El Sindicalismo Frente a las Transformaciones Actuales

Crítica a Pierre Rosanvallon

Adrián M. Piva

 

La siguiente es una ponencia presentada en el 1er. Encuentro por un Nuevo Pensamiento organizado por la Central de Trabajadores Argentinos en 1998.

Se le han realizado sólo correcciones de estilo.

 

El objetivo de este artículo es criticar una de las vertientes del llamado “pensamiento crítico”. Específicamente aquél que se refiere a las causas y consecuencias de la crisis actual del sindicalismo a nivel mundial. He elegido para esto a quien es uno de sus mayores exponentes dentro de la escuela francesa: Pierre Rosanvallon. La razón de la elección radica en que los conceptos fundamentales en que se basa para explicar la crisis terminal de un modelo de sindicalismo y su necesaria reconstitución sobre nuevos principios pueden encontrarse tanto en otros pensadores europeos que han tratado el tema (por ejemplo: Georges Espyropoulos) como en intelectuales argentinos. Esto no significa que no haya una variedad de puntos de vista más allá de estos conceptos fundamentales, pero son éstos los que hacen relevantes la crítica de este autor.

Rosanvallon sostiene que el sindicalismo surgido en el siglo XIX tuvo como base una clase obrera homogénea en sentido económico, político y social. Esta homogeneidad radicaba en lo que denomina “separación social”. La clase obrera, siempre siguiendo al autor, se hallaba excluida en el terreno político al no tener derecho a voto, aislada socialmente de las demás clases y sujeta a una fuerte explotación económica. Esta marginación sirvió de base para la constitución de una identidad que enfrentaba el “nosotros” al “ellos” y que alentaba la visión de una sociedad dividida en dos clases. Las distintas corrientes políticas y sindicales a las que era común esta visión compartían la idea de la existencia de “un tesoro oculto”, entendido como un excedente cuya distribución permitiría satisfacer las reivindicaciones consideradas legí­timas y la culpabilización de un tercero responsable de la injusticia social: la patronal y el Estado.

Para Rosanvallon, la crisis del ‘30 y su resolución de la que surgiera el Estado Benefactor, extendió tempo­ralmente la vigencia de estas dos ideas básicas que sustentaron un sindicalismo de conquista y reivin­dicación. La razón de su continuidad se encontraría en que el  crecimiento económico sostenido durante el período de posguerra habría posibilitado el reemplazo de la idea de “tesoro oculto”. Esto permitió poner en el centro de la discusión la reivindicación salarial y construir una visión del papel del Estado como agente redistributivo.

La crisis del ‘70 habría echado por tierra el antiguo modelo sindical nacido en el siglo XIX. En principio la causa de la crisis del modelo sindical, según surge de la lectura del texto, pareciera tener dos razones. Por un lado, la desaparición de la “exterioridad social” que fundara la idea de la existencia de un “tercero responsable”; por otro, la concepción de que las distintas formas de sindicalismo y fundamentalmente el socialismo tuvieron raíces religiosas, en palabras del autor que “cons­tituyeran ciertamente una religión civil”1 en una sociedad que deviene radicalmente laica. Sin embargo el fundamento último que sostiene toda la argumentación es el estallido de la clase obrera fruto de la fragmentación producida tanto en el mercado de trabajo como en la inserción productiva.

En lo que sigue, centraremos la crítica en tres aspectos: en primer lugar, en el esquema de desarrollo de la clase obrera que Rosanvallon expone; en segundo lugar, en la relación entre la posición social relativa de la clase obrera y su conciencia de clase y por último, en la idea de desaparición de la clase como sujeto único como producto de su nueva naturaleza heterogénea.

El desarrollo de la clase obrera que surge de la lectura de Rosanvallon aparece como una serie de compar­timentos estancos, definidos funda­men­talmente por su posición social relativa, que fundamenta la posibilidad de una identidad homogénea antes y después del ‘30 y destruye esta posibilidad a priori en la actualidad.

En el siglo XIX, la definición de la clase obrera a partir de su separación del resto de la sociedad aparece como la causa de su unidad y de esta manera posibilita el surgimiento de ideologías radicales que, apelando a la marginación social y política de los trabajadores, fundamentaron la necesidad de su autonomía y de la construcción de un proyecto propio, enfrentado al de las clases do­minantes. Su incorporación social bajo el Estado de Bienestar  keyne­siano en un proyecto redistributivo de crecimiento continuo, posibilitó la continuidad de la identidad construida y otorgó a los sindicatos un lugar privilegiado en la disputa salarial.

En la actualidad, la desaparición del Estado benefactor y las contra­dicciones internas que la cruzan, a causa de su fragmentación, pondrían en crisis al viejo modelo sindical y obligarían al sindicalismo por primera vez en la historia a no dar por supuesta la identidad de intereses homogénea de la clase obrera. Sería, por lo tanto, tarea primordial de las organizaciones sindicales la cons­trucción de esta identidad.

Puede observarse que la exis­tencia objetiva de la clase obrera y la posibilidad de su existencia subjetiva está ligada en cada momento histórico a factores externos. Estos factores están esencialmente vinculados al proyecto social dominante -exclusivo el del siglo XIX, inclusivo-redistributivo el del keynesianismo-. Sin embargo, en su diagnóstico de la actualidad, prima en última instancia el análisis de la composición interna de la clase, por lo cual debe suponerse que en los anteriores momentos históricos este aspecto no supone un problema, o al menos que la homogeneidad dada por supuesta por los sindicatos y base de los diversos proyectos, no implica sólo una definición externa sino una homogeneidad interna en su compo­sición.

Si nos detenemos a observar el desarrollo de la clase obrera desde el siglo XIX hasta la actualidad podre­mos notar que, contra todo lo que sostiene la argumentación antes presentada, la clase obrera se ha vuelto más y más homogénea.

Al respecto, y a pesar de su extensión, cabe reproducir los siguientes párrafos del capítulo VI inédito de Marx: “El capital empero, en sí y para sí es indiferente respecto a la particularidad de cada esfera de producción, y sólo la mayor o menor dificultad en la venta de las mercan­cías de esta o aquella rama productiva determinará dónde se invierte aquél, cómo se invierte y en qué medida pasará de una esfera a otra de la producción o se modificará su distribución entre las diversas ramas productivas. En la realidad esta fluidez del capital tropieza con fricciones, que no es del caso examinar aquí en detalle. Pero como veremos más adelante, por un lado se procura los medios para superar estas fricciones, en cuanto derivan únicamente de la naturaleza inherente a la relación de producción; por otra parte con el desarrollo del modo de producción que le es característico, el capital echa a un lado todos los impedimentos legales y extraeco­nómicos que dificultan su libertad de movimientos entre las diversas esferas de la producción. Ante todo abate todas las barreras legales o tradicionales que le impiden adquirir a su arbitrio tal o cual capacidad de trabajo, o apro­piarse a voluntad de este o aquel género de trabajo. Por lo demás, aunque la capacidad de trabajo posee una forma peculiar en cada esfera particular de producción -como capacidad para hilar, hacer calzado, forjar, etc.- y por consiguiente para cada esfera particular de la producción se requiere una capacidad de trabajo que se ha desarrollado unilateralmente, una capacidad de trabajo especial, esa misma fluidez del capital implica su indiferencia con respecto al carácter particular del proceso laboral del que se apropia, la misma fluidez o versatilidad en el trabajo, y en consecuencia en la aptitud que tiene el obrero de emplear su capacidad de trabajo. Veremos que el mismo modo de producción capitalista crea esos obstáculos económicos que se oponen a su propia tendencia, pero que quita de en medio todas las trabas legales y extraeconómicas que se alzan contra esa versatilidad. Así como al capital, en cuanto valor que se valoriza a sí mismo, le es indiferente la forma material particular que reviste el proceso laboral -trátese de una máquina de vapor, un montón de estiércol o seda- al obrero le es igualmente indiferente el contenido particular de su trabajo. Su trabajo pertenece al capital, no es más que el valor de uso de la mercancía que el obrero ha vendido, y la ha vendido únicamente para apropiarse de dinero y, mediante éste, de medios de subsistencia. El cambio en el género de trabajo sólo le interesa por cuanto todo tipo particular de trabajo exige un desarrollo distinto de la capacidad laboral. Cuando su indiferencia respecto al contenido particular del trabajo no le proporciona la facultad de cambiar sin más ni más su capacidad laboral, manifiesta esta indiferencia lanzando a sus reem­plazantes, a la generación subsi­guiente, de un ramo al otro del trabajo, conforme a las exigencias del mercado. Cuanto más desarrollada está la producción capitalista en un país, tanto mayor es la demanda de versatilidad en la capacidad laboral, tanto mas indiferente el obrero con respecto al contenido particular de su trabajo y tanto más fluido el movi­miento de capital, que pasa de una esfera productiva a la otra.”2

Es decir, la indiferencia del capital respecto del contenido particular del trabajo, esto es, de la producción del valor de uso que se trate, supone la misma indiferencia de parte del trabajador. Al capital sólo le interesa la fuerza de trabajo por su capacidad creadora de valor independien­temente del trabajo concreto en que ésta se realice; y al trabajador sólo le interesa vender su fuerza de trabajo, dicho crasamente, cobrar su dinero a fin de mes para poder reproducirse. Sin embargo, históricamente tanto el capital como el trabajo encuentran obstáculos a esta movilidad. Cuanto más atrás en el tiempo nos vamos estos obstáculos pueden ser de raíz tradicional, por ejemplo: Marx indica la renuencia de los capitales ingleses a invertir en ciertas ramas de la producción consideradas “degradan­tes”. Sin embargo, el desarrollo mismo del capital elimina estos rasgos tradicionales y pone en primer lugar aquellos obstáculos que se derivan de su propio desarrollo, fundamen­talmente el nivel de desarrollo tecnológico. Así, el trabajador de oficio, con su bajo grado relativo de subsunción real al capital manifiesto en su control de los tiempos de trabajo y en el conocimiento de las formas concretas de realizar las tareas, se encuentra mucho más ligado a un determinado tipo de tarea y encuentra limitada su movilidad de una rama a la otra. Es decir, a medida que el capital se desarrolla y elimina las trabas a la movilidad del trabajo vuelve más homogénea a la clase obrera al romper los estrechos límites de su tarea específica y enfrentarla de forma cada vez más clara a su realidad de vendedora de la única mercancía que posee.

Así, el paso del trabajador de oficio al trabajador de rama, significó una mayor exteriorización de la capacidad de trabajo en la máquina, un mayor grado de movilidad, y sentó las bases para el surgimiento de los grandes sindicatos por rama típicos de la era keynesiana.

Esta transformación no es menor vista desde el punto de vista de la conciencia. Sin querer ligar de manera inmediata los cambios en el proceso productivo con los cambios en la conciencia de clase, es necesario sin embargo señalar algunas correla­ciones de importancia. Para esto parece apropiado analizar la forma que asumió la crisis que puso fin al trabajador de oficio y las formas de lucha y conciencia a que dio lugar.

Contra lo que sostiene Rosan­vallon, esta crisis distó mucho de presentarnos una clase obrera homogénea, sin fracturas internas, cuyos principales enemigos eran el capital y el Estado. Las disputas entre los trabajadores de oficio y los trabajadores masa que inauguraba la nueva producción seriada taylorista-fordista alcanzó formas bastante agudas. Ejemplo de esto son los E.E.U.U., donde los representantes de los trabajadores de oficio reunidos en la A.F.L., se enfrentaron a la naciente C.I.O.; llegando incluso a asumir formas xenófobas por parte de la A.F.L. dado el alto contenido inmigratorio de la nueva masa de trabajadores que se incorporaba a la producción. Sin embargo, mucho más importante es observar la forma que asumió predominantemente la lucha por el control del proceso de trabajo. Esta se entendió, por parte de los trabajadores, como la férrea defensa de sus habilidades para el trabajo concreto frente al desafío que significaban las nuevas tecnologías y los nuevos procesos de organización del trabajo. Aún en Rusia, luego de la revolución, la masa de los trabaja­dores entendió la socialización como la apropiación individual de las herramientas de trabajo y el manejo de las empresas individuales, mostrando el horizonte de conciencia del trabajador de oficio.

De lo dicho se desprende en primer lugar, la falacia de sostener una clase obrera más homogénea en épocas más primitivas del capitalismo; pero aún una mucho más importante: la fragmentación y heterogeneidad que Rosanvallon observa en la actualidad en la clase obrera no es una propiedad de nuestra época sino que es inherente a todos los períodos de crisis; dicho de otro modo, la transformación de las condiciones de acumulación del capital es al mismo tiempo transformación en la composición y forma de la clase obrera. Centralizando el foco de atención en este proceso, podemos observar que mientras éste se desarrolla, el paso hacia una mayor homogeneidad se presenta en la figura de una clase obrera frag­mentada y atravesada por contra­dicciones internas que no son más, en última instancia, que las contra­dicciones entre una forma histórica de capital que muere y otra que nace.

Como vemos el sentido de las transformaciones operadas por la crisis es hacia una mayor homo­geneidad de la clase obrera y a una mayor ruptura del vínculo de la fuerza de trabajo con el contenido particular del trabajo en que se la emplea, esto significa  una  mayor  diferenciación de su cualidad como creadora de valor -en tanto su tiempo de trabajo es tiempo de trabajo abstracto- de su cualidad productora de valores de uso -en tanto realiza un trabajo concreto.

Este proceso opera a través del desarrollo tecnológico y de la supre­sión de las barreras legales que permiten una más rápida redistri­bución social de la fuerza de trabajo de acuerdo a los requerimientos de la producción capitalista.

La crisis capitalista al generar en su curso las condiciones para el relanzamiento de la acumulación lo hace profundizando las tendencias propias del modo de producción. Podría decirse que en su desarrollo el capitalismo se ajusta cada vez más en su funcionamiento concreto a su lógica abstracta, a su concepto, a medida que elimina las “fricciones” que se oponen a la realización de las tendencias y que en parte su mismo desarrollo crea. Como contrapartida podríamos decir al mismo tiempo que nuestro conocimiento del capital se hace cada vez más concreto. Esto es, el desarrollo del capital genera mejores condiciones para el desarrollo de la conciencia de clase como tal. Cada vez menos mediada por la estrechez de la tarea concreta.

En este sentido, la actual fragmentación visible tanto en el mercado de trabajo como en las distintas inserciones productivas, tanto en lo que se refiere a las condiciones de contratación (contra­tación por agencias, contratos por tiempo determinado, ocupados efectivos, etc.) como en los distintos procesos de organización del trabajo -que van desde las viejas empresas organizadas en forma taylorista-fordista hasta las nuevas que implican automatización y trabajo en equipo- debilita a la clase obrera y este debilitamiento permite la genera­lización de las nuevas formas de producción y la tendencia a la constitución de una nueva clase obrera homogénea.

En lo que se refiere a las conclusiones que se pueden extraer de lo dicho para el futuro de las organizaciones sindicales, se puede observar lo distantes que se encuentran de aquéllas que presenta Rosanvallon.

Para el autor, dado que la identidad de la clase obrera sería una tarea a construir, el papel destinado para el sindicalismo es el denominado por él mismo “de arbitraje social”. Este rol tiene implicaciones tanto para la relación de la clase obrera con el capital y el Estado, como para las relaciones que se establecen en su interior.

Dado que la clase obrera está atravesada por contradicciones internas insalvables que ponen a unos sectores contra otros en un juego de suma cero, el rol de los sindicatos debiera ser crear un nuevo tipo de solidaridad que se basara en la redistribución al interior de la clase obrera, esto es, cesión de derechos de los sectores mejor posicionados en favor de los más postergados y elaboración de un conjunto de reglas que legitimen tanto el umbral de solidaridad como los límites del igualitarismo. Con relación al capital y al Estado, la tendencia debiera ser la implicación tanto a nivel de la gestión empresarial como la tarea constructiva democrática que implique a nivel social el aporte de soluciones a los problemas nuevos, también en un sentido que apunte a la cons­trucción de cuáles son los niveles de desigualdad aceptables.

Como se ve, el llamado “pensa­miento crítico” expresado por este autor se muestra claramente como la otra cara necesaria del “pensamiento único” neoliberal. Aceptando la fragmentación y las transformaciones económicas produ­cidas como un hecho “natural”, lo que queda para el sindicalismo es adaptarse a las nuevas circunstancias y entrar en la lógica que nos plantea la economía neoclásica; definido por el mismo autor: “La búsqueda de equidad remite a problemas de la misma naturaleza que los de la gestión de la escasez.”3

La crítica de esta visión no significa de ningún modo que se sostenga que debiera mantenerse el viejo modelo sindical tal cual lo conocemos. Precisamente, las transformaciones producidas por la crisis son también transformaciones en la composición de la clase obrera y este proceso implica en lo inmediato una fragmentación en términos de intereses y conciencia de esos intereses. Como ya ocurrió en la década del ‘30, la crisis replantea la transformación total del sindicalismo. Sólo que, a diferencia de lo que sostiene Rosanvallon, no está en juego aquí  la clase obrera como sujeto y mucho menos la contra­dicción entre capital y trabajo, contradicción que define a la relación de capital.

El viejo modelo sindical surgido en la década del ‘30 y desarrollado en la posguerra, tuvo como base a la fuerza de trabajo organizada por ramas y a un modelo de regulación que puso en el centro la negociación salarial haciendo de ésta un dato económico central. La crisis de esta forma histórica del capital pone también en crisis a las organizaciones sindicales y hace evidente la oposición de intereses entre éstas y la clase obrera.

El desarrollo contradictorio de la clase obrera al interior del capital y su contradicción con organizaciones sindicales burocráticas cada vez más integradas al mecanismo estatal, fue resuelto en el período precedente de manera continua mediante la negociación salarial. La estrategia sindical ante la crisis de defensa del viejo patrón de acumulación, llevó a la clase irremediablemente a la derrota ante el agotamiento del modelo keynesiano.

El desarrollo de la crisis y el consiguiente fracaso de la lucha por el salario, sobre todo en Argentina después del ‘89, puso en evidencia la contradicción entre organizaciones sindicales que necesitan de una nueva vinculación al Estado para participar en la distribución del plusvalor y la clase obrera atacada por la ofensiva del capital. El desafío de un nuevo sindicalismo es entender hacia dónde apunta el proceso y adecuar sus formas organizativas a la nueva composición de la clase obrera que, progresivamente, se va conformando. Para esto es funda­mental observar los conflictos fragmentarios y esporádicos que estallan a nivel de empresas y regionales y saber distinguir aquéllos que responden a intereses ligados a la defensa del viejo patrón de relaciones, de aquéllos vinculados a las nuevas formas que adopta la producción.

Aunque excede el marco de esta exposición, es necesario agregar que en estos conflictos vinculados a las nuevas formas productivas se hallan las señales de la dirección que asume la necesaria recomposición de la clase obrera como contraparte de la recomposición del capital.

 

1Rosanvallon, Pierre: “Las formas de la solidaridad”, en “La sociología del trabajo”, CEAL, Bs. As., 1992, Pág. 155.

2Marx Karl, Libro 1. Capítulo VI. Inédito. Resultados del proceso inmediato de producción, México, siglo XXI, 1990, Pág. 46-47. Reemplácese “versatilidad” por “flexibilidad” y terminarán muchas de las discusiones que nos tienen entretenidos actualmente.

3Rosanvallon, Pierre: “Las formas de la solidaridad”, en “La sociología del trabajo”, CEAL, Bs. As., 1992, Pág. 169.