EDITORIAL

 

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espués de casi dos años, Debate Marxista vuelve a estar en las manos de nuestros lectores. Para expli­car el por qué de este prolongado período de ausencia, y de esta nueva etapa, es necesario volver por un momento a las posiciones que constituyeron la razón de ser de nuestra publicación, y al contexto en que se desenvolvieron.

     La aparición de Debate Marxista en 1993 fue, en primer lugar, el fruto de la crisis que sacudía por entonces a la izquierda. Aunque muchas organizaciones siguen negándose a reconocerla, la izquierda marxista nunca había llegado a tal grado de desorientación, política e ideológica. Los partidos Comunistas, que en las vísperas mismas de la caída de la URSS afirmaban que Gorbachov era la garantía de la recuperación leninista del «socialismo», entraron en un proceso de semi desintegración y derechizaron aún más sus discursos para «adaptarse» a los nuevos tiempos «post muro». Los partidos trotskistas a su vez, verían en poco tiempo «estallar» literalmente todos sus análisis y  líneas políticas. Alegremente saludaron como «revolución proletaria y socialista» lo que era una restauración capitalista en todo el Este europeo; pronosticaron la caída del capitalismo, hablaron sin ton ni son de situaciones revolucionarias por todos lados; se identificaron con el capitalismo de Estado y el nacionalismo burgués -llamando a defender «lo nuestro» y «el patrimonio nacional»- y llevaron la confusión ideológica y política del movimiento obrero a extremos difíciles de exagerar.

     Debate Marxista surge en respuesta a esta situación, con la conciencia de la necesidad de crítica y superación de ese «marxismo» (nacionalista «keynesiano» y reformista, en esencia) en el que habíamos estado inmersos durante muchos años. Frente al «catastrofismo económico» que campeaba en los análisis -sin fundamentación teórica ni empírica- intentamos volver a los análisis de la acumulación y crisis del capitalismo de Marx, y a su respeto por los datos empíricos. Frente al estatismo burgués, reivindicamos la teoría de la explotación y de la plusvalía de Marx, y su crítica al carácter de clase del Estado, como pilares de la recomposición de la vanguardia obrera. Frente a las posiciones de «liberación nacional» y «nación explotada» (lugar común en el discurso de la izquierda), rescatamos las posiciones leninistas acerca de los países dependientes y la centralidad de la explotación de clase. Frente al sindicalismo «economicista», y la militancia pragmática y tacticista, planteamos la necesidad de articular la lucha económica, política y teórica, en el sentido en que lo habían propuesto Engels y Lenin. Frente al uso (y abuso) de las consignas transicionales en todo momento y lugar, defendimos la lucha por un programa mínimo de reivindicaciones, como forma de recuperar la actividad del movimiento obrero, en una etapa de marcada ofensiva del capital. Y por supuesto, frente a los análisis exitistas acerca de la «revolución democrática en ascenso» en el Este europeo, dijimos que estábamos ante el último coletazo de la derrota de la Revolución de Octubre de 1917, y que se abría un largo y paciente período de rearme para el movimiento obrero y de izquierda.

 

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or estas posiciones recibimos un rechazo prácticamente unánime de la militancia de la izquierda.
       Pero teníamos expectativas, que la creciente divergencia entre la dinámica objetiva de los acontecimientos, y los análisis y pronósticos que se manejaban en las organizaciones, sumados a la esterilidad creciente de las campañas políticas -vacías de contenido «real»- terminarían por suscitar la necesidad de reflexión y por abrir el cauce a un debate profundo. Con esta perspectiva Debate Marxista continuó publicándose hasta 1998. A esa altura, y a pesar de dolorosos procesos de unificaciones y rupturas que sufrió nuestro grupo político, entrevimos que por fin se presentaba la ocasión para la discusión y el  reexamen autocrítico de las posiciones. En última instancia, ¿cómo se podía seguir defendiendo -¡a fines de los noventa!- la caracterización de «estado obrero» de Rusia o la «progresividad» de la «revolución democrática» de 1989?

     Recordemos además que 1997 y 1998 estuvieron signados por las crisis económicas asiática y rusa. Una vez más la mayoría de la izquierda habló de la «crisis última y sin salida del capitalismo». Seguros de que también una vez más este pronóstico catastrofista iba a ser desmentido por la «dura» realidad, ¿no podría esto también impulsar a un proceso de reflexión? Combinado con el fracaso absoluto sobre los pronósticos en el Este, ¿no podría por fin impulsar un acercamiento a Marx? ¿Una recuperación militante de la teoría de la explotación, del internacionalismo, de la crítica al capitalismo del socialismo científico?

 

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ntonces algunos pasos dados por organizaciones de izquierda en la apertura del debate nos llevaron a caracterizaciones optimistas (que hoy evaluamos como apresuradas e incluso impresionistas) sobre la posibilidad de un reagrupamiento importante de las fuerzas revolucionarias, sobre renovados y actualizados basamentos marxistas. Con esta perspectiva impulsamos reuniones amplias («Llamamiento a un reagrupamiento de los marxistas»). Paralelamente, en 1999 publicábamos la Crítica al Programa de Transición (edición especial de «Cuadernos de Debate Marxista») que hasta cierto punto culminaba una etapa de elaboración y superación de errores que llevaron a la crisis de la militancia revolucionaria.

     En ese punto pensamos que se abrían posibilidades de superar la «vieja» Debate Marxista con una nueva revista teórica, con mayor variedad de temáticas y que reflejara el proceso de convergencia marxista en el que poníamos expectativas. Pero en la medida en que ese proceso se estancaba y retrocedía, se fue postergando la aparición de nuestra revista.

 

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oy debemos asumir, autocríticamente, que nuestros análisis sobre la evolución de organizaciones hacia posiciones marxistas estuvieron equivocados. De hecho, la mayoría de éstas no modificaron en lo sustancial ninguna de sus viejas posiciones. A más de una década de la caída del Muro de Berlín debemos reconocer que no se ha dado el proceso en el que cifrábamos expectativas. Por el contrario, prácticamente todos los grupos reforzaron y consolidaron sus posiciones «de toda la vida». El único cambio ha sido el abandono de las prácticas burocráticas (por lo menos en sus aspectos más visibles y notorios) y la crítica, más o menos profunda, en algunos de estos grupos a los «socialismos reales» o a los regímenes «obreros burocráticos». Pero lo esencial de las concepciones nacionalistas, de las críticas pequeño burguesas populistas (y hasta reaccionarias) al capitalismo, y de los planteos reformistas, ha subsistido. Un ejemplo de esto último, de “salida” reformista, está criticado en el artículo sobre la consigna de Asamblea Constituyente.

     Por otra parte, militantes que participaron en los encuentros de 1998 y 1999 del «Llamamiento» se han alejado del marxismo; algunos hoy hasta reniegan, explícitamente, de la «política» (sic), de las concepciones materialistas sobre el Estado y la lucha revolucionaria, o de la noción de clase. Otros abandonaron la idea de construcción de una organización de vanguardia, recusándola como idea «burocrática». Pero tal vez el índice más acabado de esta evolución nos lo dé el apoyo -«crítico», pero apoyo al fin- al programa de Acción Global de los Pueblos de prácticamente todas las organizaciones de la izquierda argentina. Como lo explicamos en el artículo de Debate Marxista que acompaña a este número, se trata de un abandono completo de las posiciones más elementales del marxismo revolucionario.

 

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n síntesis, el retroceso ideológico y político, lejos de atenuarse, se ha profundizado. Hoy se ha convertido en costumbre de esta izquierda «amplia y no dogmática» ceder posiciones ante los que ponen en cuestión la centralidad de la clase obrera como sujeto revolucionario; ante los que han reemplazado la crítica del capitalismo por la denuncia abstracta de «la globalización» (y bregan por el proteccionismo); ante los que ensalzan la acción «descentralizada» y «autónoma» (y niegan la posibilidad de la organización); ante los que exaltan la vuelta al primitivismo y a la aldea y rechazan la ciencia y la tecnología «en sí», para hacer la apología de la ignorancia y del oscurantismo.

     En este contexto extremadamente desfavorable, Debate Marxista trata de contribuir a mantener viva una llama del marxismo. De ahí el énfasis en los trabajos críticos, y las temáticas elegidas. En este número, además de los trabajos citados sobre el programa de AGP y Asamblea Constituyente, publicamos un artículo que contribuye al debate sobre la centralidad de la clase obrera como sujeto revolucionario, y una crítica al programa económico de la CTA, paradigma de muchas políticas keynesiano reformistas, de fuerte predicamento en los medios izquierdistas.

 

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omos conscientes de que quienes defendemos las concepciones del Manifiesto Comunista o de El Capital -no en actos recordatorios, sino en la política cotidiana- hemos quedado reducidos a una ínfima minoría. Por eso hoy decimos que lo central es defender «principios», puntos básicos, sin los cuales no habrá «táctica» capaz de sacar a la izquierda de la crisis (aunque haya algún éxito momentáneo en la superficie). Por encima de diferencias tácticas, llamamos a unir los esfuerzos en torno a algunos puntos «ejes», demarcatorios de los alineamientos dentro de la izquierda revolucionaria. En particular, planteamos la necesidad de:

 

a)  reconocer la centralidad  y dominancia de la contradicción capital - trabajo, lo que implica superar planteos nacionalistas (contradicción central nación oprimida - opresora), reformistas (ejemplo: contradicción central sociedad civil - Estado)

b)  tener un claro planteo con respecto al Estado, partiendo de concebirlo como representante del capital «en general», cuya misión es garantizar las condiciones políticas, jurídicas e institucionales de la explotación capitalista (por lo que no es un campo «neutro» de lucha; por lo que no se puede avanzar al socialismo mediante estatizaciones burguesas; por lo que requiere luchar contra toda ilusión en el estatismo burgués)

c)  superar las tácticas reformistas «proceso» , que sostienen que es necesario llegar al socialismo mediante la ampliación gradual o profundización de la democracia y las conquistas populares («desembarco de la sociedad civil en el Estado»). O en su variante «revolucionaria», la estrategia de exigir al Estado burgués que aplique medidas de transición al socialismo

d)  superar críticamente las concepciones burocráticas y estatistas del llamado «socialismo nacional» o «dictaduras del proletariado». Reivindicar la democracia de los consejos obreros y populares como base para el inicio de una futura reorganización social

e)  lo anterior se sustenta en la reivindicación de un método de organización basado en la democracia interna, la libertad de crítica y discusión, la militancia consciente, la reivindicación de la teoría y su unidad con la práctica revolucionaria. En una palabra, la crítica y superación de la metodología estalinista.

 

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ebemos defender lo mínimo, y por eso postulamos una serie de acuerdos-marco entre las pocas fuerzas que todavía piensan que la doctrina de Marx tiene algo que explicar acerca del desarrollo del capitalismo, y para aportar a una estrategia de liberación de los explotados. Esta es la razón de ser de Debate Marxista y a este fin llamamos a la colaboración de todos los que coincidan en estos objetivos esenciales.