El peligro de la

colaboracion de clases

 

Sobre la base de la larga y profunda crisis económica -que pronto cumplirá tres años- se produjo en la Argentina una grave crisis política. Esta estuvo determinada, en lo esencial, por la contradicción entre la necesidad para el capital de avanzar en los ataques a los trabajadores y el deseo de no «pagar» los costos en términos de sustento social del Estado y los aparatos políticos. En particular para la Alianza, que debía dejar de lado, abierta y crudamente, los pocos restos de discurso «progre» que le quedaban (cuestión que le reprochan los peronistas, quienes a su vez no quieren pagar los costos en sus provincias). Pero lo que debe retenerse es que TODOS estaban de acuerdo, aun en pleno desarrollo de la crisis, en que lo esencial de la política de ataque a los trabajadores, y favorable al capital, debía seguir. Que la política de los noventa no debía cambiar en su curso básico.

     La razón de fondo de esta persistencia es que estamos ante un modo de acumulación que se inscribe en las tendencias mundiales del capital. Sus características centrales son la acumulación con base en la intensificación de la explotación absoluta de los trabajadores, exacerbada por la competencia de los oligopolios y sustentada en el disciplinamiento del trabajo a través de la desocupación.

     Esto permite comprender también por qué, a partir de la asunción de Cavallo, ha podido recomponerse la unidad política burguesa. No es casual que este personaje aparezca hoy como vértice de una recomposición de las alianzas políticas que expresan esa unidad burguesa de la que hablamos. De la Rúa, Alvarez, Menem, Ruckauf, Duhalde, Reuteman, y las dirigencias de los partidos provinciales, han aplaudido y alabado al nuevo «hombre fuerte» del Gobierno y las ban­cadas legislativas le han dado prácticamente todo lo que pedía. En su persona se plasma, de la manera más depurada, el interés del «capital en general» de avanzar en las «reformas pendientes» como acostumbra a decir el «establishment» económico. Todos saben, además, que es necesario fortalecer la autoridad del Estado, para continuar la ofensiva.

     TODO SE MANTIENE. En particular, nadie habla de volver atrás en la flexibilización laboral, en las rebajas de salarios a los estatales, mucho menos a los privados. Además, se mantiene el propósito de subir la edad de jubilación de las mujeres y bajar las jubilaciones. La ley que votó el Congreso, que delega facultades en Cavallo, apunta a aumentar y extender el ataque a los trabajadores. Por ejemplo, a extender el régimen de contratos y flexibilización a todos los estatales, poniéndolos a la par de los trabajadores privados.

     Decir entonces que aquí hay un cambio de fondo es engañar a los trabajadores. Con esta mentira los Ruckauf o los Alvarez tratan de tapar la orientación que se está llevando adelante. Y también participan de la mentira los dirigentes sindicales que han abierto un «compás de espera», y empiezan a ver «con mejores ojos» lo que está haciendo el Gobierno.

 

Las condiciones para un

nuevo frente «progresista»

 

Si bien la inmensa mayoría de la clase dominante está apoyando la política en curso,  sectores del reformismo y del nacionalismo tradicional, las dirigencias de CTA y MTA, y algunos legisladores que deben su base electoral a la pequeña bur­guesía (profesionales, pequeños comerciantes o industriales) postulan la formación de un «polo» opositor.

     Es un espectro que va desde Elisa Carrió (partidaria de un capitalismo «serio») hasta la izquierda radicalizada «nacional y popular», pasan­do por la bancada «socialista», Alicia Castro, el padre Farinello, De Gennaro, organismos de dere­chos humanos, asociaciones de desocupados, grupos de protesta contra la globalización, grupos ecologistas, de pacifistas, de defensa del consu­midor, de la cultura y el arte y un amplio etcétera de amigos de la humanidad.

     Por ahora no se puede saber las formas concretas que adoptará esta confluencia, porque muchos están «moviendo sus fichas» para reacomodarse y ganar espacios desde los que negociar la conformación del frente. Por ejemplo, la diputada Marcela Bordenave, de CTA, dice que todavía habría que intentar «salvar al Frepaso»; algo parecido sostienen los diputados ligados a Suteba de Buenos Aires, -Macaluse, Quiroz y Giles. Otros personajes, como Alicia Castro, ya corrieron a abrazarse con Farinello y dirigentes del MTA, llamando a formar el «polo social». Bravo y sus «socialistas» también están promoviendo «con­fluencias» y «polos». De Gennaro habla de la Uni­dad Popular, mientras Moyano no deja de mirar de reojo qué le puede dar todavía la alianza con Ruckauf (y prudentemente levantó el paro del 5 y 6 de abril). Pero por encima de las diferencias, tienen en común la reivindicación del Estado burgués (al que consideran progresivo «en sí», frente al capital), del proteccionismo y del nacionalismo económicos. Sueñan con un capitalismo «humano», al que sin embargo no tienen la menor idea de cómo llegar en un mundo dominado por los oligopolios transnacionalizados y por los flujos violentos de capitales.

 

Una posición de clase

 

Recordemos la historia de los últimos años. En 1982 Alfonsín se presentaba como «un socialde­mócrata progresista». Muchos trabajadores lo votaron. Su gobierno no sólo  garantizó la libertad a la mayoría de los genocidas de la dictadura, sino que también bajo su gestión se avanzó contra la clase obrera. En esa década los salarios bajaron en picada gracias a la inflación.

     Entonces, cuando el gobierno de Alfonsín se derrumbaba, el peronismo se presentó como la alternativa «progresista». En 1988-9 Menem hizo su campaña hablando de «liberación o depen­dencia» y de «salariazo». Cuando el gobierno de Menem estaba desgastado ante los ojos de las masas, aparecieron los Chacho Alvarez y Meijide con sus discursos de «izquierda». ¿Hay que confiar ahora en los renovados «progres» del 2001?

     Ellos pretenden recrear esperanzas en un capi­talismo «serio», «nacional», «progresista y huma­no». Olvidan que las leyes de la competencia entre los capitales -que es una guerra a muerte- no da espacio histórico para estas ilusiones. Por eso cuando llegan al poder -en caso de hacerlo- deben seguir la corriente y repetir la parábola de Chacho Alvarez. No tienen alternativa, porque ninguno de ellos está dispuesto a cuestionar los límites que impone la propiedad privada del capital.

     Es esencial que comprendamos que el combate planteado es de clase contra clase. Esto es, de la clase del trabajo, contra la clase de los que explotan al trabajo. Que la unidad de la clase obrera con los defensores del capitalismo «humano» sólo será posible a costa de renunciar a sus reivin­dicaciones, a costa de someterse a los dictados del Estado y de las «necesidades de la alta política» (y de las exigencias de los «mercados»), como dice el discurso de Chacho Alvarez.

            Por eso, una vez más, tenemos que luchar por las reivindicaciones elementales, pero sin abrigar ninguna esperanza en estos salvadores. Luchar sin ilusiones en el sistema, y construyendo una alter­nativa nueva, de independencia de clase.