionales y curiosas excursiones de «eco turismo».

     Por otra parte, hay que decir que estas críticas al desarrollo del capitalismo terminan siendo inefectivas en el plano político, y sólo conducen a derrotas estratégicas al movimiento obrero. En la medida en que la clase obrera adopta estos programas, pierde el norte y no  puede justificar o resistir los argumentos de sus enemigos, que aparecen entonces del lado del «progreso». El resultado de esto es que el movimiento obrero terminaría alineado, objetivamente, con las fracciones del capital más débiles y atrasadas tecnológicamente (siempre interesadas en frenar el avance tecnológico); e imposibilitado de presentar ante el conjunto de la sociedad una perspectiva superadora del capitalismo.

     Similares consideraciones merece el rechazo de la ciencia expresado en el Manifiesto de AGP. Los «sistemas de conocimiento tradicionales» que reivindica AGP, basados «en la observación directa de generaciones», han dado, en el curso de la historia, resultados conocidos y penosos. Estos «conocimientos tradicionales» fueron sustento de las ideologías que justificaron todo tipo de oscurantismo, de ataques a la investigación, que sustentaron la astrología, las supersticiones, las religiones, los sacrificios humanos, la esclavitud, la discriminación de la mujer o el racismo. Que la ciencia «occidental» sea merecedora de críticas, es innegable. No es el marxismo quien lo vaya a negar. Pero el marxismo no busca volver al antirracionalismo, sino avanzar sobre los hombros de los mayores logros del pensamiento ilustrado, del raciona­lismo burgués y de la ciencia experimental, de la producción del conocimiento. En este punto nos oponemos al planteo de AGP ya no como marxistas, sino como simples herederos de las filosofías de la Ilustración francesa y de sus sucesoras revolucionarias.

     Más aún, todos los conocimientos que se sustentaron en la mera observación han tendido -en última instancia- a ser conservadores. No es casual que el empirismo inglés haya sido la ideología de la burguesía «asentada», interesada en conservar lo obtenido; es que lo captado por los sentidos no cuestiona, no critica. Los sistemas de conocimiento, transmitidos en las comunidades a través de las generaciones son esencialmente conservadores porque también consagran lo existente. En cambio, a partir del giro decisivo que dio la Revolución Francesa, el hombre se atrevió a intentar «organizar la realidad de acuerdo con las exigencias de su pensamiento libre racional, en lugar de acomodar simplemente su pensamiento al orden existente y a los valores dominantes»4. El marxismo, lejos de negar estas ideas, y de querer volver al pasado feudal, proclama la realización práctica de esa filosofía crítica burguesa, mediante la disolución del orden social existente y la abolición de su pilar, la propiedad privada5. AGP, en cambio, propone regresar a las concepciones previas a la Ilustración. Ni siquiera el populismo burgués estatista, que floreció entre las décadas de los cuarenta y los sesenta del siglo 20, había llegado a tanto.

 

¿Es el enemigo el libre comercio?

 

C

omo hemos citado, AGP hace todo un eje en la lucha contra el libre comercio. Dado que la negación del libre comercio es el proteccionismo, el conflicto central planteado por AGP es en los términos de libre comercio versus sistemas proteccionistas.

     Pero esta oposición es peligrosa para la lucha obrera contra el capital. El criterio que debe orientarnos en este asunto es considerar favorable todo lo que impulse la unidad internacional de los explotados, lo que promueva la superación de los particularismos nacionales, lo que apunte a la independencia de clase y separe políticamente a los explotados de las burguesías nacionales. Por eso nuestro punto de vista no es la defensa de las «economías nacionales», ni de los intereses de la clase trabajadora de un país (o de un grupo de países), sino de la clase obrera internacional. Por eso también no somos proteccionistas. Es que el proteccionismo y las barreras comerciales no mejoran un milímetro la posición de la clase obrera de conjunto (esto es, internacional). Por el contrario, fortalecen los resentimientos nacionales, atizan las guerras comerciales y las rivalidades e inducen a la división de las clases trabajadoras, embarcadas en alianzas con «sus» burguesías.

     Con razón Marx sostenía que los sistemas proteccionistas se asemejaban a «una organización de estado de guerra en tiempos de paz, a un estado de guerra que, dirigido en primer lugar contra los países extranjeros, necesariamente se vuelve en su implementación contra el país que lo organiza»6.

     Frente al «sentido común» de la izquierda que pone por las nubes al proteccionismo, veamos qué pasa hoy con los regímenes que continúan con las barreras arancelarias: Corea del Norte, Libia, Afganistán. ¿Se ha fortalecido la clase obrera de estos países? ¿Se promovió el desarrollo social y tecnológico? La «cercanía» de las «instancias de poder», ¿acrecentó el control del pueblo trabajador sobre los destinos de estos estados? La mera formulación de estas preguntas destruye el argumento de AGP, en torno al cual articula su accionar.

     Pero veamos también qué sucede en los países desarrollados. Tomemos Europa, donde los grupos de AGP son fuertes. Allí, junto a los impulsos al libre comercio, reinan indisputadas las subvenciones agrícolas. O sea, proteccionismo, apenas disfrazado. ¿Cuál es el resultado? Respuesta: el mantenimiento de amplias capas de campesinos medios reaccionarios. ¿Por qué creen AGP, y los socialistas que apoyan entusiastamente su programa, que la clase obrera debería interesarse en mantener ese estado de cosas? ¿Por qué deberían los trabajadores luchar para defender ese proteccionismo? ¿Para defender al campesino acomodado europeo, en detrimento del campesino de cualquier otro país? ¿Para defender una fracción burguesa contra otra? ¿Por qué AGP no dice palabra sobre todo esto?

     Es claro entonces que el hecho que los socialistas critiquemos las mentiras de los neoliberales acerca de los «beneficios» y de la «igualdad» que traería el libre comercio, no debe llevar a la apología del proteccionismo y del fortalecimiento de los Estados nacionales. Es necesario clarificar que se trata de un conflicto estrictamente burgués, en el que la clase obrera no tiene nada que ganar. Las aduanas están en manos de los capitalistas y sus Estados, y se convierten en medios para la pelea de sectores de las burguesías nacionales, perjudicadas por la competencia internacional, y en busca de una mayor porción de plusvalía. 

     Pero además, y posiblemente más importante, hay que destacar que las tendencias a la globalización del capital son inherentes a su dinámica, son propias de la naturaleza de un sistema que se basa en la propiedad privada y en la competencia. Contra esto, la salida no está en volver a las barreras arancelarias, sino en avanzar en el internacionalismo. Es necesario oponer a la mundialización de las fuerzas productivas la unidad del trabajo por encima de las fronteras. Todo lo que niegue este programa deviene, una vez más, en una estrategia reaccionaria. Por este motivo, y contra lo que dicen los apologistas de AGP, o los que lo apoyan «críticamente» y lo consideran progresivo, el programa del 26 de Septiembre no contribuye en nada a cimentar un verdadero internacionalismo.

 

La disolución de la centralidad

de la clase obrera

como sujeto revolucionario

 

C

omo sucede con todos los socia­lismos utópicos y reaccionarios, el programa de AGP termina en un anticapitalismo superficial, de mera forma, porque su contenido de clase es el de una estrategia pequeño burguesa, cuando no burguesa. Nada lo refleja mejor que su dilución de la centralidad de la clase obrera como sujeto revolucionario. Es que acorde con los tiempos que corren, en los que está de moda hablar de los «nuevos sujetos sociales», el Manifiesto de AGP coloca al mismo nivel la explotación de clase y las opresiones particulares, como las desigualdades de grupos, de naciones, a los sectores afectados por las importaciones, a los que sufren las agresiones ecológicas, o a los que están disgustados con los productos culturales de la globa­lización. Y dado que todos ellos deberían enfrentarse a la globalización, quedaría a derrotar un reducidísimo grupo de enemigos (los capitales transnacionales). En definitiva, nos encontramos instalados en la noción de «pueblo» (alianza policlasista), o de «sociedad civil», convertida en eje del potencial movimiento revolucionario. Es la eterna idea de todo reformismo pequeño burgués, que pregona la colaboración de clases contra un grupo de explotadores tan «minúsculo»... que deja de constituir una clase social real. 

     Pero a la inversa de lo que dice AGP, la única contradicción insalvable -y por eso esencial- para el sistema es la contradicción que opone el capital al trabajo. Todas las otras contradicciones son secundarias, e incluso pueden ser absorbidas por el modo de producción capitalista.

     Esta necesidad de diferenciar a los explotados de otros sectores oprimidos se agudiza cuando se trata de determinar los límites de clase entre los asalariados y las capas pequeño burguesas o burguesas. Si bien la clase trabajadora deberá establecer alianzas con otras clases sociales, nunca deberá olvidarse que un pequeño burgués, por más pequeño que sea, tiene intereses distintos, y hasta opuestos, a los intereses socialistas. Por supuesto, en mayor medida esto se aplica al capital «nacional».

     Pero en segundo término el enfoque de AGP contribuye a mantener el prejuicio, en boga actualmente, de que la clase obrera está en vías de extinción, cuando en realidad sucede lo contrario: la clase obrera -concebida como la clase de los asalariados que son explotados y están subsumidos por el capital- se ha extendido, abarcando nuevos sectores productivos (proletarización de capas independientes), y nuevas regiones.

     Se puede decir que por primera vez se ha convertido en una clase social en nivel planetario (y este es el sentido más profundo de la globalización del capital). Precisamente cuando la clase obrera se convierte en la fuerza productiva (subjetiva) fundamental, cuando habría que poner de relieve todo su potencial, buena parte de la izquierda divaga acerca de su «disolución social» y borra su fisonomía en un magma policlasista indiferenciado. En este respecto, discursos como los de AGP son altamente perniciosos para la toma de conciencia de clase. La reconstitución del movimiento socialista implica no sólo la necesidad de la toma de conciencia de la explotación (de la clase como clase «para sí»), sino también de todo su potencial como fuerza productiva. Efectivamente, la proletarización de técnicos, ingenieros, profesionales, esta incorporación de personas con capacitación a la fuerza del trabajo asalariado, plantea la posibilidad de que una futura transformación socialista pueda ser encarada en condiciones cualitativamente superiores a todo lo que tuvieron que enfrentar anteriores revoluciones socialistas. La clase trabajadora entonces, no sólo ha devenido una clase planetaria, sino también, y por primera vez en la historia de la humanidad, una clase explotada tiene potencialidades plenas para la construcción de una futura sociedad. Digamos, una vez más, que esta dialéctica del desarrollo del capital -esta negación interna que surge de su propio desarrollo- es incomprensible para la crítica romántica reaccionaria; ésta sólo ve en la acumulación del capital descomposición de las relaciones sociales y marcha a la barbarie. Desde esta perspectiva la clase obrera estaría en vías de desaparición (producto de la degradación de las relaciones sociales), y por lo tanto el «sustituto» del sujeto revolucionario debe encontrarse en «el pueblo» o «la comunidad».  

 

La vuelta a la aldea

y la exaltación de las comunidades

 

A

tono con las definiciones que acabamos de examinar, AGP sostiene que las líneas de enfrentamiento pasan por la frontera que divide a las comunidades locales y los capitales globalizados. De allí que exalte la capacidad de las primeras para generar alternativas supera­doras, que sostenga que la pérdida de capacidad de decisión democrática pasa por el «alejamiento» de las instituciones (que devienen supra nacionales), y que exalte la «acción directa democrática» en los barrios, pequeñas comunidades, etc.

     Ya adelantamos que se trata de un programa que abandona incluso las ambiciones y los proyectos de alcance nacional del viejo estatismo burgués, para refugiarse en un estrecho y mediocre localismo, carente de perspectivas. Es que estas «autonomías», estas «democracias directas», a lo único que conducirían, en caso de imponerse en algún lugar, -y en el marco del dominio del capital «local»- es al fraccionamiento de la clase trabajadora, y a la preponderancia de los sectores sociales más retrógrados.

     Efectivamente, las comunidades dominadas por los «notables» locales, por el cura de pueblo y los funcionarios, por las «fuerzas vivas» (cámaras de propietarios, sociedades de beneficencia, etc.), son reductos de la reacción, caldos de cultivo para la discriminación y mallas sofocantes de ahogo social. Véase el ejemplo de las pequeñas comunidades del sur de Estados Unidos, usinas del peor racismo. O los cantones suizos, reductos de xenofobia, sexismo e intolerancia, vehiculizados durante años por instituciones democráticas (burguesas) que están muy «cerca» de sus ciudadanos. Más familiar con nuestra experiencia, se puede tomar cualquier pequeña comunidad del interior de la Argentina, para encontrarse con verdaderos feudos de caciquismo, inficionados de la más profunda y permanente estupidez pueblerina.

     Esto para no hablar de casos extremos, como pueden ser las regiones dominadas por el integrismo islámico. Para decirlo con todas las letras: la «oposición» de los talibanes de Afganistán, o de los ayatollas de Irán a la globalización, no tiene un átomo de progresiva, por más que sean expresiones «auténticas» de sus respectivas colectividades. Defender la «autonomía» de estas «comunidades» y «naciones» frente a la globalización del capital no puede ser programa ni objetivo de la clase trabajadora.

     Ahora bien, si se tiene que por un lado la clase obrera se ha disuelto en la «sociedad civil» o en la «comunidad», que el enfrentamiento está planteado en los términos de «comunidades locales» versus capitales trans­nacionales, se concluye en que el concepto mismo de la lucha de clases ha desaparecido. Esto es, de lucha entre grupos sociales que se distinguen por ser propietarios -o ser no propietarios- del capital. Las orientaciones políticas favorables a la conciliación de clases son inherentes a estos análisis.

     El punto de vista de los marxistas es opuesto al anterior. Las «comunidades», el «pueblo», la «sociedad civil» es una abstracción si en ella no se distinguen las clases sociales, esto es, los explotadores y los explotados.

     En este sentido, los explotadores son mucho más que un grupo de transnacionales poderosas; son todos los que viven de la explotación del trabajo ajeno, pertenezcan a una pequeña comunidad, o a una metrópoli, estén al frente de un capital local o de una transnacional. La lucha por la independencia de la clase obrera con respecto a la burguesía parte de estas nociones, en torno a las cuales gira, por otra parte, casi toda la obra de Marx.

 

La acción no violenta

y descentralizada

 

L

a disolución de la centralidad de la clase obrera y la exaltación de la «comunidad» van de la mano con la defensa de los métodos de lucha pacifistas, expresada en la táctica de «desobediencia civil no violenta a los sistemas injustos». En una palabra, la táctica de Gandhi en la India, es presentada como «el único modo posible» de enfrentar a los poderes estatales y de las corporaciones. Si en los años sesenta y setenta buena parte de la izquierda proclamó la posibilidad de la lucha armada en cualquier momento y lugar, ahora asistimos al movimiento inverso. Frente a la violencia cotidiana que se ejerce sobre los pueblos, frente al horror permanente de la represión, de los estados «fuertes», de la militarización, AGP pregona el pacifismo, la resistencia no violenta. De nuevo estamos frente a una propaganda reaccionaria. Que se combina con su exaltación de la descentralización, del «cada cual por su lado», de la acción individualista.

     Contra esto reivindicamos la necesidad imperiosa de la centralización de las luchas. La «filosofía» (nótese las pretensiones, ¡nada menos que «filosofía»!) «organizativa basada en la descentralización y la autonomía» que pregona AGP encaja dentro de la lógica postmoderna -tan en boga en ciertos círculos que se adaptaron a lo existente-, marcada por el extremado individualismo, la exaltación de los «micro grupos» y la devaluación de proyectos que exijan subordinación consciente y voluntaria a decisiones colectivas. Esto incluye, naturalmente, la renuncia a la meta de construcción de un partido de los explotados, o una Internacional, lo que va de la mano del pacifismo extremo.

     Que hoy sea difícil la construcción de un partido, que la tarea de la Internacional no esté planteada en lo inmediato, no debería de ninguna manera conducir a proclamar como beneficiosa la «filosofía» de la acción descentralizada, el pacifismo y la «desobediencia» anarquista.

 

Los «apoyos críticos» a AGP

 

A

nte las críticas que hemos formulado, algunos militantes de organizaciones que participan en la jornada del 26 de septiembre han argumentado que es necesario intervenir «críticamente», a fin de dar un sentido progresivo a la lucha; y agregan que, después de todo, «es lo que hay», y «de algo hay que partir».

     No estamos de acuerdo con estos argumentos. La participación crítica en una movilización tiene sentido cuando están en juego alguna o algunas reivindicaciones centrales que, con todas sus limitaciones, representen pasos adelante para la clase obrera o los oprimidos. Por ejemplo, un seguro de desempleo sería para la clase obrera argentina un logro verdadero, real. En este caso los marxistas apoyamos la reivindicación de los sindicatos reformistas, haciendo explícita nuestra crítica a sus programas y estrategias globales (conciliación con el capital, ilusiones en la democracia burguesa, etc.). Pero, insistimos en ello, el logro de la reivindicación representaría un paso adelante.

     En cambio, cuando la lucha es por un programa regresivo y reaccionario, no hay nada que apoyar. Ni crítica ni condicionalmente. Tampoco es posible cambiar el contenido, porque el contenido está dado por la convocatoria y el programa de la organización matriz -en el caso que nos ocupa, la AGP y su Manifiesto-. Para «bajar» a tierra lo que estamos diciendo, supongamos que el programa de AGP se logra parcialmente, en países o regiones.

     Esto significaría la promoción de la tecnología atrasada, el rechazo de la ciencia, la exaltación de los localismos, el levantamiento de barreras proteccionistas, el fomento de los conocimientos tradicionales, la propaganda por la no-violencia y la descentralización frente a la acción centralizada del capital. ¿Fortalecerían estos «logros» la lucha del trabajo contra la explotación? Por todo lo argumentado sostenemos que la debilitaría. Tampoco se puede sostener que estemos ante la posibilidad de que este programa se transforme en un canal de lucha antiimperialista progresiva.

     Todo nos lleva, en definitiva, a no participar en este movimiento. Desde el punto de vista de los intereses de clase, expresados en el programa de AGP, se trata de una confluencia que, sin descuidar algún pasaje «izquierdista» (incluso alguna definición anticapitalista), tiene un tono predominantemente pequeño burgués reaccionario y burgués «comunitario». Pequeño burgués en cuanto expresa la reacción individualista de aquel que, afectado por el capital, busca detener sus efectos, volviendo a un imposible pasado, sin cuestionar de fondo la propiedad privada. Burgués en cuanto también expresa algunas fracciones de la burguesía europea, interesada en imponer ciertas barreras proteccionistas al avance de los capitales, en el marco de una unidad al servicio del capital europeo. Se trata del ya antiguo proyecto de la «Europa de las comunidades»; en esto entrarían fracciones burguesas localistas, de otras partes del mundo y, por supuesto, burocracias sindicales o estatales, perjudicadas por la mundialización del capital. El programa socialista de la clase obrera está completamente ausente de este Manifiesto.

     Dada la relación de fuerzas, y las tradiciones de la izquierda argentina, sabemos que con nuestra posición nos quedamos casi solos. Muchos ya nos acusan de «teoricistas», de  «abstractos», y por lo tanto de «enemigos de la práctica» o «del movimiento real».

     Recordemos que con idénticos argumentos muchos izquierdistas y marxistas argentinos apoyaron en su momento al peronismo, aplaudieron a rabiar al castrismo, las  «experiencias» de Allende en Chile, de los sandinistas en Nicaragua, o las «construcciones del socialismo» en la URSS, China, Vietnam, Yugoslavia o Albania. A la vista de los resultados para las fuerzas del marxismo, nos parece ocioso explicar por qué no compartimos el criterio « práctico y concretito» de nuestros críticos.

     Simplemente nos queda agregar que la participación de buena parte de la izquierda argentina en este movimiento es una expresión de lo alejadas que están sus posiciones con respecto a los fundamentos de la teoría marxista y del programa que se vincula a ella. El retroceso ideológico y político no podría ser mayor. El programa de AGP abandona incluso algunos elementos de progresividad que existían en los viejos programas «keynesianos - estatistas» de la izquierda de los sesenta y setenta, para combinar las utopías burguesas de reforma del capitalismo (proteccionismo, crítica centrada en el «capital transnacional»), con elementos reaccionarios de los viejos socialismos (rechazo de la ciencia y la tecnología, exaltación del particularismo).

 

Septiembre, 15 de 2000

 

1 K. Marx, El Capital, tomo 1, p. 355, México, FCE, 1946,

2 Ibídem, p. 407.

3 Ibídem, p. 409.

4 H. Marcuse, Razón y revolución, p. 12, Madrid, Alianza, 1986.

5 K. Marx, En torno a la Crítica a la filosofía del derecho de Hegel, de 1843-4.

6 Citado por C. Kurdas, «Accumulation and Techincal Change: Marx Revisited» en Science and Society N°1, 1995.