A propósito del 1° de mayo

Situación política y tareas de los revolucionarios hoy

 

 

Con motivo de la conmemoración del 1° de mayo,

la Liga Comunista organizó una charla debate sobre la actual situación política argentina y las tareas que tenemos planteadas

los revolucionarios hoy.

Publicamos aquí la introducción al debate, a cargo del compañero Rolando Astarita.

 

 

     Hoy queremos rescatar el carácter del 1º de Mayo, que históricamente ha sido un día de organización y de lucha del movimiento obrero. La clase obrera planteaba los 1º de Mayo como jornadas de pelea por sus reivindicaciones, como la jornada de trabajo o los derechos sindicales y, a su vez, se levantaban tribunas contra el capitalismo. Incluso en la Argentina, hasta hace unos años, los 1º de Mayo bajo la dictadura de Onganía todavía tenían ese carácter. Con el tiempo esto se fue perdiendo, como consecuencia de los retrocesos políticos que ha sufrido la clase obrera. Hoy los 1º de Mayo se han convertido en actos de izquierda donde cada partido reafirma sus posiciones; han perdido el carácter de ser un acto del conjunto de la clase obrera.

     Vemos por ejemplo el afiche del PC llamando a su acto al cual convoca “contra el sistema capitalista”. Es interesante ver que para esta fecha ha quedado una cierta tradición de levantar viejas banderas de la pelea anticapitalista. Pero también nos recuerda la crítica de los revolucionarios a los reformistas a principios del siglo veinte cuando les decían que “hablan del socialismo y contra el capitalismo sólo en los días de fiesta”. Bueno, ha quedado algo de eso. Hoy es un día en que en los discursos se habla algo más contra el sistema capitalista y por el socialismo. Pero después hay una especie de escisión, de ruptura. Porque cuando se empieza a hablar de la situación política, de los problemas que enfrentan los trabajadores, el problema de la lucha anticapitalista comienza a desaparecer y los problemas pasan a ser el modelo, el avasallamiento de la “patria”, el libre comercio, pero no el sistema capitalista.

     Uno de los primeros problemas que nosotros intentamos superar cuando comenzamos a conformarnos como grupo fue esta escisión entre, por un lado, la lucha contra la explotación del capital y contra el estado y, por otro, el discurso cotidiano de la izquierda. En última instancia, esta ruptura parece reflejar una escisión más profunda entre la teoría y la práctica: entre lo que dicen los textos del marxismo científico sobre la lucha contra la explotación, contra el estado burgués y sobre qué es la plusvalía y su aplicación en la práctica cotidiana.

     Por eso, uno de los problemas que queremos plantearnos en esta discusión es el de superar esta ruptura, tratar de ver cómo el marxismo sirve para analizar la realidad y orientarnos y para plantear correctamente las tareas que tenemos por delante. Esto significa trazar dos grandes ejes: primero, ver los grandes alineamientos de fuerzas de clases y después, en base a esto, ubicar las tareas políticas. Creo que éste es el mejor sentido que le podemos dar a esta reivindicación del 1º de Mayo.

     En torno a los alineamientos de clases nosotros pensamos que hay un gran punto central: ubicar el centro de gravitación alrededor del cual está girando la burguesía hoy. Planteamos esto porque hay muchos compañeros que comienzan el análisis identificando que una fracción de la burguesía se enfrenta a otra (los exportadores frente al de la gran banca, por ejemplo), a continuación “encuen­tran” que una de estas fracciones de la burguesía es más progresista que la otra y, terminan el razo­namiento afirmando que hay que apoyar a la fracción “mejor” contra la “peor”.

     Nuestra tesis es que el ataque a la clase trabajadora, esta ofensiva que se está llevando adelante desde hace años goza del apoyo de prácticamente todas las grandes fracciones de la burguesía argentina. Este es un punto central. Obedece a leyes profundas de la acumulación capitalista, no es coyuntural, no se debe a que haya un ministro perverso o un presidente más o menos corrupto. Obedece fundamentalmente a la manera que tiene el capital de salir de la crisis en que está sumido en la Argentina y cómo intenta adaptarse a las exigencias de la competencia mundial capitalista.

     La idea central es la siguiente: el capital trata de valorizarse, de tener ganancias, desvalorizando y precarizando el trabajo, aparte de avanzar en su centralización y concentración. En este punto hay una unidad del conjunto de las fracciones de la burguesía. Por eso todos apoyan las medidas de precarización laboral, de flexibilización, de con­tención salarial. Sobre esta base hay, eviden­temente, disputas y peleas. Pero la unidad de la clase, de la burguesía, de los dueños de los medios de producción, está dada básicamente porque de conjunto los explo­tadores extraen la plusvalía de las fuerzas del trabajo, que son las que la crean. Una vez obte­nida esa plusvalía, ese excedente se lo reparten y tienen pe­leas por el repar­to. Pero la herman­dad de clase de los explotadores está dada básicamente porque de conjunto ellos vive del trabajo ajeno, del trabajo gratis que producen los asalariados. El intento de la burguesía de aprobar un programa económico gira y se unifica en el punto de aumentar el grado de explotación sobre la clase trabajadora y allanar el camino a que se continúe desvalorizando el trabajo y se reduzcan los gastos del estado en educación, en salud, etc. y un punto central en esto es el ataque a los trabajadores estatales.

     Ésta es una cuestión importante para no perdernos en el análisis de si Cavallo está más o menos enfrentado a una fracción del menemismo o a algún sector de bancos, lo cual puede ser cierto pero no es central. Las medidas de ajuste que ha anunciado Cavallo ya están apuntando a lo que habían adelantado López Murphy o Broda, etcétera y empiezan a ser aplaudidas por todos ellos. La tesis central es, entonces, que la explotación es de clase. Por lo tanto, no es de un puñado de banqueros sobre el pueblo, ni es una potencia imperialista sobre la patria; es de los dueños de los medios de producción nacionales e interna­cionales sobre las fuerzas del trabajo.

     Pero hay también un segundo gran alineamiento de clase que queremos plantear. Hay muchos sec­to­res críticos -la pequeña burguesía desesperada por la crisis, el sindicalismo opositor, fracciones de la burguesía no comprendidas en el régimen actual- que están postulando una ruptura con el modelo. Sus representantes más conocidos son: el padre Farinello, la señora Carrió, los socialistas que estaban en la Alianza, de Genaro, Lozano, el MTA. Estas fracciones existen y no podemos decir que son todas aliadas al gran capital. No es así. Son fracciones que están en oposición y critican al modelo.

     Y aquí es donde aparece el problema de la práctica y el lenguaje cotidiano. Gran parte de la izquierda adoptó también este lenguaje y dice que el problema es el modelo. No el capitalismo sino los neoliberales. Como si los neoliberales no fueran producto del sistema capitalista en su forma más pura. Entonces creen que el problema son los bancos, o que se apliquen o no medidas protec­cionistas. Estos sectores están postulando recrear un nuevo Frente Grande o Frepaso de izquierda. Hay incluso compañeros de la izquierda que lo apoyan con el argumento clásico del enemigo principal contra el que hay que agrupar fuerzas para luchar.

     Nosotros consideramos que este es un peligro muy grave para la clase trabajadora porque va a recrear en el terreno electoral una nueva esperanza, de que con elecciones y con el voto podemos cambiar esto y de que hay que votar bien y apostar a un nuevo Frente Grande.

     Decimos que es peligroso porque estos agrupamientos siempre terminan generando una profunda desmoralización. La militancia que se pone a trabajar en esto, que apuesta a ello y, finalmente, se encuentra con los Chacho Alvarez en el gobierno y terminan desmoralizados y frus­trados y, de esta manera el sistema sigue re­creándose. Incluso algunas experiencias interna­cionales más a la izquierda terminaron en el fracaso: Nicaragua, Sudáfrica, Chile en los años 70, Portugal. En la Argentina esto es peor porque son versiones todavía más a la derecha, que surgen proclamando “queremos un capitalismo más prolijo” como hace Carrió. Y están buscando alianzas para meter a las masas en estos callejones electoralistas,  generalmente con programas de tipo nacionalista, de capitalismo decente, de dominar a los mercados.

     Incluso hay algunos grupos de izquierda que para combatir estos proyectos levantan el mismo programa prometiendo que ellos lo van a aplicar consecuentemente. Dicen ser la única oposición al gobierno. Pero no es cierto, porque hay muchas oposiciones: burguesas, pequeño-burguesas, etc. Ellos pretenden tomar el programa, por ejemplo, del padre Farinello, y llevarlo a la práctica “bien”. Pero el problema no es el método electoralista, sino que es el propio programa de Farinello el que lleva al fracaso.

     Los problemas que trae el capitalismo no se solucionarán bendiciendo las manos obreras, no es posible impedir que se apliquen las leyes de la acumulación del capital por medio del amor cristiano. Este es un mundo de explotación, un mundo de los intereses del capital y de la ganancia enfrentados al trabajo. No se supera con llamados a la reconciliación y a volver a la religión y a Jesús. Más allá de las creencias de cualquier persona el problema es otro.

     El problema de la clase obrera es un problema político, y consiste, principalmente, en el enorme retroceso que existe en la conciencia obrera, y es por eso que recrear ilusiones y falsas esperanzas no lo resuelve. En muchos casos, se ha perdido incluso la conciencia de lucha sindical, de rei­vindicación, e incluso de la posibilidad de actuar. El discurso de que no hay alternativa al neo­liberalismo es muy fuerte.

     Este retroceso es el que nos obliga a tener mucho cuidado para resolver el problema de cómo acumular fuerzas en las bases obreras. No podemos reunir fuerzas sólo llamando a la lucha, no sirven los llamados del tipo “hagamos como en Jujuy”.

     El problema no es que no se haya luchado en este país. Se ha luchado y mucho. Lo que ha fallado son los programas y las conducciones políticas que hemos tenido. Por eso, si se plantea que la salida política en la Argentina es cambiar un ministro o un gobierno podemos concluir que hay un nivel de conciencia y de lucha que relativamente sirve para eso. Y así se puede llamar a huelgas que socaven la situación de ese ministro o ese gobierno y permitir el recambio burgués. Pero para lo que no hay conciencia, ni nivel de lucha, ni nivel de fuerzas, es para empezar a apuntar a un cambio de fondo. Y aquí viene el problema político más importante: porque tenemos que empezar a explicar que la cuestión no es cambiar al ministro de Economía, que la cuestión no es decir “Fuera Menem” para que venga de la Rúa. Porque si decimos “Fuera Menem”, la gente piensa que cuando se derribe a Menem va a estar mejor, pero estamos igual o peor y viene entonces la desmoralización. Incluso los compañeros de izquierda pierden credibilidad porque después tienen que decir que “ahora es de la Rúa”. De esta manera sólo se favorece un recambio burgués.

     Lo que hay que empezar a plantear es que tenemos que acumular fuerzas con vistas a otra salida, a otro cambio. Posiblemente haya que plan­tear objetivos más modestos de lucha. Hoy no podemos plantearnos (como hacen algunos compañeros) imponer la transición al socialismo. Si un compañero no puede en un supermercado ir cinco minutos de más al baño, no le podemos proponer implantar el control obrero en el supermercado. Allí hay una ruptura entre lo que le proponemos y lo que vive todos los días. Le tenemos que plantear que luche para poder ir al baño, por reivindica­ciones elementales, mínimas, que ayu­den a la unidad de clase. Retomar el programa elemental de lucha contra el capital en torno al cual se forjó la clase obrera. Esto no significa que poda­mos obtener la reivindicación que planteamos inme­dia­tamente. La lu­cha por las ocho horas llevó mucho tiempo a la clase obrera. Pero tenemos que volver a reivindicar ese tipo de peleas que hacen a la recomposición incluso social de los trabajadores. Este es un primer eje de trabajo que tenemos que llevar adelante de la manera más unitaria con todos los compañeros.

     El segundo eje de trabajo político (aunque seamos un grupo muy pequeño) es la crítica política a la conciliación de clases. La lucha en el plano po­lí­tico es explicar por qué no es salida un nuevo Frepaso de izquierda. Por qué éste es un peligro inminente, por qué no es una salida el electoralismo de izquierda, por qué ese camino no sirve para acumular fuerzas propias y sólo sirve, en todo caso, para acumular fuerzas para un recambio burgués.

     Pero además del plano de lucha sindical elemental y del plano de lucha político, existe un tercer plano de lucha que ha sido dejado de lado muchas veces: la lucha teórica. Organizar grupos de estudio, de reflexión, de lectura de trabajadores, estudiantes, vecinos de los barrios donde podamos explicar qué es el sistema capitalista, qué es la plusvalía, qué es la explotación.

     La articulación de estos tres planos nos permitirá superar esta ruptura entre frases rojas para los días de fiesta y el discurso cotidiano de la izquierda. El marxismo es la unión de la teoría y la práctica. Si la teoría marxista sirve solamente para escribir frases para el 1º de Mayo entonces es inútil. Es una teoría que Marx legó a la clase obrera para que entienda la realidad diaria del capitalismo, para que entienda que entre capitalistas y obreros nunca puede haber conciliación. Todo lo que sea rebajar el rol de la teoría marxista de la explotación, del estado, del capital, ayuda a la conciliación de clases.

     Por todo esto, reivindicamos la construcción de un partido revolu­cionario. Creemos que la articulación de estos tres ni­veles de la lucha a nivel sindical, político y teórico iluminada por el socia­lismo cien­tífico de Marx y todos los que lo siguieron y enri­quecieron su obra, solamente se pue­­de llevar a ca­bo si se avanza en la construcción de un partido, de una organización de revolucionarios.

     Esta necesidad de organización se ha con­fundido ya sea porque al criticar la burocracia y el estalinismo, se critica con ella la necesidad de la construcción partidaria, ya sea porque se avalan las ideas posmodernas imperantes de que la cons­trucción partidaria impide distintos puntos de vista.

            Dado que la clase obrera es heterogénea y en su seno hay compañeros que son más avanzados, que tienen interés en aprender, que son luchadores, que se interrogan sobre las cosas, creemos que esa vanguardia se tiene que organizar en un partido y que tenemos que luchar por eso. Aprovechar todas las posibilidades de discusión y confluencia con grupos y militantes, muchos de los cuales han roto con los partidos más grandes y están volviendo a la obra de Marx. Porque no hay evolución espontánea del conjunto de la clase trabajadora hasta la conciencia socialista, necesitamos generar una organización revolucionaria.