UN ANÁLISIS CRÍTICO SOBRE LA TESIS DE LAS ONDAS LARGAS

 

En la mayoría de los teóricos de izquierda han dominado dos visiones sobre la situación y dinámica del sistema capitalista. Una de ellas, que podríamos llamar "estancacionista" sostiene que el capitalismo está estancado desde la Gran Depresión -algunos incluso remontan el estancamiento a la Primera Guerra mundial- de manera que cualquier ciclo alcista es interpretado, o bien como una recuperación que no revierte la situación general depresiva, o bien como un hecho localizado que se produce en detrimento del desarrollo de otras partes del planeta (por ejemplo, el crecimiento de los países capitalistas adelantados en la Postguerra tendría como contrapartida el estancamiento de los países subdesarrollados). Esta visión se combina con repetidos pronósticos acerca del "colapso inminente" del sistema capitalista. Cada crisis financiera o industrial da lugar a que se repitan este tipo de pronósticos, siendo el último cuando se conjugaron las crisis asiática, rusa y brasileña en 1997-98 . Así, de manera característica, el dirigente del Partido Obrero de Argentina, Jorge Altamira, sostuvo que la crisis asiática abría la perspectiva cierta de una crisis generalizada del sistema y recomendó a los militantes seguir el desarrollo de la crisis para vivir “en tiempo real el derrumbe capitalista[1]. Hemos criticado esta visión en varias oportunidades, por lo que no hay necesidad de repetir aquí los argumentos; por otra parte, es un hecho que el "derrumbe del capitalismo en tiempo real" no se produjo.

Más interesante es el segundo enfoque que domina en la izquierda. Sostiene que la dinámica del capitalismo está marcada por grandes ciclos de unos 50 años, de los cuales 25, aproximadamente, serían de ascenso del sistema, y 25 de descenso. Estos ciclos, llamados Kondratiev, se habrían repetido con regularidad desde, por lo menos, comienzos del siglo 19. El último se habría iniciado al finalizar la Segunda Guerra mundial; su primera fase de expansión (llamada fase A del Kondratiev) habría culminado a comienzos de los años 70; el capitalismo habría entrado entonces en la fase depresiva de 25 años. Dado que por 1995 se estarían cumpliendo los 25 años de descenso, se plantea la cuestión de si el sistema capitalista ya ha entrado en una nueva fase de desarrollo "dorado", o se continúa -o incluso se profundiza- la fase depresiva (o fase B Kondratiev).

Desde hace varios años hemos estado poniendo en discusión esta visión de la evolución del capitalismo, ya que no vemos que "encaje" con los datos empíricos, por un lado, ni con una explicación teórica coherente. En este artículo quisiéramos retomar esta discusión a partir del examen de la evolución del capitalismo en las últimas décadas y en particular del desarrollo de Estados Unidos en los noventa. Empezaremos examinando algunos aspectos de la tesis de Ernest Mandel sobre los ciclos Kondratiev, por ser el autor marxista que más influencia ejerció en la izquierda sobre esta cuestión. 

 

La tesis de Mandel sobre los ciclos Kondratiev

 

El El capitalismo tardío Mandel reflotó la tesis de Kondratiev sobre los ciclos largos de 50 años, aproximadamente, del capitalismo, articulándola con la tesis de las oscilaciones a largo plazo de la tasa de ganancia del capital y las renovaciones fundamentales de la tecnología productiva o del capital fijo (que implicarían cambios cualitativos en la productividad del trabajo). El primer ciclo Kondratiev se habría extendido entre fines del siglo 18 hasta la crisis de 1847. El segundo arrancaría después de la revolución de 1848 y habría terminado a principios de la década de los noventa del siglo 19. El tercero se habría iniciado en la última década del siglo 19 hasta el fin (para Estados Unidos hasta el comienzo) de la Segunda Guerra. El cuarto habría comenzado en 1940-8, y en los setenta se habría entrado, como ya dijimos, en la segunda fase del ciclo largo. El inicio de esta fase depresiva estaría determinada por el descenso del ritmo de la acumulación desde fines de los sesenta y la primera recesión generalizada de 1974-5.

Más en general, Mandel afirmaba que una fase de ascenso Kondratiev se iniciaba cuando una elevación importante de la tasa de ganancia -que se producía durante la fase depresiva previa- permitía expandir la inversión en nuevas tecnologías e innovaciones. A su vez la expansión tocaba a su fin cuando la tasa de ganancia comenzaba a debilitarse debido al crecimiento tendencial de la composición orgánica del capital. Se abría entonces la fase B Kondratiev, caracterizada por crisis económicas profundas, aumento de la desocupación, destrucción de fuerzas productivas, exacerbación de la tendencia a las guerras y las revoluciones. En esa instancia, lo determinante para que el capitalismo saliera de la crisis eran los factores políticos; esto es, si el sojuzgamiento imperialista de nuevos territorios -como había sucedido a fines del siglo 19- o la derrota de la clase obrera en los países centrales -como sucedió en Europa en las décadas de los veinte y treinta- permitía la recomposición de la tasa de ganancia, el capitalismo experimentaba una nueva expansión, que a su vez desembocaría en una nueva y larga crisis de proporciones mundiales. Por otra parte Mandel estaba convencido de que la dinámica de largo plazo del capitalismo de una creciente contracción geográfica, aun cuando tuviera fases expansivas. Sostenía que en el siglo 20 una vasta zona “fue sustraída del mercado mundial capitalista por la victoria de la revolución en Rusia” y que a partir de entonces había existido una “tendencia secular” hacia una “mayor contracción geográfica de la acumulación del capital” [2]. Afirmaba que las crisis serían cada vez más profundas y que las recuperaciones costarían cada vez más en términos de vidas humanas, guerras y calamidades. Por eso, si la recuperación del capitalismo de la fase depresiva abierta con la Primera Guerra mundial había costado decenas de millones de muertos (las dos guerras mundiales) y la Gran Depresión, la recuperación del capitalismo de la fase contractiva iniciada en los setenta costaría aún más en términos de vidas humanas. En un trabajo posterior Las ondas largas sostuvo que esta crisis sólo podría dar lugar a una recuperación a costa de una guerra mundial con “cientos de millones de muertos”, regímenes nazis generalizados –que practicarían “lobotomías a gran escala”- y catástrofes similares [3]. Si bien en dos capítulos agregados en 1994 (no traducidos al castellano) Mandel matizó estos pronósticos aclarando que no excluía "en principio" la posibilidad de una salida "suave" de la larga depresión, consideró esta probabilidad "no realista". En su opinión, la "larga depresión" continuaba a mediados de los noventa y concluía que "no habrá salida suave -soft landing- de la larga depresión" [4].

 

 

A los efectos de la discusión que haremos luego es importante señalar la evidencia estadística que presentaba Mandel. Correctamente rechazaba los ciclos de precios -en los que se había basado Kondratief para detectar los ciclos- como un indicador confiable de la evolución económica de largo plazo. En su lugar tomó en cuenta las cifras de la producción industrial y del volúmen del comercio mundial (que reflejarían la tendencia de la producción capitalista y el ritmo de expansión del mercado mundial).

Como dijimos antes, esta visión fue compartida por la mayoría de los analistas y escritores de las organizaciones de la izquierda. Incluso los defensores del enfoque estancacionista, que habían criticado a Mandel porque éste había sostenido que el capitalismo se había desarrollado en la posguerra, tendieron a coincidir, de hecho, con su diagnóstico sobre las perspectivas del capitalismo de los setenta y ochenta. "Ahora sí" la crisis era prácticamente sin salida; una guerra con "cientos de millones de muertos" y regímenes políticos practicando "lobotomías a gran escala", hubiera significado el colapso completo de la sociedad capitalista. Otros, sin compartir plenamente la tesis de que hubiera una guerra nuclear en un plazo más o menos mediato, y sin adherir a la teoría de los ciclos Kondratiev, hemos compartido la idea central sobre que una recuperación del sistema capitalista sólo sería posible a costa de la más terrible depresión económica; muy superior a todo lo que había conocido el sistema en el pasado. Sólo así, pensábamos, se darían las condiciones para una recuperación más o menos sostenida e incluso para una nueva extensión geográfica del sistema. De esta manera acordamos con la tesis de que el capitalismo sólo se podría recuperar a costa de colosales e inauditas derrotas del movimiento obrero. En una palabra, de una guerra civil mundial contra la clase trabajadora. Paralelamente las tesis sobre la dependencia, sobre la articulación de modos de producción en el mercado mundial y el bloqueo permanente del desarrollo de las periferias, se combinaban con el enfoque sobre la crisis a largo plazo, para alimentar una visión demasiado optimista acerca de las posibilidades de una rápida superación del sistema capitalista (en particular porque todavía a mediados de los años ochenta muchos apostábamos a las "energías revolucionarias intactas de las masas soviéticas que seguramente liberará el inevitable colapso del stalinismo en un plazo más o menos breve").

 

El crecimiento de la economía capitalista en los últimos 25 años

 

Aunque al momento de escribir El capitalismo tardío Mandel sólo contaba con las cifras de los primeros años de la supuesta fase B Kondratiev, consideró que el descenso en los tasas de crecimiento demostraba inequívocamente la tendencia hacia la depresión. Estos son los datos que presenta Mandel:

Cuadro 1. Crecimiento de la producción industrial de los principales países capitalistas, en porcentajes

 

 

1947-1966

1966-1975

Estados Unidos

5,0 *

1,9

Los seis miembros CEE

8,9

4,6

Japón

9,6

7,9

Gran Bretaña

2,9

2,0

 

(*) Datos para 1940-66.

 

Si bien las cifras para Gran Bretaña y Japón no son definitorias, las de los seis países miembros originales de la CEE y en especial las de Estados Unidos parecían dar un fuerte aval a la tesis de las ondas largas. El que se hubiera producido en 1974-5 la primera recesión sincronizada también respaldaba el planteo. De todas maneras en su libro Mandel no aducía más pruebas empíricas; y se nota la ausencia de análisis sobre el otro factor al que había otorgado importancia, el comercio mundial; éste debería contraerse, según su tesis.

La recuperación de la crisis de 1974-75 fue débil y vacilante en los principales países capitalistas, sin disminución del desempleo y sin que la inversión retomara la vitalidad de la fase anterior, a pesar de las ingentes inyecciones de crédito que realizaron los gobiernos. Entre 1973 y 1981 la tasa media de crecimiento de Estados Unidos pasó al 2,3% anual, la de Alemania Federal al 2%, Gran Bretaña al 0,5% y Japón al 3,6%. La nueva recesión de 1979-82 alimentó aún más la idea de que se había entrado en una fase larga depresiva. Muchos autores, marxistas o de la izquierda, pronosticaron la inminente caída del sistema capitalista. Por ejemplo en 1992 Moseley escribía que en el mejor de los casos el escenario más probable de Estados Unidos en los noventa sería la continuación del estancamiento de los setenta y ochenta, y que una serie de factores (endeudamiento en primer lugar) aumentaba significativamente "la probabilidad de otra gran depresión como en los años noventa" [5] . Sin embargo, ya entonces habría que haber admitido que la caída era cualitativamente menor a la que se había producido durante la Gran Depresión. Si se toma el conjunto del período 1921-38 para Estados Unidos, y se lo compara con el período 1970-82, se advierte que mientras en el primero la declinación promedio del pnb durante las recesiones fue del 16,4%, en el segundo fue del 3,5%. Este último es claramente mayor que la caída promedio del período 1949-70, pero también cualitativamente distinto a la profundidad de las caídas ocurridas en el período de entreguerras [6].

Sin embargo, la desmentida más definitoria para la tesis de los ciclos Kondratiev vendría después. Es que lejos de lo que anunciaba la teoría, las economías de los países capitalistas adelantados tuvieron un desempeño "aceptable" en los siguientes veinte años. Las tasas de crecimiento no fueron las de la época "dorada" del boom de postguerra, pero tampoco las propias que cabría esperar en una depresión. Veáse el siguiente cuadro:

 

Cuadro 2: Tasas de variación del producto bruto

 

 

1982-1991

1992-2000

Economías adelantadas

3,1

2,8

Estados Unidos

2,9

3,8

Japón

4,1

1,1

Unión Europea

2,6

2,1

 

Fte: FMI, World Economic Outlook mayo 2000, complementado con datos FMI 2001

 

En particular, hay que destacar que la economía de Estados Unidos en absoluto confirmó la tesis de la onda depresiva. Es que desde 1991 hasta 2001 experimentó el crecimiento más prolongado de la posguerra, con un fuerte aumento de la productividad en la segunda parte del decenio (que sólo se puede explicar por una importante renovación tecnológica). Contra un crecimiento promedio anual de la productividad del 1,53% entre 1990 y 1995, se registra un aumento del 2,9% anual entre 1995 y 2000 [7]. La producción industrial también registró un fuerte crecimiento: 46% entre 1991 y 2000. La tasa de ganancia promedio de las empresas no agrícolas alcanzaba entre 1996 y 1997 los niveles de 1973. Obsérvese que las tasas de crecimiento del pbi durante las décadas del 80 y 90 no son cualitativamente distintas a la tasa de crecimiento promedio entre 1950 y 1973, que fue del 3,7% (de hecho, la tasa de la última década es igual). Tratándose de la economía capitalista más importante del planeta (representa aproximadamente la cuarta parte del pbi mundial), no son datos que puedan pasarse por alto fácilmente a la hora de verificar la validez empirica de la tesis de las ondas largas.

Pero posiblemente más importante aún es constatar que la economía capitalista mundial también tuvo tasas de crecimiento notables en los últimos veinte años. A pesar del hundimiento de las economías africanas y latinoamericanas en los ochenta, en los 10 años que van de 1982 a 1991 la economía mundial creció a una tasa promedio del 3,3% anual. Luego, de 1992 a 2000 (incluido este último año) lo hizo a una tasa del 3,4% [8]. Nuevamente, debemos decir que no son las cifras de crecimiento del "boom" de los cincuenta y sesenta -entre 1950 y 1973 la economía mundial creció a una tasa del 7,1% anual- pero tampoco se trata de cifras de depresión. Debemos señalar también que el crecimiento ni siquiera se transformó en negativo durante las grandes recesiones que ocurrieron en los países imperialistas, las de 1975, 1982 y 1991. En promedio durante esos años creció entre el 1,2% y el 1,9%. Tampoco hubo caída neta durante 1998, cuando se hicieron sentir plenamente los efectos de la crisis asiática: creció a una tasa del 2,5% (con países como India y China creciendo más del 5%).

En particular el crecimiento de los países asiáticos de la cuenca del Pacífico ha sido llamativa. Tomando ahora datos que arrancan en los setenta, tenemos [9]:

 

 

 

 

 

Cuadro 3: Tasas anuales promedio de crecimiento del pbi, en %, de los países asiáticos del Pacífico.

 

 

1970-79

1980-89

1990-96

Hong Kong

9,2

7,5

5,0

Singapur

9,4

7,2

8,3

Taiwan

10,2

8,1

6,3

Corea del Sur

9,3

8,0

7,7

Malasia

8,0

5,7

8,8

Tailandia

7,3

7,2

8,6

Indonesia

7,8

5,7

7,2

China

7,5

9,3

10,1

Filipinas

6,1

1,8

2,8

Fte The Economist 1/04/97

 

Parece muy difícil de encajar estos datos en la teoría Kondratiev. Recordemos que según los cálculos de Paul Bairoch, la tasa anual media de crecimiento del producto bruto durante el siglo 19 para el conjunto de los países actualmente desarrollados osciló entre el 2 y el 2,5% anual [10].

Veamos ahora qué sucede con el comercio mundial, el otro parámetro importante que Mandel tomaba en consideración para definir una fase depresiva larga. Entre 1982 y 1991 la tasa anual promedio de crecimiento del comercio mundial fue del 5%, y entre 1992 y 2000 del 7,2% (con un crecimiento record en 2000 del 13%- datos FMI, 2000 y 2001). Son cifras claramente superiores a la tasa de crecimiento de los productos nacionales. Esto significa que el mercado mundial se expandió. Y, por supuesto, se intensificó la imbricación económica entre países: mientras que en 1970 el porcentaje promedio de importaciones y exportaciones con respecto al pnb del conjunto de los países era del 12,8%, en 1999 fue del 21%. Estos datos tampoco confirman la tesis de la contracción secular del sistema capitalista mundial.

 

Factores políticos que subyacen a la recuperación

 

Es claro entonces que a diferencia de la crisis del treinta la crisis de acumulación de los setenta se resuelve en el sentido de la expansión y reorganización geográfica del capital.

En este sentido parece confirmarse una tesis de Mandel, quien decía que grandes acontecimientos de la lucha de clases estaban en la base de la recuperación de las tasas de rentabilidad de los capitales. Pero se confirma lo que ya algunos otros autores habían señalado como una debilidad de su planteo: que no existe ningún elemento para afirmar que los factores políticos que inciden en la recuperación de la tasa de ganancia deban hacer sentir sus efectos después de 25 años de recesión o depresión. Concretamente, debido a la ausencia de respuestas políticas revolucionarias del trabajo a la ofensiva del capital, este último pudo recomponer las condiciones de la acumulación con muchos menores costos que los habidos durante las décadas que van desde la Primera Guerra mundial a la segunda postguerra. Es que en los setenta y comienzos de los ochenta se producen una serie de acontecimientos concatenados: freno o derrota de luchas sindicales importantes -en Estados Unidos, Gran Bretaña y en otros países europeos claves- y estabilización de la situación política en lugares que habían estado convulsionados en los setenta -Portugal el caso más notorio, pero también España. Además, los trabajadores, de conjunto, no rompen con los programas de sus grandes organizaciones sindicales -partidos comunistas, socialdemócratas, movimientos nacionalistas en los países atrasados- que buscaban salidas reformistas y pactadas con el capital a la crisis de acumulación. Por esa época también comienzan a ceder terreno los movimientos revolucionarios del "tercer mundo" que se proclamaban socialistas.El giro del gobierno de la República de Vietnam hacia los organismos financieros internacionales a partir de 1976 o la política de conciliación de los sandinistas en Nicaragua, después de 1979, pueden tomarse como símbolos de este cambio [11]. Más importante aún, desde 1978 China comienza su evolución hacia la integración en el mercado mundial. Estos acontecimientos van creando entonces un clima de confianza renovada para el capital, que recibirá un nuevo y decisivo espaldarazo con la caída del sistema soviético en 1989-91. Con la caída del Muro de Berlin se abren a la explotación directa de la mano de obra por el capital nuevos y extensos territorios, y se profundiza el retroceso y desconcierto de los movimientos obreros y de la izquierda. La resistencia a la globalización del capital se encarna incluso en regímenes y movimientos reaccionarios (desde el punto de vista económico social) que no presentan ninguna perspectiva de salida progresista y solidaria para las masas.

Con este marco como referencia se mundializa la relación capitalista. Se produjo una nueva ola de confianza del capitalismo -insistimos, asentada sobre la derrota de la clase obrera mundial- que a su vez estuvo sustentada en la recuperación de las tasas de rentabilidad de los capitales más poderosos, en particular de Estados Unidos. De esta manera, la depresión que se anunciaba a fines de los setenta no se produjo, y el capitalismo retomó tasas de acumulación "aceptables". 

 

Comentario sobre los anteriores ciclos

 

Dado que por primera vez podemos hablar realmente de una economía capitalista planetaria, las cifras y los hechos que acabamos de analizar tienen una importancia difícil de disimular a la hora de determinar la validez de la teoría de las ondas largas Kondratiev.

Sin embargo los datos sobre los anteriores ciclos tampoco terminaban de "encajar" con la teoría. Dado que para estos ciclos sólo son relevantes las cifras de las principales economías capitalistas (enormes zonas del planeta estuvieron en un estadio precapitalista hasta después de la Segunda Guerra mundial), el que una economía como la de Estados Unidos no confirme la existencia de los ciclos es desvastador para solidez de la tesis Kondratiev. Veamos los datos que da el propio Mandel:

 

Cuadro 4: Crecimiento de la producción industrial de Estados Unidos 1849-1913:

 

1849-1873

5,4%

1874-1893

4,9%

1894-1913

5,9%

 

1849-73 sería una fase expansiva Kondratiev, y 1874-1893 una depresiva; pero una tasa de crecimiento del 4,9% -contra un 5,4% de la fase previa- no parece señalar ninguna diferencia cualitativa con respecto al ciclo anterior. Por otra parte Gordon, Reich y Edward (también defensores de la tesis de las ondas largas) presentan un cuadro que resume los datos de las tasas de crecimiento en el producto real de cuatro economías capitalistas importantes entre fin de siglo 19 y principios de siglo 20 (excluyen a Japón) y calculan una media ponderada de las cuatro tasas de crecimiento para cada período.

 

Cuadro 5: Porcentaje de crecimiento medio anual en el producto real

 

Onda larga

Años

EE.UU

R. Unido

Alemania

Francia

Media ponderada

II  A

1846-1878

4,2

2,2

2,5

1,3

2,8

II  B

1878-1894

3,7

1,7

2,3

0,9

2,6

III A

1894-1914

3,8

2,1

2,5

1,5

3,0

III B

1914-1938

2,1

1,1

2,9

1,0

2,0

IV A

1938-1970

4,0

2,4

3,8

3,7

3,8

 

Según este cuadro, la fase A de la tercera onda larga en Estados Unidos presenta una tasa de crecimiento prácticamente igual a la fase B (supuestamente depresiva) de la segunda onda. Cuando se analiza la media ponderada, por otra parte, la fase B de la segunda onda casi no se distingue de la fase A de esa misma onda (0,2 de diferencia). Los datos que presenta Mandel sobre índices de producción mundial en Las ondas largas del desarrollo capitalista confirman lo que estamos diciendo. Entre 1874-1896 -fase B- el índice de crecimiento de la producción mundial per cápita sería del 1,4% anual, mientras que en la siguiente fase A habría sido de 1,72%; la producción mundial de energía en los mismos períodos habría crecido a tasas anuales del 4,13% y 4,8%. Ninguna de estas cifras está señalando diferencias cualitativas, que justifiquen hablar de un ciclo depresivo. Como señala Batra, la contracción iniciada en 1873, y que deriva en una gran depresión, se prolonga hasta 1879; o sea, nueve años, menos de la mitad de lo que indica que debería haber ocurrido según la tesis de los ciclos Kondratiev.

Las cifras de crecimiento de Estados Unidos de los años veinte tampoco encajan en la teoría Kondratiev. La economía norteamericana recién entró claramente en recesión en 1929, hundiéndose rápidamente en la depresión que se prolongará por 11 años. Si sumamos entonces la fragilidad de estas "evidencias" a lo sucedido en los últimos 30 años, llegamos a la conclusión de que es necesario un cambio de enfoque en la valoración de las tendencias de largo plazo del sistema capitalista.

 

Por un cambio de enfoque

 

A la luz de lo sucedido es necesario superar la visión dicotómica de, o bien crecimiento a las tasas “doradas” del 5 o 6% anual, o bien depresión. Esta dicotomía rígida se advierte en la mayoría de los análisis de la izquierda. Por lo general, se toma como punto de referencia las tasas -excepcionalmente altas si se miden históricamente- del desarrollo capitalista de las décadas de los cincuenta y sesenta (como ya dijimos, más del 7% de crecimiento anual de la economía mundial) para "demostrar" que desde hace 25 años el capitalismo está en crisis, o por lo menos en una fase larga depresiva. Un ejemplo característico de este enfoque es el de Robert Brenner, en su reciente y renombrado trabajo. Brenner constata que a partir de 1973, y por las dos décadas siguientes, las economías de los países del G-7 no recuperaron los niveles de crecimiento, ni de inversión, ni de ganancias de las décadas previas, y habla entonces del largo "giro hacia la baja" (long downturn), o sea, de una espiral descendente que desembocaría en el corto plazo en una nueva Gran Depresión [12]. Sin embargo, hemos visto que a lo largo del último cuarto de siglo no hubo tal espiral descendente, sino un descenso en el ritmo de crecimiento. Una "velocidad crucero" del capitalismo distinta  a la del "boom" de post-guerra; en una palabra, no hubo estancamiento, sino crecimiento, aunque más moderado que el de la post-guerra. En términos comparativos, el crecimiento de la economía mundial en el último cuarto de siglo está incluso un poco por encima de la media ponderada de crecimiento anual de los países capitalistas avanzados durante los 68 años que van desde 1848 a 1914, que fue del 2,8%. O sea, en la historia del capitalismo existen largos períodos globales “grises”, esto es, de crecimientos más débiles, pautados por crisis cíclicas, con una permanencia de alta desocupación, que no permiten englobarse en ninguna de las alternativas anteriores. Concretamente, el capitalismo de los noventa no estuvo en "crisis crónica" ni tampoco vivió un desarrollo “dorado” [13].

Por eso se puede hablar de una crisis de acumulación a partir de los setenta –caída de la tasa de ganancia en los países centrales y debilidad estructural en la inversión- pero señalando que se trató de una crisis mucho más benigna que la que sacudió al capitalismo en el período que va de la Primera a la Segunda Guerra. El desarrollo fue marcadamente desigual, ya que el debilitamiento de la acumulación en los países adelantados en los setenta y buena parte de los ochenta fue acompañado de la expansión en Asia, y del estancamiento en Africa y América Latina en los ochenta. Hubo acumulación del capital, sin que por ello dejaran de producirse fuertes crisis financieras y productivas. [14]

Por otro lado es claro que afirmar que existió una acumulación sostenida en Estados Unidos no implica adherir a la absurda tesis de "se acabaron los ciclos económicos", como proclamaron algunos en la euforia norteamericana de los noventa. El debilitamiento de las ganancias de las empresas americanas en los últimos dos trimestres es notorio, y estaría anunciando el inicio de una nueva recesión. Según el registro de las ganancias de 1700 empresas que lleva The Wall Street Journal, en los últimos tres meses de 2000 las ganancias empresarias cayeron en promedio un 20%, y en el primer trimestre de 2001 cayeron un 43% con respecto a igual período del año anterior. De manera característica, el prolongado ciclo de auge de la economía trajo aparejadas sobreinversiones de capital, en especial en tecnología informática. A medida que fue aumentando la relación capital/utilidades, la inversión en equipos y software de alta tecnología -que cumplió un rol vital en la expansión- comenzó a contraerse. Esta inversión ha caído a una tasa anual del 6,5% en el primer trimestre de 2001, luego de haber aumentado a la extraordinaria tasa del 25% anual durante el período 1995-2000, y ha seguido cayendo en el segundo trimestre. La producción industrial durante el primer semestre de 2001 bajó a una tasa anual del 6%, la más importante en los últimos 20 años. Contra lo que muchos creían, que con el software de última generación las empresas se asegurarían que la producción nunca superaría demasiado a las ventas, las empresas no lograron anticipar la desaceleración económica y los stocks se han estado acumulando en los últimos meses. Esto indica que la anarquía del mercado capitalista sigue haciendo valer sus derechos, a pesar de la administración de los inventarios con el método just in time  [15]. Los pronósticos de evolución del pbi se ubican ahora en un 1% para el año.

La caída en el ritmo de crecimiento de Estados Unidos a su vez ya estaría afectando a países de fuerte exportación en alta tecnología, como Malasia, Filipinas, Corea del Sur, Tailandia, que después de haber crecido más del 6% en 1999 y 2000, están sufriendo una fuerte desaceleración. Japón, a su vez, sigue empantanado en la recesión; en el primer semestre de 2001 su producción industrial se hundió a una tasa anual del 17%, y el pbi se contraería un 0,5% en el año. A su vez, toda la zona del euro también estaría entrando en una marcada recesión. De conjunto el crecimiento de las economías del G3 (Estados Unidos, Japón y área del euro) rondarían apenas el 1%.

Por otra parte, los fuertes desequilibrios en las cuentas externas de los grandes países desarrollados hacen sobrevolar el peligro de nuevas crisis monetarias y financieras. De un excedente en la cuenta corriente de 83.000 millones de dólares en 1997 de los países de la OCDE, se pasó a un déficit de 295.000 millones en 2000, que equivale aproximadamente al 1,3% de su pnb combinado. El principal factor causante de este déficit es Estados Unidos, con un déficit equivalente al 4,5% de su pnb (contra 1,5% que representaba en 1995), a pesar del superavit en el sector público. Una caída brusca del dólar y de los mercados financieros de la principal potencia podría precipitar una recesión mundial de proporciones mucho mayores a las previstas en estos momentos.   

Insistimos por esto en que afirmar que no se ha cumplido el ciclo a la manera en que lo preveía la tesis Kondratiev no significa negar la existencia de los ciclos económicos, ni afirmar que el capitalismo haya logrado superar sus contradicciones, o negar que periódicamente suma a la humanidad en gigantescas catastrofes en términos de costos en vidas humanas, bienestar y desarrollo de las fuerzas de la producción. Pero es importante superar la visión rígida y mecanicista que impera en amplios círculos de la izquierda. Desde el punto de vista teórico se puede decir que los datos presentados confirman lo que ya otros autores habían señalado con respecto a la tesis Kondratiev: que hasta el momento no se ha presentado razón alguna para afirmar que recuperación de la tasa de ganancia debiera operarse a lo largo de un período depresivo de 25 años. No existen razones teóricas para que así suceda en un país, menos las hay para que debiera suceder a nivel mundial y de manera sincronizada. Si algo caracteriza al sistema capitalista es el desarrollo desigual; esta desigualdad afecta naturalmente las tasas de ganancia y de inversión de los capitales, ubicados en diferentes regiones del planeta. La desigualdad también se manifiesta en los diferentes ritmos, procesos y formas mediante los cuales se puede operar una recuperación de la tasa de rentabilidad una vez iniciada la crisis.

La refutación que ha recibido la tesis Kondratiev en los últimos años debe por otra parte llevarnos a superar la idea de que lo que estamos viviendo es una "transición a..." algo distinto, esto es, hacia un nuevo modo de acumulación que todavía está por llegar. Esta visión, que impera en buena parte de la izquierda, es profundamente engañosa. Obsérvese que el llamado "período fordista" en realidad sólo se habría afirmado en los primeros años de la década de los cincuenta; y, según los propios defensores de esta noción, habría entrado en crisis en la segunda mitad de los sesenta. De esta manera habríamos tenido un modo de acumulación sistemático que habría durado, a lo sumo, 15 años. A su vez las políticas reaganianas y tatcheristas, expresión de las estrategias de acumulación imperantes, llevan aplicándose unas dos décadas; de hecho, la llamada "tercera vía" representa una consolidación y afirmación de lo fundamental de las mismas. Sin embargo existe renuencia en la izquierda a considerar que estamos ante una nueva forma de acumulación que ha llegado para quedarse (en tanto la lucha de clases o una nueva crisis general del capitalismo no la ponga en entredicho). Esta renuencia obedece en buena medida a que el esquema Kondratiev induce a pensar que seguimos en una fase B depresiva que debería dar salida a una fase A, distinta a lo que estamos viviendo.

Por las mismas razones que estamos exponiendo, no afirmamos que estemos en presencia de un nuevo ciclo "dorado" del sistema capitalista en lo que hace a la expansión de las fuerzas productivas y la mejora del nivel de vida de la población. Por el contrario, todo indica que se seguirá profundizando el desarrollo desigual del capitalismo a nivel mundial; que se acentúa la polarización social, así como la proletarización. Que las leyes del capitalismo actúan de manera más pura, profundizándose la tendencia a la concentración y centralización de los capitales, la exacerbación de la competencia mundializada a través del cambio tecnológico, el desplazamiento de la mano de obra por la maquinaria, el aumento de la plusvalía absoluta (incremento de los ritmos de trabajo y de las jornadas laborales) y de la plusvalía relativa. Al mismo tiempo la acumulación se verá interrumpida violentamente y en forma periódica por recesiones y crisis, que se resolverán con nuevas desvalorizaciones de capitales y de la fuerza de trabajo, recreación de ejércitos de desocupados y destrucción de fuerzas productivas. Esta es la manera en que el capitalismo "limpiará" el camino para nuevos desarrollos, que se precipitarán en nuevas crisis.

El comprender esta dinámica será vital entonces para la adopción de estrategias y programas socialistas por parte de las fuerzas del trabajo. Unica forma, por lo demás, de acabr definitivamente con esta dinámica infernal a que somete el capitalismo a los seres humanos. 



[1] J. Altamira, 1998, “Aspectos de la actual crisis económica internacional”, En defensa del marxismo, Nº 19.

[2] El capitalismo tardío, Era, México, 1979, p.306

[3] E. Mandel, Las ondas largas del desarrollo capitalista, Madrid, Siglo XXI. Ver pp. 104 a 106.

[4] Ernest Mandel, Long Waves of  Capitalist Development, Verso, Londres y Nueva York, 1995, p. 137. La posibilidad de una salida suave habría estado condicionada a "la total integración de la ex URSS y la República Popular de China al mercado mundial capitalista", lo que hubiera necesitado una "derrota mayor de la clase obrera" y una "no menos grave derrota de los movimientos de liberación del tercer mundo", en ambos casos  "al menos en los principales países" (p. 114)

[5] Fred Moseley, "The Decline of the Rate of Profit" en Capital & Class, 1992, N° 48, p. 125.

[6] Entre 1929 y 1933 en Estados Unidos el pnb cayó el 33%, la producción industrial lo hizo en un 53% y el número de desempleados pasó de 1,5 millones a 12,8 millones.

[7] Esta última cifra ahora está sujeta a una revisión bajista; de todas maneras, el aumento de la productividad parece indudable

[8] Los cálculos del FMI ponderan los productos brutos internos de los países medidos con base a la paridad del poder de compra, de manera que las cifras se ajustan según las diferencias en los niveles de precios entre los países. Este método nos parece más correcto que el utilizado por algunos bancos de inversión internacionales o consultoras, que utilizan ponderaciones basadas en los productos brutos internos medidos según los tipos de cambio existentes. Al ajustarse los cálculos según la paridad del poder de compra se tiene una idea más precisa de la evolución de las economías en términos reales.

[9] Entre estos países debe incluirse a China, que desde 1980, aproximadamente, articula su desarrollo sobre bases crecientemente capitalistas. El sector privado (comprendido el controlado por el extranjero) fue el más dinámico en las últimas dos décadas, ya que habiendo partido de cero en 1978, representaba en 1990 el 38% de la capacidad industrial de China..

[10] Citado por Arghiri Emmanuel en La ganancia y las crisis, México, Siglo XXI, 1978, p. 313.

[11] Tal vez el giro más emblemático, por lo que ha significado para la generación revolucionaria de los sesenta y setenta, sea el operado en Vietnam. En abril de 1975 los norteamericanos eran derrotados definitivamente en Hanoi. Ya a comienzos de 1976 el gobierno de la República Socialista de Vietnam anunciaba incentivos –incluyendo la propiedad extranjera al 100%- a los inversores en industrias exportadoras; poco después Vietnam entró en el FMI, el Banco Mundial y el Banco Asiático de Desarrollo, y estableció normas para inversiones extranjeras similares a las de Taiwan o Corea del Sur. Desde entonces profundizó la política de seducción del capital; las inversiones extranjeras llegaban a mediados de los noventa a 9.600 millones de dólares anuales. En julio del año pasado Hanoi firmó un acuerdo con Washington que otorga a los bancos, compañías de seguros y empresas de comercio minorista libertad para operar en Vietnam, y se compromete a desmantelar tarifas aduaneras para los bienes de Estados Unidos. Es significativo que la mayor empresa extranjera sea Nike, señalada en todo el mundo como epítome de altos niveles de explotación y bajos salarios. En Vietnam esta empresa emplea 43.000 trabajadores, con salarios mensuales de 50 dólares en promedio

[12] Robert Brenner, The Economics of Global Turbulence, en New Left Review, N° 229, 1998. El capitulo 4 se titula precisamente "The Long Downturn".  

[13] F. Moseley se pregunta si el capitalismo americano ha entrado en una nueva era de prosperidad en  “The United States Economy at the Turn of the Century: Entering a New Era of Prosperity?” en Capital and Class 1999, Nro 67.

[14] Para mencionar sólo las crisis de los años noventa, recordemos que a comienzos de la década se produjeron fuertes crisis bancarias en los países nórdicos y la crisis del sistema monetario europeo. En diciembre de 1994 estalló la crisis mexicana. En 1997 sobrevino la crisis de los países asiáticos; poco después la crisis rusa y brasileña, acompañadas de recesiones en varios países, entre ellos Argentina.

[15] Un ejemplo notable de esta sobreproducción lo constituye la fibra óptica: a lo largo del último lustro las empresas instalaron redes por un valor de 90.000 millones de dólares, alrededor de 62 millones de kilómetros en cables de fibra óptica de los cuales, según estima Merrill Lynch, sólo el 2,6% está en uso.