LIGA COMUNISTA (ARGENTINA)

VOLANTES
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas septiembre de 2005
 
Es hora de la unidad y la solidaridad

 

Si algo hay que destacar en la actual coyuntura política es el ataque en toda la línea del Gobierno y el Estado, de los medios de comunicación y los políticos, contra las huelgas y las manifestaciones. Los que luchan por un salario y condiciones de vida mínimas, son acosados sin tregua. Se los difama y demoniza –“no les importa la salud de los niños”, “abandonan la educación”, “los piqueteros atropellan los derechos de los demás”, “están complotados con la derecha”. Se prohíbe incluso el acceso de una manifestación popular a la Plaza de Mayo. Se realizan despliegues represivos “de saturación”. Se hacen sumarios para sancionar y echar huelguistas en el Garraghan. Se inician acciones judiciales contra docentes en huelga o contra piqueteros que entorpecen el tránsito. El Gobierno se niega a recibir a los piqueteros, con el argumento de que deben renunciar a toda forma de protesta y reclamo. Por sobre todas las cosas, se intenta aislar a los sectores que luchan y volcar a la opinión pública en su contra. Y hay que reconocer que esta táctica ha obtenido eco en sectores de la población, incluida una buena parte de la misma clase trabajadora.

Además, se encierra a los luchadores en argumentos que no dejan en pie ni siquiera el derecho de huelga o a manifestar. Por un lado, se dice que “el reclamo puede ser justo, pero el método de lucha no lo es”. Pero con esto ya se desvía el eje de la discusión, porque nadie entonces discute cuál es ese reclamo, sino el método.

Por otra parte, si se discute el método… ¿qué alternativa  les dejan a los trabajadores? La respuesta es: ninguna. Es que la huelga no se puede hacer, porque “hay que garantizar los servicios mínimos” (así sea un concierto en el Colón). A las calles no se puede salir, porque “no se puede privar del derecho a la libre circulación a los ciudadanos”. Formas más elevadas de protesta serán a su vez cuidadosamente reprimidas, Código Penal en la mano. ¿Qué queda? Nada; según esta lógica, hay que resignarse y aceptar las cosas como están.

Pero además, y sobre las reivindicaciones, se dice que “es imposible dar más aumentos porque se desborda la inflación”. Y contra los piqueteros el Gobierno ha dicho, una y otra vez, que no va a dar aumentos a los Planes Sociales.

Ante este panorama, es necesario recordar las causas profundas de la protesta, tomando una cierta perspectiva histórica. Es que a través de los largos años de dictadura militar primero, de hiperinflación después, de convertibilidad en los noventa, de crisis y devaluación en 2001 y de recuperación desde 2002, se ha producido una caída brutal de la participación en el ingreso de los trabajadores, y un aumento paralelo de las ganancias de la clase dominante. Así se ha llegado a una situación que es de casi record mundial en desigualdad de los ingresos entre las clases sociales. La desigualdad del ingreso es tan grande, que el 10% de los hogares recibe casi el 50% del ingreso nacional, mientras que el 10% de los hogares de menores ingresos se queda con sólo el 1,6% del ingreso total. La diferencia entre el 10% de los hogares más ricos y el 10% de los más pobres es superior a las 30 veces. La participación de los asalariados en el ingreso nacional, que no dejó de bajar desde 1975, era del 24,3% en 2001 y todavía más baja en 2004, ya que llegaba al 21,5%. Para que se vea esta diferencia con un ejemplo práctico, denunciado por los trabajadores municipales de Avellaneda: mientras un trabajador municipal gana aproximadamente $500 por mes, el intendente recibe casi $20.000. ¡Una diferencia de uno a cuarenta!

De esta manera es que, en un país en que la clase dominante tiene un nivel de primer mundo, más del 40% de la población es pobre, el 15% es indigente, y millones de niños y niñas están desnutridos, sumidos en la miseria, el analfabetismo y las enfermedades.  

Por lo tanto, cuando desde el Gobierno y los medios se ataca a los huelguistas y manifestantes, se está defendiendo que continúe esta explotación de la clase trabajadora en su conjunto, explotación  que estuvo en la base de la recuperación económica desde 2002. Esto es lo que quiere la clase dominante. Sus ganancias aumentaron vertiginosamente, en la misma medida en que se empobrecía, absoluta y relativamente, la inmensa mayoría de la población trabajadora.

Por todo esto no es cierto que los aumentos salariales provocarán inflación; si se obliga a la clase capitalista a renunciar aunque sea a una parte de sus ganancias, los precios no tienen por qué aumentar.

Por esto tampoco es cierto que “no hay plata para dar un aumento a los desocupados”. Si la economía creció más del 20% desde la crisis; si los precios subieron más del 66% desde 2001; si el superávit fiscal es del 4% del producto; si las ganancias de la clase dominante se multiplicaron, nadie puede decir, con un mínimo de coherencia, que “no hay dinero”. Hoy hay cuatro millones de desocupados y subocupados que están en la más absoluta miseria, y que son considerados “subversivos” porque se atreven a decir que con $150 no pueden vivir. Y cuando el Gobierno les dice a los piqueteros que renuncien a toda forma de protesta, y que además no va a dar ningún aumento, está diciendo que esto tiene que seguir, y que todo aquel que luche por cambiar será tratado como un enemigo de la sociedad. Es por esta curiosa inversión de la realidad que ahora los que matan chicos son los huelguistas del Garrahan, y no los que defienden con policías, gendarmería, jueces y palos que continúe esta desigualdad del ingreso y el festín de ganancias de la clase dominante.

Por todo esto es necesario volver al verdadero centro del debate. Aquí no se está pidiendo “un cambio del sistema”, como quiere hacer creer el Gobierno, cuando dice que los paros son el producto de la acción de agitadores de extrema izquierda. Los que hacen huelga y se manifiestan están tratando de revertir, aunque sea parcialmente, la miseria y el hambre que a lo largo de estos años parecen haber sido aceptadas como cosas “naturales”.

En conclusión, hay que rodear de solidaridad a los conflictos porque en esto está en juego la recuperación de conquistas perdidas. Incluso si los Planes Trabajar no aumentan, va a desaparecer de hecho (comido por la inflación) ese mínimo subsidio al desempleado, que fue una conquista que se le impuso a la clase dominante en 2001. La victoria de cualquier sector de la clase obrera ayudará a que otros sectores estén en mejores condiciones para pelear por reivindicaciones.

Todo demuestra la necesidad de cerrar filas entre los trabajadores, por un programa elemental de recuperación salarial, de aumento a los desocupados y de pelea por acabar con el trabajo precarizado. Es la hora de la unidad y la solidaridad.