El ataque a las Torres Gemelas y el Pentágono, y la ofensiva imperialista

UN ANÁLISIS DESDE EL MARXISMO

 

     A partir del 11 de septiembre pasado se ha abierto a nivel mundial una nueva situación, con amplias y profundas consecuencias, tanto para la clase obrera y las luchas de los oprimidos de todo el mundo, como para la ubicación del imperialismo y la correlación de fuerzas entre los Estados. Desde los grandes medios de comunicación se ha lanzado una intensa campaña de intoxicación ideológica para obtener el apoyo de los millones de seres humanos que se conmovieron ante la magnitud del ataque. Los efectos del ataque de Nueva York se potencian por el hecho que ninguna organización política ni gobierno lo ha reivindicado como propio. Las acusaciones del gobierno de Estados Unidos a Bin Laden han sido rechazadas por éste. Varios servicios de inteligencia europeos ponen en duda la participación talibán y apuntan a otras conexiones; pero estas especulaciones también distan de ser concluyentes. Nadie ha presentado programa u objetivo estratégico alguno que puedan servir de marco político al ataque. Esto ha favorecido la campaña propagandística de los medios burgueses, y al progreso de las posiciones imperialistas. Es necesario, por lo tanto, poner el acento en el análisis objetivo de las consecuencias y de los hechos que se están desarrollando a partir del 11 de septiembre .

 

Una campaña cínica

 

     En primer lugar es necesario denunciar la cínica campaña que pretende que el mundo se ha dividido entre el "bien y el mal", entre la "civilización y la barbarie"; representando Occidente, con el imperialismo y Estados Unidos a la cabeza, la "civilización y el bien absoluto", y todos quienes no lo apoyan la "barbarie y el mal absoluto". El estado americano, que hasta ayer nomás bombardeaba salvaje y masivamente la ex Yugoslavia, que aún diez años después de terminada la guerra del Golfo sigue atacando a Irak, que tiene un largo y triste record de intervenciones armadas en todas partes del mundo, que conserva la exclusividad de haber sido el único estado que utilizó la bomba atómica contra poblaciones civiles, que ha armado hasta los dientes guerrillas contrarrevolucionarias y promovido golpes de estado contra todo régimen que no fuera de su agrado, que ha arrasado un país como Vietnam hasta la devastación más absoluta, se presenta ahora como defensor de la "justicia, la libertad y la civilización". Sólo con el bloqueo a Irak se calcula -según la ONU- que murieron 1.000.000 de niños a causa de desnutrición y falta de medicamentos, y otros varios millones tendrán secuelas por estos motivos durante el resto de sus vidas. Sin embargo, según los parámetros de "moralidad" de Washington y de los gobiernos y  grandes medios que lo están apoyando, éste fue un acto de la "civilización", contra "los bárbaros", porque en última instancia las poblaciones hambreadas y bombardeadas son "de segunda", "naturalmente" culpables y merecedores de castigos sin fin. Para ellas no hay duelos oficiales ni defensa de los "derechos humanos".

     Destaquemos también que los principales estados que integran el coro de cínicos defensores de los derechos humanos ultrajados no tienen mejor record: Inglaterra, Francia, Italia han cometido las peores atrocidades no sólo en Asia y Africa, sino también contra las mismas poblaciones europeas y han acompañado y apoyado la mayoría de las intervenciones de Estados Unidos de América en los últimos años. Por otra parte, todos estos apóstoles de la paz y de la concordia universal han apoyado sin reservas a Israel, estado que se ha levantado a partir de una actividad terrorista sistemática -destinada a expulsar a los árabes de sus territorios-, actividad que no ha dejado de perfeccionar y profundizar en las décadas transcurridas desde su fundación. Para millones de refugiados, de seres humanos condenados a vivir en campamentos, sin posibilidades de trabajo ni futuro, y según el particular criterio de los Bush y los Blair, tampoco hay derechos humanos. Sí los hay para el estado de Israel, que legaliza la tortura y mantiene un régimen policial-terrorista en los territorios ocupados, que convierte a los árabes en extranjeros en sus propios territorios y apunta a expulsarlos definitivamente.

 

Lucha "contra el terrorismo" y aumento de la represión

 

     La primera consecuencia visible de esta cínica campaña en defensa de la "libertad y  los derechos humanos", y "contra el terrorismo" es que legitima el fortalecimiento de un régimen globalizado policial y represivo. Es que todo elemento crítico, todo luchador contra la explotación o la opresión es pasible de ser caracterizado como "terrorista" y perseguido como tal. Es bueno traer a la memoria que el gobierno argentino no vaciló en calificar de "terrorista" a los piqueteros; y que también en este país fueron "terroristas" los miles y miles de activistas y militantes desaparecidos bajo al dictadura militar. El mote de "terrorista" es conveniente para poner en primer término el elemento represivo y policial en las políticas de los estados -con Washington a la cabeza- frente a cada protesta social o desorden público cuyas raíces no son otras que las terribles condiciones socioeconómicas en que viven los pueblos. Utilizando el pretexto del atentado, se aboga por todos lados en favor de intensificar la represión contra todo elemento disidente, interno o externo. Todos los espacios de libertades democráticas burguesas amenazan ser cercenados: el derecho de reunión, de información, de peticionar, de manifestar. En Estados Unidos estas limitaciones apuntarán en primer lugar contra toda las voces críticas; por ejemplo, contra aquellos que ya han comenzado a reunirse en organizaciones por los derechos civiles para formar una Coalición en Defensa de la Libertad y contra la guerra. Hay que recordar al respecto la importancia que tuvieron movimientos similares durante la guerra de Vietnam para debilitar la política del imperialismo.

     Pero no se trata sólo de aumentar la vigilancia por cámaras de video, de extender y legalizar las escuchas telefónicas, la intercepción de correspondencia y de los correos electrónicos, de imponer mayores restricciones al movimiento de personas a lo largo de fronteras, sino de legitimar la utilización de los métodos propios de las dictaduras a nivel planetario. Por eso el vicepresidente de Estados Unidos planteó que la CIA debería tener carta blanca para utilizar "métodos sucios en la próxima guerra sucia"; otros altos funcionarios, legisladores y asesores pregonan la contratación libre de violadores de derechos humanos y actuar si restricciones de ningún tipo. Se puede argumentar, y con razón, que los Estados imperialistas -y sus servicios de inteligencia y fuerzas armadas en particular- nunca dejaron de actuar de esta manera, y concluir que nada cambia en sustancia. Pero lo importante es destacar el giro que se está operando, el apoyo abierto que se está buscando para esta política al blanquearla frente a la opinión pública, porque apunta a intensificarla cualitativamente.

     Este giro tiene su correlato en Argentina; Ruckauf redobló su apuesta a favor de un estado más represivo, López Murphy y otros piden más presupuesto para seguridad y desde el Gobierno y el Senado se proponen programas de reestructuración y reforzamiento de la inteligencia interior y control de fronteras por las fuerzas armadas.

     Por otra parte, la agitación sobre el terrorismo ayuda a desviar la atención de los explotados de las causas económicas, sociales y políticas de los males que padecen (en lugar de trabajo, educación, salud, salarios, se demanda a los gobiernos "seguridad"); legitima la colaboración represiva entre los estados y las intervenciones exteriores de tipo policial-represivo (borrando en buena medida los límites entre la intervención interna y externa); y proporciona un elemento de cohesión para las políticas imperiales y de justificación para los gobiernos que las apoyan.  

 

Estrategia imperialista y giro militar

 

     Desde la caída de la URSS el imperialismo ha intentado justificar el mantenimiento de un fuerte aparato militar e intervencionista a lo largo del mundo. El discurso sobre "el fin de la historia" y la entrada en el reino universal de la armonía del mercado y la democracia burguesa, formulado inmediatamente después de la caída del Muro de Berlín, rápidamente dio paso a las tesis sobre "la lucha entre las civilizaciones", con la que pretendieron justificar las intervenciones armadas contra Irak, el hostigamiento a Irán, los bombardeos a Sudan y Libia. Se trata de inculcar en la opinión pública la idea de que los desórdenes en el mundo no se deben a la explotación o a las opresiones nacionales y que los conflictos no son entre clases sociales, o por la marginación y pauperización de las masas, sino son conflictos entre "culturas" o "civilizaciones" básicamente incompatibles (siendo la occidental, por supuesto, "la verdadera" civilización). Es una concepción que alienta la xenofobia y el nacionalismo e impulsa a rechazar a lo "extranjero" y a lo diferente; que infunde a las intervenciones militares imperialistas contra los regímenes "parias" de una coloración de "cruzada"; que tiene connotaciones claramente racistas, desde el momento que "lo árabe" se confunde con la maldad y la barbarie; y que en última instancia también es funcional a los movimientos nacionalistas más reaccionarios en todo el planeta.

      Este discurso, que estaba siendo alentado por los centros ideológicos del imperialismo (profesores del establishment universitario, grandes diarios, fundaciones privadas, etc.), ha recibido un nuevo impulso a partir del 11 de septiembre y ha sido adoptado por importantes medios de prensa y "formadores de opinión" locales. Combinado con la idea del combate con el terrorismo, pasa a ser una bandera bajo la cual se desplegará el intervencionismo militar imperialista.

     En este respecto es importante tener en cuenta que la tendencia a intensificar el rol de policía del mundo de Washington estaba presente antes del ataque a las Torres Gemelas. Una prueba es que luego de una pequeña baja al terminar la Guerra del Golfo, el presupuesto militar de Estados Unidos ha venido creciendo de manera constante, llegando a fines de los noventa a los picos que había alcanzado a comienzos de la década. Un gasto en defensa equiparable a la suma de los realizados por China, Rusia, Inglaterra y Alemania, que no sólo apuntaba a los llamados "estados parias", sino también a impedir a largo plazo la emergencia de cualquier poder estatal que pudiera cuestionar la hegemonía de Estados Unidos en los centros vitales del planeta. De ahí también el renacimiento, en los últimos tiempos, del proyecto llamado "guerra de las galaxias", las nuevas hipótesis de conflicto a largo plazo que estaba elaborando el Pentágono, que visualizaban a China o Rusia como potenciales enemigos. Así, ya desde el gobierno de Clinton se viene preconizando la necesidad de aumentar de nuevo el presupuesto militar, a fin de preservar la superioridad militar de EE.UU. sobre todos sus adversarios posibles, actuales o futuros. Se insistía en la modernización de los equipos y en el mejoramiento de la capacidad de desplegar fuerzas en escenarios lejanos. De ahí planes que se manejaban en el Pentágono y el Senado norteamericano de aumentar navíos de guerra, submarinos de ataque y portaviones; de mejorar el transporte de larga distancia de tropas, garantizar la superioridad americana en materia de información, comunicaciones, inteligencia; extender la infraestructura militar al espacio. Pero esta estrategia no estaba del todo aceptada; la retórica de la lucha contra los "estados parias" había caído en un progresivo descrédito, con Irak desmantelado, Irán virando hacia la moderación y Corea del Norte hambreada. Nadie podía ocultar que las armas de que disponen estos estados "parias" son anticuadas. Sin embargo, a partir del 11 de septiembre la bandera del imperio en combate vuelve a legitimarse -aunque tal vez se reformulen algunas hipótesis de conflictos estratégicos- con amplio consenso de la población. Casi inmediatamente después del ataque el Gobierno de Estados Unidos aumentó en 40.000 millones los gastos para el sector bélico, llamó a 65.000 reservistas, y desplegó un enorme aparato militar a lo largo del mundo. Se puede decir que la caída de las Torres Gemelas está cumpliendo el rol que cumplió Pearl Harbour para conseguir el apoyo público a la intervención norteamericana en la Segunda Guerra mundial (y hoy existen bastantes pruebas que inducen a pensar que entonces el Gobierno sabía del ataque japonés y no hizo nada por impedirlo).

     Por otra parte Estados Unidos trata de alinear detrás de él una amplia coalición de potencias y de países dependientes. De manera brutal Bush lo expresó al decir que "se está con nosotros o con el terrorismo". Una presión que se intensifica en la medida en que asoman otros peligros, como el debilitamiento de la economía norteamericana -y del dólar frente al euro. La resistencia sorda que están ofreciendo varios países europeos a este alineamiento sin fisuras que exige Washington posiblemente sea fuente de algunas importantes contradicciones interimperialistas. Sin embargo, es un dato a tener en cuenta que Estados Unidos ha logrado el aval de Rusia para las operaciones en Asia Central, y el acuerdo para la acción unificada de la OTAN.

 

Dos zonas vitales para el imperialismo

 

     En este marco merece especial atención la partida que está jugando el imperialismo en Asia Central, el rol que juegan Afganistán y Pakistán en ello, junto a los objetivos permanentes de Washington en el Golfo y Medio Oriente. Es que la amplia franja que va desde las costas del Mar Negro hasta China, en especial las áreas que rodean al Caspio, han sido objeto de una tan intensa como sorda disputa por parte de grandes empresas imperialistas y sus estados a partir de su "liberación" del dominio soviético. Se considera que estas tierras contienen inmensas reservas petrolíferas y gasíferas, en cantidades equiparables a las de Medio Oriente. Está en disputa entonces quién logrará la hegemonía en la zona y también por dónde pasarán los gasoductos y oleoductos que transportarán esas riquezas hasta los mares abiertos.

     Fue precisamente esta última cuestión la que movió a Estados Unidos a apoyar la llegada de los talibanes al poder en 1996. Por eso, inmediatamente de instalados los talibanes en Kabul, el departamento de Estado calificó de "positiva" la victoria talibán y anunció el envío de una delegación oficial a Kabul. Más significativo aún, se sabe que las empresas petroleras americanas apoyaron económicamente a los talibanes y aplaudieron su avance en 1996. Por ese entonces Washington se preocupaba bien poco por los derechos humanos en Afganistán, por la situación de sus mujeres y las libertades democráticas o por la vida de los opositores al régimen que eran asesinados por los talibanes. Es que su objetivo era abrir un corredor hacia Asia Central a través de Afganistán, por donde  pasarían los gasoductos y oleoductos que conectarían los yacimientos de Turkmenistán con los puertos ubicados en Pakistán. Estados Unidos tenía sumo interés en privar a Irán de esta salida, en el marco de su política de "doble contención" -a Irán e Irak- en el Golfo. Por otra parte, debilitaba la influencia de Rusia en Asia Central (otra candidata a la salida de los oleoductos y gasoductos [1]) y de los capitales petroleros europeos (particularmente franceses); y empezaba a poner frenos a la expansión de China hacia el oeste, también interesada en asegurarse vías de aprovisionamiento en el Golfo y Asia Central. El posterior giro de los talibanes a posiciones anti estadounidenses abortó la jugada de Washington,  pero lo importante es recordar -en medio propaganda sobre el carácter "humanitario" y "democrático" de la nueva guerra que va a desatar el imperialismo contra la población afgana- los intereses materiales concretos que están detrás de muchos de estos discursos. En principio, el consentimiento de Pakistán para que se utilice su territorio, los acuerdos con los disidentes afganos al régimen talibán y las negociaciones con los regímenes de Asia Central (interesados en debilitar sus disidencias internas alimentadas por los talibanes) son todos factores que apuntalan la reaserción de influencia de Estados Unidos sobre una zona que es altamente conflictiva y en la que tiene intereses vitales.

     Paralelamente se agita el "combate al terrorismo" para profundizar el hostigamiento hacia Irak e Irán; lo que encaja en el objetivo permanente de Washington, de impedir el surgimiento de cualquier país hegemónico en el Golfo.

     Más en general, hay que tener presente que en toda la zona Estados Unidos presiona para alinear a los gobiernos detrás de su estrategia, alentando a los regímenes más reaccionarios sin la más mínima consideración por los famosos "derechos humanos". Así, no sólo apoya al estado terrorista de Israel, sino también es un sólido aliado de Arabia Saudita, un régimen donde la charia cuenta como la ley fundamental; donde gobierna una familia de manera completamente totalitaria, que apoya los movimientos más reaccionarios, y donde es extrema la opresión de la mujer.

     Es necesario oponerse con todas las fuerzas a la nueva agresión del imperialismo -al momento de escribir estas líneas los ataques parecen inminentes- no sólo porque serán fuente de sufrimientos infinitos para millones de seres humanos, sino también porque terminarán fortaleciendo regímenes reaccionarios y profundizando el atraso y la miseria.

 

Refuerzo de la xenofobia y el nacionalismo

 

     Una de las consecuencias más nefastas que ha tenido el 11 de septiembre ha sido el reforzamiento de la xenofobia, el nacionalismo, el racismo. En muchos lugares, en especial en Estados Unidos, se han registrado ataques contra las comunidades musulmanas o simplemente contra los árabes; también se intensificó la discriminación -extendida a los extranjeros- en América y Europa. Si bien anecdótico, la venta de banderas norteamericanas está demostrando una profundización del nacionalismo, con todo lo que ello implica desde el punto de vista ideológico y político. La idea que está en juego el choque entre "yanquis y sus amigos", por un lado, y "los pueblos por el otro", tomados cada uno en su totalidad, conlleva la noción que los conflictos deben resolverse en términos de enfrentamientos nacionales -esto es, de trabajadores contra trabajadores- y no en términos de clases -esto es, de explotados contra explotadores y sus estados.

 

La naturaleza de los movimientos islámicos

 

     En algunos sectores de la izquierda circula la tesis que dice que los ataques a las Torres Gemelas y al Pentágono son progresivos porque han sido hechos por movimientos -o estados- enfrentados al imperialismo. Se sostiene que todo lo que enfrente a los Estados Unidos debe ser apoyado, y que éste es el caso; aunque nadie tenga muy en claro quién los haya ejecutado ni las políticas que sustentan estas organizaciones. Recordemos que con razones similares algunos partidos de izquierda pasaron por alto las matanzas de los kosovares y de los kurdos y se alinearon detrás del gobierno serbio de Milosevic y con el régimen de Saddam Hussein. Se trata de un antiimperialismo "a cualquier precio" que nos parece altamente perjudicial para la causa de los trabajadores, y que en el caso del ataque del 11 de septiembre incluso encuentra menos justificativo.

     En primer lugar, es necesario insistir en que en este último caso, salvo la idea del ataque "al imperio global del consumismo y el dinero" -sintetizadas en las Torres Gemelas- y al poder militar imperialista -el Pentágono- ni siquiera está claro cuál es el programa y el proyecto más general que lo enmarca. ¿Se reivindica un proyecto de sociedad talibán, un régimen como el iraquí, un programa como el del Frente Islámico de Salvación argelino? ¿Qué clase de perspectiva es ésta que ni siquiera es explicitada y defendida abiertamente ante las masas explotadas y oprimidas del mundo? Los movimientos guerrilleros ligados a causas nacionales con reivindicaciones territoriales concretas, o los grupos armados de los setenta, para mencionar algunos ejemplos, enmarcaban sus acciones en programas y propuestas sociales y políticas. Podía acordarse o no con sus tácticas, pero la discusión política y programática estaba clara. En el caso que nos ocupa esto no puede hacerse, en especial porque es prácticamente imposible darle algún sentido político a la destrucción de Manhattan, con su extensa lista de víctimas, entre las que hay innumerables trabajadores y gente de todas nacionalidades.

     En cierto sentido esto recuerda la masacre de 85 turistas europeos en 1985 en Luxor, Egipto, realizada por un grupo islámico, la Jihad -que, significativamente, hoy integra la organización de Bin Laden. El resultado fue que obtuvo el repudio general de los propios egipcios, y no lo defendieron ni siquiera los movimientos que decían compartir sus objetivos islámicos.

      En segundo lugar, la historia de muchos de estos grupos está plagada de virajes a favor o en contra de las potencias extranjeras y/o los estados de la región. La historia de los talibanes, que por estos días fue explicada muchas veces en la TV -fueron armados y entrenados por Estados Unidos y apoyados por Arabia Saudita para enfrentar la ocupación soviética de Afganistán en los ochenta- y la de Bin Laden -encargado del reclutamiento de tropas para esa guerra- se repite con otros movimientos similares. A igual que sucedió con los talibanes, muchos de ellos fueron funcionales al imperialismo durante la Guerra Fría y para debilitar regímenes nacionalistas en diversas zonas de Medio Oriente y el norte de África. Pero no pudiendo ser asimilados luego por los regímenes existentes, carentes de un programa superador del atraso o crítico con respecto a sus propias clases dominantes, expresando muchas veces a sectores marginalizados y extremadamente empobrecidos, terminan adquiriendo una dinámica propia, enfrentados a las burguesías de la zona y al imperialismo. Un caso paradigmático son los Hermanos Musulmanes, de Egipto, un movimiento que fue alentado en sus orígenes por la CIA dado su carácter anticomunista y contrario al nacionalismo que por entonces desplegaba Nasser (líder del nacionalismo panárabe). Luego de la desaparición de éste, los Hermanos Musulmanes fueron manipulados por Sadat, también para enfrentar a la izquierda; pero terminaron virando en redondo hacia posiciones nacionalistas y antiestadounidenses, y asesinando al propio Sadat en 1981. Significativamente, quien sería hoy el segundo de Bin Laden, el egipcio Ayman al Zawahiri, proviene de este movimiento.  

     Organizaciones similares fueron alentados por Estados Unidos y Arabia Saudita para enfrentar a la izquierda en diferentes partes de Medio Oriente. Algunos grupos también estuvieron en la ex Yugoslavia, donde cometieron toda clase de abusos contra poblaciones.

Ninguno de ellos levanta hoy un programa superador del atraso y estancamiento; todos están muy lejos de los programas que plantearon los regímenes nacionalistas "tercermundistas" en los cincuenta y sesenta -años en que las masas miraban esperanzadas a Argelia y Egipto, en que Cuba y Guevara eran tomados como ejemplos a seguir. Estos movimientos en su momento desplegaron programas de desarrollo, intentando industrializar de manera independiente los países atrasados, apelando incluso a programas dirigistas y enfrentando los prejuicios ancestrales y reaccionarios. Se puede criticar muchos de estos proyectos por sus carencias, pero desde todo punto de vista eran progresivos frente a lo que vino después. El fracaso de los desarrollos nacional estatistas, junto a la caída del bloque soviético, y el despliegue del capitalismo globalizado -en el marco del desprestigio de las ideas socialistas- empujó a sectores de las clases dominantes de los países árabes a combinar la reivindicación nacional -en especial la palestina- con la consigna de la "vuelta al Corán", como salida a los males.

     De esta manera, se levantan las banderas de la xenofobia, el aislamiento, la aplicación de la ley coránica y el sometimiento de la mujer; y se reivindican regímenes como el de Sudán o Afganistán,  que están dirigidos por elementos desprendidos de las propias clases dominantes de la región. Al margen que tenga el apoyo de amplios sectores de estas poblaciones, se trata de un antiimperialismo que no tiene nada de progresivo; es una reacción a la globalización capitalista que no ofrece salidas favorables a las masas (algo sobre lo que deberían tomar nota muchos grupos de izquierda que los aplauden). Y que además, en cualquier momento pueden virar hacia alguna de las grandes potencias que están implicadas en el juego de influencias en Asia y Africa, como ya lo hicieron en el pasado.

Es por lo tanto imperioso para la izquierda condenar los ataques de las potencias imperiales sobre estos países (al momento de escribir este artículo están a punto de comenzar), y combatir la política imperialista de agresión de estos pueblos, sin por ello comprometer el más mínimo apoyo político a regímenes como el iraní, al sudanés  o el talibán

 

Por una posición independiente

 

     Desde las tribunas del imperialismo y de las burguesías alineadas con sus políticas se presiona a la población para tomar partido por su causa. Es imperioso que los marxistas luchemos contra esta corriente de nacionalismo imperialista y xenofobia, por parar la mano de la agresión, por detener la masacre de miles y miles de trabajadores, de campesinos, de hombres y mujeres de las zonas que están siendo elegidas como blancos de la OTAN.

Pero al mismo tiempo es necesario explicar el carácter y las consecuencias de las acciones del 11 de septiembre. Debe evitarse la falsa dicotomía que vuelven a plantear muchos compañeros de la izquierda, que dicen que si criticamos políticamente los ataques nos ubicamos "objetivamente" en el campo del imperialismo.

     Nos negamos terminantemente a aceptar esta supuesta opción "de hierro". A los que así razonan les queremos recordar que con similares argumentos durante años se silenciaron las críticas a las aberraciones que cometían el stalinismo y tantos regímenes nacionalistas "izquierdistas". Intervenciones militares "en defensa del campo socialista" en Berlín, Checoslovaquia, Polonia; campos de concentración por doquier; detención y persecución sistemática de opositores: todo era justificado en aras "de la unidad frente al imperialismo". Quien criticaba "objetivamente" se ubicaba en "la otra trinchera". Incluso hubo quienes trataron de justificar las masacres de los khmers rojos de Camboya, porque iniciada esta lógica de razonamiento ¿cuál es el límite? ¿dónde nos paramos?

     Más aún, existe un aspecto de la cuestión de los ataques que hace referencia al tema humano. La destrucción de las Torres Gemelas llevó a la muerte a centenares de trabajadores, de víctimas de la explotación capitalista. Alguien puede argumentar que, después de todo, los imperialistas también bombardean poblaciones civiles. Pero ... ¿debemos colocarnos los revolucionarios al nivel de la barbarie imperialista? De nuevo, la pregunta que se  impone es ¿adónde nos lleva esta lógica? Si el enemigo tortura, ¿los revolucionarios vamos a emplear la tortura cuando tengamos el poder? Si los enemigos son los "yanquis", en general, ¿habría que apoyar una guerra bacteriológica contra la población? Incluso las organizaciones armadas latinoamericanas, para tomar un punto de referencia, que actuaron en los setenta, además de enmarcar sus acciones en programas y propuestas, tenían principios de ética revolucionaria que marcaban muy precisamente los límites del accionar armado: no se torturaba, no se asesinaba a mansalva y se procuraba siempre de minimizar las bajas propias y las del enemigo; quien, por el contrario, torturaba y secuestraba y asesinaba a mansalva.

     Por supuesto, no somos pacifistas; sabemos que la revolución es un acto de violencia, y que ésta siempre fue "la partera de la historia". Los explotadores no dejarán la escena histórica "por las buenas"; Chile e Indonesia, para mencionar sólo dos casos paradigmáticos, atestiguan la verdad de lo que afirmamos. La idea de lucha revolucionaria, de pelea intransigente contra la barbarie capitalista, debe ser conservada y explicada entre la vanguardia, máxime en estos períodos de confusión ideológica y reacción en todas las líneas. No alentamos la más mínima ilusión en la transformación constitucional de este régimen mundial de opresión y explotación. Sin embargo, nuestro proyecto socialista no puede levantarse sobre montañas de cadáveres. Con toda razón Marx ha dicho que la clase obrera, que "representa la pérdida total de la humanidad ... solo puede recuperarse recuperando plenamente lo humano". En tanto los socialistas no critiquen clara y tajantemente acciones como las del 11 de septiembre, en tanto sigan concediendo y justificando "en aras de la unidad antiimperialista", no sólo se seguirá debilitando y postergando la recuperación de una conciencia socialista -imprescindible para enfrentar con éxito el ataque globalizado del capital- sino también se debilitará la lucha contra el imperialismo y por la liberación de los pueblos sometidos -Palestina, Irlanda- a la que quieren contribuir.

 

A modo de resumen

 

     El ataque del 11 de septiembre ha tenido efectos muy regresivos desde el punto de vista de la conciencia de lucha contra el imperialismo y de la organización de los explotados. Ha favorecido la intoxicación nacionalista y xenófoba entre los grandes proletariados del mundo, particularmente en Estados Unidos; ha ayudado al imperialismo a legitimar su política frente a las masas. Ha aumentado la confusión en las masas, al punto que ni siquiera está claro el programa que enmarca los atentados.

     A partir de esto, el imperialismo y los medios burgueses han lanzado una cínica campaña de "lucha contra el terrorismo" y "por la salvación de la civilización", que apunta a militarizar y profundizar la represión contra las masas. Y prepara ataques masivos e inminentes, que reaseguren su influencia sobre las amplias zonas conflictivas, vitales para los abastecimientos energéticos. Miles y miles de seres humanos están a punto de ser asesinados en una nueva agresión imperialista. Es necesario oponerse con todas las fuerzas a este curso, explicando y enfrentando la ola reaccionaria. Sin dejar por ello de tomar distancia crítica con respecto al atentado y las fuerzas que puedan estar detrás del mismo.  

 

 

                                             

 

 

 

 

 



[1] En 1997 Caspar Weinberger, ex ministro de defensa de Reagan, decía: "Si Moscú logra dominar el Caspio, esta victoria podría ser más importante que la ampliación de la OTAN para Occidente" (Le Monde Diplomatique, octubre 1997).