LA CRISIS Y LOS PROGRAMAS DE SALIDA PROGRESISTA

 

                                                                                                 Rolando Astarita

 

Una de las cuestiones más debatidas hoy es en torno a las salidas de la crisis. Las organizaciones de izquierda, y buena parte del progresismo sostienen que es posible salir de la recesión por una vía beneficiosa para los trabajadores, sin cuestionar las bases del sistema de explotación. A partir de sostener que la crisis se debe en lo fundamental a la falta de consumo de las masas, se afirma que una redistribución del ingreso a favor de los trabajadores, de los jubilados y los desocupados generaría un mayor poder de compra que se volcaría inmediatamente al mercado. Por lo tanto se reactivaría la demanda, y ésta a su vez reactivaría la producción y la inversión; se generaría así un círculo virtuoso de aumento de los salarios, de la producción y de las ganancias del capital productivo, con nuevos aumentos de salarios y de la producción. La crisis sería así el producto de una mala distribución de la riqueza, que podría haberse evitado con un poco de buen sentido y "gobiernos que escuchen al pueblo". Por eso también las crisis no constituirían la oportunidad privilegiada para plantear la necesidad de la revolución socialista, como sostiene el marxismo, sino para postular la solución humana y progresista de las contradicciones del sistema. En lugar de ser la hora del cambio revolucionario, sería la de la unidad nacional con el capital "interesado en la ampliación del mercado". El reformismo obtiene así una de sus fundamentaciones más importantes.

La popularidad de esta tesis -que admite matices menores en su formulación y detalles- es enorme. Alfonsín, Altamira, Carrió, Cavalieri, De Gennaro, Herminio Iglesias, el padre Farinello, Polino, Santillán, los dirigentes del partido Humanista, para mencionar sólo algunos de un amplio abanico, han abogado por un programa de este tipo.

El objetivo de este trabajo es realizar un examen crítico de las principales ideas que sustentan este programa frente a la crisis. Para esto comenzaremos analizando las experiencias históricas generales de las crisis capitalistas y sus salidas. En segundo lugar, examinaremos la tesis sobre las causas de la crisis que subyace a los programas reformistas/progresistas de reactivación, en contraposición con la explicación marxista sobre las crisis. Por último esbozaremos brevemente las consecuencias para la política de la clase obrera que se deprenden de la tesis marxista.

 

Las crisis "clásicas" y la tesis reformista

 

Un somero repaso de la dinámica de los ciclos económicos del siglo diecinueve y comienzos del siglo veinte demuestra que en ninguno de ellos el sistema capitalista salió de la crisis según la tesis defendida por los reformistas. Por el contrario, las crisis se tradujeron en, por lo menos, estancamiento de los salarios -cuando no en su caída- y/o aumento de los ritmos de producción y del dominio del capital sobre el trabajo, a partir del debilitamiento de la resistencia obrera, provocada por el aumento de la desocupación y la depresión [1]. Veamos:

Sin embargo los datos no apoyan la leyenda reformista - regulacionista. Sobre la situación de las clases trabajadoras de los países capitalistas adelantados al finalizar la guerra, citamos al respecto a Frank, quien a su vez se apoya en otros autores:

"En Alemania, el fascismo había elevado la tasa de explotación de la clase trabajadora a un nivel tres veces mayor que el de la República de Weimar ... Los salarios reales de 1948 suponían el 70% del nivel de 1938 .... En Italia, los salarios reales de 1946 suponían el 58% del nivel ya deprimido de 1938 y en Japón el 25% del nivel de 1936 ... En Francia los salarios reales de 1946 eran el 77% del nivel deprimido de 1938, y descenderían al 64% en 1947" [2].

Y más adelante sintetiza:

"La depresión, la guerra, la permanente economía de guerra, el neoimperialismo de las empresas multinacionales, los bajos salarios, la disciplina de la mano de obra, así como la ideología del siempre más y mejor american way of life, del desarrollo y crecimiento ilimitado, todos estos factores colaboraron al mantenimiento de la tasa de beneficios y, por lo tanto, a un ritmo de acumulación casi constante durante las dos décadas del período de posguerra" [3].

En términos más generales, Sherman señala que en Estados Unidos la caída de los salarios fue, en promedio, durante las fases de contracción de los cuatro ciclos económicos que van desde 1921 a 1938 del 13%; para las fases depresivas de los cuatro ciclos suaves de 1949-1970, la caída fue del 1,9%; y durante los fases depresivas de los tres ciclos económicos de 1970-1982, la caída fue del 11,1% [5]. En lo que respecta al último cuarto de siglo, los salarios reales de los trabajadores asalariados habrían bajado, desde 1973 a mediados de la última década, un 15% -al tiempo que aumentaban las ganancias del capital .

A la luz de esta experiencia histórica, parece quedar claro el sentido en que han tendido a resolverse las crisis capitalistas: empeoramiento de los niveles de vida de las masas explotadas

Esta evidencia empírica es consistente con la teoría de El Capital, en el sentido que uno de los medios que tiene el capitalismo para salir de las crisis es aumentando la explotación de la clase obrera. Se confirma también lo previsto por Marx, en cuanto a la influencia del ejército industrial de reserva como disciplinador del trabajo. Inversamente, durante las fases de expansión las fuerzas obreras tienden a recuperar terreno, y con ello los salarios. Esto se ve de manera bastante clara en el período de expansión de 1860 a 1873 en Inglaterra [6]. También en el período que va desde 1880 a 1914, a pesar de los retrocesos relativos durante las recesiones, los salarios reales crecieron en un 75% en términos globales, fundamentalmente debido al empuje que recibían durante las expansiones [7]. Y por supuesto, durante la expansión de la segunda postguerra.

Es necesario enfatizar que estamos hablando de una tendencia a la caída de los salarios y el empeoramiento de los niveles de vida durante las crisis. En determinados períodos de fuerte combatividad obrera, una crisis deflacionaria del capital combinada con una sólida resistencia del trabajo a la reducción de los salarios puede detener la caída de los salarios; es lo que sucedió en Inglaterra en los años veinte. Pero en la medida en que la clase obrera no encuentre una salida revolucionaria y socialista a la crisis, en última instancia tiende a imponerse la ofensiva del capital, esencialmente debido a la presión de los ejércitos de desocupados.  

Por último digamos que esta lógica capitalista también se ha visto reflejada en la evolución argentina en la década de los ochenta, marcada por una profunda crisis global de la acumulación. Los salarios descendieron de forma sostenida -en especial en su última etapa, con la hiperinflación- y las condiciones de trabajo empeoraron de manera significativa (introducción de la flexibilización y precarización laboral).

 

El error teórico de fondo del reformismo

 

A la vista de las anteriores evidencias, es necesario preguntarse por el error de fondo que subyace a las tesis reformista. El problema de fondo es la teoría de la crisis subconsumista; esto es, la tesis que afirma que las crisis capitalistas se producen por la carencia en las posibilidades de consumo de las masas. En su versión más tradicional, se sostiene que las crisis se deben a que las fuerzas productivas del capitalismo se expanden de manera cada vez más gigantesca, en tanto el consumo de las masas no puede mantenerse al mismo ritmo debido a la creciente explotación de los obreros. "La oposición entre producción y consumo, y las fuerzas técnicas productivas del capitalismo, que se han expandido por encima de la capacidad social de absorción, hacen estallar el orden capitalista privado"[8]. Esta tesis, que arranca en el pensamiento de izquierda y progresista posiblemente con Sismondi, se prolonga en pensadores tan diversos como Rodbertus, Hobson, los populistas de todo tipo y nacionalidad, sindicalistas, socialdemócratas y muchos otros. En Argentina en los últimos años se expresa con un cierto matiz de diferencia con respecto a su forma "clásica", ya que se afirma que ni siquiera ha habido desarrollo de las fuerzas productivas. Esto es, la falta de consumo de las masas habría abortado ab initio toda posibilidad de crecimiento. La crisis sería crónica y permanente, y el crecimiento del pbi desde 1991 a 1994, y de fin de 1995 a 1998, habría sido mera manipulación estadística y especulación parasitaria.

No es éste el lugar de realizar un examen detallado y crítico de todas las variantes del subconsumismo [9]. Aquí queremos destacar las objeciones centrales a la explicación más generalizada del consumismo, para luego exponer algunas críticas a la postura particularizada de los subconsumistas locales.

En primer lugar, si la tesis subconsumista fuera correcta habría que concluir que el capitalismo jamás podría haber acumulado, ni siquiera podría haber funcionado. Dado que el producto neto de un país (el valor agregado) se divide en el valor de la fuerza de trabajo y en la plusvalía, es natural que la clase obrera nunca puede consumir de ese producto más que la parte equivalente al valor de su fuerza de trabajo. Esto es, la realización del producto que representa el plusvalor debe ocurrir a partir del desembolso de los capitalistas. Por eso el capital nunca dependió -ni puede hacerlo- del gasto de los asalariados para la venta de la parte del producto que representa la plusvalía. Por eso también Marx señalaba que es "pura tautología" pretender que las crisis se deben a la falta de poder de consumo de los asalariados (ver capítulo 20, tomo 3 de El Capital).

En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, la tesis subconsumnista es incoherente porque sostiene que la crisis se debe al crecimiento de las fuerzas productivas frente al estancamiento del consumo de las masas. Pero si las masas trabajadoras nunca pueden consumir más que el equivalente a sus salarios, las fuerzas productivas no se podrían haber desarrollado; por lo tanto, tampoco podría existir crisis.

En tercer lugar, la tesis subconsumista no puede explicar porqué las crisis se desatan precisamente en el momento en que el nivel salarios, y sobre todo el nivel de ocupación, es mayor. Esto sucedió no sólo en los ciclos del siglo 19 -como señaló Marx, capítulo 20, tomo 3 de El Capital- sino en el período previo a la crisis del treinta, y en el período previo al inicio de la gran crisis de los setenta. En relación a este último período, es notorio que las luchas sindicales europeas y norteamericanas de los sesenta, combinados con el ciclo de ascenso del capitalismo, permitieron una mejora relativa del nivel de vida de las clases obreras más importantes del mundo. La crisis comienza entonces en el momento en que estos niveles salariales alcanzaban las mayores alturas desde el fin de la Segunda guerra. Digamos que también en Argentina los salarios de la clase obrera habían alcanzado un nivel relativamente alto en la fase previa al estallido de la crisis de 1975, que iniciaría el largo ciclo de estancamiento productivo que se prolongaría hasta comienzos de los noventa.

Estas objeciones permiten comprender también la inconsistencia de la tesis en Argentina. En primer lugar, los subconsumistas argentinos no pueden explicar porqué la crisis de acumulación de larga duración en Argentina estalló justamente en un momento -fines de 1974 a mediados de 1975- en que los salarios eran relativamente altos. Tampoco puede dar cuenta del crecimiento del PBI durante la primera parte de los noventa, a pesar de que los salarios venían erosionados. Ni explicar los ciclos de los noventa: en las dos recesiones de los noventa (la iniciada a comienzos de 1995 y la iniciada a mediados de 1998) no se registra una caída particular del salario o del nivel de consumo de las masas que pueda decirse haya sido disparador de la crisis. Por el contrario, como explicamos con algo más de detalle luego, fue el deterioro de las condiciones de rentabilidad de los capitales -ocasionado a su vez por el empeoramiento de las condiciones financieras y la retracción en el gasto de la plusvalía por parte de la burguesía- los que estuvieron en la base de la crisis.

Aclaremos antes de dejar este punto que por supuesto es correcto decir que una vez iniciada la crisis ésta provoca una caída violenta del consumo de las masas, lo que a su vez reactúa agravando la recesión y la desocupación. Pero esto es muy distinto de lo que dice la tesis del subconsumo.

 

Por un enfoque marxista sobre las crisis

 

Aunque muchos atribuyeron a Marx la tesis del subconsumo, es claro que, al menos en sus últimos escritos [10], el autor de El Capital tomó distancia con respecto al subconsumismo. En el enfoque de Marx la crisis -en su aspecto más general- está estrechamente ligada a la caída de la demanda que se origina en la caída de la inversión; y la caída de ésta a su vez es ocasionada por el descenso tendencial de la tasa de rentabilidad de los capitales. Debido a que la acumulación a largo plazo del capital provoca un aumento de la inversión en capital constante por obrero, y dado que la fuerza de trabajo es la única fuente del plusvalor, tendencialmente cae la tasa de ganancia (esto es, la relación entre el plusvalor y el conjunto del capital invertido). Cuando la tasa de ganancia del capital se debilita, se inician largos períodos de crisis recurrentes y profundas, debilidad de la inversión y aumento estructural de la desocupación.

Este fenómeno, que se produce de manera "pura" en los países adelantados, repercute agudamente en los países dependientes. Dado el carácter tecnológicamente atrasado de sus economías, la caída de la tasa de ganancia y de las inversiones que se produce en los centros del capital pone una extrema presión sobre el conjunto de los capitales de estos países. Desatada la crisis en el centro, las leyes de la competencia se hacen sentir con todo su rigor en todos los mercados. Imposibilitadas de sostener la guerra competitiva, las empresas más atrasadas cierran, generalizándose la desocupación y acentuándose la crisis de sobreproducción. A su vez, los capitales que sobreviven buscan recuperar rentabilidad atacando salvajemente los niveles de vida de los trabajadores y disminuyendo todos los gastos sociales. Desde 1975 a 1990 Argentina experimentó una larga crisis de este tipo. A partir de 1990, y sobre la base de la brutal caída de salarios y ataques del capital al trabajo, se inició un ciclo expansivo, que se cortó por la crisis de 1995; la economía vuelve a crecer desde fines de ese año hasta mediados de 1998, en que nuevamente las renovadas presiones competitivas de los mercados externos (crisis asiática, brasileña, rusa) precipita una crisis que se prolonga hasta hoy. 

Dado que el origen más profundo de la crisis capitalista se relaciona con la rentabilidad de los capitales, su solución capitalista pasa por el ataque en toda la línea a los salarios y a las condiciones de trabajo (a la par que se opera una poderosa centralización de los capitales y desaparecen las empresas más débiles). Por esta razón también las políticas económicas actuales de los gobiernos argentinos -como de cualquier otro gobierno- son funcionales a los intereses del capital en general (y no sólo a su fracción financiera, como pretende el discurso ad usum progresista y de izquierda).  

Las crisis actúan entonces como factores de disciplinamiento de las fuerzas del trabajo. Por eso la tesis fundamental del marxismo es que la clase obrera debe responder a las crisis no con programas reformistas, sino con una estrategia y programa que apunte a la raíz de los males, la propiedad privada del capital. En la medida en que no lo haga, tenderá a imponerse la lógica de la acumulación del capital. En este caso, las luchas de resistencia juegan el rol de impedir que la degradación de las condiciones de vida de las masas lleguen a extremos insondables. En este sentido, las luchas sindicales y económicas son necesarias e imprescindibles. Pero es necesario conocer sus límites y más importante aún, luchar sin albergar la más mínima ilusión en que es posible una salida concertada y progresista a la crisis en los marcos de este modo de producción.

  



[1] Tomamos esta periodización y las principales características de las recesiones de Bernard Rosier y Pierre Dockes, Rythmes économiques, La Découverte/Maspero, París, 1983, p.44. Hemos agregado la crisis de 1890 inglesa; el dato sobre estancamiento de salarios en Estados Unidos durante la crisis de 1873 también es agregado. Para Estados Unidos nos hemos apoyado en David Gordon, Richard Edwards y Michael Reich, Trabajo segmentado, trabajadores divididos, Madrid, 1986.

[2] A.G. Frank, La crisis mundial Buguera, Barcelona, 1979,  p. 61-62.

[3] Ibídem, p. 63, énfasis agregado.

[4] Andrew Glyn "International Trends in Profitability" en Paul Dunne (ed.) Quantitative Marxism, Cambridge, Estados Unidos, 1991, pp. 156-157.

[5] Sherman, The Business Cycle, Princeton University Press, 1991, p. 43.

[6] Maurice Dobb, Estudios sobre el desarrollo capitalista Siglo XXI, Buenos Aires, 1972, pp. 355-356

[7] Robert Brenner y Mark Glick, "The Regulation Approach: Theory and History en New Left Review 1991, N° 188, p. 69.

[8] La cita corresponde a Spiethoff, teórico de principios de siglo 20, citado por Henry Grossman en La ley de la acumulación capitalista y del derrumbe del sistema capitalista, Siglo XXI, México, 1984, p. 25. Con ligeras variantes, esta tesis central es formulada por la mayoría de los subconsumistas. 

[9] Michael Bleaney examina los principales teóricos subconsumistas, con una visión crítica y marxista en Teorías de las crisis Nuestro Tiempo, México, 1977.

[10] El libro II de El Capital contiene la crítica más explícita a la tesis del subconsumo; además, de hecho, todos los esquemas de reproducción constituyen una refutación a la tesis del subconsumo. Estos son los últimos escritos en los que trabajó Marx, antes de su muerte.