La clase obrera hoy

 

Introducción

 

Una de las tesis centrales del marxismo es la que se refiere a la tendencia inherente al desarrollo del régimen capitalista a dividir a la sociedad en dos bandos cada vez más homogéneos:

     “... La época de la burguesía se caracteriza por haber simplificado estos antagonismos de clase. Hoy, toda la sociedad tiende a separarse, cada vez más abiertamente, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases antagónicas: la burguesía y el proletariado”1.

     Hoy en día se discute si efectivamente se sigue desarrollando esta tendencia o si por el contrario, se ha revertido y en lugar de acentuarse la homogeneidad del proletariado, se produce: a) o un proceso de desarrollo y crecimiento de la “clase media”, dentro de la cual se incluyen desde trabajadores no manuales (intelectuales o de “servicios”) hasta gerentes y directivos de empresas, pasando por empleados de comercio, de servicios y empleados estatales, b) o un proceso de heterogeneización y fragmentación creciente, por el cual se acentuarían las características que diferencian a unos y otros trabajadores, llegando a poner en cuestión la existencia misma del proletariado como clase social.

     Planteado en estos términos, si homogeneiza­ción o heterogeneización, el problema resulta com­pletamente abstracto. Es indudable que el desarro­llo dialéctico del proceso histórico hace que se desenvuelvan a la par tendencias que hacen que el proletariado sea más homogéneo en deter­minados aspectos y más heterogéneo en otros. La pregunta es: ¿homogéneo o heterogéneo con respecto a qué? ¿En qué aspectos se vislumbra la mayor homogeneidad histórica del proletariado analizada por Marx?

     El desarrollo del capitalismo se basa en la explotación de una clase sobre otra, es decir, la apropiación por una minoría de la riqueza social producida por la mayoría. Su desarrollo implica necesariamente un proceso de constante y creciente expropiación de las mayorías, es decir, expropiar a cada vez más individuos de sus condiciones de existencia, y explotar cada vez más a los ya expropiados. Así, a la par que se extiende el capitalismo, se desarrolla con él la masa de trabajadores expropiados y explotados. Cada vez es mayor la clase de los trabajadores que producen la riqueza social apropiada bajo la forma de la propiedad privada por el capital. La propiedad privada del capital se basa, entonces, en la expropiación de la mayor parte de la población. Este movimiento es el que determina que el proletariado se constituya de forma cada vez más homogénea como clase an­­tagónica a la clase de los propietarios, la burguesía, y a los intereses de dicha clase, la conserva­ción de las relaciones sociales, en las que basa su dominación, es decir, la propiedad pri­vada. El prole­ta­riado es cada vez más homo­géneo con re­la­ción a este antagonismo, y con respecto a los intereses históricos como clase que éste determina: la abolición de la propiedad privada.

     Si este es el sentido del concepto de homo­ge­neidad, lo que debe­mos observar es si efec­tivamente, a medi­da que se desarrolla la producción de la rique­za social, a la par se confirma el proceso por el cual una creciente mayoría de la población es expropiada de dicha riqueza. Si esto es así, entonces se verifica la tendencia del capitalis­mo a simplificar los antagonismos sociales al dividir a la sociedad en dos bandos cada vez más antagónicos entre sí, y más homo­géneos a su interior. Y con ello, a producir una clase objetivamente interesada en mantener y conservar las condiciones de explotación en base a las cuales vive, y otra objetivamente interesada en lo contrario, destruir esas mismas condiciones en pos de la liberación social.

     A continuación discutiremos la teoría que vía desaparición o vía fragmentación pone en duda el desarrollo de la tendencia a la polarización social, y su consecuencia, la creciente proletarización, inherentes a la acumulación capitalista.

 

Clases medias, una precisión metodológica

 

Una de las críticas más comunes a la teoría de Marx sostiene que la polarización social que ha­bía previsto no ocurrió, y que lo que más ha crecido a lo lar­go del siglo veinte es la nueva «clase media», com­puesta por los asalariados mensualiza­dos de cuello blanco.

     Esta tesis tam­bién fue compartida por buena parte de la izquierda. Por ejemplo, en tiempos de la Segunda Inter­nacional Bernstein afirmaba que los nuevos sectores asalariados constituían una «clase media» cuyo crecimiento evidenciaba que el capita­lismo tendía a la nivelación social2. Kauts­ky coincidía, a pesar de opo­nerse a las con­clusiones políticas de Bernstein. Trotski, muchos años des­­pués, creía necesario señalar que la tendencia a la polarización plan­teada por Marx y Engels en El Mani­fiesto Comunista no se había verificado3. Más claro aún, en la posguerra muchos teóricos de la iz­quierda norteame­ricana y europea plantearon que el crecimiento de las clases medias, com­binado con el “abur­gue­samiento” de la clase obrera, anula­ba las posibilidades de que surgiera una revolución en el seno del capitalismo avanzado4.

     Incluso se ha presentado el argumento de que Marx de alguna manera habría rectificado sus ideas de El Manifiesto Comunista en su obra madura. Así Giddens, en su obra sobre clases de comienzos de los setenta, recuerda el pasaje de Teorías..., en que Marx critica a Ricardo porque éste olvidaba «destacar la cantidad en constante crecimiento de la clase media»5, y considera una “obviedad” el hecho que los trabajadores de cuello blanco no pertenecen a la clase obrera. Hoy esta convicción está más arraigada en muchos sectores, a partir del crecimiento de las actividades informáticas y de la comunicación.

     Pues bien, vamos a tratar de argumentar en el sentido contrario al juicio predominante. Para esto abordaremos el problema teniendo en cuenta los criterios, que hemos discutido para la concepción de clase obrera. En este punto se impone precisar algunas cuestiones de tipo metodológico, que  se refieren sustancialmente a la manera en que en el marxismo se van «construyendo» los conceptos. Si no se comprende esta cuestión se puede caer en la idea de que en Marx existe algo así como un concepto «abstracto» -o meramente teórico- de clase obrera, definido -aproximadamente- de la manera como lo hemos hecho hasta ahora, y un «salto» a lo que se llama el terreno empírico, o histórico social concreto, donde lo abstracto encontraría poca aplicación. De ahí que Gurvitch o Giddens piensen que en sus obras históricas Marx debió abandonar el esquema «abstracto» (similares objeciones hacen aquellos que consideran «abstracta» la teoría del valor, y sostienen que bastan los precios para comprender el mercado capitalista). Esta desconexión termina dando lugar a que la determinación básica, fundamental, de la que se partía, se pierda en el camino que asciende a la «realidad» de la sociedad contemporánea. Esto sucede claramente con Giddens, quien luego de recordar la determinación de clase en términos de propiedad y apropiación del excedente, introduce elementos como nivel de ingreso o cualificaciones en un nivel de jerarquía analítica pareja con el anterior. A partir de aquí será un juego de niños «demostrar» que la tendencia a la polarización dicotómica planteada por Marx «no se cumple».

     Pero en realidad no existe tal «salto» entre el análisis de la relación fundamental y el análisis concreto en la teoría de Marx, sino un progresivo ascenso de las nociones más simples y abstractas a las más concretas. Lo importante es no perder en este ascenso la noción básica, sino enriquecerla. Se trata de comprender lo concreto no en el sentido de «palpable» (como generalmente se lo interpreta) sino en el sentido de más rico en determinaciones.

     Si la relación de propiedad capitalista, contra­puesta a la propiedad «libre» de la fuerza de tra­bajo, y la extracción coactiva de plusvalor al pro­ductor que de ella se deriva, es el fundamento de la comprensión de las dos clases sociales antagónicas, en el análisis cada vez más complejo no hay que perder de vista esta relación. Y al mismo tiempo hay que tener en cuenta que ella no agota la cuestión de las clases, de la misma manera que la comprensión de la producción de plusvalor no agota el concepto de capital. Por eso a medida que se avanza en el análisis será necesario introducir nuevas determinaciones, mediaciones que permitirán conectar el núcleo de la relación de explotación con la conformación general de la clase obrera.

 

La moderna «clase media»

 

En primer lugar, hay que constatar que un aspecto de la teoría planteada por Marx se ha verificado, y sigue verificándose: los estratos inferiores y amplias capas de pequeños propietarios han ido desapa­reciendo, o reduciendo su capacidad de sobrevi­vencia, tanto en los países capitalistas atrasados como en los adelantados; y el proceso continúa. En este punto parece haber un acuerdo bastante generalizado, incluso entre los críticos de Marx. Un caso ejemplar es el debilitamiento secular de la antigua y extendida clase de pequeños propietarios de Estados Unidos, el país que en su momento -mediados del siglo diecinueve- fue posiblemente el paraíso de las posibilidades del pequeño productor6. Si en algún lugar se quería ver la ley de la competencia y de la concentración del capital tratadas por Marx actuando «a pleno», ese lugar es Estados Unidos. En Argentina la desaparición acelerada de miles de pequeños comercios y negocios, barridos por los grandes centros de comercialización, es otro ejemplo claro de la tendencia que opera a nivel mundial. 

     En segundo lugar hay que aclarar que en la determinación de clase social la cuestión de si se trata de un trabajador manual o intelectual no es decisiva. Weber, por ejemplo, diferencia -en el sentido de que son clases diferentes- a los trabajadores manuales de los trabajadores no propietarios, no manuales. Como además sostiene que la mayoría de los sectores de la antigua pequeña burguesía que pierden su propiedad van a este último sector, es natural que concluya que la polarización prevista por Marx no se cumple.

     En cambio Marx ubicaba a los trabajadores no manuales -que no ocuparan cargos de mando del capital- en la clase obrera, sin importar el monto del ingreso o el prestigio de la profesión. Marx habla­ba de los «trabajadores de categoría supe­rior», esto es, de los ingenieros, mecánicos, etc., que se mueven «al margen de la órbita de los obre­ros fabriles, como elementos agregados a ellos». La noción de «agregación» nos está marcando una cierta vacilación teórica para incluirlos dentro de la clase obrera; sin embargo casi a continuación aclara que se trata «de una división puramente técnica» del trabajo; o sea, no es una división de clase social. Esto se debe que estos trabajadores son productivos, en el sentido que producen valor y plusvalor, dado que contribuyen a la modificación del valor de uso.

     Se podría sostener que muchos de estos trabajadores no están sometidos a la coacción capi­talista que, hemos visto, es característica de la rela­ción capital / trabajo. Este es un argumento de peso. Empleando la terminología de Marx, muchos de estos sectores no están subsumidos realmente al capital, esto es, éste aún no determina comple­tamente sus modos de trabajo. En este respecto es que se introduce una diferenciación con respecto al obrero subsumido realmente, porque en un aspecto pertenecen a la clase obrera -venden su fuerza de trabajo, son asalariados del capital, producen plusvalor-, pero en otro aspecto todavía no se integran plenamente a la clase obrera porque sus condiciones laborales mantienen una diferenciación. La dialéctica sirve para aceptar en la comprensión estos dos aspectos hasta cierto punto contradictorios, y para intentar determinar cuál de ellos prevalece. En este respecto lo decisivo es ver qué dinámica tienen estos sectores. 

     Marx, al tratar algunos de estos casos com­plejos, adopta este enfoque. Por ejemplo escribe:

     «... el escritor que proporciona trabajo como de fábrica a un librero, es un trabajador productivo. ... el literato proletario de Leipzig que produce libros... por encargo de su librero, está cerca de ser trabajador productivo, por cuanto su producción está subsumida en el capital y no se lleva a cabo sino para valorizarlo» (Capítulo VI Inédito, pp. 84-5).

     En el mismo pasaje se refiere luego al cantante y al maestro de escuela que trabajan para el capitalista, y los considera trabajadores producti­vos, pero agrega que «la mayor parte de estos trabajadores, desde el punto de vista de la forma, apenas se subsumen formalmente en el capital: pertenecen a las formas de transición» (ídem).

     Obsér­ve­se el «litera­to proletario» está cerca de ser trabajador productivo, su producción (no la modalidad de su trabajo) está subsu­mida al capital, se lleva a cabo para valori­zarlo; no es ya, por lo tanto, un pequeño propietario que vende su mercancía -libro- como lo haría un productor inde­pendiente, sino alguien que «va camino a» la prole­ta­rización, no a su estabilización en una nueva clase pequeño burguesa. Es una «forma de transición», como la era en aquel momento la del maestro.

     Este criterio sirve para estudiar los casos actuales, de profesionales con educación univer­sitaria subsumidos de manera cre­ciente al capital. ¿Se han estabi­lizado en una forma inde­pendien­te? ¿Tienen cada vez más la opción de es­ta­ble­cerse como profe­sionales inde­pen­dientes? ¿Aumen­tan su indepen­den­cia con res­pec­to al capital? ¿Existe una ten­den­cia a la suba de sus ingresos, de manera que pueden dejar de depender de la venta de su fuerza de trabajo?

     En las déca­das posteriores al fin de la Segunda Guerra mundial era comprensible que estas cuestiones admitieran una respuesta, por parte de muchos sociólogos, en el sentido de una creciente diferenciación con respecto al trabajador manual industrial. En un período de prosperidad general del capitalismo y fuerza relativa de la clase obrera, los sectores calificados que se convertían en asalariados lo hacían en condiciones muy favorables para la venta de su fuerza de trabajo. De ahí que se hablara de creciente estratificación social -y no polarización- y prevalecieran las cuestiones de status, prestigio, etc. Pero ya en los setenta el trabajo liminar de Braverman demostraba que buena parte de los trabajadores de cuello blanco estaban sometidos a una creciente subsunción a las condiciones impuestas por el capital. 

     Desde entonces la tendencia se acentuó, por­que abarca cada vez más a profesionales altamen­te calificados.

     Tomemos el caso de los ingenieros, mate­má­ticos, programadores y demás personal espe­cializado en informática. Hoy en su inmensa mayoría trabajan para empresas capitalistas, produciendo programas de computación. Por lo tanto son trabajadores productivos; las mercancías son los programas, que tienen valor de uso y valor (trabajo de investigación y elaboración del programa). Si bien algunos pioneros han tenido éxito en independizarse y establecerse por su cuenta, a medida que se extiende la preparación de nueva mano de obra y ésta se hace «estándar», los tiempos de producción individuales se comparan en el mercado -a través de los valores de los productos- y se deben adaptar a los tiempos de trabajo socialmente necesarios imperantes en la industria. El sistema de educación capitalista produce más y más ingenieros y técnicos, se comparan los trabajos, crece la oferta de mano de obra calificada y la presión del capital, y las condiciones laborales se homogeneizan «hacia abajo». Esta es la dinámica en los lugares en que se están concentrando masas de estos trabajadores; por ejemplo en India. 

     Otro caso típico y actual de personal calificado es el dedicado a la atención especializada de clientes, sea para tareas de “service”, reparaciones, asesoramiento, que trabajan bajo una relación capitalista. Para que se vea la magnitud que puede alcanzar esta fuerza laboral en algunas empresas, digamos que sólo IBM tiene unos 130.000 técnicos calificados e ingenieros dedicados a estas tareas. También son trabajadores productivos en el pleno sentido de la palabra, sometidos a condiciones de creciente subsunción por el capital. Lo mismo puede decirse de la prestación de servicios a través de la red telefónica o de Internet, que ha crecido de manera explosiva en Estados Unidos y Europa (sólo en Europa, a comienzos de 1999, había más de un millón de asalariados en este rubro). En estas tareas abundan los ingenieros, licenciados en administración y similares, sometidos a intensos ritmos y exigencias de productividad “fordistas”. Muchos realizan tareas monótonas y repetitivas, por pagas que no superan los 800 o 1.000 dólares mensuales; son modernas “sweatshops”, con trabajadores de cuello blanco fijados a una computadora o línea telefónica. Se trata de salarios que, en términos relativos, se equiparan a los que hace algunos años ganaban los matriceros y mecánicos de mantenimiento en las empresas; jamás nadie dijo que éstos dejaran de pertenecer a la clase obrera. 

     Tomemos el caso de miles de biólogos, mate­máticos, químicos, físicos ingenieros, sociólogos, historiadores, antropólogos, dedicados a la investigación. Cada vez más para la mayoría sus trabajos se reducen a cumplir tareas rutinarias, parcializadas, que casi no permiten desplegar ninguna iniciativa ni desarrollar las capacidades, porque son parte de programas de investigación que ellos no dominan, que vienen completamente dictaminados desde las esferas de conducción del capital. Como en los casos anteriores, tampoco sus remuneraciones se distinguen cualitativamente de la de muchos trabajadores 

     También están subsumidos de manera creciente al capital docentes y muchos profesionales de la salud, por lo menos en la medida en que las condiciones materiales de estas labores lo permiten. Hay médicos, por ejemplo, a los que se les exige -por parte de las empresas de salud- atender determinada cantidad promedio de pacientes, que realizan trabajos ultra parcializados. Docentes que trabajan «a destajo» para empresas capitalistas, produciendo una mercancía que se llama educación; son trabajadores productivos, que venden su fuerza de trabajo (y no tienen otra posibilidad), que reciben un salario menor que el de muchos trabajadores manuales (e incluso en su práctica sindical se han tendido a acercar a la práctica del resto de los trabajadores).

     Por supuesto, todavía más claro, si se quiere, es el caso de los trabajadores de «servicios» que algunos autores han ubicado también en la moderna «clase media»7. Hay que recordar que el carácter productivo del trabajo no está dado por el contenido material de lo que se produce, sino por la producción de plusvalía:

     «... estas definiciones [trabajo productivo e improductivo] no derivan de las características materiales del trabajo, (ni de la naturaleza de su producto ni del carácter especial del trabajo como trabajo concreto) sino de la forma social definida, las relaciones sociales del productor en que realiza su trabajo. Un actor, por ejemplo, inclusive un payaso, según esta definición, es un trabajador productivo si trabaja al servicio de un capitalista (un empresario) a quien devuelve más trabajo del que recibe de él en forma de salarios; en tanto que un sastre que trabaja a domicilio, acude a la casa del capitalista y le remienda los pantalones, con lo cual produce un simple valor de uso, es un trabajador improductivo»8

     Así los trabajadores del transporte, de almacenamiento, de limpieza, de la docencia, atención de la salud, preparación de comidas, son productivos en la medida en que trabajan para em­presas capitalistas y éstas venden sus «servicios» como mercancías. Los ritmos de trabajo en una ca­de­na Mc Donalds son tan «fordistas» -aunque allí se produzcan hamburgue­sas y papas fritas- como en una línea de montaje de una fábrica de automóviles. La inmensa mayoría de estos trabajadores «cumplen» entonces con los criterios básicos que definen a la clase obrera: venden su fuerza de trabajo, están subsumidos a la relación capitalista en todo lo que hace a las condiciones laborales, incluso sufriendo las condiciones de precarización laboral que hoy sufre el resto de la clase obrera. 

 

Trabajadores improductivos

asalariados por el capital

 

Pero además el capital no sólo explota a quienes producen plusvalía, sino también a aquellos que, sin producir plusvalía, cumplen labores impres­cindibles para que el capital pueda realizar la plusvalía. Nos referimos en particular a los trabaja­dores empleados en las esferas de la circulación de mercancías, la contabilidad y el movimiento del dinero.

     Se trata de los trabajos que se relacionan no con la producción de valores de uso, sino con la forma social en que se produce y se realiza el plusvalor; esto es, con las formas mercancía y dinero.

     No habría razón para no considerar como parte de la clase obrera a los trabajadores improductivos subsumidos a la relación capitalista, de la misma manera que se incluye en la clase capitalista a los empresarios comerciales o bancarios, aunque las actividades en que emplean sus capitales no sean fuente directa de plusvalía. Es decir, los que venden su fuerza de trabajo a estos capitales deben ser considerados parte de la clase obrera. Por eso aunque en el siglo diecinueve los empleados de comercio o bancarios no estaban aun com­pletamente subsumidos en cuanto sus condiciones de trabajo al capital, Marx no vaciló en consi­derarlos parte de la clase obrera:

     «En cier­ta medida un trabajador de comercio no difiere de los demás asala­riados. Ante todo por­que su trabajo es com­­prado por el capital varia­ble del comer­ciante, y no por el dine­ro que éste invierte como renta... Luego, porque el valor de la fuerza de trabajo del empleado de comercio... se determina como en el caso de todos los demás asalariados (...) entre él y los obreros empleados de manera directa por el capital industrial tiene que existir la misma diferencia que entre este último y el capital mercantil, y por lo tanto, entre el capitalista industrial y el comerciante» (El Capital, tomo III, p.309).

     Si bien en esta deter­mi­nación no entra en consi­deración el monto de la remuneración de los trabaja­dores, es indu­dable que la inmensa ma­yo­ría de estos trabajadores ha visto empa­re­jarse sus re­muneraciones con las del resto de la clase obrera industrial; y en muchos casos está bastante por debajo de ésta. En este respecto la tendencia a la proletarización parece clara9. Si en el siglo diecinueve  todavía era posible confundir a los empleados con los “sectores medios”10, en el presente esto ya no es posible. Hoy estos traba­ja­dores no tie­nen otra alterna­tiva que ofrecer su fuerza de tra­bajo; sus traba­jos están estan­da­­rizados y valen cada vez más co­mo simple  “gasto de fuerza de trabajo”. Si bien no producen va­lor, permiten al capital ahorrar gastos necesa­rios para la apro­piación de la plusvalía. De ahí el hambre per­ma­nente del ca­pi­tal comercial o bancario por ba­jar el precio de la fuerza de trabajo de estos emple­a­dos, por intro­ducir la mecanización y la automatización, por avanzar en la descalificación de la mano de obra. La introducción de la automatización en la banca es un ejemplo claro de cómo se utiliza la maquinaria para subsumir el trabajo de individuos que en otro tiempo se consideraban personal calificado. Más en general, el trabajo en las oficinas experimenta las mismas tendencias. Como decía Braverman hace ya más de dos décadas, “los procesos del trabajo en la mayoría de las oficinas son fácilmente reconocibles en términos indus­triales, como procesos de flujo continuo”.11  Hoy en todos lados se exigen ritmos de trabajo “fabriles”, las patronales  estudian métodos para extraer hasta la última gota de tiempo disponible de sus ejércitos de vendedores, cajeros, repositores. Todos estos sectores entonces deben ser incorporados a la clase obrera.

 

Los empleados estatales

 

Tratamos ahora el caso de los empleados estatales cuya producción consiste en servicios que no son mercancías -los trabajadores de empresas esta­tales que venden mercancías, sean agua, petróleo o líneas telefónicas son obreros productores de plusvalía- tales como docencia, salud, reparaciones y mantenimiento de espacios públicos, registros y estadísticas. O sea aquellos trabajadores que están implicados en la reproducción de las condiciones generales que permiten la explotación capitalista. Excluimos del análisis a quienes ocupan cargos de conducción -en las alturas o intermedio- en el aparato estatal y los involucrados en los organis­mos de represión del Estado.

     Wright, quien considera que los trabajadores estatales deben ser definidos en una categoría social distinta a la de los asalariados del sector privado ya que al vender su fuerza de trabajo entran en la relación social Estado-trabajo (y no en la relación capital-trabajo). Sostiene que estos trabajadores están en una posición dual, derivada del carácter estatista de la producción en que están involucrados y rechaza la tesis que dice que la producción estatal debe considerarse como la esfera pública de la producción capitalista con el argumento de que esto sería incurrir en el pecado de funcionalismo. Por eso afirma que

     «la articulación de dichas esferas [capitalista, doméstica, pública-estatal] estaría entonces regulada por algún tipo de principio de integración funcional. Sin semejante principio funcional es difícil de entender cómo podríamos considerar que la esfera pública tiene una naturaleza fundamentalmente capitalista»12.

     Por empezar, pensamos que es necesario dejar de lado el «fantasma» que nos han agitado en los últimos años sobre el peligro del «funcionalismo». Una cosa es la crítica al funcionalismo que suprime las contradicciones y los conflictos sociales, y otra es negarse a considerar relaciones funcionales reales.

     Si bien es cierto que las funciones productivas del Estado13 no se adecuan plásticamente a las necesidades del capital, existe una tendencia de este último a imponer su sello. Dicho en otros términos, aunque no podemos hablar de derivación mecánica de la lógica de la valorización desde el sector privado capitalista al sector público, sobre el funcionamiento del aparato estatal hay más que una mera constricción por parte del modo de producción capitalista.

     Con todas sus contradicciones y obstáculos, ese impulso que proviene del capital ha sido más o menos claro en los últimos años, en Argentina y en el resto del mundo. Las privatizaciones de las empresas de servicios públicos constituyen el caso más evidente. Pero también obedece a esta tendencia la introducción de criterios derivados de la esfera privada (capitalista) en el trabajo de los empleados del Estado: criterios de «eficiencia», precarización laboral creciente (el Estado adopta el sistema de contratos «basura»), descalificación acelerada de la mano de obra. 

     En este punto es interesante traer a referencia uno de los pocos pasajes en los que Marx se refirió a los obreros estatales; en este caso constructores de caminos. Se trataba de trabajadores impro­ductivos, ya que el camino entonces no se vendía como mercancía y por lo tanto el trabajo que lo producía no generaba valor ni plusvalor. Es un trabajo indispensable para el funcionamiento capitalista, pero que no había sido puesto bajo la órbita del capital. Por eso Marx afirma que estos trabajadores están bajo otra relación económica que los asalariados por el capital, pero agrega que «es un asalariado libre como cualquier otro», que rinde plustrabajo, aunque este tiempo de plus­trabajo contenido en el producto sea «imposible de intercambiar. Para el obrero mismo, comparado con los demás asalariados, se trata de plustrabajo». (Grundrisse, t. II, pp. 22 y 23).

     Marx no desarrolló estos conceptos que dejan abiertos algunos interrogantes que deberíamos tratar de contestar. El principal se refiere a cómo se puede saber que hay «plustrabajo» cuando no hay producción de valor.

     Tal vez la manera más sencilla de resolver la cuestión sea observar lo que de hecho está ha­ciendo hoy el capitalismo, a saber, comparar los productos de estos trabajadores con aquellos de características similares que se producen en el sector privado. Siguiendo con la construcción de caminos, se puede calcular la cantidad de plusvalía implícita de la que se apropia la clase capitalista de conjunto a partir del plusvalor del que se apropian las empresas constructoras de capital privado, que venden caminos mediante el sistema de peajes. En épocas en que Marx escribía esta comparación era imposible, y por eso tal vez en aquel momento su afirmación sobre el plustrabajo de los obreros estatales podía tomarse más como una hipótesis (plausible, en nuestra opinión) que como un hecho demostrado. Pero hoy, con la tendencia a la imposición de la lógica del mercado -enmascarada bajo la bandera del «eficientismo»- esta comparación se hace a cada paso. Es algo más que una mera «constricción» del capital sobre la producción estatal; se trata de un impulso sistémico, que se alimenta en las relaciones de producción dominantes14. Los docentes o los traba­jadores de la salud del Estado son sometidos cada vez más a los mismos criterios de eficiencia que sus pares del sector privado. Esto explica la pro­funda hermandad de intereses entre los asala­riados estatales y privados. Cada vez hay menos diferencias entre unos y otros. Los tra­ba­jadores es­tatales pasan al sector priva­do y los del sector privado al estatal sin por ello cam­biar su situa­ción de clase, ni las condicio­nes más gene­rales de sus trabajos (en educación y docencia esto es particularmente claro).

    

Empleados en organismos de represión

 

Más compleja es la situación de los individuos em­pleados en los organismos de represión. La discu­sión es importante desde el punto de vista político, porque algunas corrientes de izquierda -el MAS en los ochenta y comienzos de los noventa, el MST en la actualidad- han planteado que al tratarse de tra­bajadores con el mismo esta­tuto social que cualquier otro empleado estatal,  se da­ría la posibi­lidad de inten­tar organizar gremialmente a los policías (suboficiales y agentes), y, a partir de esto, radicalizar sus reclamos e integrarlos al movimiento obrero. La ar­gu­mentación se centraba en que se trataba de vendedores de fuerza de trabajo, explotados indirectamente por el capital y el Estado.

     El problema con este argumento es que olvida que en este caso, además de las determinaciones señaladas, la fun­ción represiva que cumplen estos indi­viduos deter­mina una existencia social que difícil­mente pueda ser asimi­lada, directa­mente y sin más recaudos, con la si­tuación de la clase obrera. La lógica de la policía, y cuerpos similares, es la re­pre­sión y la prepa­ración para llevar la guerra de clases al extremo en defensa de la pro­piedad pri­vada. Des­de este punto de vista, por la función política que cum­plen estos indi­viduos están ubica­dos en contra de la clase obrera.

     Esto no anula el hecho de que por origen social, por nivel de salario, por conexión social, este policía sigue teniendo elementos de contradicción con su función, debido a que ellos mismos y las familias de las  que provienen mayoritariamente no ocupan la posición de propietarios. Por esto en situaciones de grave tensión revolucionaria, algunos sectores pueden ser neutralizados o incluso ganados a la causa de la clase obrera. Pero para esto deberá producirse una fractura en la institución, esto es, un desarrollo de la contradicción implícita hacia un antagonismo abierto. En tanto no se produzca esto, predominará siempre el aspecto represivo, la función que determina la existencia social. Y este predominio del aspecto represivo imprimirá un carácter reaccionario a las reivindicaciones de la policía, que las distinguirá de las del común del proletariado. Tomemos por caso el aumento salarial. No es lo mismo un aumento conseguido por los obreros de una empresa que un aumento salarial conseguido por las fuerzas represivas. En este último caso, la reivindicación tiene un carácter  reaccionario, porque permite una cohesión mayor de las fuerzas represivas y un desarrollo de su fuerza moral.

 

El personal intermedio de empresas

y del Estado 

 

Anteriormente nos habíamos referido a la situación de los asalariados profesionales de empresas ­-in­genieros, técnicos especializados- a los que inclui­mos dentro de la clase obrera en la medida en que realicen tareas técnico-productivas, o sea, que atañen a la transformación de los valores de uso. Sin embargo en toda empresa capitalista existe un amplio estrato capataces, supervisores y similares que cumplen una tarea productiva sólo en parte, porque ésta se combina con funciones que derivan del carácter antagónico de la relación explotación capitalista. Es claro que muchos técnicos e ingenieros están en esta situación. En cuanto sus funciones derivan de las necesidades del proceso productivo, estos sectores tienen rasgos que los acercan a la clase obrera; pero en cuanto cumplen funciones de vigilancia y control, se oponen a la clase obrera y se asimilan a clase propietaria de los medios de producción. Esta doble deter­minación se plasma en el hecho de que en buena medida estos sectores no sólo reciben en pago el valor de una fuerza de trabajo calificada, sino un plus en cuanto contribuyen a la tarea de la explo­tación de la clase obrera.

     El carácter de clase de estos individuos está dado según cuál de estos elementos predominen15. En aquellos casos en que predominan las funciones de vigilancia y control, propias del mando del capital sobre la producción, podemos hablar de burguesía media o pequeña -pues es precisamente el pre­dominio de estas funciones lo que convierte al pequeño propietario productor en un verdadero capitalista16-. Incluso se podría hablar de una «moderna clase media», en el sentido de que es pro­ducto del desarrollo capitalista, a diferencia de la pequeña burguesía propietaria de sus medios de producción, que tiende a ser barrida (aunque nunca se elimine la contra tendencia de su perma­nente resurgir desde las cenizas de la bancarrota).

     Tener en mente esta diferenciación con respecto a la clase obrera productiva es importante, como veremos enseguida en nuestra discusión sobre algunas categorías de análisis que emplea CTA, por ejemplo, u otros analistas sociales y corrientes políticas. En un futuro proceso revolucionario posiblemente sea necesario ponerse como meta neutralizarlos en cuanto potencial masa de apoyo de la burguesía. En el Estado encontramos el corre­lato de estos sectores intermedios, también en posiciones contradictorias.

 

El personal de conducción

de empresas y del Estado

 

Más clara es la situación de los gerentes y del personal de conducción. El tema merece una discusión porque los dirigentes reformistas y conciliadores del movimiento obrero (desde la socialdemocracia al estalinismo, pasando por los dirigentes sindicales oportunistas), y muchos inte­lectuales «progresistas» han apostado a las «vir­tu­des» de los directores de empresas. Supues­tamente éstos tendrían intereses opuestos a los accionistas, porque estarían interesados en el desarrollo de las empresas, en lugar de res­ponder estrictamente a la lógica de la valorización del capital. Constituirían una especie de clase media «ilustrada», a la cual el movimiento obrero debería apostar a incorporar como aliada para una futura transformación revolucionaria. Bottomore, por ejemplo, incluye a los gerentes dentro de las «nuevas clases medias»17. Wright, por su parte, considera que los directivos están en «una posición contradictoria dentro de las relaciones de clase que combina prácticas capitalistas y obreras»18; esto porque no es propietario de los medios de produc­ción y es asalariado.

     No podemos coincidir con ninguna de estas posiciones. Ni la inclusión en la clase media, ni la noción de «posición contradictoria de clase» son aplicables a la determinación de clase de los ge­rentes de empresas.

     Es que mientras el accionista representa la propiedad del capital, el director de empresa «representa al capital como capital funcionante... es su personificación en tanto el capital funcione»19. Y si bien es cierto que el director de empresa recibe un salario, éste es la forma que adopta una parte de la plusvalía (que figura como ganancia em­presaria). Obsérvese una vez más que el criterio que adoptamos aquí no es el de la mera propiedad de los medios de producción, entendida de manera estática, sino de la propiedad en cuanto da origen y funciona como poder coercitivo independiente frente al asalariado en la extracción de trabajo excedente. 

     Una vez más es necesario observar las tenden­cias del capitalismo contemporáneo para com­probar si esta concepción de Marx sobre el per­sonal de gerencia se ajusta a la realidad. El hecho es que sistemáticamente hoy los ejecutivos de empresas son pagados con acciones. Sus inte­re­ses, a igual que los accionistas, están centrados en la valorización de las acciones (incluso sus puestos dependen cada vez más de la aprobación de la empresa en la Bolsa de Valores) y sus ingre­sos -verdaderamente descomunales en el caso de los Estados Unidos- se inscriben abiertamente en la categoría de las ganancias de la clase capitalista. Algo similar ocurre con el personal de conducción del Estado (ministros, presidente, legisladores, altos jueces, funcionarios de conducción). En este caso la apropiación de la plusvalía está mediatizada por la función que ocupan; pero además se asimilan a la clase capitalista a partir de la función de conducción de las palancas del Estado. 

 

Sobre la tendencia creciente

a la polarización

 

Lo planteado hasta aquí no pretende agotar, ni mu­cho menos, la amplia cues­tión de las cla­ses en las so­ciedades mo­der­nas. De hecho existen muchas for­mas híbridas, en las que se combinan rasgos o ca­rac­terísticas de una clase y de otra. Por ejemplo, un técnico califi­cado asala­riado de una empresa (tra­bajador productivo) que además tiene un pequeño capital que le rinde interés, no puede encuadrarse únicamente en la clase obrera o en la pequeña burguesía. Como éste hay muchos otros casos intermedios. Tampoco hemos tratado la importante cuestión de las amas de casa. Sin embargo lo dicho hasta aquí nos permite sacar algunas conclusiones y dejar planteadas algunas respuestas provisorias a cuestiones que hoy se están debatiendo en la izquierda argentina en torno a la situación de la clase obrera.

     En primer lugar, a la luz de lo discutido hasta aquí, es indudable que la clase obrera, lejos de desaparecer, ha aumentado en extensión y peso social. Son parte de la clase obrera los asalariados de comercio, banca y demás entidades financieras, empleados comunes del Estado y un amplio abanico de los llamados «servicios».

Presentamos a continuación, un cuadro ela­borado por D. Guerrero sobre el grado de proletari­zación de la fuerza de tra­bajo, en países y años selec­cionados, que incluye los desocupados como porcen­taje de la po­blación econó­mica­mente activa20.

 

PAIS                                 1930-1940         1974              1997

Estados Unidos                   78.2 (1939)            91.5                91.5

Japón                                 41.0 (1936)            72.6                80.8

Alemania                           69.7 (1939)          84.5*                90.7

Reino Unido                       88.1 (1931)            92.3                87.3

Francia                              57.2 (1936)            81.3                87.6

Italia                                  51.6 (1936)            72.6                74.7

Canadá                              66.7 (1941)            89.2                —-

Bélgica                             65.2 (1930)           84.5               83.6

Suecia                               70.1 (1940)               91                94.7

España                               52.0 (1954)            68.4                81.0

Europa-15                                                                     84.3

Media simple (sin Canadá)

(8 países)                                      65.1            83.2                86.4

*  (RFA)

 

     En contra de lo que afirman las tesis sobre el crecimiento de la clase media y la desaparición de la clase obrera, vemos cómo desde mediados del siglo XX el proletariado ha ido aumentando a nivel mundial, como consecuencia del desarrollo de la tendencia a la polarización ya señalada por Marx.

     Incluso en nuestro país, tomando las cifras pre­sentadas por Claudio Lozano en su trabajo sobre estructura de la clase obrera en Argentina, se com­prueba que los asalariados comportan aproxima­damente el 70% de la población econó­micamente activa (ocho millones y medio de trabajadores)21.

     Se puede objetar, en primer lugar, que esta cifra está inflada porque incluye personal jerárquico; de todas maneras el dato es relevante sobre la im­portancia que tiene el asalariado subsumido en la relación capitalista. Esto en un país que muchos han declarado como caso paradigmático de «desa­parición» de la clase obrera.

     En segundo lugar, hay que evitar el error de englobar a todas las ramas de «servicios» como pertenecientes al trabajo improductivo, como hace Lozano en el trabajo citado. Muchos trabajadores de «servicios» son productivos en el sentido más estricto. También lo son los dedicados al transporte.

     En tercer término está la discusión sobre si la clase obrera va en camino de una creciente fragmentación, cuestión que señalamos en la introducción de este artículo y que desarrollamos a continuación.

 

Algunas cuestiones sobre

fragmentación-homogenización en Argentina

 

Esta cuestión es importante porque algunos sec­tores de la izquierda, impresionados por la exten­sión que han adquirido las nuevas modalidades de trabajo -contratos, flexibilización- llegaron a la con­clusión que, si bien la clase obrera como clase no desaparece, sí se asiste a una progresiva segmen­tación, que pone en peligro su capacidad de res­pues­tas revolucionarias22. Buena parte de las polí­ticas acerca de los “nuevos movimientos sociales” tienen el mismo origen.

     Con respecto a esta heterogeneización de las formas contractuales, no debemos olvidar que es­tas formas corresponden al ámbito de las rela­cio­nes jurídicas. Esto es, no a la esfera de las rela­cio­nes materiales independientes de la voluntad de los hombres (o estructura), sino al ámbito de las re­­la­cio­nes en  que los hombres toman con­cien­cia de dichas relaciones (o superestructura). Las for­mas de contratación jurídica pueden heteroge­nei­zarse; sin embargo, no podemos deducir que esto sea expresión de una heterogeneización objetiva de los trabajadores. Objetivamente las relaciones de explotación pueden ser más homogéneas aun­que se oculten bajo formas jurídicas de contratación diferentes. De hecho, todas estas ‘nuevas’ formas de contratación, en realidad, sirven para acentuar la explotación, tanto de los trabajadores que deben vender su fuerza de trabajo bajo esas modalidades, como de aquellos que aún lo hacen en mejores condiciones (en blanco, con estabilidad laboral, etc.) y que son presionados porque los primeros aceptan condiciones laborales peores. Por ende, lo que efectivamente encubre esta heterogeneidad contractual es la mayor homogeneidad objetiva en las condiciones en que los trabajadores en su conjunto son explotados23.

     La tesis de la fragmentación es defendida por Lozano defiende la tesis de la fragmentación argu­mentando que como resultado de las transfor­maciones de las últimas dos décadas, aproxima­damente, se habría producido una diferenciación «notable de la mano de obra en términos de sexo, niveles edu­ca­tivos, calificación y jerarquía en la ocupación»24.

     Sin embargo hay que analizar con algún detalle los datos de Lozano. En primer lugar acordamos plenamente en que el crecimiento del ejército de desocupados ha introducido una división muy importante en la clase obrera, entre los que tienen un empleo y los que no lo tienen. Se trata de una división hasta cierto punto «típica» del capitalismo, pero que no estuvo presente durante muchos años y ha reflotado con fuerza en Argentina y en la mayo­ría del mundo.

     Sin embargo, no podemos olvidar que este aumen­to de la parte del proletariado sobrante para el capital (cuyas formas más visibles son la desocu­pación y la subocupación) tiene conse­cuencias semejantes a las que señalábamos con relación a la precarización laboral. Se produce un empeo­ramiento de la situación de aquellos que se encuen­tran desocupados, pero también de aquellos que, estando ocupados se ven obligados a aceptar peores condiciones de trabajo bajo la amenaza de ser despedidos. Estas peores condiciones de tra­bajo son las que tendrá que aceptar el actual desocupado, en caso de lograr tener empleo nuevamente. Por ende, tanto el incremento de los trabajadores precarizados como de los desocu­pados no heterogeneizan al proletariado, sino que por el contrario, tienden a homogeneizarlo al imponer peores condiciones de explotación al con­junto. Por otra parte, ni unos ni otros dejan de ser proletarios, en tanto que continúan expropiados de sus condiciones de existencia y obligados a vender su fuerza de trabajo para poder subsistir. Ni la posi­bilidad efectiva de vender la fuerza de trabajo, ni las condiciones bajo las cuales se venda, quitan el carácter de proletaria a la clase obligada a subsistir de esta manera.

     Los otros casos de fragmentación que presenta Lozano también son cuestionables. El más notorio es el de los «profesionales y técnicos altamente ca­pa­citados en puestos directivos del Sector Privado» (p.27). Como hemos explicado, éstos no pueden considerarse parte de la clase obrera, y por lo tanto no deberían contar en el «índice» de fragmentación. Algo similar sucede con los cargos de conducción en el Estado. Por lo tanto al distanciamiento en los ingresos entre el conjunto de los asalariados y los directores, gerentes y jefes de empresas privadas y del Estado lo con­side­ramos como parte de la tendencia a la polarización social, que se está produciendo en Argentina (y en el resto del mundo).

     En cuanto a las tendencias a la diferenciación salarial dentro de la clase obrera, habría que disponer de mayores estudios de los que presenta Lozano. El caso que cita de la diferencia salarial de 1:5 en Siderca entre los trabajadores pre­ca­rizados de la limpieza y los de planta no es conclu­sivo en cuanto a una tendencia. En el ámbito gene­ral de la clase obrera existían diferencias salariales y de situación de ese tenor a comienzos de los setenta. Además ha­bría que considerar el acer­ca­miento sa­larial que se ha producido en­tre trabaja­do­res manuales calificados y profesionales en vías de proletarización. Por ejemplo, es un hecho que en Argen­tina profesio­nales jóvenes como conta­dores, abogados, economistas, ingenieros, arqui­tectos, están recibiendo ingresos incluso más bajos que los estratos superiores de la clase obrera industrial (personal de mantenimiento, mecánicos espe­cializados, matriceros). Por otra parte lo que hemos señalado en lo que respecta a la dinámica de los empleos en banca, comercio, adminis­tra­tivos, también evidencia la tendencia a «empa­rejar hacia abajo», tanto en Argentina como en otros países.

     Otro dato que presenta Lozano también de­mues­tra que existe una tendencia a la homoge­neización junto a la fragmentación. Nos referimos a la situación del empleado público. Señala que éste  pierde la «estabilidad absoluta» de la que gozaba, y agrega que la tendencia en curso lo coloca «... en condiciones similares a las que hoy ya presenta el sector privado de la economía»25. Esto es, el empleado público empieza a padecer altos niveles de precariedad, es amenazado por el desempleo y ve cómo se acrecienta la diferen­ciación salarial con respecto a sus jefes.

     Desde el punto de vista más general se puede decir que está operando la tendencia a que el tra­bajo se haga cada vez más «abstracto», esto es, que cada vez más sea «gasto hu­mano de ener­gía»: se pierde la identifica­ción con un oficio (que se adquiría a lo largo de toda una vida, des­de aprendiz a oficial especia­lizado); se ro­tan los trabajos con mayor asi­duidad, dada la gene­raliza­ción de los sistemas de contratas; se parcializan trabajos que antes eran complejos.

     Por último, nos parece importante discutir con la idea según la cual se identifica la desaparición de grandes concentraciones industriales con la desaparición de la clase obrera.

     Se suele afirmar que este proceso contradiría la tendencia a la concentración y centralización bajo el mando del capital. Sin embargo, la concentración y centralización del capital no hace referencia -o por lo menos, no exclusivamente- a su agluti­na­miento en un espacio físico-geográfico. Por el con­trario, la concentración y centralización del capital hace que éste exceda cada vez más el ámbito local e incluso nacional, para llegar a aglutinarse a nivel internacional. La conse­cuencia de este proceso es que cada vez más trabajadores dependen de cada vez menos capitales. Cada vez más trabaja­dores son explo­tados por un mismo capital. Si antes se en­con­traban divididos bajo la órbita de diferentes capitales, ahora se en­cuentran bajo el mando de un úni­co patrón,  se encuen­tren o no espa­cialmente en el mismo ámbito geo­gráfico. Este proceso de concentra­ción, lejos de heteroge­neizar al prole­ta­riado, lo homogeneiza aún más. Trabajadores de diferentes ramas, di­fe­rentes regiones y de dife­rentes países se en­cuentran bajo el mismo mando.

 

A modo de conclusión

 

Afirmar la existencia de la clase obrera -y el cre­cimiento en extensión y profundidad de las relaciones capital / trabajo- no implica sostener que tenga, o «deba tener», conciencia de clase (o sea del carácter antagónico irreconciliable de sus intereses con respecto a los intereses del capital). La relación de explotación sólo da la posibilidad material de que se adquiera esa conciencia. No determina lineal ni mecánicamente su surgimiento. En la cuestión de la conciencia de clase, de la conciencia socialista, entran en juego experiencias políticas y de otro tipo que aquí no entraremos a considerar. Pero afirmamos que un componente en la toma de conciencia socialista es la explicación -«vanguardista»- de la existencia objetiva de la clase obrera, de la dinámica social que se deriva de las tendencias objetivas de la acumulación capi­talista (mundialización de la clase obrera, exten­sión) y también de la fuerza material que esto entraña. La proletarización de técnicos, intelectuales y profesio­nales genera una fuerza productiva de potencia­lidades transformadoras como nunca antes tuvo en la historia una clase explotada. Si se medita un momento en las inmensas dificultades que enfrentaron los bolche­viques después de la revolución de 1917 para poner en marcha la economía, debido a la falta de personal calificado (que en su mayoría ja­más se había conside­rado ni siquiera cerca de la clase obrera), se com­prenderá la importancia del asunto. También desde el punto de vista político, de propaganda y de la lucha ideológica, de la toma de conciencia de la potencialidad transformadora, la cuestión de la determinación marxista del concepto de clase obrera es fundamental. Frente a los que dicen que la clase obrera no puede transformar el mundo porque no está capacitada, porque no tiene inteli­gencia, cultura ni habilidad para hacerlo, se puede demostrar palmariamente que las fuerzas del tra­bajo asalariado mueven, cada vez más, todas las palancas del aparato económico (incluyendo las de la salud, la educación, la investigación), y tienen por ende en su propio seno la potencialidad de transformarse como clase, de elevar en el futuro a todos sus miembros al plano del máximo desarrollo de las potencialidades humanas.

 

Rolando Astarita- David Ato

 

 

1 Marx, K. y Engels, F., El Manifiesto Comunista.

2 La posición de Bernstein es tratada por Gurvitch en, El concepto de clases sociales, Buenos Aires, Nuestro Tiempo, 1970.

3 En un escrito conmemorativo de los noventa años de El Manifiesto Comunista, Trotski sostenía que «... el desarrollo del capitalismo ha acelerado en extremo el surgimiento de legiones de técnicos, administradores, empleados de comercio, en resumen, la llamada «nueva clase media». Obsérvese la asimilación de técnicos y empleados de comercio con los «administradores».

4 Las potencialidades revolucionarias anidarían en los excluidos del sistema, los contestatarios, y fundamentalmente en las inmensas masas campesinas y desarraigadas de la periferia capitalista, el mal llamado «tercer mundo».

5 Teorías... t.II p.488. La referencia de Gidens en La estructura... op.cit. p.206.

6 Según Bottomore, a principios del siglo diecinueve aproximadamente el 80% de la población trabajadora, excluidos los esclavos negros, poseía los medios de producción. En los sesenta este autor constataba que «un siglo y medio de transformación económica ha destruido la mayoría de los fundamentos en los que reposaba la ideología igualitaria». A principios del siglo diecinueve aproximadamente. Wright Mills escribía que «en los últimos cien años Estados Unidos han dejado de ser una nación de pequeños capitalistas para convertirse en una nación de empleados a sueldo» (citado por Bottomore). Ver T.B. Bottomore Las clases en la sociedad moderna Buenos Aires, La Pléyade, 1973, pp. 73-5. Desde entonces esta tendencia ha continuado. En particular la crisis de los ochenta golpeó fuertemente al agro y profundizó la quiebra de granjeros y la concentración de la propiedad.

7 Por ejemplo Bottomore incluye en las «nuevas clases medias» a los empleados de oficina y «muchos de los que se ocupan de suministrar servicios de un tipo o de otro (por ejemplo, tareas de bienestar social, entretenimiento)...». Op. cit. pp. 38-9.

8 K. Marx, Teorías..., op. cit. t. I, p. 133.

9 Ya en El Capital Marx advierte, refiriéndose al empleado de oficina, que «...con el progreso del modo de producción capitalista su salario tiende a disminuir, inclusive respecto del trabajo medio. Ello se debe, ante todo, a la división del trabajo en la oficina...» (t. III. pp. 315-6). En la categoría de «empleados de oficina» deben incluirse tanto trabajadores productivos (de la industria) como improductivos, (comercio o banca). Lo que importa es destacar que la tendencia era advertible hace más de cien años.

10 Dice Braverman: «... en los siglos 18 y principios del 19 «oficinista» o «jefe de oficina» era el título del gerente en algunas industrias británicas: ferrocarriles y servicios públicos. Era común que los oficinistas fueran pagados por el gerente de su propio salario, acorde con su posición de subgerentes o al menos asistentes del gerente, y algunos eran favorecidos con utilidades al terminar algunos trabajos o con herencias después de la muerte del dueño...» «... en un sentido amplio, en términos de función, autoridad, pago, categoría del empleo (un puesto de oficina era generalmente de por vida), perspectivas, para no mencionar «status» e incluso ropa, los oficinistas estaban más cerca del patrón que del trabajo en la fábrica» (Trabajo y capital monopolista, México, Nuestro Tiempo, 1984, pp. 338-9).

11 Idem, p.358, énfasis agregado. 

12 E. O. Wright: «Reflexionando, una vez más, sobre el concepto de estructura de clases» en Zona Abierta 59/60, 1992, p.119.

13 Aquí empleamos el término productivo no en el sentido de productor de plusvalía, sino en el de producción de las condiciones generales de reproducción del capital a la que hicimos referencia antes.

14 Una vez más puede apreciarse la importancia de la observación metodológica de Marx, acerca de la relación de producción clave que tiñe con su luz particular al resto de las esferas.

15 Así, por ejemplo, Marx se refiere a la división de los obreros en manuales y capataces, en soldados rasos y suboficiales del ejército de la industria, como consecuencia del desarrollo del régimen fabril (K. Marx, El Capital, t. I, pp. 350/1).

16 Idem anterior, t. I, pp. 246/7.

17 Bottomore, op.cit. p.38.

18 Wright, op.cit. p.109.

19 Marx, El Capital, t. III, p. 477, México, Siglo XXI, 1999.

20 D. Guerrero «Depauperación obrera en los países ricos: el caso español» en Macroeconomía y crisis mundial, Guerrero (ed.) Madrid, Trotta, 2.000. p.230.

21 C. Lozano Estructura actual de la clase trabajadora, IDEP, Cuaderno 29, 1994.

22 Además de algunos grupos de izquierda, la tesis de la fragmentación -o segmentación- progresiva de la clase obrera ha sido defendida por la dirigencia y estudiosos de la CTA como la principal razón «estructural» para explicar el retroceso político del movimiento obrero

23 Si las leyes y las relaciones jurídicas en general, como parte de la superestructura, son producto de la cristalización de luchas sociales anteriores, esta heterogeneidad jurídica puede explicarse como producto de las sucesivas derrotas que la clase obrera viene sufriendo desde la década del 70, y cuya consecuencia ha sido un retroceso en los derechos conquistados por los trabajadores en épocas anteriores y, la posterior  legitimación jurídica de esta nueva situación.

24 Lozano, op. cit. p. 11.

25 Idem, p. 16.