Apuntes críticos al Documento para el Congreso de la CTA

 En diciembre del 2002 se llevará a cabo el IV congreso de la CTA (Central de Trabajadores Argentinos). Como preparatorio del mismo, está circulando un documento que plantea los ejes de discusión[1].

La CTA toda, a lo largo y ancho del país, ha venido haciendo una experiencia de lucha gremial, social, política y cultural a través de diferentes formatos multisec­toriales. Un ejercicio de alianzas basado, primordialmente, en la unidad de clase y, además, en la unidad de acción con otros sectores confrontados al modelo neoliberal. En tal sentido, no sólo se respondió a las resoluciones de nuestro 2º Congreso, sino que en virtud del carácter de la crisis capitalista global con sus particularidades en  nuestro  país, se ha intentado avanzar -y no pocas veces se ha logrado- hacia una construcción político-social que sea capaz de confrontar las políticas del bloque dominante y la lógica de dominación de dicho bloque. La CTA -según lo recono­cemos- está dando pasos que, sin obviar contradicciones al interior de sí misma y del campo del pueblo, procuran vertebrar una unidad de masas movilizadas en la práctica y en la creación teórica, en la perspectiva de plantearse y desarrollar una nueva sociedad

     El eje que atraviesa el documento, entonces,  es la construcción de un movi­miento político–social[2]. El significado y el sentido del Congreso es profundizar en la necesidad de construir este movimiento.

     En principio, nos parece correcto que sec­tores de la vanguardia obrera, activistas, delegados y dirigentes sindicales discutan sobre qué alternativa política general nece­sitamos los trabajadores, y se den las formas organizativas necesarias para esto. Pero se debería aclarar el carácter de la participación de los delegados en esta discusión. No es lo mismo si lo hacen en tanto delegados y repre­sentantes de sus bases, o a título individual, como militantes y activistas de la CTA. Es que una u otra posibilidad marcan la diferencia en torno a la representatividad de las cuestiones que pueda discutir esta vanguardia.

     Por otro lado, este problema no debería llevar a borrar las diferencias que existen entre una organización sindical y un partido o movi­miento político. Es decir, no deberían confun­dirse los planos de construcción diferentes entre la necesidad del desarrollo y crecimiento de una herramienta sindical y la construcción de un instrumento político. En este sentido es que los sindicatos son organismos amplios, de masas,  donde convergen trabajadores de distintas orientaciones políticas. Para asegurar esto, la unidad debe estar dada en relación con los intereses comunes y la necesidad de  defenderlos frente a la patronal.

     Estos intereses se relacionan con la defen­sa del salario y las condiciones generales de trabajo, por eso las políticas planteadas por los sindicatos competen no sólo a sus afi­liados, sino al conjunto de los trabajadores del sector.

     Convertir a los sindicatos en la base de un movimiento político, aunque no sea electoral, cercena la amplitud que caracteriza a los mis­mos, y necesariamente dejará de lado a aque­llos que no estén de acuerdo con las orienta­ciones políticas de la Central.

     Tendríamos, entonces, dos planos de dis­cusión: por un lado, la discusión sindical dentro de la CTA, por otro, la discusión que encaran los activistas, delegados y dirigentes sindicales de esta central,  que además de una central de trabajadores y sindicatos, quieren confor­mar un movimiento político. De conformarse, el MPS debería actuar como una corriente particular en la central sindical. De otra ma­nera, si desde la conducción nacional se iden­tificara a la organización sindical con el movimiento político, se borrarían las diferen­cias entre ambas, liquidándose directamente a la central como organización sindical.

     Más allá de que se lo nombre como MPS,  de lo que se habla es de una organización que defienda y proponga un proyecto político de carácter general (un “nuevo proyecto histórico”) para el conjunto de la sociedad, y esto es la formación de un partido político. Diferente es un sindicato, que es una orga­nización que defiende los intereses particu­lares e inmediatos del grupo al que representa. Por eso, la CTA debería abocarse a la discu­sión sobre la mejor forma de defender los intereses de los trabajadores en esta etapa más que a la elaboración de un proyecto polí­tico global.

     Ahora bien, además del problema de la transformación de la CTA de instrumento corporativo en espacio de construcción de un proyecto político, encontramos otros pro­blemas vinculados a éste, pero que merecen tratamiento aparte.

¿Una Central de Trabajadores?

Siguiendo la argumentación del punto anterior, lo primero que llama poderosamente la atención, es que, siendo un documento precongresal de una Central sindical, no aparezcan referencias concretas a la situación de los trabajadores que la conforman. No se analiza, en primer lugar, la situación objetiva de la Central, en lo que respecta a su fuerza y extensión. Hay que señalar al respecto que la CTA es minoritaria al interior del movimiento obrero, ya que nuclea principal y mayoritariamente a gremios estatales y a desocupados (incluso dentro de estatales nacionales es minoritaria en muchos sectores frente a UPCN).Tampoco se analizan las dificultades para ganar a otras fracciones del movimiento obrero.

      En segundo lugar, no se hace balance de las luchas llevadas adelante por los principales sindicatos soportes de la organización: esta­tales y docentes.

     Esto cobra aún más importancia si consi­deramos que son estos sectores, junto a los desocupados (una parte de ellos organizados en la central con la FTV), los que han llevado adelante las luchas más importantes en los últimos tiempos, en parte porque en los primeros el peso del temor a la desocupación es menor que en los trabajadores del sector privado, y los segundos por no tener nada que perder excepto el hambre.

     Esto no es casual, ya que la conducción de la Asociación de trabajadores del Estado (columna vertebral de la CTA), se ha negado sistemáticamente a realizar un balance de los resultados de la lucha contra la rebaja salarial y el poder de convocatoria del sindicato en ese sentido.

      Sólo se engloba esta lucha  en la gene­ralidad de las movilizaciones contra la ley de déficit cero, sin un análisis particularizado de las mismas.

     Lo mismo cabe para el sector docente: allí, no sólo no se ha podido revertir la rebaja sala­rial y el pago con bonos de una parte de su sa­lario, sino que se han perdido conquistas históricas incluidas en el Estatuto Docente. La gran huelga del mes de agosto del 2001, al momento de ser levantada por la dirigencia del sindicato, de hecho se encontraba “levan­tada” por sectores de base que lentamente volvían al trabajo. (La huelga convocada para inicios de clases de 2002 fracasó en los grandes distritos, en especial Buenos Aires). Nada de esto es digno de mención en el documento citado.

     En nuestra opinión es muy importante partir de un balance de las luchas para evaluar objetivamente dónde estamos parados. Esto es muy necesario porque existe desorien­tación en amplios sectores del activismo y delegados, que han sido educados durante años en un discurso exitista, con respecto a las luchas, por parte de la dirección del sindi­cato -y también por las organizaciones obreras de izquierda-; discurso que no conecta con la realidad que se está viviendo en los lugares de trabajo. Hay que reconocer abiertamente que las luchas ocurridas, sobre las que la di­rección de CTA elude el balance, nos mues­tran la situación de retroceso en que se encuentran los trabajadores, lo que no logra ocultarse diluyendo estas luchas en un análisis general, planteando que por primera vez desde la dictadura militar del ’76, existen hoy organizaciones sociales y niveles de movili­zación en todos los terrenos que están por fuera de las estructuras de poder económico y político tradicional.

     Se resalta el “no control” de la protesta por parte de las organizaciones del sistema, pasando por alto que las practicas llevadas adelante por muchas organizaciones de desocupados, reproducen el clientelismo y las formas políticas que, ellos dicen, fueron superadas.

     Si analizamos la estructura del movimiento de desocupados organizados por la Central, vemos reproducidas en ellos las prácticas de los “punteros” políticos del PJ. Por otra parte, estas organizaciones son financiadas por el Estado, a través de los Planes Jefas y Jefes de Familia[3].

     Esta posición no contempla, además, que el “control” de la burguesía existe, y se traduce a nivel ideológico.

     Además, se desconoce y pasa por alto que los trabajadores ocupados siguen bajo la órbita de las “viejas y repudiadas organiza­ciones sindicales”, y que en este sentido el  descreimiento en la dirección sindical no es sinónimo de superación. Se pasa por alto que la CTA es claramente minoritaria dentro de los trabajadores. En consecuencia, tampoco se plantea política en este sentido: de convocatoria abierta a los trabajadores a auto organizarse en oposición a las viejas direc­ciones sindicales que la misma CTA ha calificado alguna vez de “empresariales”. El documento no da cuenta acerca de si la Central se ha planteado este problema. Y si el balance de lo hecho hasta aquí es positivo o negativo. Por tanto, no se puede dejar de observar que estas “viejas organizaciones sindicales”, corruptas, patronales, y con todos los vicios que se les quiera endilgar, siguen siendo los interlocutores válidos entre un sector considerable de los trabajadores por un lado, y el gobierno y los empresarios, por otro. Y esto es así, no sólo por los acuerdos espurios que existen entre la CGT y el go­bierno, sino porque, a pesar de la crisis, aún cumplen un rol en la canalización institucional de los intereses inmediatos de una gran parte de los trabajadores y en sus luchas, y expresan ideológicamente a muchos de ellos.

     Será difícil que la CTA como organización sindical gane a trabajadores que hoy se sienten expresados en otras centrales sindicales si no levanta las reivindicaciones del conjunto de los trabajadores. Un programa que levante las reivindicaciones de todos los trabajadores, y no sólo los intereses políticos de una fracción es lo que puede generar me­jores condiciones para el desarrollo de la CTA como central de organizaciones sindicales.

Empresa versus espacio territorial

Hay un punto importante, que cruza a buena parte de los fundamentos políticos planteados por la CTA, y que tiene que ver con la visua­lización de un desplazamiento de la centra­lidad de la lucha de clases desde el  interior de las fábricas o empresas hacia los barrios.

     En este sentido, se plantea en el documento que:

 

       (...) Para ser más precisos, en un contexto donde la ofensiva del capital ha transformado a la empresa en un espacio hostil para la organización del trabajo (dada la extendida desocu­pación, la flexibilización laboral vigente, la existencia de múltiples formas de contratación y la amenaza permanente del despido), el territorio es el espacio natural a ocupar y liberar para una nueva unidad política (...)[4]

 

     En este sentido, creemos que el punto nodal, el dominante y determinante, sigue siendo el lugar de producción (y con su anexo, la distribución). Lugar que, vale la pena aclararlo, jamás estuvo bajo el control de los trabajadores. Esto afirma la centralidad de la lucha de clases (esto es, del enfrentamiento entre el capital y el trabajo). Incluso las mejoras en la calidad de vida de la fuerza de trabajo a través de las mejoras en los servicios públicos, no se  pueden desligar de la lucha por imponer mejores relaciones de fuerza globales entre las dos clases fundamentales.

     Debemos decir, que no sólo la centralidad de la relación capital-trabajo se mantiene, sino que se ha extendido.

     Sobre la base de los argumentos del docu­mento, entonces,  del hecho de que la empre­sa se haya convertido en un espacio hostil por los motivos que allí se mencionan, debería de­ducirse un plan de trabajo para tratar de revertir la relación de fuerzas desfavorables justamente allí, en el espacio de producción, donde se enfrentan el capital y el trabajo. Y esto implica no solamente una política para ganar a la clase trabajadora que se encuentra bajo la influencia de otras organizaciones sindicales, sino una política determinada para los miles de trabajadores, en su mayoría jóve­nes, que comienzan a trabajar bajo relaciones laborales nuevas, flexibilizadas, y quienes no tienen la mínima noción de lo que significa la lucha por sus derechos, qué es una asamblea, ni qué significa solidaridad de clase.

Democracia en general

o democracia sindical

El proyecto del MPS que se pretende confor­mar es sumamente ambiguo. Se plantea como una serie de “ideas – consignas” de carácter vago: libertad – democracia – igualdad. Todos sabemos que en el tipo de sociedad en que vivimos estas ideas se concretan en medidas diferentes según quien sea el que las sostiene. El hecho de que se deje estas ideas en un carácter vago y sin mayor especificación implica que la aprobación de este documento dejará las manos libres a la dirigencia de la CTA para establecer cualquier tipo de alianzas en función de los objetivos que “oportuna­mente” se proponga como concreción de las ideas – consignas enunciadas. Difícilmente algún objetivo no puede encuadrarse en alguna de ellas. La única posibilidad de enfren­tarse a esto es desarrollando en forma clara y concisa cuáles serán las reivindicaciones que conformarán el programa de la CTA.

     Por eso, insistimos en que resulta notorio que en el programa (piso mínimo de coinci­dencias: distribución, soberanía y democra­tización)[5] no aparezcan las reivindicaciones concretas de los trabajadores, ni de los gre­mios que conforman la central ni del conjunto del movimiento obrero.

     Más aún teniendo en cuenta que dicho programa se plantea en el marco de una política unitaria entre distintas fuerzas. Huelga decir aquí que, con esto, no cuestionamos la necesidad de establecer alianzas con otras fuerzas, lo que cuestionamos es que estas alianzas se establezcan en base a un objetivo (conscientemente) impreciso como el que aparece en el documento que la conducción de la CTA propone al congreso.

     Finalmente, tal como está planteado, el MPS termina contraponiéndose a la “inde­pendencia sindical”, uno de los pilares de la CTA: si se pretende que por el solo hecho de afiliarse a un sindicato, un trabajador deba adherirse a un proyecto político, el sindicato entonces, no es independiente ni autónomo sino que, por el contrario, es dependiente con respecto a ese proyecto político.

     Se abre, además con esto una puerta al autoritarismo, ya que en lugar de coexistir diversas corrientes políticas al interior del sindicato, sólo existiría una. De esa manera, se coartaría la democracia interna del sin­dicato. Por el contrario, ya que incluso desde el documento se insiste en la necesidad de fortalecer la democracia, entendemos que para que este objetivo se cumpla, deberían presentarse al congreso todas aquellas propuestas que tiendan a asegurar la democracia interna en la CTA y los sindicatos que la componen, a saber: representación de las minorías en la conducción, mayor parti­cipación de los organismos de base en las decisiones, pago voluntario (no compulsivo) de la cuota sindical, por mencionar sólo algunas.

Trabajo reivindicativo o trabajo político

Mucho se ha discutido y escrito a lo largo de la historia, acerca de la relación entre la lucha reivindicativa, sindical, o sectorial, y la lucha política. No es nuestra intención abordar este tema aquí en forma exhaustiva, sino sólo plantear algunas pautas de discusión.

     El documento plantea la necesidad de su­perar los planteos sectoriales o reivindicativos, para colocar la discusión en un punto “supe­rador”. Este punto “superador” estaría mar­cado por la construcción del movimiento polí­tico que englobe los reclamos sectoriales.

     Hay aquí una concepción de reivindicar el quehacer político de los trabajadores, pero  al mismo tiempo, de eliminar  la necesidad de la lucha sindical o reivindicativa.

     Como plantea el documento:

 

Tanto nuestras organizaciones de base, como nuestra propia Central, han sido cultores una y otra vez de prácticas y acciones dirigidas a superar el carácter sectorial o corporativo de las viejas estrategias reivindicativas. No obstante, la etapa actual de colapso absoluto del sistema de representación partidaria, transforma lo que han sido acciones puntuales de presentación de nuestras propuestas como estrategias articuladas con el conjunto de la comunidad en la necesidad de un accionar permanente. Es este accionar el que describe y exige la configuración de un nuevo Movimiento Político-Social que, en la medida en que interpele al conjunto de la sociedad, dote de sentido a la práctica de lucha y al accionar de la Central.

 

Y más adelante:

 

Los dos aspectos mencionados, asociados al colapso de las prácticas políticas tradicionales permiten dar cuenta del segundo punto que entendemos debe considerarse como clave para los desafíos que plantea la situación posterior al 19 de Diciembre. Se trata de la necesidad de recuperar la noción de integralidad que debe caracterizar a la práctica política. No hacerlo, implicaría reproducir los fracasos que hasta el presente han acompañado a distintas estrategias en el movimiento popular. Es decir, estrategias partidarias asociadas a meras intervenciones electorales y disociadas de todo anclaje social concreto, así como organiza­cio­nes sociales que potencian la reivin­dicación y carecen de intervención ins­titucional. En este sentido, recuperar una noción integral de la práctica política, implica ser capaces de entenderla como la tarea de organizar la demanda social y canalizarla institucionalmente para su resolución. Este carácter de integralidad debe también acompañar la construcción del Movimiento Político-Social (subrayado nuestro).

 

     Sin hacer juicio sobre los  propósitos de tal propuesta, creemos que se pasa por alto, una vez más, que la Central está compuesta por sindicatos, los cuales son organismos de lucha reivindicativa por definición. Y la adhesión de los trabajadores a los mismos, y a través de ellos a la Central, se da en tanto y en cuanto los visualizan como organismos “combativos”, honestos y como herramienta de defensa de sus intereses. Eligen a sus delegados, en tanto y en cuanto éstos expresan esa defensa, más que por el proyecto político que éstos repre­sentan. Intentar, a través de este proceso,  transformar esa herramienta en eje de un MPS, sin que esto exprese el deseo genuino de los trabajadores, es, por lo menos, incon­sulto y arbitrario.

     La clase obrera ha tenido una presencia política constante a lo largo de la historia del país, y ha marcado con esa presencia, el proceso político y económico de la Argentina, tal como plantea el documento.

     Esto es lo que ha llevado a sectores como los enrolados en la CTA, a pretender la cons­trucción de un partido (sin siquiera explicitarlo claramente como tal), basándose en el poder de organización y movilización de los traba­jadores estructurados.

     Sueñan, con esto, imitar a movimientos como el PT de Brasil, o el Frente Amplio de Uruguay, sectores “progresistas” organizados a partir de dirigentes sindicales como es el caso de Brasil[6], y con fuertes lazos con la cen­tral obrera, en el caso de Uruguay.

A modo de conclusión

A diferencia de lo que opinan diferentes sectores dentro de la CTA, creemos que la lucha por cuestiones reivindicativas, tienen un rol que cumplir en esta etapa de la lucha de clases. En este sentido, la defensa de las conquistas obreras, la lucha por el salario, por la educación, por la salud, pone límites a la política de los capitalistas en su intento por descargar todo el peso de la crisis sobre los trabajadores.

     Pretender que la tarea central de los sin­dicatos hoy pasa por pelear por una demo­cracia burguesa “participativa” y la cons­trucción de un partido a espaldas de las verdaderas preocupaciones de los traba­jadores es, como mínimo, un engaño a los que buscan con estas herramientas defender sus condiciones de trabajo y de vida.

     Pero esto no niega la necesidad de los trabajadores, de discutir que tipo de herra­mienta política se necesita, sin confundir en este sentido, organización sindical y organi­zación política.

     Por un lado, es primordial y necesario, tanto como urgente, definir una política reivin­dicativa, que parta de defender nuestros derechos, y que articule una estrategia que apunte a revertir la relación de fuerzas desfavorable entre los trabajadores y el capital y su Estado. Esto implica plantearse una política de unidad, sobre la base de un pliego de reivindicaciones, que apunten a recuperar nuestro salario, mejorar nuestras condiciones laborales y de vida. La unidad en la lucha por cuestiones que hacen a la defensa del salario, las condiciones de trabajo y de vida, debe ser el eje articulador en una etapa caracte­rizada por una correlación de fuerzas desfavorable para los trabajadores.

     Por otro lado, la necesidad de comenzar a discutir qué tipo de herramienta política necesitamos los trabajadores, y con qué programa. Y aquí cada corriente política de­berá aportar su opinión. Pero esto no debe invalidar la independencia política de las orga­nizaciones sindicales respecto a todo partido político (sea de derecha o de izquierda) y al Estado.[7]

 

Abril Da Silva



[1] Ver documento “Hacia el IV Congreso. Construir la unidad del campo popular.”

[2] En adelante MPS.

[3] Esto se refleja en la investigación publicada por el diario Clarín en septiembre de este año y en las prácticas concretas de las diferentes organizaciones en que está dividido el movimiento de desocupados, incluidas las de izquierda.

[4] Ver documento citado. Pag. 18. Subrayado nuestro.

[5] Ver documento “Hacia el IV Congreso” , Pág. 22.

[6] habría que aclarar que el proceso brasilero fue diferente: primero se organiza el PT (partido de los trabajadores), y posteriormente la CUT (Central Única de trabajadores).

[7] Resaltamos este aspecto, ya que consideramos que la discusión en un congreso gremial como el que llama la CTA  no debe girar en torno al carácter del partido o movimiento político social a construir (actitud en la que pueden caer sectores de la izquierda). Por la misma razón no realizamos observaciones en cuanto a las caracterizaciones del documento (significado del 19 y 20 de diciembre, por ejemplo).